Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aire Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aire
Continuando con la búsqueda de diversas plumas con el fin de compartirlas con nuestros lectores, Horizontum se acercó al editor, ensayista y ex becario... Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aire

Continuando con la búsqueda de diversas plumas con el fin de compartirlas con nuestros lectores, Horizontum se acercó al editor, ensayista y ex becario del Centro Mexicano de Escritores, Pável Granados, para conocer un poco de su pasión por los libros. Aquí te dejamos sus palabras.

Diana López: ¿Podrías mencionarnos tus cinco libros favoritos y por qué lo son?

Pável Granados: Qué difícil llamarlos “favoritos”. Los llamaré definitorios: cinco puntos en el tiempo a los cuales volteo a ver y considero referencias que me han traído hasta aquí.

Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aireLos misterios de Udolfo, de Ann Radcliffe. Es una novela que leí en la secundaria. Me la compró mi padre y ahora, al recordarla, siento que me envuelve el ambiente de misterio que atraviesa sus páginas: los Alpes, los castillos abandonados, los pasos de los fantasmas. Grandes paisajes desolados, la vida de una joven aristócrata huérfana en un mundo lleno de leyendas y de misterios que milagrosamente se resuelven en la última página. Emily, la protagonista, y su tía son secuestradas por una banda de forajidos y llevadas a un remoto castillo en las montañas italianas. ¿Cómo es posible tanta tensión? ¿A dónde conduce esa puerta que está al final del pasillo, es este sitio desolado del castillo de Udolfo? ¿A quién pertenece esa voz fantasmal que no llega desde ningún lado? Yo, de inmediato, compré mi cuaderno para escribir mi propia novela gótica. Desafortunadamente, nunca pasé de la segunda página, pues no tenía ninguna trama misteriosa para darle a mis lectores. Pienso que aún ando por los pasillos de mi mente abandonada, buscando esa historia.

 El principio del placer, de José Emilio Pacheco. Hace mucho que no lo leo. Suplantó a este libro otro del mismo autor, Las batallas en el desierto, que transcurre en las calles de la colonia Roma. Yo, que las camino diariamente, pugno por devolverles ese halo de solemnidad histórica: por estos tumbos pasaron las cosas de la historia que me tocan de cerca, por aquí vivieron Ramón López Velarde, Agustín Lara y sus intérpretes de la XEW, Leonora Carrington, a quien yo saludaba de vez en cuando. Pero El principio del placer fue una tarea de sexto de primaria, que mi profesora, Carmen León, dejó. Leer en voz alta un cuento de José Emilio cada clase. Y recuerdo el ¡oooh! que lanzamos todos al terminar un cuento: Tenga para que se entretenga, porque nos había estremecido ese fantasma que le devolvió por esos momentos el misterio a Chapultepec. Eso también busco en la realidad: devolverle la historia a los lugares, quizá incluso de una manera maniática. José Emilio, a su vez, fue el autor que me llevó a la curiosidad por la cultura mexicana, en el sentido más amplio que yo le pueda dar a este concepto.

Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aireLa palabra disfrazada de carne, de Elfriede Jelinek. Leí a esta autora por primera vez el día en que se le otorgó el Premio Nobel de Literatura. Al otro día, en los periódicos pude leer fragmentos de su difícil estilo literario, inalcanzable para mí comprenderlo. Pero por alguna razón, mi plácido caminar por esta vereda de la literatura chocó contra un muro resistente, como de piedra. Me di cuenta de que me conocía bastante bien, que mi estilo era algo dominado por mí. Basta. ¿Si yo no me sorprendía a mí mismo qué podría esperar de mí? La Jelinek, me di cuenta, me dio dos líneas para poder saber de mí estilo: la manera de poder utilizar el conocimiento filosófico como parte de la técnica literaria, y la concepción de un texto como un monólogo que no sabe ni de dónde viene ni a dónde va. Gracias a mi amigo Herwig Weber, pude solicitarle un libro para una editorial que comenzaba a hacer con dos amigos. Nunca podría haberme imaginado que dijera que sí. Generosa como no he podido concebir a nadie, la Jelinek nos regaló un libro de ensayos y hasta hizo un prólogo dedicado a México. Durante meses me dediqué a estudiar su estilo. Me sigue alumbrando, aunque sería ridículo decir que puedo alcanzarlo.

 Obras, de Ramón López Velarde. No es un libro, sino tres: sus tres libros que reúnen la poesía que publicó en sólo cinco años, de 1916 a 1921. López Velarde caminaba muy cerca de mi casa, pero nuevamente es un fantasma inalcanzable. Cómo es que estando aquí a unas calles, está tan lejos. Cómo es que este fantasma no se cruza conmigo. Mejor leerlo, abrir las páginas y volver a tener la sensación de que todo es nuevo. Hasta los versos que me sé de memoria se me hacen desconocidos. Ya va a llegar el pasaje que me hace estremecer. Qué importa, nuevamente, por más que pase por estos versos vuelvo a sentir la dicha y la tristeza con la misma intensidad. Yo, que no sé poner un adjetivo novedoso en mis oraciones, busco siempre dar con esa combinación que abra la cajita con una luz desconocida. No lo logro. Y él, en cambio, logró en breves poemas encerrar la complejidad de su espíritu. Lo que me queda claro es que, al terminar cada texto, veo que he quedado fuera de las jaulas que fabrico con el objetivo de atraparme.

Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el aireLas últimas composiciones, de Violeta Parra. Estaba por mencionar a Wislawa Szymborska, pero me animó poner a una compositora el hecho de que Bob Dylan ganara el Nobel. Descubrí casualmente este disco en casa de mi abuela a los once años y lo escuché tantas veces que terminaron por escondérmelo. Tenía la pretensión de aprenderme todas sus canciones, pensé en dejar todo y viajar por el mundo acompañado de una guitarra. Leí su vida con tal emoción que hace poco, cuando volví a encontrarme esa biografía, me di cuenta de que me sabía pasajes enteros de memoria. He vuelto a escuchar sus canciones después de muchos años y me sorprendo porque puedo cantarlas sin equivocarme. Tiene poesía, fuerza, coraje. Yo no lo tuve. Nunca pude tomar la guitarra y dejar mi vida para recorrer el mundo. Escribió: “En la prisión de la ansiedad / medita un astro en alta voz”. Se tiene que ser un alto poeta para poder escribir algo comparable.

Esta lista es una confesión sacada a fuerzas. Una manera de demostrar que no soy nada frente a lo que admiro. Una lista con tres mujeres, me doy cuenta. Pero fácilmente pondría otras como Gabriela Mistral o Elena Poniatowska, en cualquiera de estos sitios.

DL: ¿En qué momento de tu vida decidiste incorporar la lectura como un acto cotidiano?

PG: Cuando me di cuenta de que era más deseable lo que pasaba dentro de los libros que fuera. En cierto momento me di cuenta de que prefería renunciar a mi vida que a la experiencia de leer. No puedo salir a la calle sin un libro, pues no sé qué me pasaría si no puedo ponerme a leer en cualquier tiempo muerto. En la secundaria llevaba en mi mochila un libro, generalmente cuentos de fantasmas. A los 13 años escribí en las vacaciones de invierno una mitología griega, con todos los datos que pude localizar. Luego, llevé un cuaderno en el que apuntaba todo lo que iba investigando sobre los países del mundo. Un día, mi padre me descubrió ese cuaderno y me lo rompió en cachitos. Los quise volver a unir como un gran mapa. Leía y leía para escribir, pero especialmente porque no me gustaba mi vida, ni me gustaba yo. Hace poco levanté la vista de los libros y vi que habían pasado muchos años, que mucha gente ya no estaba, y volví a sumergirme en ellos.

DL:  ¿Siempre deseaste ser escritor o qué otro trabajo te hubiera gustado desempeñar?

PG: Como dije arriba, quise irme con una guitarra por los caminos. Pero el sentido de realidad pudo más. Quise ser cantante, y mi maestro de canto me dijo que debería de estar en un taller literario. “Pero si quieres tirar tu dinero a la basura, sígueme pagando las clases de canto, por mí mejor”, me dijo en una ocasión, yo todavía empecinado en la música. Me hubiera gustado tocar el piano, ser jazzista. Me gusta leer partituras e imaginarme una historia, imaginarme en momento en que esa canción se tocó por primera vez. En otros tiempos me hubiera gustado ser maestro de música. Me gustaba ir a pasear por la Escuela Nacional de Música y escuchar las clases. Pero desde entonces era incapaz de distinguir una tercera mayor de una cuarta justa. No sé cuando el acorde es mayor y cuándo aumentado. Pero un día me di cuenta de que a los desplantes de diva de las maestras de música, prefiero los desplante de diva de las maestras de literatura.

DL: Si vivieras en otro país ¿a qué otra profesión u oficio te gustaría dedicarte?

Pável Granados: Mi novia, la tristeza, El ocaso del Porfiriato y XEW, 70 años en el airePG: Durante mucho tiempo me dio miedo la sensación de estar en otro país. No quería salir prácticamente de la Ciudad de México. Y ahora, donde quiera que yo estuviera, no me imagino haciendo nada que no sea escribir o leer. No me sentiría seguro haciendo otra cosa. (¡De por sí soy inseguro dedicándome a esto!) Me da pena esta pregunta: en cualquier otro país, si no tuviera la posibilidad de dedicarme a poner por escrito mis impresiones, me sentiría un despojado. No me imagino trabajando en un zoológico, cuidando un museo, cosechando trigo, haciendo contrabando, mirando estrellas, diseñando muebles ni guiando turistas. Quizá ser cronista de una expedición científica a lo desconocido. Pero creo que si lo pienso bien, me dedico a algo muy parecido. Exprimiendo mis ideas, pienso que lo único que podría consolarme de no ser escritor sería haber sido trombonista de jazz en la Nueva Orleans en los años 20. Odio a la gente que sabe de qué va la vida, y la literatura es mi única fuente inagotable de escepticismo.


Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.