“Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest” “Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest”
El autor de la semana es Premio Iberoamericano de Novela Siglo XXI Editores- UNAM- Colegio de Sinaloa 2011, 1er en el Concurso Nacional... “Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest”

Horizontum. “Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest”El autor de la semana es Premio Iberoamericano de Novela Siglo XXI Editores- UNAM- Colegio de Sinaloa 2011, 1er  en el Concurso Nacional de Cuento “Magdalena Mondragón”, de la Universidad Autónoma de Coahuila (2011). Es colaborador de la revista MUY Interesante. El foco de atención en esta ocasión es Omar Delgado, sus textos son Ellos nos cuidan, El caballero del desierto y Habsburgo.

Diana López: Sí, seguro es una pregunta compleja; sin embargo, a nuestros lectores les gusta saber ¿cuáles son tus cinco libros favoritos y por qué?

Omar Delgado: Los cinco libros que de cierta manera marcaron mi quehacer como escritor fueron los siguientes:

  • La última tentación de Cristo, de Nikos Kazantzakis. Una novela llena de poesía y ritmo, aún después de la traducción al español. Sus imágenes son tan deslumbrantes como terribles. El autor toma una historia conocida por todo occidente (la pasión de Cristo), y le da una interpretación mucho más rica y profunda que la del evangelio. En esta novela, los tres principales personajes del drama (Jesús, Judas y Magdalena), se convierten en entidades complejas, que sufren el destino que Dios les ha asignado. Esta vuelta de tuerca, la de resignificar personajes claves en la cultura, es quizá lo que más me atrae de esta obra.
  • Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Él también abordó el tema de Jesús de Nazareth en su novela El Evangelio según Jesucristo; sin embargo, no pudo llegar a la maestría de Kazantzakis. En contraste, en Ensayo sobre la ceguera es capaz de representar con maestría las cimas y los abismos del alma humana. A partir de la anécdota por todos conocida (una epidemia de ceguera súbita ataca a toda la humanidad, a excepción de La Mujer del Médico), el autor lusitano crea una fábula sin concesiones acerca de la naturaleza del hombre, en la que caben lo mismo los actos de bondad más luminosos que la mezquindad y la codicia más terribles.
  • Diablo Guardián, de Xavier Velasco. Considero que la novela de Velasco es una de las más divertidas e interesantes de la primera década del siglo XX. La historia, en clave de picaresca, de una simpática arribista capaz de desmontar la hipocresía de una clase media mexicana que se precia de ser heredera del primer mundo. Con un muy buen ritmo y con una cuidada construcción de personajes, Diablo Guardián resultó para mí una gran lección de narrativa.
  • El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien. La literatura fantástica siempre ha ocupado el lugar de la prima loca en la gran familia literaria (sobre todo por esa seriedad tan sombría de algunos defensores del canon, que piensan que cualquier literatura no realista es banal entretenimiento). La saga de Tolkien, sin embargo, debería ser considerada una de las grandes obras del siglo pasado tanto por su calidad narrativa (que te impide abandonar el texto sin importar tu edad), como en la construcción lingüística  y poética que el autor utilizó para erguir su obra. No cualquiera inventa un nuevo idioma sólo para escribir una novela.
  • Drácula, de Bram Stoker. El monstruo como símbolo de una problemática social es una herramienta poderosa en la narrativa. En ese sentido, el vampiro es el gran protagonista del siglo XIX ya que representa a esa aristocracia caduca y parásita contra la que pelean los gobiernos republicanos. El conde Dracula de Stoker se convirtió en el rey de los monstruos gracias tanto a la paciente investigación del autor (quien, por ejemplo, describió Transilvania a la perfección a pesar de nunca haber viajado hacia allá), como por, paradójicamente, el realismo que adoptó al momento de escribir la novela, ya que el único elemento fantástico (o que quiebra lo cotidiano), en la novela es el vampiro. Lo demás (desde la descripción de Londres en 1880 hasta las reacciones de los personajes), son absolutamente realistas.

DL: ¿En qué momento de tu vida decidiste incorporar la lectura como un acto cotidiano?

Horizontum. “Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest”OD: Fue en la infancia, a los seis o siete años, cuando mi madre me llevaba al supermercado (a Gigante de División del Norte, en la CDMX)  y yo corría hacia la zona de libros. Cada semana le pedía uno y ella me lo compraba, y así me hice de una pequeña biblioteca. Al principio, escogía los libros sólo por el componente gráfico (así fue como me hice, por ejemplo, de mi primer libro de José Guadalupe Posada, de La Enciclopedia de los Fantasmas, de Edivisión, o del Bestiario Mexicano, de editorial Panorama); sin embargo, conforme los fui leyendo, me convertí en un lector sistemático. Por supuesto, mis primeras lecturas fueron de terror y misterio, aunque se fueron diversificando con el tiempo.

DL: ¿Siempre deseaste ser escritor o qué otro trabajo te hubiera gustado desempeñar?

OD: De hecho, me desempeñé por quince años como Ingeniero en Comunicaciones en una de las empresas de telefonía celular más importantes de México. Esa fue mi primera profesión; sin embargo, mientras la desempeñaba, estudié una licenciatura en Creación Literaria y una maestría en Letras, al tiempo que publiqué dos novelas y dos libros de cuento. Al final, abandoné la ingeniería para dedicarme de tiempo completo a la literatura (como docente y escritor). La literatura para mí siempre estuvo presente, como un amor de juventud, como esa amante sensual y arrebatada que al final te arrastra a la vorágine.

DL: Imagínate en otro país, que no sea tu tierra natal y que no tenga nada que ver con las costumbres occidentales, ¿qué otra profesión u oficio te interesaría realizar que no esté relacionada con la lectura y escritura?

OD: Marinero, definitivamente. O quizá chofer de carguero. Algo que implique viaje y camino.

DL: ¿Qué es lo que te hace dejar la lectura de un libro?

OD: Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest. Acepto, por supuesto, cierto desafío como lector (Malcom Lowry y su Bajo el Volcán me parecen magníficos, por ejemplo), sin embargo, cuando detecto en un autor una intención clara de ensombrecer la prosa sólo por virtuosismo o vanidad, lo dejo. Por otro lado, que un libro sea de lectura sencilla no implica que sea superficial: un libro puede ser perfectamente entendible para cualquier lector y al mismo tiempo ser de una riqueza simbólica y literaria magistrales. En general, me gustan las grandes historias contadas de manera directa y divertida.

DL: ¿Qué lugares son tus preferidos para leer, ya sea en tu casa o fuera de ella?

OD: Mi casa es el lugar ideal. Sin embargo, como escritor chilango que se tiene que ganar la vida he tenido que aprender a leer en entornos poco amistosos, por eso, leo lo mismo en un vagón de metro en hora pico que en un microbús que corre a ochenta kilómetros por hora en una calle llena de agujeros. En ese sentido, soy un Indiana Jones de la lectura.

DL: ¿Tienes alguna bebida favorita mientras lees, cuál y por qué?

Horizontum. “Para mí la lectura debe ser un paseo en la playa, no un ascenso al Everest”OD: Cuando el entorno es favorable (me remito a la pregunta anterior), café o agua mineral.  No me gusta mezclar alcohol con la lectura, ya que ésta debe ser, considero, un acto plenamente consciente y pensante. El café, en especial el expresso, me otorga una hipersensibilidad muy especial para adentrarme en prosas ajenas.

DL: ¿Cuáles son las manías que consideras que tienes como escritor (escribes sólo por las noches, fumas mucho, lees muchos libros antes de sentarte a redactar, sales a caminar, escuchas música, etc)?

OD: Escribo en las madrugadas, entre las tres y las seis de la mañana. Es la hora en que el murmullo del mundo se hace más audible. Trato de escribir por lo menos tres veces a la semana, aunque por el ajetreo de la vida cotidiana en ocasiones tal disciplina no es posible. Eso sí, considero que la mayoría del trabajo del escritor se ejecuta mientras se están haciendo otras actividades: leer, manejar, caminar en el bosque, charlar con amigos. Hay un proceso en segundo plano de la mente que permite al autor elaborar sus ficciones, y que sólo cuando hay suficiente material en el inconsciente es fructífero enfrentarte a la hoja en blanco. Por eso, aún cuando deje algún tiempo de escribir, a la hora en que retomo la rutina, siempre tengo algo que verter en el papel.

Con respecto a la música, escojo alguna que vaya de acuerdo a lo que estoy escribiendo. Por ejemplo, si escribo una novela situada en el Porfiriato, escucho música de salterio, o si escribo un cuento de narcotráfico, alguna selección de corridos adecuada.

DL: Cuéntanos algún dato curioso de ti como lector.

OD: Más que curioso, es desagradable (creo), cuando un libro me apasiona, acostumbro tomar nota en los márgenes, e incluso, discutir con el autor por medio de esas notas, confrontando sus opiniones con las mías propias o citando otras fuentes. Por ello ya ninguno de mis amigos cercanos me quiere prestar libros.

Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.