Páginas del ingenioso Ramón Gómez de la Serna Páginas del ingenioso Ramón Gómez de la Serna
Ramón Gómez de la Serna es un vanguardista que todo el tiempo escruta nuevas formas expresivas. No se conforma con seguir los paradigmas establecidos... Páginas del ingenioso Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna es un vanguardista que todo el tiempo escruta nuevas formas expresivas. No se conforma con seguir los paradigmas establecidos y, profundizando en su búsqueda, encuentra precisamente el estilo que lo hará célebre: la greguería. ¡Cuántos matices a diestra y siniestra hay en ella! El señorito ─como le llamó Francisco Umbral─ sabe juntar en una misma composición la riqueza doctoral con el obrerismo desenfadado. La confecciona ─y formaliza─ con tal denuedo y singularidad que nadie puede seguirlo, y quienes lo intentan terminan imitándolo o, en el peor de los casos, tropiezan con el plagio.

Dicen algunos estudiosos, arrebolados, que la versatilidad de Ramón ─que él practica con una firmeza inquebrantable─ hace que su obra sea una de las más difíciles de examinar. Desconcierta a los académicos que el tipo use neologismos que no derivan de palabras eruditas ─y tampoco proceden de ninguna lengua viva ni muerta─, sino que obedecen a sus propias necesidades onomatopéyicas. Inventa palabras: usa aumentativos a voluntad, deformaciones a granel y, en suma, hace lo que le viene la gana con el lenguaje. Incapaces de explicarlo, sus insulsos intérpretes concluyen por señalar que su estilo es, simple y llanamente, una nueva forma de hacer literatura. Y es cuando surge el término “ramonismo”.

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Pedro Salinas, en su célebre artículo “Escorzo de Ramón” fue quien definió al madrileño como un modo de escribir, una fuerza de creación lingüística excepcional”. Las Greguerías ─que originalmente aparecieron en el diario ABC y, posteriormente, conformaron un libro─ contienen toda una filosofía ensayística: ocurrencias, salidas graciosas, pensamientos hondos, reflexiones sobre el arte, la literatura, la vida y la muerte. El autor se plantea preguntas tácitas y, acto seguido, se las responde con humor, inteligencia y profundidad: ¿Un texto podría salvarnos del ahogo? ¡Claro!, parece responder Gómez de la Serna, porque “El libro es el salvavidas de la soledad”. ¿Por qué nos acongojan los aguaceros? ¡Sencillo!, expresa el donoso humorista que también fue: “La lluvia es triste porque nos recuerda cuando fuimos peces”. Sin saberlo, muchos de los aforistas contemporáneos ─e incluso los tuiteros más avispados─ le deben mucho ─o casi todo─ a los esfuerzos pioneros de Ramón.

Precisamente, hace cien años ─en 1917─ el prolífico Ramón publicó tres obras esenciales de su extensa bibliografía: El circo, La viuda blanca y negra, Senos y Greguerías. En estos libros se encuentran los sustratos ─concentrados y ya perfectamente refinados─ de toda lo que será su obra venidera.

Pocos autores ─acaso Hugo, Mishima, Rushdie o nuestro inabarcable Monsiváis─ han escrito con tanta elocuencia y fecundidad como Ramón. Exceptuando la poesía ─género que nunca practicó─ su producción resulta inabarcable: ensayos, novelas, cuentos, proclamas, manifiestos, piezas de teatro, retratos biográficos y autobiografías. Sus temas fueron variadísimos. Habló de toros, filosofó sobre la novela, ironizó y ensalzó a sus contemporáneos. Escribía como diez hombres creativos. Precisamente en El circo dice…

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Pese a que Ramón fue esencialmente un autor satírico, no practicó un humorismo envenenado. Su sarcasmo tuvo dosis más fuertes de ingenio que de escarnio. Para el autor de Morbideces el arte “no puede ser castigo, venganza, represalia”. Bien visto, en todas sus declaraciones hay una visión optimista y entrañable del mundo. Tanto que, hay que admitirlo, también dice boberías: Su lema es que “vale más tener el corazón alegre que la vida feliz, pues un corazón alegre lo suple todo”, como él mismo nos cuenta en Nuevas páginas de mi vida. Quizá por eso tenía ─y sigue conservando─ la apreciación unánime de artistas y literatos. Aunque no tuvo enemigos declarados, tampoco permaneció inmune ante las ironías. Rafael Cansinos Assens

Cuando Ramón regresó a Madrid para que lo enterraran, en la capilla ardiente, Agustín Lara dirigió la banda municipal que se lució tocando el chotis de Madrid ─que, dicho sea de paso, antes le había dedicado a su ex esposa María Félix, en un intento por recuperar su amor.


Ricardo Sevilla