Odisea Odisea
La banqueta está repleta de gente. Él está rodeado de cabezas: unos rizos desparpajados caminan frente a él, casi los toca con los dedos.... Odisea

La banqueta está repleta de gente. Él está rodeado de cabezas: unos rizos desparpajados caminan frente a él, casi los toca con los dedos. Camina distraído. Tropieza. Se da cuenta que ha pisado las agujetas desanudadas. Se agacha y pone la rodilla sobre la acera, recarga el mentón en la otra, se apoya en el poste telefónico; la nariz apunta hacia uno de sus tenis. Algo se mueve: una lombriz de tierra, delgada, con la cabeza deshilachada, pero no tiene el color atintado sino grisáceo, percudido, como el de una agujeta. Es la agujeta de su tenis. Se mueve por sí sola. Repta. Comienza a enredarse en el tobillo un hilo delgado que lo aprieta hasta arderle. Él se levanta e intenta correr, pero no puede; nadie lo mira. Quiere correr, pero aquella lombriz-agujeta avanza veloz, sube por sus piernas, lo enreda al poste, sube, hace surco en la ropa, abre camino en la piel, hace que se detenga el latido de su sangre. Ese cuerpo largo y ardoroso le comprime el pecho. Sigue hacia arriba. No es resbalosa como las lombrices comunes, sino seca. Él siente una soga al cuello, abre la boca: otro hilo, esta vez de saliva. No puede articular palabra, sólo un ruido que comienza a crecer: “¿Qué sonidos son los que se desatan de las cuerdas? ¿Soy una foca?”.

Permanece atado al poste, constreñido. Los brazos ya están pegados a su costado, las piernas se acalambran. La baba es larga y delgada, baja por su cuello y su cintura, hace charco cerca de los muslos. “¿Se orina? Qué le pasa. Está loco. Llamen a la policía. Hija, hazte para acá, no lo mires. Qué asco. Por qué hace esos ruidos, papá“.

Algunos pares de zapatos se detienen y forman un círculo a su alrededor. Él ya no ve sino ojos pequeños y extrañados; otros grandes y aturdidos; lentes delgados; otros más de armadura ancha. Pero ya no presta atención a los demás pares, sigue con la boca abierta. La lombriz-agujeta llega a la comisura de sus labios, a las encías, a su garganta. Una línea de fuego entra, recorre los músculos, identifica los riñones y el hígado, cuenta las vértebras. Él quiere conocer la materia del fuego y no hay lombriz: el incendio está en todo. La línea de miradas, con la suya, es telaraña tejida por ojos de panza roja. Los de atrás no alcanzan a mirar, la esquina está invadida de gente. No cabe ni una mosca en esta red enorme y translúcida. Se escuchan sirenas, como las sirenas del mar. Ahora sabe que también se llama Ulises.

Karla Sandomingo Vizcaíno

(Guadalajara, Jalisco, 1970) es poeta y narradora. Fue subdirectora editorial de la revista cultural Tragaluz, en la que publicó las “Crónicas del desamparo”, y columnista del diario Público, del grupo Milenio donde publicó su “Paso de cebra”. Ha sido productora, guionista, conductora y columnista de diversos programas de Red Radio Universidad de Guadalajara, directora de actividades culturales del Fondo de Cultura Económica (Guadalajara) en 2010 y 2011, catedrática de la Universidad de Medios Audiovisuales CAAV. Fue becaria del Fonca (2004-2005), y obtuvo la beca “Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico del Estado de Jalisco” (2007-2008), con la que escribió el libro Extracto del espejo, ganador el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en 2009, publicado por la Universidad de Guadalajara el mismo año.