Ochoa le dijo a la olla Ochoa le dijo a la olla
Desde el Partido Revolucionario Institucional (PRI), alta tribuna moral de la nación, Enrique Ochoa Reza reparte certificados de ética pública Ochoa le dijo a la olla

Desde la inmoral y tórrida pléyade capitalina, informo a mi coronel:

Desde el Partido Revolucionario Institucional (PRI), alta tribuna moral de la nación, Enrique Ochoa Reza reparte certificados de ética pública. Enfundado en un soberbio esmoquin negro, el presidente del PRI se arroga el papel de cancerbero del decoro político.

Así me lo imagino, mi coronel.

Es la boda de Paulina Romero, hija del inefable líder petrolero Carlos Romero Deschamps –campeón de la medianía republicana. Ahí se reúne la crema y nata, y un poco más, de la política nacional. Gobernadores y exgobernadores, funcionarios y exfuncionarios, el México perfumado y poderoso se dio cita, el sábado 21 de mayo, en el Camino Real de Polanco. Pomadoso centro neurálgico de la gente bien.

Cobijados por la jungla abigarrada de guardaespaldas, los hombres fuertes de México se descoyuntan las manos en saludos inmisericordes, se palmean la espalda hasta casi sacarse los pulmones; luego se miran satisfechos del viril saludo prodigado al interlocutor.

Ochoa Reza camina entre ellos.

Tomás Yarrington

Tomás Yarrington

 

Entre mordiscos al canapé de caviar, y sorbos al champán, el dirigente nacional del PRI pondera la necesidad de higienizar la muy corrupta política nacional. “Ya vieron al gordo Duarte, el de Veracruz. Todo lo que se robó. Qué bárbaro. ¿Qué partido lo habrá postulado?”. Su breve auditorio, festivo y atento a las palabras del político, se mira entre sí, interrogante. “Quién sabe –sale al fin un oyente-, pero qué vergüenza, la verdad”.

“O el otro, el Yarrington ese. El que agarraron como todo un capo de la mafia en Italia. Jefe de un imperio criminal. ¿De dónde salió aquél?”, cuestiona a los presentes. “Tampoco se sabe –responde el mismo- pero qué pena”.

“¿Se acuerdan de un gobernador de Tabasco? Granier era su apellido. ¿Cuánto dinero se llevó?” “No recuerdo –contesta otro-, pero fueron muchos millones”. “Bueno, como sea, qué horror. Cómo llegó a ser gobernador, ¿no?”, se pregunta el priista.

Al concilio se acerca Romero Deschamps. “¿Cómo se la están pasando?, ¿qué platican que no me dicen?”. “Nada, Carlos, nada –suspira Ochoa Reza-. Estamos aquí platicando de la honestidad. Nada más”. “Ah, bueno –se despreocupa el anfitrión-. Pensé que no les estaba gustando la fiesta”.

Orígenes

¿De dónde, mi coronel, viene la repentina vocación moral de Ochoa Reza? Luego recuerdo. Hago memoria y todo tiene sentido. Todo.

La alta posición que ahora ocupa el exdirector de la Comisión Federal de Electricidad, por donde Ochoa Reza pasó sin pena ni gloria, tiene entre sus antecesores a reconocidos miembros de la más decantada estirpe moral del país. Por ejemplo, Roberto Madrazo, dirigente nacional del PRI del 2002 al 2005, fue exhibido durante el Maratón de Berlín, en el 2007, por recorrer 42 kilómetros en dos horas, 41 minutos y 12 segundos. “El hombre más rápido de México”, lo calificó la prensa alemana.

Humberto Moreira

Humberto Moreira

 

Más cercano en el tiempo a Ochoa, Humberto Moreira, presidente de ese instituto político en el 2011, dejó a Coahuila –entidad que gobernó del 2005 al 2011- con una deuda de 33 mil 100 millones de pesos. Ahora, apercibido de su innegable juventud –cuenta, apenas, 51 años- Moreira es candidato a una diputación local por el Partido Joven de Coahuila. Por esta razón, el PRI lo expulsó de sus filas. Minucias.

Con tales antecedentes –a veces penales- no es casual el hiperactivismo persecutor que Ochoa Reza despliega contra todo aquello que, a sus impolutos ojos, transgreda su ajustado marco moral. Circunstancia que lo ha llevado, en últimas fechas, a constituirse en un bravo cruzado de la decencia, aunque, justo es decirlo, apabullantemente amnésico.

Con aquellos de herencia, mi coronel, ¿a poco no cambiaba de amigos?

Hasta aquí mi reporte, mi coronel. Seguimos atentos, acalorados e informando.

 


Filiberto García

Filiberto García, nació en la Ciudad de los Palacios, otrora México-Tenochtitlán. Formó parte, brevemente, de los servicios de inteligencia mexicanos.. Su paso en los entretelones del espionaje lo consignó un novelista de los buenos. Luego, Filiberto, herido por la abulia y temprano aburrimiento -su trabajo de espía no duró más que una novela- se dedicó a estudiar periodismo. Se le quedó lo de "mi coronel", y a él le escribe, periódicamente, uno que otro análisis. A veces escribe en serio. Pero siempre lo hace en “Horizontum”. Pura sátira.