Nochixtlán, paisaje después de la batalla Nochixtlán, paisaje después de la batalla
A casi un mes del intento de desalojo de la policía federal a los bloqueos de los maestros de la Sección 22 de la... Nochixtlán, paisaje después de la batalla

A casi un mes del intento de desalojo de la policía federal a los bloqueos de los maestros de la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, las puertas a la gran zona de la mixteca mexicana siguen cerradas. El diálogo entre maestros disidentes y el gobierno sigue estancando. Ocho muertos esperan por justicia

Nochixtlán es hoy un pueblo sin ley. Ninguna autoridad rige en ese rincón oaxaqueño desde el 19 de junio pasado. El cabildo está clausurado. Paredes, mobiliarios, documentos y archivos están completamente quemados. Ningún policía, ni patrulla circula por el poblado. Las puertas a la gran zona mixteca mexicana siguen cerradas. Los maestros apostados en las autopistas bloquean el paso del transporte interestatal. Nadie pasa mientras no haya justicia para sus muertos, dicen, y el gobierno repiense su Reforma Educativa.

El lugar de la grana o cochinilla, como significa en lengua náhuatl el nombre de esta cabecera municipal, es también conocido en mixteco como Nuanduco, y siempre ha sido un punto estratégico en el desplazamiento comercial hacia los territorios del sur mexicano.  “A fuercita tienen que pasar por aquí”, comentan. Ahora con sus principales vías de acceso cortadas, el país quedó prácticamente partido en dos. Ningún transporte puede transitar  por la autopista y la carretera panamericana si los maestros no quieren. El paso se abre según convenga.

Nochixtlán, paisaje después de la batalla

Pero de Nochixtlán se puede seguir rumbo a la ciudad de Oaxaca, capital del estado, por otros caminos alternos. La carretera  “libre” – no hay que pagar por su tránsito- resulta uno de esos accesos. Son 79 kilómetros de puros baches y curvas.  El trayecto puede durar tres horas. Por la autopista, apenas 55 minutos. Cuatro veces tuve que hacer ese recorrido durante tres días. Mi cuerpo aún siente la sinuosidad del camino.

Los traileros son los que más sufren. La fila en los límites de la ciudad se hace infinita. Muchos dormitan en las cabinas de sus rastras o debajo de los contenedores. El sol y la lluvia son dos compañeros inseparables en las largas esperas. Ora el calor sofoca, ora un frío húmedo cala los huesos. Tampoco pasan las pipas de gas y gasolina de Pemex. Lo que huela a gobierno o a propiedad transnacional queda detenido. Incluso hoy,  a casi un mes del intento de desalojo por parte de la Policía Federal.

-II-

Sobre la autopista panamericana que atraviesa a Nochixtlán permanecen los restos de los tráileres calcinados por el fuego. Ahí están todavía sus esqueletos de hierros. Obstruyen la circulación de automóviles locales en busca de una salida. Sobre el pavimento están dibujadas las siluetas de los caídos. “La misma gente los hizo, para que a nadie se les olvide que aquí hubo ocho muertos”, apunta Víctor, uno de los maestros presente en el fatídico 19 de junio. “¿Desalojo? No. Fue masacre”, aclara.

No refiere su apellido. Prefiere que lo cite por su nombre. ¿Miedo? , pregunto. “No, ya no hay miedo, pero con mi nombre basta”, responde. Vamos al lugar de los hechos. Recorremos el escenario de los enfrentamientos. Desde el panteón municipal hasta la entrada del pueblo. Casi tres kilómetros de la carretera internacional panamericana.

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Todavía se pueden ver las cenizas de las llantas incineradas. También piedras, autos quemados, trapos, palos, botellas de agua y Coca Cola vacías. Se esparcen por varios lados las improvisadas armas y barricadas con las que les respondieron a las balas y gases de los federales. La vegetación y el pavimento siguen carbonizados. Ahora el cielo está despejado. Un pastor arrea a sus borregos por la mismísima autopista. Cruzan tranquilamente. Igual dos mujeres. Otro hombre arrastra un carrito con aguas y refrescos. Propone su mercancía. Se encamina hacia los puntos de bloqueo de los maestros. Allí podría vender algo, imagino.

¿Por qué no quitan todo eso de la carretera?, le inquiero a mi acompañante. “Son evidencias. Aquí nadie esperaba que los federales llegaran echando balas”, responde.  Víctor recuerda que esa fecha era precisamente el Día de los Padres.  También el tradicional domingo de mercado. La gente baja de sus comunidades para vender en el pueblo. La mayoría aprovecha para comprar comida fresca. Se hace un gran tianguis. Igual comenta que ya tenían información de que vendrían a desalojarlos. Desde el 15 de mayo, la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) bloquea la entrada y salida de esa ciudad del estado de Oaxaca. No es el primer bloqueo que hacen, ni la primera vez que lo desalojarían.

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“Eso es una de las formas de presionar”, refiere Víctor, miembro de la CNTE hace más de una década. Su organización se opone ferozmente a la Reforma Educativa del actual gobierno, impulsada por Enrique Peña Nieto desde su llegada a la presidencia de la república.  La organización magisterial alega estar en contra de esos cambios por considerar que sólo se enfoca en lo laboral y administrativo.

No resulta una transformación pedagógica y reformadora de los actuales preceptos educacionales. Igual aduce que es un paso hacia la privatización de la enseñanza y a la pérdida de sus conquistas laborales -jubilación, antigüedad, seguro contra desempleo, aguinaldos, entre otras prestaciones-, alcanzadas durante años de luchas sindicales. La evaluación tampoco mide conocimiento y desempeño docente. Es un mecanismo más de despido laboral, argumenta la CNTE. Las escuelas, incluso, tendrán que pagar sus servicios de agua, electricidad y telefonía, entre otros cobros previstos por la nueva ley del gobierno. Y todo eso saldría del bolsillo de los padres de los alumnos, quienes ya deben costear materiales escolares, uniformes, alimentos…

-III-

Los maestros en Nochixtlán custodian los puntos de bloqueo día y noche. Uno se ubica en las Tres Cruces y el otro en la Autopista Nacional. Se van alternando. No son pocas las mujeres que allí permanecen con sus paliacates, sombrillas y bordados. A los costados de la carretera han instalado carpas para protegerse del sol y la lluvia, igual sirven para dormir, cocinar o comer. Ahí se reúnen, discuten sus demandas. Organizan los turnos de guardia. Leen la prensa. De celular en celular comparten la información de las mesas de diálogo con el gobierno.

Nochixtlán, paisaje después de la batalla

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Hasta el momento no se vislumbra una salida. Nadie cede. Ni el gobierno, ni el magisterio disidente. La espera y el debate continúan.  También los bloqueos y plantones de la Sección 22. Los maestros demuestran tener una capacidad de resistencia y movilización asombrosas. Viven cómo nómadas. Al estilo mongol y sus famosas yurtas.

Sus casas son ahora carpas y casas de campañas que colman el zócalo y varias manzanas del centro de la ciudad de Oaxaca. De ahí se mueven para las distintas misiones: bloqueos, recopilar víveres, plantarse frente a oficinas locales de la Secretaría de Educación Pública. Su inquietud es visible.  Gritan y acusan de traidor a todo el que se le oponga. La mayoría de sus escuelas están cerradas. Casi 200 centros oaxaqueños no concluyeron su ciclo escolar por el paro, reporta un diario local.

Víctor retoma el recuento de los hechos del 19 de junio pasado.  Vuelve a reconstruir los sucesos. Otra vez los gases lo asfixian y le pican los ojos. Siente cómo el agua con vinagre alivia el ardor insoportable en la vista. Recuerda a muchos cubriendo sus rostros con trapos mojados con esa mezcla y Coca Cola. De nuevo escucha el repique de las campanas de la iglesia. El padre Adrián había prometido  avisar en caso de desalojo.

Nochixtlán, paisaje después de la batalla

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Recuerda que faltaba un cuarto para las ocho de la mañana cuando todo empezó. “Llegaron aventando sus gases”, precisa. No hubo protocolo alguno. Tampoco tiempo para que la gente se fuera pacíficamente.  “En mis 42 años nunca había visto algo así en Noxchixtlán. Esta es una ciudad tranquila”. Los federales no dieron tiempo a dialogar. “Llegaron a lo que llegaron. Ellos venían preparados.  Había unos coches parados y ellos les prendieron fuego. También a dos tráileres con pollos vivos. Algunos los pudimos rescatar cuando los policías se replegaron. Esas barricadas las pusimos como protección”, dice, mientras señala para los restos de una plancha trasera de un tráiler.

Víctor se recuerda tirando piedras. Devolviendo alguna bomba de gas que llegaba hasta su posición.  Tiene gravado en su mente los silbidos de las balas. El sonido de un helicóptero que los sobrevolaba. No tuvo ni un rasguño. Salió ileso físicamente. Otros no. Ocho no vivieron para contarlo. Más de un centenar de heridos, incluyendo federales. No olvida la sangre sobre el pavimento, en los rostros, en los cuerpos. “Todo esto era un campo de guerra”.

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“Cuando los federales vieron que no podían avanzar, sacaron sus armas de fuego. Hay muchos rumores de que también teníamos armas, pero yo no vi a nadie armado de nuestro lado. Eso sí, nos defendimos con piedras, con palos, con todo lo que pudimos… Se fueron porque los replegamos. Llegó mucha gente con el repique de las campanas”.

Víctor cree que el enfrentamiento duró unas cuatro o cinco horas. No puede precisar con exactitud el tiempo. Imágenes grabadas en celulares muestran parte de los hechos. Hay disparos, gases, cohetones, bombas caseras, piedras, palos, llantas y un autobús ardiendo, fuego en gran parte de la autopista. Hay respuestas violentas de ambas partes.

“La gente estaba bien brava”, apunta. Al cabildo le dieron candela porque el alcalde se negó a dar ayuda, comenta. “No quiso abrirlo como refugio. Tampoco prestó la ambulancia para auxiliar a los heridos”.  Y desde ese día el priísta Daniel Cuevas Chávez perdió su autoridad ante el pueblo. Dicen que está escondido. No se sabe dónde. Algunos regidores siguen trabajando clandestinamente. Nadie porta uniformes de policías locales. Mucho menos de federales.

-IV-

Nochixtlán quedó sin ley, pero no falta orden. Los propios pobladores se organizaron por sus vecindades. Esta cabecera municipal, denominada oficialmente como Asunción Nochixtlán, está dividida en cuatro barrios: Peña, Las Flores, Chocano y Calvario. De cada uno eligieron a dos residentes para que los represente en la especie de gobierno provisional popular que ahora tienen.

Observadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos recorren el pueblo, dialogan con heridos, recopilan información. Visitan los bloqueos y los campamentos de los maestros, donde también están muchos padres de familia y alumnos. Se niegan a dar detalles de su evaluación. “Hay que esperar a las conclusiones de nuestro informe”, aclara uno de ellos.

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Me anota su número por si tengo alguna contingencia durante mi trabajo periodístico. Recuerdo al colega asesinado aquí el día de los hechos. Claramente no se sabe quiénes y por qué mataron a Elpidio Ramos, mientras tomaba fotos de los sucesos. Le dispararon a mansalva en la cabeza.

Camino junto a Víctor por la ciudad. “Esto ya es un movimiento social. Los maestros no estamos solos”, comenta durante nuestro recorrido. Los semáforos funcionan. También los pequeños comercios y el único cajero automático Bancomer de allí.  Una larga fila espera por sus servicios. El resto del banco está cerrado a cal y canto. Hasta sellaron sus vidrieras con planchas de tablarroca.

La gente circula tranquilamente por el centro de Nochixtlán. La glorieta del parque la colman mantas de la CNTE y su Sección 22. En todas exigen justicia, libertad para los presos políticos y que el gobierno derogue la Reforma Educativa. Catalogan al desalojo como crimen de Estado. En otras detallan el nombre de cada víctima: Anselmo Cruz Aquino, Jesús Cadena Sánchez, Iralvin Jiménez Santiago, Oscar Nicolás Santiago, Omar González Santiago, Andrés Aguilar, Elpidio Ramos y Yalid Jiménez. Ninguno era miembro de la CNTE.

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Muchos pobladores permanecen sentados en los bancos que circundan al parque y su glorieta de estilo morisco. No hay reportes de accidentes del tránsito, ni de delitos. Alguien pasa y propone que le compre pan recién horneado. Observo una patrulla y motocicleta calcinadas a la entrada del cabildo.  En una de sus paredes, un cartel con la imagen del presidente Peña Nieto tras las rejas, dice: “¡Ayotzinapa: de Iguala a Los Pinos, cárcel a los asesinos! ¡Todo el pinche sistema es culpable!”.

Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.