¡#NoAlSilencio! Cuando los periodistas gritan ¡#NoAlSilencio! Cuando los periodistas gritan
Una bandera negra, inmensa, cae en una diagonal imperfecta sobre la fachada de la Secretaría de Gobernación. El enlutado símbolo patrio que... ¡#NoAlSilencio! Cuando los periodistas gritan

Una bandera negra, inmensa, cae en una diagonal imperfecta sobre la fachada de la Secretaría de Gobernación.  El enlutado  símbolo patrio que recorre las protestas desde hace años es la escenografía perfecta para las arengas de una manada que se restaña las heridas. Otro periodista murió. El sexto del año.

En la banqueta, el mitin. Detrás, el anodino edificio, burocrático esperpento, mantiene las puertas cerradas. Un mensaje. En su cuadratura y fría funcionalidad, el poder se guarece para cerrarse sobre sí mismo. Las luces apagadas, la actividad frenética habitual interrumpida. Otro periodista murió. El sexto del año.

Las caras conocidas, los saludos en la mirada y las palmadas en la espalda. Somos los mismos, pero no lo somos. Otro periodista murió. El sexto del año.

María Herrera es madre de cuatro hijos desaparecidos: Jesús Salvador y Raúl desaparecieron en el 2008, en Guerrero; Gustavo y Luis Armando Trujillo lo hicieron en el 2010, en Veracruz, luego de ser detenidos por un retén del Ejército. Nadie como ella para conocer de los entretelones enloquecedores de la justicia mexicana; nadie como ella para hablar de la solidaridad: desde la fundación de “Familiares en búsqueda”, la asociación civil creada por Herrera, 36 fosas clandestinas fueron localizadas.

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Ella toma la palabra. “Hermanos, hermanas, medios de comunicación que nos acompañan, y que con dignidad y respeto, y todo el cariño, estamos aquí repudiando este acto tan indignante, este acto que nos llena de tristeza y horror”.

“Javier –nos dice- fue un luchador incansable, un hombre honesto, fue el hermano, fue un ser humano maravilloso que luchó y defendió los derechos de las víctimas, a costa de su vida. Pero les quiero decir que esta sangre que derramó Javier nos está salpicando a todos. Nos llena de coraje, de indignación, y nos invita, nos incita a seguir luchando con la frente en alto. Con esa dignidad, ese respeto, ese amor con que él lo hizo (…) Con esto nos están diciendo mucho, nos están diciendo que le paremos, pero debemos seguir con más fuerza, más ímpetu”.

Al micrófono acuden Lydia Cacho, que lee un fragmento de Narcoperiodismo, el último libro de Javier Valdez – “Si tenemos aunque sea solo retazos, ilusiones, esperanza, ¿para qué carajos salir al puto miedo?”-, Jorge Meléndez, que glosa una reunión con funcionarios del gobierno federal, Javier García, que viene de Nayarit, perseguido por las amenazas en su contra y, desde Baja California Sur, Omar Gómez, quien exige justicia para su amigo Max Rodríguez, periodista asesinado el viernes santo -14 de abril- en la ciudad de La Paz.

Las intervenciones de los oradores se alternan con los gritos que pautan la protesta. “¡Justicia para las mujeres periodistas!”, grita una mujer entre la multitud; “¡Justicia para Sofía, justicia para su hijo Jonathan!”, insiste otra. “¡Justicia para Max Rodríguez”, lanza Omar Gómez.

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Él me cuenta su historia: “En diciembre del 2016 me quemaron mi casa, con un narco mensaje; el segundo evento fue en febrero, me volvieron a incendiar un carro. Y el tercero, que fue en marzo, intentaron incendiarme otro carro. Dentro del mismo domicilio, esta vez no pudieron porque tenía escolta y repelieron. Me iban a asesinar a mí también”.

“En esa situación, cuando ya sé que me iban a matar, pues obviamente me salí del estado”, sentencia.

En las inmediaciones del semicírculo, donde se alternan la voz de los periodistas, corrillos se tejen al calor de la charla accidental. Antorchas recorren las protestas; las fotografías, como oriflamas, dan rostro a los periodistas asesinados. Seis en lo que va del año.

Entre los asistentes, de negro, Ignacio Rodríguez Reyna, director de Emeequis, me habla del último de ellos, de Javier Valdez: “Era un tipo honesto, decente; un tipo con un arrojo y una audacia cabronas. Tenía mucha claridad en lo que hacía. Creo que el respeto que infundía en muchos colegas es, justamente, lo que también ha cimbrado muchísimo. Creo que cualquier periodista que sea asesinado nos duele, nos pega, nos sacude, nos hace reflexionar, pero Javier tenía, además, un don, carisma personal. Un tipo muy norteño, muy leal. Muy arriesgado”.

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Sobre la fachada de la Secretaría diferentes videos son proyectados; en ellos, Javier Valdez, a cuadro, se explica el periodismo. “He sido periodista estos 21 años, -dice Valdez en la entrega del “Premio Internacional de Libertad de Prensa”- y nunca antes lo he sufrido y gozado con tanta intensidad y con tantos peligros. En Culiacán, Sinaloa, (…) es un peligro estar vivo, y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el gobierno. Un piso filoso y lleno de explosivos”.

La acera de Abraham González, la calle donde tuvo lugar el mitin, de poco en poco, discretamente, se queda vacía. Rezagados contertulios charlan, se reconocen, se saludan, se despiden. Aún queda por escribir la nota del evento, la crónica para el día siguiente. Reportear, porque otro periodista fue asesinado. El sexto del año.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.