<i>Moronga</i> de Horacio Castellanos Moya <i>Moronga</i> de Horacio Castellanos Moya
Un profesor universitario y un ex guerrillero salvadoreños, residentes en Estados Unidos, se ven involucrados en una trama de espionaje, narcotráfico y guerrilla marcada... <i>Moronga</i> de Horacio Castellanos Moya

Un profesor universitario y un ex guerrillero salvadoreños, residentes en Estados Unidos, se ven involucrados en una trama de espionaje, narcotráfico y guerrilla marcada por la violencia de Centroamérica, así lo narra Horacio Castellanos Moya, un imprescindible de la literatura latinoamericana y una de las voces más provocadoras, originales y relevantes de la generación de Bolaño, en su más reciente libro, Moronga, bajo el sello Literatura Random House.

moronga horacio castellanos moyaJosé Zeledón, hombre silencioso y huraño, vive atormentado por su violento pasado. Tras huir de El Salvador con una nueva identidad después de la guerra civil, ha logrado pasar desapercibido durante años en Estados Unidos. Ahora debe dejar atrás Texas y empezar de nuevo en Wisconsin, donde un antiguo compañero de la guerrilla le ha conseguido una habitación amueblada en la ciudad universitaria de Merlow City y un trabajo de conductor de autobús escolar. Su anodina nueva vida se verá alterada al descubrir que otro compatriota salvadoreño, el experiodista Erasmo Aragón, ejerce como profesor en el Merlow College mientras busca esclarecer la muerte del poeta revolucionario Roque Dalton.

Castellanos Moya es uno de los autores más incisivos y singulares de su generación y el único que, según Roberto Bolaño, ha sabido narrar «el horror, el Vietnam secreto que durante mucho tiempo fue Latinoamérica». Al igual que otros personajes de Moronga, Zeledón y Aragón son supervivientes del horror, seres paranoicos y en permanente estado de alerta. Ambos nos cuentan en primera persona historias en las que asoma su pasado, la guerrilla y el narco, mientras el autor entreteje una intrincada telaraña de violencia que atrapa al lector hasta alcanzar un trepidante final en el que todos los caminos se unen.

«Es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país.» Roberto Bolaño

«Tiene la intensa vitalidad de las grandes novelas, las que dan singularidad humana a circunstancias con las que de otro modo no empatizaríamos.» The New York Times

FRAGMENTO

Lo descubrí rondándome de nuevo. El día anterior había sido cerca de las cajas registradoras en el Walmart; ahora, en el centro del pueblo, a la salida de una taquería. El rostro se me hacía familiar, de la época de la guerra, pero no lograba ubicarlo.

Era un sábado al final de la tarde.

Las calles estaban desoladas; la resolana aún hería la vista.

Me metí a la vieja Subaru. Encendí el celular. Rudy respondió al otro lado: que todo estaba listo en Merlow City, que llegara cuanto antes, me estaban esperando para el empleo y había un par de casas donde podía alquilar habitaciones amuebladas.

Me dirigí al motel de mala muerte en el que había pernoctado en los últimos días. Pagué la cuenta.

En la madrugada, metí mi ropa y mis cachivaches en la vieja Subaru.

No había nadie de quien despedirme.

Maniobré por los suburbios. No traía cola a la vista. Salí a la autopista 30.

Atrás quedaba Mount Pleasent; más atrás, Dallas.

Me esperaban quince horas de viaje.

Disfrutaba conducir a esa hora, salir de la penumbra en la zona desértica, cuando aún había pocos furgones en la carretera. Enseguida vendrían el sol hiriente, el calor sofocante, el tráfico dominguero.

El amanecer me alcanzó antes de llegar a Texarkana, la frontera del estado.

Pero no me detuve a desayunar sino hasta dos horas más tarde, a un costado de la autopista, en las cercanías de Little Rock. Por el ventanal del restaurante podía observar mi auto, y quién entraba y salía del estacionamiento.

La mesera que me atendió era muy flaca, la cara consumida, los ojos azules un poco desorbitados; tenía tatuajes en el dorso de sus manos. El vaso con agua apestaba a yema de huevo; el café era rancio. No le dejé propina.

Salí de la autopista en Little Rock, como si ese fuese mi destino. Conduje un rato a la deriva; muchos sitios tenían el nombre «Clinton». Luego me metí a una callejuela en la ribera del río Arkansas y me estacioné. Permanecí en el auto, atento a los espejos retrovisores, con las manos en el volante.

Los resabios de una vieja emoción estaban ahí, removiéndose, inquietos. Comenzaría de nuevo, eso era la vida.

Un rato más tarde entraba a la autopista.

No hacía mucho que había cruzado el Misisipi, a la altura de Saint Louis, y subía por la autopista 55, cuando me detuve en un pequeño centro comercial al costado de la carretera. Me estacioné frente a un restaurante Chipotle; ordené unas enchiladas de pollo. Me traje el azafate con los platos a la terraza, para no perder de vista la Subaru. Comía distraído cuando recordé al tipo que me rondaba en Mount Pleasant: era un campesino de La Laguna a quien incorporamos como enfermero al campamento, un rostro sin nombre.

Los obesos de Saint Louis parecían más obesos que los de Texas.

¿Hacía cuánto tiempo no veía a Rudy? ¿Diez años? ¿Trece?

Sus coordenadas me las había dado el Viejo, el otro sobreviviente del pelotón, con quien mantuve contacto.

Rudy estaba casado con una mexicana. Tenían una parejita de niños. Él trabajaba como cocinero en un restaurante japonés; ella en una compañía de limpieza. Y habían residido en Merlow City durante siete años, los suficientes para armar una red de contactos. Es lo que me había contado.

También que ahora se llamaba Esteban. Lo que no importaba, porque Rudy tampoco era su nombre, sino el seudónimo que más le duró durante la guerra.

Ni él ni yo recuperaríamos jamás nuestros nombres originales. Nada tenían que ver ya con nosotros.

Caía el crepúsculo cuando encontré las primeras señales que anunciaban las entradas a Madison. Me fui de paso. Era principios de agosto: los días en el norte aún se alargaban hasta las nueve de la noche.

Merlow City estaba a unos 45 minutos, a medio camino entre Madison y Milwaukee.

Me estacioné frente al pequeño patio delantero de la casa de Rudy. Dejé pasar un par de minutos antes de marcar su número en el teléfono. El aire era húmedo, bochornoso.

Abrió la puerta y avanzó por el patio.

Supe que era él, pese a la gordura y las canas.

Salí del auto y caminé a su encuentro.

Nos abrazamos, primero con cierta desconfianza, luego con alegría.

—Acordate, soy Esteban, Esteban Ríos. No se te vaya a olvidar que me cagás —me dijo en corto, porque su mujer se acercaba tras de él.

Me la presentó.

—José Zeledón —le dije.

Se llamaba Lorena. Una trigueña, entrada en carnes, pero aún de buen ver. Parecía más vieja que Rudy, pero no tan vieja como yo.

moronga horacio castellanos moyaHoracio Castellanos Moya, escritor salvadoreño nacido en 1957, es autor de doce novelas y varios libros de relatos y ensayos. Su primera novela, La diáspora (1989), obtuvo el Premio Nacional otorgado por la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. Su novela El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997) dio lugar a controversias y amenazas que lo obligaron a abandonar su país. Fue editor de diarios, revistas y agencias de prensa, principalmente en Ciudad de México, donde vivió trece años; también ha residido en Costa Rica, Guatemala, Canadá, España y Japón.

Durante dos años fue escritor residente en un programa de la Feria Internacional del Libro de Frankfurt. Ha sido traducido a una docena de idiomas. El gobierno chileno le otorgó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2014 por el conjunto de su obra.

Actualmente es profesor en la Universidad de Iowa. Sus novelas más recientes son La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013) y Moronga (2018). Esta última inaugura la incorporación de Castellanos Moya a Literatura Random House. Este mismo sello recuperará otras obras del autor con la publicación de los ensayos La metamorfosis del sabueso (2011) y Cuaderno de Tokio. Los cuervos de Sangenjaya (2015), del libro de cuentos Con la congoja de la pasada tormenta (2009) y de las novelas La diáspora, El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, La diabla en el espejo (2000), Desmoronamiento (2006) y Tirana memoria (2008).

La Redacción

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