Monedas del exilio Monedas del exilio
El guardián de la memoria histórica de la Casa Museo León Trotsky, revela pasajes de su infancia y la relación con su abuelo. La... Monedas del exilio

El guardián de la memoria histórica de la Casa Museo León Trotsky, revela pasajes de su infancia y la relación con su abuelo. La historia de una familia signada por la tragedia y protagonista de los sucesos más trascendentales del siglo XX

“¿Por qué, por qué lo has hecho?… Él nunca te perdonará esa ofensa. Te lo hará pagar hasta la tercera o cuarta generación”.

 De El Hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura

León Trotsky

León Trotsky

Esteban Volkov Bronstein no le encuentra explicación al dinero dentro la fuente de su vieja casa. Tampoco parece molestarle. Podría ser un incontenible deseo de arrojar una moneda o una simple  invocación a los espíritus que allí puedan habitar. Ser revolucionario es también un acto de fe, sobre todo, en la morada donde vivió y asesinaron en la Ciudad de México a su abuelo Lev Davídovich Bronstein, mejor conocido como León Trotsky. El enemigo público número uno de Stalin, el poderoso líder de la otrora Unión Soviética.

Esteban observa las decenas de monedas sumergidas en el pequeño estanque del jardín. El agua trasluce el brillo metálico de los centavos tirados al azar. Muchos son pesos mexicanos. También hay dólares, euros, libras esterlinas y hasta rublos. Ni idea de cuándo comenzaron a depositarlos allí. Menos, donde sobresale un muro grabado con la hoz y el martillo, y se predica el más puro materialismo dialéctico.

Sus ojos se aferran al fondo. Igual allí está su vida, acumulada como las monedas que han ido dejando los visitantes de la casa, ahora sede del Instituto del Derecho de Asilo-Museo Casa de León Trotsky, del cual es su director. A sus 90 años  no recuerda el ruso natal. Lo prefirió olvidar desde niño. Alguna palabra le rebota en su mente como furiosos disparos de la memoria: diédhuska, diédhuska, diédhuska.  “Significa abuelo en español, pero soy medio alérgico a lo ruso”, bromea,  mientras intenta reconstruir su llegada a México, 76 años atrás.

“Fui muy afortunado en llegar aquí. Ya soy ciento por ciento mexicano”, dice, acomodado en el muro que bordea la fuente. Transpira quietud, a pesar de ser el único sobreviviente de una familia signada por la tragedia. Vivió una absurda persecución. Con apenas cinco años padeció el destierro. De la Rusia profunda llegó, junto con su madre, hasta la isla turca de Prinkipo, en el mar de Mármara. De ahí comenzaría un largo peregrinaje por medio mundo: Berlín, Viena, París, Nueva York y finalmente Ciudad de México.

La urbe mexicana sería el final de varios encuentros y desencuentros con su abuelo Trotsky. La conclusión de un trayecto en el que perdió a sus padres, hermana, tíos. Igual aquí tendría que enfrentarse a una última pérdida. La muerte era parte de su equipaje. Los Bronstein no podían escapar de la maldición del nuevo zar bolchevique. Con 13 años ya había estado ligado a los acontecimientos y hombres que signaron gran parte del siglo XX: la Revolución de Octubre, el ascenso del fascismo en Europa, dos guerras mundiales, Lenin, Stalin, Hitler.

Esteban sigue sentado en el muro de la fuente. Es un hombre de una afortunada longevidad. De grandes entradas en la frente, pelo encanecido, ojos inmensamente azules, andar ligero y traje impecable. Manos y rostro llevan las marcas de quien se arrima a un siglo de vida: manchas de sol y piel en surcos. En tierra indígena es un carapálida extremo. Aunque su abuelo lo mantuvo lejos de la política, es hoy el principal guardián del legado histórico de los Bronstein. “Sin memoria no hay futuro”, dice,  y clava su mirada en el fondo del estanque, donde también podrían estar las monedas de muchos exiliados como él.

Del fondo saca unos centavos oxidados. Los acaricia con los dedos. Retorna al pasado. Recuerda que nació en Yalta, una ciudad a orillas del Mar Negro, actualmente de la República de Crimea y disputada por Ucrania. Llegó a “este amargo mundo”-como define en broma su nacimiento- en la primavera de 1926. Pero tendría poca niñez. Su padre sería deportado a Siberia en 1928 y desaparecido en 1935 en los tenebrosos campos de trabajo forzado, conocidos como Gulag.

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Su madre Zina, hija de Trotsky, la perdería también. Se suicidó con gas en un pequeño apartamento de la ciudad alemana de Berlín. Fue encontrada en la tarde del 5 de enero de 1933. Padecía de tuberculosis, y, sobre todo, de una inmensa depresión. Había sido privada de su ciudadanía, y en Moscú fue obligada a dejar a su hija Alexandra, de casi siete años. Sólo al cabo de 60 años, Esteban la volvió a ver, poco antes de que muriera de cáncer en Moscú.  Se reencontraron tras la caída del socialismo y siendo Mijaíl Gorbachov presidente de Rusia. Es la única visita que ha hecho a su tierra natal, en más de 70 años. Sólo resistió estar cinco días.

-II-

Esteban tira al aire los centavos oxidados una y otra vez. Parece que le divierte. A su mente acuden las imágenes de su viaje a México por mar.  De nuevo está en el puerto francés de El Havre, junto a Margarita y Alfredo, un matrimonio muy cercano a su abuelo, quienes serían los acompañantes en la larga travesía. Los tres se embarcaron en un barco francés de cabotaje hacia Nueva York. Los buques más rápidos resultaban caros, como el Normandía, Elizabeth o el Bremen. Lograban atravesar el Atlántico en cuatro días, pero para ellos serían dos semanas de viaje.

Monedas del exilioAl adolescente Esteban, cuyo verdadero nombre era Vsievolod y todos le decían Sieva, el mar abierto le resultó una gran mancha gris, aburrida y monótona.  A veces leía, caminaba por la cubierta, o simplemente permanecía sin hacer nada. Durante dos semanas esa era la única rutina. Luego de tantos días, un vuelco en el corazón le sobrevino cuando vio, detrás de la bruma de la bahía de Nueva York, los rascacielos de la ciudad. Parecían de otro mundo. “Era impresionante”, murmura, sin dejar de voltear entre sus dedos la vieja moneda de la fuente. En la gran urbe tuvo tiempo para visitar la feria mundial de 1939, de la que sólo recuerda una pirámide con una gran esfera. Luego de 20 días, abordaría el tren Sub-Pacífico que lo traería hasta la Ciudad de México.

Para el pequeño Sieva fue un largo recorrido en ferrocarril. El calor le resultaba insoportable. El sistema de refrigeración funcionaba con hielo. Desde la ventanilla observaba deslumbrado el nuevo paisaje, muy despoblado, desértico. De vez en cuando asomaba alguna choza a lo lejos. El viaje parecía no tener fin. Pero luego de tres días y dos noches sobre infinitos caminos de hierro, el Sub-Pacífico detenía sus locomotoras en la estación de Buenavista, en la Ciudad de México.

El nieto de Trotsky finalmente llegaba a su destino.  El francés Jean Louis Maxime van Heijenoort sería la primera persona en recibirlo. Su abuelo le encomendó que lo recogiera en la terminal, junto a Alfredo y Margarita, sus inseparables acompañantes de travesía.

En México era todo nuevo para Esteban: la casa, el clima, la comida, el idioma, los amigos, la escuela. Sólo hablaba francés. Para llegar hasta Coyoacán, donde viviría con el abuelo y su esposa Natalia, tuvieron que atravesar campos y sembradíos de maíz. La nueva morada se ubicaba en la calle Viena, número 19. Aún la ciudad no era la monstruosa urbe de asfalto de hoy. El camino era muy estrecho. Jean Louis debía sortear el tranvía que llegaba hasta allí, desde el Zócalo. Era bastante hábil. Conducía cualquiera de los dos coches de la casa: un Ford 36, con una buena máquina, y un Dodge 37, regalado en Estados Unidos por partidarios del abuelo.

-III-

Aún Esteban siente el abrazo cálido de su abuelo. Desde los días de Prinkipo no se veían, unos ocho años. La casa le pareció inmensa, con jóvenes de varias partes del mundo.  Eran voluntarios, y seguidores de las ideas revolucionarias de su abuelo. Venían a ayudar, a cuidarlo. Ninguno tenía experiencia con armas de fuego. En México los exiliados no deben inmiscuirse en la política interna. Sólo aceptaban a extranjeros como ayudantes.

Ramón Mercader

Ramón Mercader

Todos comían juntos en la mesa. Eran muy cordiales, aunque la broma era ponerle bastante picante a la comida del recién llegado. Se hablaba en varios idiomas: inglés, francés, alemán, español. Esteban era el benjamín, al que su abuelo protegía y mantenía aislado de la política. Debía ser un niño, y nada más. Los ayudantes tenían prohibido hablarle de temas escabrosos. Ya la familia había pagado un tributo muy alto.

Aunque no sabía nada de español, lo matricularon de inmediato en una escuela del gobierno. Luego pasaría a un colegio de refugiados españoles, y finalmente se quedaría en la Academia Hispano-Mexicana. Esteban la ubica por el Paseo de la Reforma, cerca de la glorieta de Colón. En Francia había llegado hasta el sexto grado. Le habían enseñado latín y algo de griego. Pero aquí debía empezar otra vez. Llegaría con el tiempo a estudiar Química y trabajar en los laboratorios más avanzados del país. Igual haría familia con una madrileña y tendría cuatro hijas. Más tarde cinco nietos. La semilla Bronstein seguiría germinando, a pesar de la maldición de Stalin.

Esteban se toma un tiempo para descansar. En su mano derecha aprieta la moneda con la que juguetea desde hace un rato. Recorre con la mirada el jardín. Se conserva igual a los tiempos de su abuelo, que gustaba coleccionar cactus. Alguien le pide tomarse una selfie. Una joven rusa saca su celular. Sonríen. Por el patio caminan varios visitantes. Lo observan y se preguntan si es el mismo niño que aparece en las fotografías del museo.  “Soy el mismo, pero no igual”, dice entre risas, aunque siguen siendo inconfundibles sus ojos de mares.

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Luego de dar algunos pasos alrededor de la fuente, vuelve a sentarse sobre el muro. No deja de mirar las monedas, y devuelve al agua la que había tomado. La tira con furia. Mientras la moneda nada hasta el fondo, recuerda el primer atentado contra su abuelo en esa casa. Fue un ataque comando, dirigido por el pintor Siqueiros. Milagrosamente Esteban sobrevivió a los disparos que descargaron sobre su cama. Tuvo tiempo de saltar y arrinconarse en una esquina del cuarto. Encogerse hasta desaparecer de la vista de los sicarios. Vaciaron un cargador sobre el colchón del catre donde dormía.

Después de ese día, la casa sería prácticamente amurallada. Se levantaron los muros que hoy ocultan de la vista pública al viejo jardín y la fuente de las monedas. Se aislaron de las miradas de los transeúntes y del infernal ruido del vial conocido como Río Churubusco, parte del Eje Circuito Interior. La morada Bronstein terminó abducida por los ejes de la gran urbe de asfalto. Ahora es propiedad del gobierno federal. El presidente Lázaro Cárdenas se la compró a su abuela política Natalia y la declaró monumento histórico.

Ese primer ataque ocurrió el 24 de mayo de 1940.  La librarían, pero el traidor que abrió la puerta apareció muerto unos días después en el Desierto de los Leones. Era un joven checo recién llegado. La parca volvía a sorprender al joven Sieva. Salía escurridiza de su equipaje para cobrar un nuevo tributo. Y quedó al acecho. Rondaría durante tres meses más. Invisible tejía su mortal red.

-IV-

Esteban hubiera querido tener otro nombre. “Mejor sería Sebastián. Pegaba más con la abreviatura de mi nombre ruso. Pero ya me acostumbré”, dice, y rememora cómo el abuelo le encargó a su amigo nicaragüense y apoderado legal, Adolfo Zamora, que fuera el tutor legal del pequeño Sieva, y lo bautizara como Esteban Volkov Bronstein. Más apropiado para México. Desde entonces, Sieva sólo habita en los recuerdos de Don Esteban, como ahora suelen llamarle.

Monedas del exilioNo obstante, aquel niño vuelve a la casa cuando quiere. Puede regresar en el tiempo. Retornar al 20 de agosto de 1940. Otra vez baja del autobús de la escuela, en los Viveros de Coyoacán, y recorre la calle Viena. Azorado observa la puerta abierta, policías, agitación.  Sólo escucha gritos: “¡Jacson, Jacson!”. Camina, corre y se paraliza. Alguien sale con un arma en la mano. Nadie le explica. En una esquina de la biblioteca dos policías sujetan a un hombre con el rostro cubierto de sangre. Aúlla como una fiera. No parece humano. A Esteban le pesan las piernas, pero sigue hasta el comedor. Con la puerta entreabierta alcanza ver a su abuelo en el suelo, todo ensangrentado. Natalia arrodillada junto al cuerpo. Otros voluntarios protegiendolos. Alguien lo toma de la mano.  No lo dejan ver más. Domina la confusión.

El abuelo agonizante pedía que el niño no lo viera. Igual alcanzó a ordenar que no mataran al sicario. Debía confesar. Trotsky se aferraba a la vida por un día más. Finalmente muere. Finalmente asesinado. Finalmente alcanzado por la maldición del zar bolchevique. La parca concluye su trabajo,  golpeándole el cráneo con un piolet en manos de quien decía ser Jacques Mornard, un belga de origen persa, que en realidad era Ramón Mercader, catalán de nacimiento, y miembro de los servicios secretos de Stalin.

Jacson, como solían decirle, estuvo por mucho tiempo ganando los favores de la casa. Su cacería había comenzado un año atrás en París, donde se hizo novio de Sylvia Ageloff, norteamericana de origen ruso, simpatizante del trotskismo, y hermana de una de las secretarias. Esteban lo recuerda como un hombre bien parecido, elegante al vestir, siempre dispuesto ayudar, y sin mostrar interés alguno por el abuelo. Gastaba dinero a manos llenas. Incluso llevó hasta Veracruz en su automóvil a Margarita y Alfredo, sus acompañantes desde París a México. En ese viaje al puerto veracruzano lo acompañó también la abuela Natalia.

Mercader-Jacson era un hombre atlético. No le fue difícil clavar el piolet en el cráneo. Pesaba poco el pequeño pico para perforar roca o hielo: medio kilo de acero y madera. No le sería difícil clavarlo en la cabeza, como si desollara a una bestia, mientras Trotsky se inclinaba para leer el pequeño ensayo que le había traído como pretexto.  Lev Davídovich no logró terminar los primeros párrafos, cuando un golpe lo dejó moribundo. Después, gritos y sangre. La muerte bailaba una extraña danza de regocijo.

A Esteban no le duele recordar el exterminio de su familia. Sentado sobre el muro de la fuente puede asegurar que su vida ha sido muy interesante, como esas monedas que se acumulan en el fondo del estanque. Aunque lo mantenían alejado de la política, sí tuvo temprana conciencia de lo que significaba el stalinismo. Su abuelo lo caló hasta los tuétanos.  Dedujo que el genuino y auténtico Socialismo nada tenía que ver con la dictadura sangrienta, totalitaria y burocrática de Stalin. Nada que ver.

Decir hoy quién ganó esa rivalidad histórica, depende de lo que se pueda considerar como el fruto de esa lucha, piensa Esteban a la distancia de más de siete décadas. No obstante,  el hombre responsable de la muerte de Trotsky terminó en el basurero de la historia.  Cuando a su abuelo lo asesinaron escribía su biografía, a pedido de una importante editorial. Le interesaba más la de Lenin, pero necesitaba el dinero por los derechos de autor. El bolsillo siempre presionaba.

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Esteban reconoce que los dos líderes tenían posiciones encontradas. A Stalin le interesaba el poder total.  Era un hombre extremadamente voluntarioso. Trotsky prefería las ideas, la teoría y fundamentos de la Revolución de Octubre. Realmente su abuelo dejó un gigantesco acervo político, y, después de la muerte de Lenin, se dio a la tarea de defender los principios de aquella sublevación de obreros y campesinos.

Tenía la idea de que después de la guerra iba a resurgir el movimiento revolucionario, pero la historia es imposible predecir. Imposible. Igual los destinos de la vida y las razones de quienes dejan una moneda en la fuente de su vieja casa en la Ciudad de México, donde sobresale un muro con la hoz y el martillo y se predica el más puro materialismo dialéctico. Quizás son los rastros de muchos exilios y la esperanza de volver a la tierra.


Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.