“Mis cuentos son como una cumbia venenosa, rasposa y sucia”: Nazul Aramayo “Mis cuentos son como una cumbia venenosa, rasposa y sucia”: Nazul Aramayo
El autor de La Monalilia y sus estrellas colombianas nos habla del goce, de los escritores que lo han influenciado “Mis cuentos son como una cumbia venenosa, rasposa y sucia”: Nazul Aramayo

El autor de La Monalilia y sus estrellas colombianas nos habla del goce, de los escritores que lo han influenciado, de su relación con la escritura y de Torreón, una ciudad irresistible para la literatura

A seis años de su primer novela Eros doler (2011), el narrador y cronista, Nazul Aramayo (1985) entrega un libro con seis cuentos: La Monalilia y sus estrellas colombianas (Tierra Adentro, 2017), escritos, dice, buscando que el lector “sea exigido a seguir las voces, las acciones de los personajes, que sea el lector quien llene esos espacios que el narrador omite para poder ir rápido”, símil al ritmo vertiginoso de una cumbia. “Que en esos minutos de cumbión, el lector entre en éxtasis, se salga de sí mismo, sude, sufra y goce enloquecido”, dice vía electrónica, desde Torreón, donde nació, o quizá desde Saltillo, donde labora en el periódico Vanguardia.

Su ciudad natal se ha convertido en una urbe literaria a los ojos de una nueva generación de escritores. Él precisa: “tenemos algunas décadas descubriendo nuestra identidad lagunera. Y algunos, como Jaime Muñoz Vargas, Carlos Velázquez o Daniel Herrera, han abonado para descubrir esta “laguneridad”, mediante la ficción. Nótese que no sólo me refiero a Torreón, sino a los municipios La Laguna de Coahuila y Durango”.

Es a partir de esa fabulación de la ciudad que aparecen los diversos personajes de Aramayo: promiscuos, celosos, un tanto atroces.

Horizontum. “Mis cuentos son como una cumbia venenosa, rasposa y sucia": Nazul Aramayo

—En al menos dos de los seis cuentos, el narrador asiste a un asado en el que aparecen personajes estrambóticos. ¿De dónde surgen?

—Las escenas de las carnes asadas las escribí porque de esa manera podría juntar a muchos personajes y ver, de golpe, las personalidades de cada uno. En el primer capítulo de la novela La hermandad de la uva, de John Fante, un hermano le habla por teléfono a otro para decirle que sus papás se quieren divorciar, entonces platican y recuerdan al papá, a la mamá, los amigos y demás. Esa llamada detona el desastre y se revelan las características de los personajes de la familia. Por eso las carnes asadas: además de ser una cotidianidad en Torreón (en todo el norte, pues), donde cada fin de semana o cumpleaños o partido de fútbol, o lo que sea que haya ocurrido, es motivo de una carne asada. Es un momento breve en el que todos los personajes hablan o hacen algo o evocan a alguien y, así como lector, te ves involucrado con un montón de personas y situaciones.

—Tanto en tu novela como en este libros de cuentos, la autoficción está presente en la trama: ¿hablamos de creación, recreación o recreo?

—Creación y recreo. Los cuentos parten de anécdotas o personajes verdaderos, es cierto, pero el desarrollo no es una calca de lo que vivimos, pues hay anécdotas que inventé y otras que reconstruí a mi manera, bueno, a la manera en que los personajes me decían que tenía que escribirlas. Partí de referencias personales y evidentes para luego escuchar a esos personajes y narrar lo que sucedía cuando se encontraban, cuando algo los movía y los enloquecía. Así como en esas escenas de la carne asada: si cierro los ojos, tengo que escuchar y saber quién dice una cosa y qué hace esa persona en ese momento. El narrador es, en todos los cuentos, un testigo de los hechos. Y lo que relata es la vida de estos personajes, muchos de ellos sacados de mi familia, de mis recuerdos con ellos, de anécdotas, de mentiras, de sueños. Principalmente de sus voces, de lo que dicen aunque sea mentira. Otros son amigos. Y otros son mujeres que formaron parte de mi vida sentimental y sexual.

—Los personajes están imbricados en relaciones cargadas de violencia cómica que parece traspuesta de una caricatura…

—Violencia cómica. Comedia hostil. Hay humor, es cierto. Incluso el humor hace que las escenas resulten más culeras. El narrador no se agüita aunque le vaya mal. Casi a todo le dice que sí. Persiste por curiosidad. Creo que soy un optimista de clóset y por eso los cuentos son así, con humor aunque las anécdotas sean hostiles.

—Sobre los personajes femeninos: ¿la “Yoselyn’ de Eros díler y la ‘Lili’ de La monalilia… ¿se complementan o realmente consideras que son antagonistas?

—Son personajes con mucha fuerza, pero se enfocan en cosas diferentes. En un principio pensé que eran antagonistas. Quise que Yoselyn volviera a aparecer porque esa historia estaba inconclusa –para mí, pues– y porque ese personaje exigía más. Lo que sucedió entonces fue que el cuento que da nombre a La Monalilia… fue una especie de continuación muy libre e imposible de Eros díler. Fue un juego muy personal. Metí referencias de la novela en ese cuento, no sólo el nombre de Yoselyn, que en la novela es una chica que estudia y que en el cuento ya no estudia y tiene un hijo; además la pareja sigue en esa edad veinteañera, y entre ellos hablan de un libro que habla de ciertas cosas que vivieron –o sea, que ahí está Eros díler–, y también al narrador le dicen Cleti en una escena –como al protagonista de la novela–, pero él niega que se llame así. En otro cuento, junté a Yoselyn y Lili para crear a otra chica. Son mujeres que no la han pasado bien. Que han padecido abusos, abandonos, golpes, relaciones de violencia desde morritas. Y no sé cómo, pero ahí están chingándoles para sobrevivir a su manera. Hay mucho de admirable en ellas. Y mucho de terrible, de ojete también.

—¿Ya le respondiste a Daniel Herrera respecto a su doble crítica de que refritas y refritas a Carlos Velázquez?

Horizontum. “Mis cuentos son como una cumbia venenosa, rasposa y sucia": Nazul Aramayo—Creo que hay conexiones con Carlos Velázquez, además de las obvias como vivir en Torreón y que nos atrae el desastre. En el caso que menciona Daniel Herrera, encuentro en La biblia vaquera una búsqueda de lenguaje muy diferente, incluso de la que creo que me mantengo intencionalmente alejado. Daniel dice que el cuento Navideath en San Pedro es el que más se aleja, a su juicio, de la propuesta de Carlos. Yo juzgaría lo contrario. Es el cuento más pop. (Carlos ha sabido mezclar un montón de referencias pop y de cultura local). Me explico: son dos jóvenes que huyen de casa y quieren ir a un toquín de metal en San Pedro, Coahuila. Pero para mí, mientras lo desarrollaba, era una canción de Gloria Trevi y Sergio Andrade sucediendo en clave en La Laguna. No es que eso sea Carlos Velázquez, pero para ese cuento sí lo tuve como una referencia ineludible. La biblia vaquera sí, pero más el Cuco Sánchez Blues. Y Álex de la Iglesia, principalmente el de El día de la bestia.

“Los otros cuentos, los que Daniel señala como más posnorteños, son los que yo veo más alejados de la estética que Carlos ha logrado construir en sus libros La biblia vaquera y La marrana negra de la literatura rosa. Daniel Herrera hizo una lectura generosa y señala fisuras o rasgos que no lo terminan por convencer. Son comentarios honestos y no tengo mucho que abonar a eso; agradecer sí y disentir en el refrito a La biblia vaquera. Creo que Carlos Velázquez va por un lado diferente al que yo, poco a poco, he escrito en dos libros y algunas crónicas. Mis relatos abrevan más de otros autores y propuestas.

 —Has mencionado que para estos cuentos tienes una deuda con Élmer Mendoza, Pedro Juan Gutiérrez y Luis Humberto Crosthwaite…

—Sin duda. Y así como los personajes de La Monalilia… funcionan como una especie de homenaje a la amistad y al cariño a mis amigos, el hecho de que se noten estas deudas es también un homenaje cariñoso. Creo que la búsqueda de una voz propia también consiste en reconocer que abrevamos de otros libros y autores. Es una obviedad, pero hay que tenerlo presente.

—¿Cómo describes el efecto de un cuento tuyo?

—Como una lectura vertiginosa, que te golpea y acaricia; que vayas en chinga, gozoso, golpeado (mediante) una lectura ágil, con humor pero que cale en los huesos. Quiero que estos seis cuentos de La Monalilia y sus estrellas colombianas sean para el lector como una cumbia venenosa, rasposa y sucia.


Nahum Torres

Nahum Torres

(Ciudad de México, 1977) ha colaborado en medios impresos y electrónicos con textos sobre cine, arte contemporáneo, literatura y música. Actualmente es editor en el sello Librosampleados.