México callado México callado
“Ese Julano no es dueño de nada en esta loma”, grita Doña Salomé. Las comadres, sin embargo, no dejan de señalar a los cerdos... México callado

“Ese Julano no es dueño de nada en esta loma”, grita Doña Salomé. Las comadres, sin embargo, no dejan de señalar a los cerdos medianos que juran y perjuran son propiedad de Don Orestes. “Ya les dije que los dichosos marranos son míos, los becerros son míos, los perros vagos y los bravos son míos”, sube aún más el volumen la doña. Las comadres se hacen las ofendidas. Después de todo sólo han venido a advertirles que, si le robó a Don Orestes, segurito que sus animales amanecen muertos uno de estos días. Salomé siente latir la sangre en el mismo centro de su cabeza. “Además de esos marranos, no se crean que también tengo una cuchilla hartita afilada que voy a ir a buscar ahorita mismo si no se largan ya las tres”.

Las comadres dejan de apuntar hacia los animales. Vuelven a poner cara de ofendidas. Cumplen su guión con exagerada uniformidad. Mas Doña Salomé huele el susto. Ve que las tres urracas siguen fijas en sus pies, pero muertas de miedo. Doña Salomé se sube la falda con sus manos callosas y oscuras. Toma impulso pendiente arriba, hacia la cabaña improvisada que corona el terreno. Las comadres adivinan las intenciones tras el gesto. Dudan un segundo. Es muy corto un segundo. Las comadres huyen de la furia de Salomé. No abandonan su pose dramática. Pero huyen.

Salomé las ve alejarse con el rabillo del ojo, nota cómo se van de lado, cómo topan una con la otra, y se doblan los pies en los hoyos del camino, “en corretiza que se van jijasdela…”. Pero la Doña conserva el impulso, la actitud, la falda recogida sobre sus tobillos de hombre de campo… de mujer de campo. Ha dicho una mentira. No hay navaja afilada del otro lado de su puerta. Del otro lado sólo está la posibilidad de tragar en seco y dejar que corran el par de lágrimas de impotencia que han venido a atizar las otras con su altanería, con su encargo de algún patrón que cada vez quiere más, como saco roto.

“¿Quién chingados es ese julano Don Orestes?” Quiere saber. “¿Quién chingados es el jijo de su madre que mandó a este trío de guajolotes blancos a amenazarme?” Ahora llora. Sabe que más pronto que tarde tendrá que abandonar su terreno.


Dainerys Machado Vento

Dainerys Machado Vento

Nació en La Habana en 1986, es periodista, editora e investigadora literaria. Tiene una maestría en Literatura Hispanoamericana por el Colegio de San Luis, San Luis Potosí, México y actualmente cursa su Doctorado en Lengua Moderna y Literatura en la Universidad de Miami, Estados Unidos. Recibió el Premio Estatal de Periodismo San Luis Potosí 2016. Trabajos suyos son publicados regularmente en medios estadounidenses y mexicanos, y es la autora del blog letrasqueves.worpress.com, dedicado a temas de actualidad literaria y social.