Mexicanos piden a EPN: #RenunciaYa Mexicanos piden a EPN: #RenunciaYa
Algo de tribal hay en las marchas, construcción polifónica del interés compartido. Por principio, el paisaje: banderas que se agitan al viento, cartulinas en... Mexicanos piden a EPN: #RenunciaYa

Crónica de una marcha indignada

Algo de tribal hay en las marchas, construcción polifónica del interés compartido. Por principio, el paisaje: banderas que se agitan al viento, cartulinas en lo alto, el rumor de las consignas, el ajetreo del encuentro. Un secreto entendimiento colectivo configura su ritmo y tono: las hay tristes y funestas, o alegres e iracundas; el momento las define, pero la manufactura de su carácter corre a cuenta exclusiva del ánimo de los convocados. Una marcha son muchas marchas, pero también una misma, partida a través del tiempo y la geografía, con las mismas afrentas de por medio, con las mismas taras a cuestas.

Con el “Ángel de la Independencia” cercado –los festejos “patrios” también exigen de algún orden-, cientos de personas se encuentran y conocen bajo la sombra de la gran lápida de Reforma: Hidalgo, Morelos, Aldama y Allende, los festejados del día –es 15 de septiembre-, reposan sus muertes en esa columna, referente monumental, por ahora, de la protesta nacional.

A la distancia, los murmullos; bajo el sol declinante y abrasivo, hombres y mujeres se estrechan en grupos definidos. Aquí, en la vanguardia, marchan los íconos de la disidencia sexenal: los padres y madres de Ayotzinapa despliegan los arrugados retratos de sus hijos desaparecidos –rostros impávidos que anticipaban, quizá, el desastre-; una fila de machetes oxidados preceden a los líderes comuneros de San Salvador Atenco; al final, justo en la esquina donde los elocuentes machetes acaban, un hombre blande, en dramático contraste, una sartén que de cuando en cuando golpea con una cuchara. A veces las marchas son así, una galería de extravagantes rabias.

Mexicanos piden a EPN: #RenunciaYa

Entre los asistentes, una mujer con cananas, más allá un hombre en zancos. Solitaria, marcha una monja menuda. Dos niños en carriola cargan una bandera de México. Por la banqueta, un “Guardia Ciudadano”, como un pretoriano de la disidencia, carga un escudo y sobre la cabeza un casco, en la espalda una mochila con la leyenda “agua gratis”; su uniforme es negro, en el rostro un trozo de tela que llega hasta los ojos. La manifestación es un largo escaparate de la población indignada,  también de la creatividad aupada por la desesperación de un régimen distante.

Enrique Peña Nieto es el presidente  más impopular del siglo XXI. Desde 1995, ningún otro mandatario mexicano había registrado un nivel tan bajo en la aceptación de su gobierno: apenas el 23% de la ciudadanía, de acuerdo a la encuesta del Grupo Reforma –publicada el 11 de agosto pasado-,   aprueba su gestión.

No hace mucho, apenas el 30 de agosto, Peña Nieto recibió en su domicilio, la residencia oficial de “Los Pinos” -emblemático centro político de México-, al candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump. Fue un desastre. Más que los resultados, ya de por sí risibles, en el ambiente quedó como incógnita, no tanto el desempeño del presidente –lamentable, por lo demás -, sino los motivos reales del despropósito.

El error de entonces vino a profundizar, aún más, la decadente inercia de la administración actual. Un aire como de conclusión anticipada, de final urgente, cruza la vida pública en relación al gobierno actual. No podría ser de otra manera, piensa el ente colectivo, todavía faltan dos años, dos largos años más para atravesar entre la incertidumbre y el azoro. Más valdría hacer renunciar al presidente. Y ahí están.

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Desde temprano, al menos horas antes de El Grito –ceremonia ritual del legendario patrioterismo mexicano-, camiones “orgullosamente” mexiquenses ahorcan las calles aledañas, ya de por sí endebles, del Zócalo capitalino. Son hombres, mujeres y niños que vienen a concederle al presidente un aliento de popularidad forzada. Poco a poco rellenarán, con su presencia exclusivamente física, el espacio más cercano al balcón presidencial. Buscan asegurarle al mandatario, en medio de cohetones y del imprescindible Huapango de Moncayo, una velada tranquila, al menos correcta.

La marcha mira los camiones pasar, repletos de espontáneos patriotas, perfectamente dispuestos a dejarse las cuerdas vocales al tenor de la voz presidencial.  A su paso, una andanada de improperios, proferida por los manifestantes, es recibida con indiferencia por la escenografía viva que los autobuses transportan.

Fiel a sus itinerarios, tan íntimos como socializados, la marcha profiere las consignas habituales ante los edificios conocidos, el Senado y la Sedesol -“¡Esos son, esos son, los que chingan la nación!”-; a la distancia, un grupo de granaderos se mueve con ella – en la víspera de que la manifestación comenzara, un puñado de policías guardaba celosamente un par de extintores-; la estricta vigilancia a los nuevos espacios de protesta, obliga a que la manifestación se detenga en el anti-monumento: un enorme “43”, de 3 metros de altura, a la mitad del camellón de avenida Reforma y la calle Bucareli.

 

Desde esa esquina es posible adivinar lo que ocurrirá después. Una valla de granaderos al fondo impedirá el paso a la marcha; la vanguardia hará un llamado a la prudencia y comenzará un mitin frente al Hemiciclo a Juárez, a la mitad de la Alameda Central. Un puñado de personas caminará más allá, hasta encontrarse con un muro de escudos y granaderos cansinos. Unos lanzarán cohetones contra los policías, otros apelarán a la “¡No violencia!”, unos más lanzarán sendos discursos para sensibilizar la vena patriótica y contestaría de los policías. Hasta donde se sabe, ningún granadero resultó efectivamente conmovido.

Esa noche, el presidente, con su esposa tomándolo por el brazo, salió de la biblioteca presidencial del Palacio Nacional –leía, aspiramos-. Caminó por un largo pasillo, flanqueado por “invitados especiales” que aplaudieron su presencia. Detrás, un general seguía sus pasos. Casi al llegar frente a la escolta que cedería su bandera, se separó de la primera dama –que usaba, por cierto, un vestido “reciclado”-.

El presidente, erguido y correcto, miró con cuidado la marca en el piso que anunciaba el lugar donde debería detenerse. Una de las seis cadetes depositó en las manos de Peña Nieto la bandera que portaba. Dio tres gallardos pasos al frente, y otros 7 hacia atrás.

Ya en el balcón, el presidente, la banda tricolor cruzada al pecho, gritó con buena voz los vítores habituales, los mismos que ha pronunciado desde que fue gobernador del Estado de México. 45 segundos duró su intervención. En todo ese tiempo, el presidente leyó.

Sí, leyó.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.