Más allá de la desaparición de las palabras Más allá de la desaparición de las palabras
Seis lenguas rigen la conversación en el mundo. Una de estas, la segunda más hablada, es el castellano, cada día en crecimiento. Según el... Más allá de la desaparición de las palabras

 

Seis lenguas rigen la conversación en el mundo. Una de estas, la segunda más hablada, es el castellano, cada día en crecimiento. Según el informe de 2016 del Instituto Cervantes, existen casi 567 millones de hablantes en el globo, equivalente al 7,8% de la población mundial. Pero, dentro de la comunidad hispanohablante, México es el país con mayor población en el mundo con dominio de este idioma y sólo pudiera perder este estatus si se sumaran los habitantes de Colombia, España y Argentina.

Mientras el castellano se apodera poco a poco del mundo, con una prospectiva de superar al chino mandarín y al inglés, además de consolidarse como la lengua romance más potente, ¿qué pasa con aquellos dialectos de las lenguas españolas que tienen menos cantidad de hablantes al interior de las culturas hispánicas?

Myriam Moscona. Fotografía de Natalia Musacchio

Myriam Moscona. Fotografía de Natalia Musacchio

Pensemos por ejemplo, en el asturleonés, originalmente hablado en Asturias y en el antiguo reino de León, en España. Si bien la Constitución del Estado español contempla al castellano “como la lengua española oficial”, también brinda oficialidad a las demás lenguas de su territorio, debido a que “la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”.

El poeta José Javier Souto Fernández corrobora: “El asturiano sí tiene reconocimiento oficial en el estatuto, la ley de utilización y la carta europea de las lenguas minoritarias”; sin embargo, de acuerdo con su experiencia, este dialecto romance “se practica en sitios íntimos y no porque esté reconocido o no, sino, más bien, porque los parlantes son minoría y dentro del mismo lenguaje en muchos lugares fue variando en palabras y formas”. Souto encuentra una respuesta básica, no exenta de ironía: “tenemos que agradecer al régimen que mantuvo el castellano y no dejó que este tipo de lengua progresara”. Hay que recordar que “en las escuelas castigaban severamente a los niños que lo hablaban y esos niños son la generación que lucha para que se reconozca. En la actualidad muchas palabras quedaron en el olvido y otras se transformaron aunque sigue vivo en el fondo”.

Lo mismo podría decirse del judeo-español, también conocido como ladino o djudezmo, cuyo origen se remonta al establecimiento de sefardíes en la península Ibérica, a finales del siglo XV. Seis centurias después su cantidad “de hablantes se desvanece”, en opinión de la poeta y novelista Myiriam Moscona: “En mi caso, el uso del ladino sólo se da en la complicidad, en el clan familiar. Aunque nunca fue mi lengua de comunicación, la escuché durante toda mi niñez por boca de mis abuelas. Ellas llegaron a México ya mayores y nunca pasaron al español contemporáneo. Es una lengua que entró a mi oído, pero nunca salió por mi boca. El ladino es una especie de ventanal que me permite asomarme a la infancia de mi idioma. Es un español, en muchos sentidos, en un estado naciente. Por eso digo que es la lengua de mi infancia, pero sobre todo, la infancia de mi lengua. Los refranes en ladino, además, son una joya”.

Con rumbos diferentes, tanto el asturleonés como el ladino mantienen una tradición literaria que dan presencia a cada dialecto. En la actualidad diversos escritores “luchan para que el asturiano esté presente, por lo menos en Asturias”, entre los que se pueden mencionar está el propio Souto Fernández, quien escribe “más poesía que narrativa” convencido de una postura de identidad: “para que las generaciones que vienen no se olviden de la lengua de Asturias”. Entre las obras que él destaca se encuentran Cancios y poemes pa un riscar (Manuel Asur) o Como aquella que yeres (Lourdes Álvarez) así como algunas más actuales, ya de este siglo XXI: As de Corazón/es/y/es (Xuan Xosé Sánchez Vicente), Historia universal de Paniceiros (Xuan Bello) o La danza de la yedra (Ana Vanessa Gutiérrez).

Por su parte, la también escritora y periodista mexicana valora que en nuestra época existe “un resurgimiento en el interés de producir obras de creación” en ladino, así como ”diversos esfuerzos académicos” tanto en “Israel, Turquía, Argentina, Estados Unidos y México”. Moscona destaca a Juan Gelman “el único caso que conozco que ha escrito una obra literaria en judeo-español sin pertenecer a la comunidad sefardí y sin realmente conocer la lengua, lo cual me parece admirable”; menciona además a “la escritora francesa de origen bosnio Clarisse Nicoïdski, considerada la poeta sefardí más importante del siglo XX y a partir de quien Gelman se contagia del ladino”, así como a otras dos poetas: Denise León, de Argentina, y Margalit Matatiahu, de Israel; “o un novelista nacido en Yugoslavia, académico brillante, llamado Eliezer Pappo”. Y no son los únicos, dice la autora de la novela Tela de sevoya, Premio Xavier Villaurrutia de Escritores y para Escritores 2012, quien en 2016 publicó Ansina, un libro de poesía, “ese sí, totalmente escrito en ladino”.

Ambos libros responden a una deuda consigo misma, explica: “la mayor parte de los hablantes, junto con su lengua, fueron calcinados en los campos de exterminio. El ladino no tiene patria ni academia. Eso problematiza algunos aspectos de su uso y a la vez resulta fascinante.  Ansina, aiga, nadien, mezmo (son) palabras que trajeron los primeros españoles a América y que aún podemos escuchar en las zonas rurales donde, de alguna forma, se quedaron congeladas. Hoy se consideran barbarismos, incorrecciones, pero esas palabras tienen un pasado, una historia”.

Respecto a la posibilidad de comprensión de estas lenguas en diferentes zonas, el poeta asturiano comenta que las tres variantes del asturleonés vigentes hoy día, tienen una raíz similar, “pero se ve que fueron influenciadas por las zonas y sus límites con otros lenguajes” lo que derivó en una amplitud y riqueza de esta lengua que, “aunque parezca extraño, se puede entender, por ello se está intentando que haya unas normas comunes y unas palabras comunes”.

Para el ladino, Moscona asegura que pasa igual que con el español hablado en Latinoamérica, “todos nos entendemos (y) aunque haya palabras que llegan a cambiar en cada región, eso no implica una barrera de comprensión general”.

Ante los peligros o problemáticas que hagan pensar en la desaparición de alguna de estas variantes, Souto considera que el asturiano “podría enfriarse con el tiempo”. Mientras que para el ladino su principal crisis es que “ya no hay niños que la hablen. Es una lengua que aparece en los libros rojos de la Unesco como tantas otras originarias de México en vías de extinción”, confirma Moscona. Souto intenta no ser dramático: “creo que siempre habrá alguien que coja el testigo y continúe para que lo que siempre nos representó siga vivo”.

Pero Moscona no da tregua: “cuando los hablantes se han perdido poco se puede hacer. La desaparición de una lengua es una pérdida trágica que va más allá de la desaparición de las palabras”.


Nahum Torres

Nahum Torres

(Ciudad de México, 1977) ha colaborado en medios impresos y electrónicos con textos sobre cine, arte contemporáneo, literatura y música. Actualmente es editor en el sello Librosampleados.