Mario Bellatin: “Yo sólo quiero tiempo” Mario Bellatin: “Yo sólo quiero tiempo”
Lo difícil es des-escribir. Desechar palabras. Acomoda su iphone entre el pecho y el brazo derecho, e hilvana mil historias a la vez. Mario Bellatin: “Yo sólo quiero tiempo”

El escritor nos habla, entre otras cosas, sobre los libros que escribe ahora

Mario Bellatin confiesa que nunca ha padecido el síndrome de la página en blanco. Lo difícil es des-escribir. Desechar palabras. Acomoda su iphone entre el pecho y el brazo derecho, e hilvana mil historias a la vez. Muchos lo han catalogado como un escritor raro, bizarro, experimental, apócrifo… Pero en realidad, no le da importancia a ninguna calificación. Mucho menos a los premios, ni a los concursos. Está convencido de que solo escribe para él.

Igual detesta las ideas predeterminadas, los textos que no puedan hablar por sí mismos o tengan una sola lectura. No existen verdades absolutas en sus textos. Para Mario Bellatin los libros no deben tener dueños. Tampoco tienen género definido. No importa si son novelas, testimonios, ensayos, cartas, crónicas, experimentación.

Mario Bellatin

Mario Bellatin

A sus 55 años ya tiene más de 40 novelas publicadas, sin contar segundas ediciones, y ha sido traducido a 15 idiomas. Incluso una de sus obras (Salón de Belleza) ocupó el lugar 19 en la lista de los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años.

“Lo único que yo le preguntaría al lector sería si acabo de leer. Si me dice que sí, ah perfecto. Y si me dice que le pareció pésimo, también está perfecto. Porque acabó de leerlo y yo ya no soy dueño de ese libro”, argumenta, luego de acomodarnos en su estudio, dominado por una rústica mesa de madera.

El blanco de las paredes de su casa resalta la austeridad en la que vive. Sus únicos lujos son las flores. También sus perros Perezvón y Bataclán. El primero, un border collie que no le pierde ni pie ni pisada, y, el segundo, un animal tan diminuto que puede ser portable en un bolsillo.

En la sala, casi pegada al techo, cuelga una minúscula foto de un bailarín sufí. Al otro lado, una estantería cubre toda la pared. “Ahí van Los cien mil libros de Mario Bellatín”, apunta sin más detalles del proyecto para editar cien libros suyos en un formato mínimo y con una tirada de mil ejemplares cada uno.

La añeja arquitectura de la casa, con amplios ventanales de principio del siglo XX, nos recuerda a La Habana, Cuba, donde Bellatín llegó a finales de los años 80 para estudiar en la Escuela Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano, luego de haber pasado casi toda su infancia y primera juventud en la tierra peruana de sus padres.

Mario nació en la Ciudad de México en 1960.  En Perú estudió teología en el seminario Santo Toribio de Mogrovejo. También se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad de Lima. De Perú volaría a La Habana. Era 1987 y su primera novela (Mujeres de Sal, 1986) le había abierto las puertas de la escuela de cine y de sus talleres con Gabriel García Márquez y Francis Ford Coppola.

Aunque en Cuba apenas viviría unos tres años, nunca faltan las referencias de su estancia en la isla caribeña. ¿Por qué Cuba?, pregunto. “Fue una escuela de vida. Vivíamos en otro tiempo. Podíamos estar dos semanas leyendo a Thomas Mann, Marcel Proust, o hablando de cineastas como Andréi Tarkovski…

“En Cuba tuve el convencimiento de que viviría para escribir. A partir de ahí, me valió madres todo lo que me habían dicho que me pasaría si me hacía escritor, si me iba a morir de hambre o si nunca sería reconocido”.

Luego de sus días cubanos, comenzaría a escribir con fluidez. Volvió a México, y plantó campamento para toda la vida. También empezarían a salir una tras otras sus novelas: Efecto invernadero (1992), Canon perpetuo (1993), Salón de Belleza (1994), Damas Chinas (1995), El Jardín de la Señora Murakami (2000), Jacobo el mutante (2002), La jornada de la mona y el paciente (2006), El pasante de notario Murasaki Shikibu (2011), El libro uruguayo de los muertos (2012), El hombre dinero (2013), Jacobo reloaded (2014)…

Mario Bellatin

Mario Bellatin

Tantos títulos, y más de uno en un mismo año, sólo es posible si se puede escribir varios a la vez. ¿Cómo mantiene el hilo? “Ahorita estoy como loco. Tengo mucho material disperso. Creo que sí estoy haciendo un solo libro. Yo busco una escritura. Los libros sólo me sirven para saber dónde están los puntos, los hitos externos.

“Estoy haciendo varios a la vez, pero hay uno especial. Está basado en experiencias reales. Transcurre en el psiquiátrico de la colonia Etchepare, en Montevideo, Uruguay. Ese hospital tiene grandes jardines, donde la gente abandona a sus perros. Y se han formado jaurías salvajes que atacan a los pacientes.

“Esa es la novela. Una parte. La otra, real también, son dos hermanos ciegos y sordos, que se comunican mediante una computadora y un implante cloquear en uno de ellos. Los conocí en uno de mis talleres. Por ahí va El laboratorio donde terminas

Hacer una novela tras otra, implica escribir en cada momento y pasar muchas horas en soledad. “Estoy totalmente enganchado, pero no soy un solitario”, dice. A su casa van sólo los que él quiere ver. Muchos lo han descrito como un personaje más. Usa una especie de túnica oscura hasta la rodilla, que combina con pantalones de igual color. También, botas y cabeza rapada. Estilo medio monje, medio tribal urbano.

Nació sin el antebrazo derecho. Aunque aún circulan fotos suyas con prótesis en forma de pinzas, ya no usa ninguna. Decidió tirar el aditamento al Ganges, en uno de los viajes a la India.

Pero en el hogar, se conoce a Bellatin tal cual es. El ser más natural del mundo. Si no encuentras la dirección, te busca en la esquina, te acomoda en su estudio, te lee lo que escribe, te cuenta de sus antiquísimos lebreles, te brinda un café; te muestra fotos, libros; te habla de Argentina, de la revolución kirchneriana, de Cuba, de Lima, de la Escuela Dinámica de Escritores, de la legalización de la marihuana; se ríe, dramatiza, gesticula.

Para hacer una novela no necesita nada. “Sólo impulso. Desear que donde no hay nada, exista algo. Siempre estoy a la caza de ideas, de  situaciones, que nunca sé si servirán para algo”.

Ningún tema lo seduce con antelación. “Cuando me doy cuenta de alguno es cuando ya casi está terminada la obra”. Para Bellatin su proceso de escritura es un “absurdo, como una suerte de sinsentido”.

Nada es en blanco y negro. Todo es y no es también. Así escribe. Puede que haya algún trazo de su vida en sus textos, o de la de alguien o simplemente sean piezas dispersas que va juntado mediante su inagotable imaginación. Ahí están temas como la muerte, las flores, los insectos, los virus, los deformes, los perros, los sordos, la sangre, los ciegos, los enfermos, los hombres, la tierra, los bosques o lo salvaje.

Dice no tener ninguna rutina a la hora de escribir. Lo puede hacer en cualquier momento. En la cama, en una fila, en el metro, en su estudio. Más, desde que existen los teléfonos inteligentes. Pero sí todo lo hace con rigor.

¿Existe un método Bellatin para escribir?, inquiero en busca de alguna pista. “Me hago a la idea como si existiera. Un método muy rígido, en el que apenas hay posibilidad de libertad. Va variando de acuerdo a los avances o retrocesos”.

El lado religioso de Bellatín es tan particular como su escritura. En uno de los países más católicos del mundo, se convirtió al sufismo, considerado el lado místico del Islam. ¿Estás bien con Dios?, pregunto. “¿Qué es Dios? No se puede estar ni bien ni mal con algo que se desconoce”.

El iphone es parte integrada de su cuerpo. “Uso la tecnología como herramienta, pero no confío en los blogs. Yo sigo prefiriendo los libros. No creo que Internet, las redes sociales, sean depositarios de mi escritura, principalmente por su carácter cambiante. Es un terreno lodoso. Los libros son como piedras”.

Mario Bellatin

Mario Bellatin

 

Aunque Bellatin no tiene escritores preferidos, confiesa que está alucinado con el escritor húngaro László Krasznahorkai. Sobre la mesa tiene su novela Y Seiobo descendió a la Tierra. También incluye a los argentinos Ricardo Piglia y César Aria. Observo  que en su estudio no abundan los libros. “Los regalo después de leerlos. ¿Qué probabilidades tienen de que yo los vuelva a ver?”.

A lo único que se apega es a escribir. “A mí me interesa el proceso de escritura. Que me publiquen, que se vendan mis libros es un lujo. Es algo que yo no espero. Es un plus que agradezco, porque eso quiere decir que puedo seguir escribiendo. Yo solo quiero estar sano, seguir teniendo los mejores amigos que tengo, a mi hijo, los perros, mi casa. Yo solo quiero tiempo”.

Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.