Manos diestras. Mentes siniestras Manos diestras. Mentes siniestras
El pasado domingo caminaba por el centro comercial, uno de estos lugares inundados de tiendas relucientes y luminosas donde un gran número de gente... Manos diestras. Mentes siniestras

El pasado domingo caminaba por el centro comercial, uno de estos lugares inundados de tiendas relucientes y luminosas donde un gran número de gente de la ciudad donde vivo, Cincinnati, EUA,  suele pasar sus fines de semana.

Necesitaba que ajustaran mi reloj y que le cambiaran la batería. Hacía unos días que mi reloj se atrasaba y caminaba a tropezones. Todo parecía tan sencillo: una visita veloz al único lugar que conozco donde venden, cambian, ajustan relojes de gente “normal”, como yo.

La persona que me atendió, sin embargo, me dijo que mi reloj tenía la carga completa. Se trata de un problema mecánico, me dijo. Un problema mecánico que costaría en solucionarse el precio de dos o tres de mis relojes. Me quedé viendo la pieza plateada que la señorita me regresaba. Brillante, casi nueva. Le di las gracias luego de decirle que revisaría la garantía.

Manos diestras. Mentes siniestras

De antemano sabía que sólo tenía un año para hacer cualquier reclamación y que ese año ya había pasado. Considerando el precio, entre pagar por la reparación a pagar por uno nuevo, la decisión más sensata sería (sin duda) estrenar. Un reloj de mejor calidad, de una mejor marca. Hasta con unos brillitos de por medio, de esos que luego se ven en las revistas.

Y de inmediato pensé que en México eso no pasaría. Por mucho menos dinero un relojero experto me lo tendría listo, sino el mismo día, en un par de ellos, eso tras una charla informativa de cómo no estropearlo.

Mientras caminaba con mi reloj sin garantía pensaba que México tiene una mayor tradición de los oficios, que en una ciudad estadounidense es casi una rareza porque la gente puede comprar más fácil que reparar. Estados Unidos tiene una fascinación por la industrialización y así como se consume, se desecha.

Por ejemplo, ayer camino a mi casa vi un sillón de piel, estupendo, en medio de la calle para que alguien lo recogiera. Seguro lo orinaron, me dijo Luis en broma. Tal vez tenía razón. Tal vez tendría un ratón como habitante, o un par de vomitadas. ¿Por qué alguien botaría un mueble tan bueno? Y así he visto, cuando tiro la basura, no sólo sillones, sino también colchones, escritorios, sillas y demás trastos en decente estado desechados.

Manos diestras. Mentes siniestras

Es más fácil desprenderse de algo si se sabe que es fácil reemplazarlo. La cultura de las compras compulsivas, por sobre el cuidado de las cosas. También es cierto que la ropa nueva, los zapatos nuevos, los muebles nuevos, las casas nuevas se ven bien. Pero da tanta pena ver que lo medio roto o medio desteñido no tenga remedio. Lo cual aplica a las casas y a los edificios, los que se abandonan con la misma facilidad.

Tampoco hay a la redonda personas que sepan oficios, que vivan de reparar. El trabajo manual que cada vez es más despreciado, cuando debería ser imprescindible. Es curioso que no suceda en las primeras potencias como Alemania y Japón, por poner un ejemplo. El único reparador de calzado y de artículos de piel que conozco en esta ciudad es alemán, un reparador instrumentos musicales es japonés.

Hace poco leí un artículo de Gabriel Zaid llamado “Manos inteligentes” que elabora un poco sobre la importancia del trabajo manual, su necesidad como parte del desarrollo personal y social. Él escribe que “El homo sapiens llegó a serlo a partir del homo habilis. Pero la educación formal lo olvida”. Tantos oficios que poco a poco se van ignorando, se van olvidando. El menosprecio del trabajo manual es un síntoma de nuestro tiempo, que tiende a desechar, a no saber el valor de cada cosa. A no saber hacer.

Como profesora que fui en varios colegios de México, me tocó ver muchachos que no daban una en los estudios. Frustrados cada día de que no podían aprender, se dedicaban a holgazanear. Al final del curso, había que aprobarlos nada más por “el esfuerzo”, según la política de la escuela. Y ahora me entero de que varios están en la universidad. Pienso que para algunos hubiera sido bueno aprender algún oficio. Pero no. Los oficios son mal vistos por una sociedad que menosprecia el trabajo manual. Creo que esa repulsión viene por la gran preocupación de la apariencia. Aparentar que se tiene, que se sabe como si fuera un acto de honor. No pensamos en que cualquier trabajo es digno.

La apariencia es uno de los males más terribles de una sociedad. Condena a vivir bajo un continuo estrés por demostrar, más que por hacer. Un mal que enferma y amarga. Es la cara siniestra del avance social. El desprecio a los oficios es sin duda la negación al primer paso del conocimiento más elaborado. De la ciencia. Hacer un trabajo manual obliga a la mayor concentración posible, para no quemarse, para no pincharse o cortarse un dedo.

El trabajo manual también hace la mente más hábil. Se olvida el proceso químico en la elaboración de un pastel, la ingeniería en la construcción de un mueble, el arte de tejer un suéter, lo humano en atender a un enfermo. Y al olvidarse la base, no hay modo, de verdad que no hay modo, de mantener una estructura en pie.


Yvonn Márquez

Estudia el doctorado en Literatura en Lenguas Romances, en la Universidad de Cincinnati, donde también es profesora de español. Es Maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) con una tesis sobre el teatro de Elena Garro. Ha escrito reseñas de cine, música, literatura y danza. Trabajó como reportera y difusora cultural. Fundó y dirigió el suplemento cultural “Ágora Letras”.