Maneras de matar Maneras de matar
Así fundé yo esta ciudad; lo hice sin planificarlo y de a poco, un chin hoy y otro mañana, porque de que tomó su... Maneras de matar

Para Marcos Santana

Ciudades

Así fundé yo esta ciudad; lo hice sin planificarlo y de a poco, un chin hoy y otro mañana, porque de que tomó su tiempo, lo tomó… eso puedo jurarlo. Y claro que cuando llegué ya había calles allá afuera, lo mismo que edificios, moles y vehículos con gente yendo a cualquier parte, pero era igual que si no estuvieran. Por mucho que luchara para hacerme un caminito entre las gasolineras, los ciclistas, los parquímetros y los semáforos, nada… ni modo de hallar una sombra, una brisita amable aunque fuera, así que no importaba si yo jamás de los jamases había visto ese canal o aquella autopista elevada, el caso era que el canal y la autopista me rebotaban para la ciudad de donde Él me expulsó… una ciudad –y dígase porque es cierto– donde nunca se ha visto un canal ni una autopista elevada… Pues ahí estaba yo, mascando aire, viendo a los jomles empujar sus carritos repletos de tereques, tan conformes con el paso de los días porque a fin de cuentas las calles estarían siempre allí para ellos, y en algún momento debí decirme esta vaina no puede seguir, no señor, y empecé a empatar lo que se daba suelto. O al menos eso creo. ¿Cuándo supe, por ejemplo, que las torres del dauntaun están para que el horizonte valga la pena y la ciudad no sufra la falta de montañas? Ni idea. Se me ocurre que empecé a entenderlo –de a chin, ya lo dije antes– en aquellos madrugones que me cayeron encima cuando conseguí el trabajo como aprendiz para hacer jardines y tropecé con el olor a palo, a tierra, a brote húmedo, a la bruma que la última oscuridad de la noche esconde entre las casas de bló, tan nítidas con sus parabólicas sobre los tejados rojos y los carros quietecitos en los garajes. ¡Esos no eran los olores que uno esperaría encontrar en el amanecer de un sitio tan dado al fantasmeo! Pero, la verdad, cómo rayos iba a saber yo que en ese momento fundaba algo, si hasta ignoraba por qué no hay forma de levantar la cabeza sin ver en el cielo un avión que no es para nada un avión, por mucho que a uno así le parezca, sino una maña de la ciudad para recordarte cuántos caminos tienes en caso de que quieras irte… Yo nunca me fui. Nunca regresé a la ciudad de donde Él me expulsó, aunque una época hubo en que los parientes y los amigos escribían cartas por un tubo y siete llaves para decir que las cosas allá cambiaban, que ya Él no era dictador sino presidente, que oyera las noticias porque todavía estaba a tiempo de volver y estudiar para periodista, como quería yo de muchacho… Y no, dijeran lo que dijeran, allá estaba Él, y con Él la cárcel, la sombra del chivato que no se te descose del miedo, así que preferí quedarme y hacerle jardines a esta ciudad. Los he hecho de día y de noche, inventando combinaciones de colores en los canteros y colgando tarros hasta de las nubes; tirando grama como un orate y podando árboles con los que no puedes equivocarte porque si los dañas te echan más años de cárcel que por matar a un cristiano. En casas, parques, condominios, oficinas, hoteles como este, donde quiera hay un jardín hecho con mis manos, y tanto afanar solo para amansarle los caprichos a esta ciudad que se da difícil, donde si te descuidas el sol te achicharra los sesos y al pie y medio de estar cavando lo mismo puedes tropezar con un piso de rocas que con un manantial… En el fondo, no deja de ser una jodida cosa que yo haya venido a comprender todo eso aquí, escondido en el balcón de la madreselva que cae hacia el patio interior del hotel donde los camareros bromean con los sequiúritis mientras preparan la mesa enorme con un cartel detrás que dice bienvenido, señor presidente en un español pintado de rojo. Un cartel que sus ojos ciegos no verán. Como no verán la madreselva que sembré hace más de tres años para que fuera un chorro de olor cayendo sobre el patio y limpiara el aire todo alrededor. En esa época, quién iba a imaginar este día y cómo de pronto lo único importante sería esperar el aviso de las voces allá abajo y apoyar el rifle sobre el muro, deslizar sutilito el cañón entre las flores blancas de la madreselva y apuntar bien para que mis manos de jardinero siembren una bala en su frente. Voy a disparar por lo mucho que nos ha hecho sufrir y por mi hermano Carlín, eso puedo jurarlo. Pero ahora sé que también va a morir porque, viejo y ciego como está, todavía tiene la cachaza de venir a burlarse, a robarme esta otra ciudad que tantos años me costó fundar.

Ajeno final

Al apoyar el rifle sobre el muro, una punzada en la cintura le reclamó las horas que llevaba agazapado en el balcón. Vamos a lo que vinimos, quiso darse ánimo, apartar de su pensamiento todo lo que no fuera apuntar con la mayor precisión. Como había planeado tantas veces desde la noche anterior, adelantó el cañón entre las claras hojas de la madreselva y buscó colocar la perspectiva del disparo sobre el nacimiento de las cejas, pero la expresión del rostro atrapado en la mira, más indiferente que desprevenido, suspendió cualquier emoción que hubiese imaginado sentir en ese instante. Observó a la figura sentada frente a la mesa, allá abajo, que se le ofrecía en una inconcebible fragmentación. El escaso y blanco cabello, los enormes espejuelos de pasta destinados a amplificar una mirada inexistente, las comisuras de los labios hundidas en una patética –y hasta ahora no descubierta por él– expresión de tiburón triste, las manos muertas sobre el mantel, a la espera de que el ayudante acabara de acomodarle la comida en el plato… No encontró una relación plausible, adecuada para un momento como aquel, entre los ojos ciegos, perdidos en lo alto, y las manos que comenzaron a moverse torpemente, acarreando el alimento hasta la boca, mientras el resto de los comensales en torno a la larga mesa blanca hablaban y reían y celebraban su nombre –el Presidente esto, el Presidente aquello– como si vivieran en otra realidad, una donde los granos de arroz y los pedazos de pollo no escaparan de los dedos del anciano ni cayeran sobre la camisa blanca, la roja corbata, el saco azul. Intuyó que debía rearmar la imagen tal y como su rencor la había conservado por tantos años, y enfrentó aquella figura senil con el recuerdo de la voz agria y el condenatorio dedo índice apuntando detrás del micrófono; repasó frases implacables de sus discursos, las fotos altivas que por décadas habían acompañado citas suyas en las primeras planas de los periódicos; regresó la imagen de Carlín tirado en la escalera, dejando ir su sangre hacia abajo, escalón por escalón; recuperó el olor a creolina de los días en la celda común, esperando que llegara la hora de la pelota cubana para arracimarse en torno al radiecito de pilas y pescar la voz de Bobby Salamanca entre los ruidos de la onda corta. Vamos a lo que vinimos, intentó espolear otra vez su ánimo, y devolvió el centro de la mira a la frente manchada de lunares pálidos que le facilitaba allá abajo esa postura incoherente tan habitual en quienes no nacieron ciegos: el tronco encorvado y el rostro levantado hacia el techo… Y nada, no consiguió restituir una expresión despiadada al anciano que rompió a toser mientras el ayudante se apresuraba para acercar un vaso con agua a sus manos. Tampoco encontró dentro de sí restos de ira, ni siquiera ante el argumento de que aquel hombre no solo lo había expulsado alguna vez del lugar donde nació, sino que ahora venía a retarlo en esta otra ciudad. En vez del odio que supuso haría hervir su ánimo en un instante como ese, le pareció que el gatillo del rifle palpaba la yema de su dedo índice con una frialdad inexplicable, incluso absurda a la luz de la crucial decisión que él estaba obligado a tomar. A este viejo le queda una afeitada si acaso, pensó, y en una de esas seguridades absolutas que llegan no más de tres o cuatro veces durante una vida, comprendió que al contraer el dedo dispararía también contra todo lo que hasta ese momento había sido su propio mundo, y de algún modo al mismo tiempo insólito y natural, no tuvo la menor duda de que aquella ruina humana atrapada en la mira era un poco él mismo, puede que su reverso, pero alguien personal e íntimo a fin de cuentas. Disfrutó unos segundos la forma en que esa idea relajó los músculos de sus hombros y respiró profundamente el aroma de la madreselva. Una gran paz lo invadía en el momento que ap…

¿Sería tan amable, estimado lector, de agregar las tres palabras que faltan para concluir esta historia? Hasta donde alcanzo a ver, tres son también las posibilidades: 

  1. …apretó el gatillo.
  2. …apartó el arma.
  3. …cualquier otra combinación a partir de ap… que le parezca adecuada.

Muchas gracias.


José M. Fernández Pequeño

José M. Fernández Pequeño

José M. Fernández Pequeño: Escritor y editor cubano. Ha publicado dieciséis libros en géneros como la crítica literaria, la narrativa, el ensayo y la literatura infantil. Sus últimos volúmenes de cuentos son: El arma secreta (2014) y Memorias del equilibrio (2016). Los últimos premios que ha recibido son: Premio Nacional de Cuento 2013 en la República Dominicana; Medalla de Oro en los Florida Book Awards al mejor libro en español publicado por un residente en ese estado durante 2014 (ambos por su libro El arma secreta); y Premio Nacional de Literatura Infanto-Juvenil 2016 en la República Dominicana por su novela aún inédita “Bredo, el pez”. Edita el blog de escritor Palabras del que no está (www.palabrasdelquenoesta.blogspot.com).