Lo invisible. Capítulo 9 Lo invisible. Capítulo 9
Cuando se trabaja de turnos los descansos suelen caer entre semana. Es jueves y Celia tiene el día libre. Lo cierto es que, aunque... Lo invisible. Capítulo 9

Cuando se trabaja de turnos los descansos suelen caer entre semana. Es jueves y Celia tiene el día libre. Lo cierto es que, aunque echa de menos poder compartir con Ainhoa los fines de semana, ha terminado por acostumbrarse e incluso le resulta cómodo disponer de un día hábil para realizar gestiones o aprovisionar la despensa.

Hoy, como siempre, se ha levantado temprano para preparar los desayunos de su familia y ver como Beltrán y la hija de ambos se marchaban de casa hacia la escuela y el trabajo. Libre de nuevo, sin embargo, ha decidido que este jueves lo va a dedicar a poner en orden su hogar y no piensa salir. Lleva un par de días viendo girar en torno a su pensamiento decenas de opciones, de interpretaciones de lo que está sucediendo, y, a pesar de ello, no consigue decidirse por ninguna. Todas le parecen tan disparatadas como inverosímiles. Lo que tiene muy claro a estas alturas es que Beltrán está metido en asuntos verdaderamente sucios y que no es, ni por asomo, el hampón gris, buen padre y mal marido, con el que siempre se conformó.

Apenas lleva media hora restituyendo el orden en la casa, recogiendo juguetes, guardando ropa, cuando percibe un ligero olor en su propio cuerpo impropio de ella, menos aún, cuando no ha hecho ejercicio ni trabajo alguno que la haya obligado a sudar.  Pese a que ha intentado obviarlo, cinco minutos más tarde, decide que no tiene prisa por limpiar y que lo mejor será dejarse llevar por el deseo creciente de llenar la bañera de agua caliente, cubrirla de sales y disfrutar de un rato de relajación escuchando la radio.

Todavía conserva su figura, un cuerpo atlético perfectamente definido que ha conseguido mantener a pesar del poco tiempo que dedica al gimnasio. Buena genética, dice su entrenador. Mientras termina de llenarse la bañera, se desnuda frente al espejo del baño y repasa su reflejo en busca de signos que puedan evidenciar que los años no pasan en balde. Continúa teniendo un vientre, totalmente plano, en el que se distinguen con claridad los abdominales que tanto trabajo le costó conseguir en su día y esa uve que los recoge hasta las ingles. Sus pechos, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños, se mantienen firmes a pesar de haber amamantado un bebé, y los brazos y las piernas conservan la tensión como si los ejercitara con la misma frecuencia que en sus mejores tiempos. Sí, no está mal, piensa mientras se recoge la melena con una pinza y se pregunta cuanto tiempo aguantará antes de que su carne se rinda definitivamente a la maldición de la gravedad.

El agua está deliciosamente caliente y la espuma de las sales de rosa la cubre por completo cuando hunde su cuerpo en el baño, reposando la cabeza en la almohada impermeable que utiliza en estas ocasiones. Con los ojos cerrados, Celia se deja inundar por la música y el aroma del jabón, consiguiendo poco a poco descansar la mente, no pensar en nada, hasta que una agradable sensación de ingravidez se apodera de ella para hacerle creer que flota sobre un fluido amable y protector que la defiende frente a todo mal.

Perdida en un limbo tan agradable, apenas pasan unos minutos antes de ser consciente de lo excitante que resulta el tacto de sus pechos, acoger entre sus dedos los pezones endurecidos, apretarlos y jugar con ellos. Con los ojos cerrados, embriagada por el calor, la música y un aroma a naranja y menta que no recordaba en esas sales, Celia se entrega a su propio cuerpo, recorre con sus manos el vientre, las caderas y juega, con la destreza de quién mejor conoce sus gustos, a rozar suavemente su clítoris. Sus dedos entran y salen de ella, con la naturalidad que proporciona conocer el camino correcto, solo para volver a concentrarse en los labios y su contorno cuando el placer amenaza con desbordarla. No quiere un orgasmo rápido, todo su cuerpo se retuerce en el agua y aun así procura domarlo, ordenarle calma, sabiendo que cada segundo que gane al éxtasis final lo hará infinitamente más intenso. El olor a naranja es tan vivo, tan fresca la brisa con sabor a menta… Sin abrir los ojos, decenas de pequeñísimos chapoteos llegan a su mente, enfebrecida por el placer, pero luchando contra él para llevarlo al límite. Los dedos aceleran la frecuencia con que atacan su sexo, sin importar nada, sin piedad. Su cuerpo es liviano y flota por entero en al abrazo cálido del agua que la cubre entre rayos de lujuria cuando, como si lo hubiera esperado desde el principio, se deja abrazar por él. Celia abre los ojos y contempla una lluvia de flores de azahar, salida de ningún sitio, que caen sin cesar, lentamente, sobre la superficie del agua y sobre el baño entero, cubriéndolo por completo del blanco aroma de los naranjos en flor. Es entonces, justo en ese momento, cuando por fin puede sentirlo, justo detrás de ella, refugiando una potente erección entre sus nalgas, abordándola por detrás y besándola en el cuello, mordiéndola suavemente, acariciando sus pechos, susurrándole al oído cuánto la quiere, para mostrarle el camino hacia un orgasmo tan poderoso y tan prolongado que la hace llorar de placer.

Refugiada entre los brazos de Elías y aún sin verlo, Celia solo desea morir, permanecer a su lado para siempre, eternizar el fuego que consume sus entrañas en ese momento y del que él es el único dueño. Así transcurren los minutos, un millón de siglos, entregada a la gloria del gozo absoluto que recorre todas las fibras de su cuerpo y de su mente hasta que, girando la cabeza, con los labios entreabiertos por el deseo, besa aquella boca que la enloquece, con ansia, pidiendo más, rogando por que no pase ese instante. Como si hubiera accionado un interruptor, cuando se rozan sus labios la más pura luz blanca lo inunda todo y cesan, arrancados de repente de la consciencia, el olor, la música y el placer.

Todo está oscuro. El ruido del cauce de un río cercano es el único sonido que puede distinguir. Y el frío. Es una noche de invierno, iluminada por una luna llena en su máximo esplendor, que le permite reconocer el entorno casi como si fuera de día.

— ¡Eres tan hermosa! —dice Elías, avanzando desde atrás para llegar a su altura y esperando a que se gire para besarla suavemente— Increíblemente bonita, tanto en el ahora de aquí como en el de allí.

— Te he echado tanto de menos. ¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo verte más a menudo? —contesta Celia, dando rienda suelta a la ansiedad que siente a cada segundo por volver a tenerlo cerca— Joder, ¿dónde estamos, Elías? ¿Qué hacemos en pleno campo?

— Acompáñame, quiero que presencies acontecimientos que nunca llegaste a conocer y que están directamente relacionados con lo que me ocurrió a mí y, en cierto modo, transformó tu vida. Necesito tu ayuda tanto como tú necesitas respuestas. Ven.

Entre los olivos, agachados detrás de uno de ellos, Elías señala hacia un punto situado al norte indicando a su acompañante dónde debe mirar. A unos quinientos metros, un conjunto de construcciones destaca, iluminado, en la noche. Celia no dice nada, sencillamente espera hasta que Elías la toma de la mano.

— ¿Estás lista?

— Lo estoy. Vamos, enséñame eso que es tan importante —contesta tensando su cuerpo para echar a correr hacia las casas. Pero no es necesario, un fulgor plateado la recorre de arriba abajo, violento y helado, un inmenso golpe de ariete que la transporta en una fracción de segundo, de la mano de Elías, hasta el mismo muro que bordea el cortijo.

— Pero… pero…

— Ya, ya… no te preocupes. Te quedan muchas cosas por ver, mi amor. Hay ciertas leyes físicas que podemos, en este estado, si no obviar, al menos bordear a nuestro favor. No te asustes por nada. No mientras estés junto a mí —con un ruido metálico, el gran portalón que tienen situado a menos de veinte metros a su derecha comienza a abrirse—. Silencio, mantente a mi lado y observa.

No hay nadie junto al acceso abierto, sin duda, operado a distancia. Es una ocasión que no pueden desaprovechar, así que, sin dudarlo un instante, entran en el recinto y se refugian en un cobertizo, anexo a una nave industrial y desde el que se domina en primera fila el escenario, donde duermen tres tractores y un par de remolques agrícolas.

Por el camino que llega hasta esa puerta, atravesando el olivar, pueden distinguirse a lo lejos los faros de un vehículo que avanza hacia ellos a un ritmo demasiado vivo para el estado del terreno. Sea quien sea, parece tener cierta urgencia por llegar. Tres minutos más tarde, la furgoneta blanca entra en el cortijo y el portalón, con el mismo estruendo metálico que lo abrió, vuelve a cerrarse. Entre risas y bromeando, salen de la nave tres tipos que se dirigen a un cuarto que ha descendido del vehículo.

— ¡Joder, macho! Vaya horas que traéis. Por aquí ya hay mucha gente nerviosa, César —dice el que parece llevar la voz cantante. Un tipo de físico enfermizo, el más bajito y delgado de todos, vestido con vaqueros, chupa de cuero y botas camperas. Ni su rostro amarillento y demacrado, ni su melena canosa y mal cuidada, contribuyen a librarle de un aspecto peligroso—. Nos dejáis apenas veinte minutos para prepararlo todo.

— Sí, ya lo sabemos, Siena. ¡Menuda nochecita! —contesta César, encendiendo un cigarrillo— Bueno, lo importante es que hemos cumplido. Ya estamos aquí. ¡Coño, que frío hace! Démonos prisa, no sea que acabemos fastidiando el asunto. ¡Jefe! ¿Vamos al lío? —grita hacia el interior de la furgoneta, donde un segundo ocupante habla por teléfono sentado en el asiento del acompañante.

Parapetada tras uno de los tractores, Celia a punto está de perder la conciencia, le tiemblan las piernas, busca el aire que le falta en los pulmones con la boca abierta, cuando de la Ford Transit baja, a menos de diez metros de sus propios ojos, Beltrán, tan joven como era entonces, pero con la misma actitud y decisión que unos días antes descubrió en su propia cocina.

— ¡Dejaros de cháchara! César, échame una mano —ordena, abriendo el portón trasero y subiendo a la zona de carga.

— Hoy es viernes —comenta Elías, susurrando—. Sí, es la noche del primer viernes desde el día que nos conocimos. Justo seis días después. ¿Recuerdas?

Pero Celia ni siquiera lo escucha, completamente petrificada, incapaz de reaccionar, observa como Beltrán, agarrándola de los hombros, y César, tomándola por los pies, bajan del vehículo a una mujer cuyo torso está envuelto por completo en plástico transparente, como el que se usa en la cocina, y amordazada con cinta americana. Mueve la cabeza de forma titubeante, como queriendo resistirse, pero con tan poca convicción, tan escasa de fuerzas, que Celia concluye que ha sido drogada de alguna forma. Mientras el que ahora es su marido y su secuaz vuelven a la oscuridad de la zona de carga, dos de los tipos que aguardaban se hacen cargo de la chica y desaparecen en la nave con ella. Para cuando regresan, una segunda víctima, ésta agitándose en sus ataduras e intentando gritar desesperadamente por debajo de su mordaza, les está esperando en el mismo sitio donde fue depositada la primera.

— Espero que todo esté bien. Sabes que no hago preguntas pero sigo sin entender cuál fue el problema con la otra chica, de verdad —comenta Beltrán al tipo con mala pinta y del que parece tener que recibir el visto bueno—. ¿Qué coño tenía para que no te haya gustado, si puede saberse?

— Mira, chico. Lo que tienes que hacer es ser más cuidadoso con tu trabajo y asegurarte de que cumples con lo que se te pide, ¿estamos? —la cara de pocos amigos de Johnny Siena es para echarse a temblar, piensa Celia— A la chica no le pasaba nada, a simple vista. Pero coño, es que tenía una cicatriz en la axila de quince centímetros por lo menos. Qué sé yo… una operación o algo. Se te ha dejado bien claro que no pueden tener ni el más mínimo defecto. Tienen que ser perfectas físicamente, otra cosa no estaría a la altura de la clientela. Y menos esta noche que ha venido un alemán o austríaco, no estoy seguro, que…

— ¡Eh, eh, eh…! No sigas, no quiero saber nada más. ¿Que tú dices que no te vale? Pues de acuerdo. Para mí es suficiente, se busca otra y en paz, pero no me cuentes nada de para qué o para quién las queréis. Eso a mí me importa tres cojones. Te aseguro que estas dos son dos auténticos bombonazos.

— Más te vale. Por cierto, supongo que habrás sabido resolver lo de la chica descartada, ¿no? —pregunta el receptor de la mercancía.

— Claro. Por supuesto. Está todo controlado, nadie volverá a saber nada de ella. Puedes estar seguro. En fin, creo que deberías tener algo para mí —dice Beltrán, señalando con la cabeza una mochila a los pies de su interlocutor.

— Toda tuya —contesta Siena, girándose sobre sí mismo y retornando al interior de la nave industrial al tiempo que, con un gesto de su brazo izquierdo, ordena que se vuelva a abrir el portalón de la finca—. Paco te avisará para el próximo encargo. Puedes largarte.

Ahora es Beltrán quién se acomoda tras el volante. César, que apura el cigarrillo sentado a su lado, baja la ventanilla lo suficiente para que salga el humo y de paso permitir a Elías y Celia escuchar sus comentarios.

— Miedo me da lo que puedan hacerles a estas nenas, Beltrán.

— ¡Ni miedo ni hostias, tú! Lo que hagan con ellas no es asunto nuestro, pero vamos… ni por un momento pienses que van a salir vivas de aquí. De eso nada, ya te lo digo yo. Lo jodido debe ser lo que les tienen preparado antes de darles pasaporte. No quiero ni pensarlo. Paco y yo hemos cumplido del todo. A mí, mientras me paguen —da un par de golpecitos con la mano derecha sobre la mochila que acaba de recoger—, como le he dicho al canijo, lo demás me importa un carajo.

— Claro, jefe, claro. Vámonos ya, ¿no? Todavía nos da tiempo a tomarnos una copa.

Con un par de maniobras rápidas, la furgoneta vuelve a encarar la salida y se pierde por el mismo camino por el que llegó, la gran puerta metálica se cierra de nuevo y la zona queda completamente desierta, sin ninguna actividad aparente.

Celia continúa perpleja, incapaz de movimiento alguno, destrozada por la certeza de las actividades criminales de Beltrán, por confirmar sus sospechas más atroces con respecto a él, por ser consciente de que duerme a diario, desde hace mucho tiempo, con una alimaña despiadada.

— Debes ser fuerte, cariño — la tranquiliza Elías estrechándola contra su pecho —. Ojalá pudiera contarte más sobre toda esta porquería de asunto, pero no puedo. Debes ser tú quién lo resuelva. Necesito tu ayuda.

Por un instante, Celia no dice nada, se limita a permanecer entre los brazos de Elías hasta que, inspirando profundamente, se separa ligeramente de él para mirarlo fijamente a los ojos.

— Escúchame bien, Elías. Empiezo a comprender que, de algún modo, por acción o por omisión, una parte de las cosas que estoy viendo son responsabilidad mía. No sé, puede que no sea así, pero en todo caso me atañen muy directamente —el rostro de Celia se ha endurecido con la determinación de quién ha tomado una decisión irreversible—. Puedes estar seguro de que voy a llegar hasta el final.

 

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— Antes de seguir tengo que dejarte claras algunas cosas, Celia —dice Elías, aún en el cobertizo de herramientas—. Son importantes. Nuestra presencia en esta realidad es completamente típica, quiero decir que es casi tan real como tu otra vida. No estoy seguro de como interpretas la situación, pero no quiero que puedas pensar que estas a salvo. Aunque nuestra naturaleza aquí, la tuya y la mía, no está sujeta del todo a las leyes de la física convencional y, a consecuencia de ello, no podemos resultar heridos o muertos, cualquier acción en este momento concreto tendrá un reflejo en la realidad que vives en el futuro. ¿Entiendes lo que quiero decir?

— Que tenga cuidado, ¿no?

— Sí, ten cuidado. Limítate a observar y a entender lo que está sucediendo como una simple espectadora. Cuando vuelvas a tu tiempo tendrás ocasiones de sobra para tener en cuenta esta experiencia y actuar en consecuencia. Eso me recuerda otra cosa: aquí no pidas ni esperes ayuda de nadie, por ejemplo la policía y, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, ten muy presente que no tienes permitido interactuar con nadie. Mientras no lo hagas pasarás completamente desapercibida, invisible a los ojos de los demás, pero si intervienes directamente sobre las personas, con toda seguridad, perderás tu condición de indetectable y serás completamente vulnerable. ¿Te ha quedado esto claro, Celia? Dime, ¿lo has entendido bien?

— Vale, sí. Lo entiendo. Prohibido inmiscuirse en los acontecimientos. Queda claro. ¿Alguna cosa más que deba conocer?

— Sólo prevenirte: estamos entrando en un mundo cruel, repugnante y difícil de comprender para las personas como nosotros. Vas a presenciar actos de la más pura maldad y debes estar preparada.

— A estas alturas, cariño, creo que me ha quedado clarísimo que aquí pasa algo espeluznante. Intentaré mantenerme distante emocionalmente. Pero, dime… si nadie puede vernos ¿por qué nos ocultamos?

— Verás, no estoy seguro del todo de eso. Sencillamente pienso que, si nosotros estamos aquí, es posible que otros también puedan hacerlo ¿no crees? Y, si eso es así, no tenemos forma de saber cuáles son sus intereses y sus intenciones. Mejor ser precavidos.

— No soy idiota, Elías, sé que me ocultas algo, pero está bien, no voy a insistir. Creo que lo comprendo. Somos indetectables mientras no actuemos, pero debemos ocultarnos por si hubiera alguien como nosotros que pudiera vernos. Por lo demás, ver, oír y callar.

— Exactamente. Graba eso en tu mente y continuemos. Debes presenciar algo más —dice Elías mirando por encima del hombro de Celia en dirección a la nave industrial— Es necesario que conozcas la verdadera dimensión del drama en el que estamos inmersos.

El resplandor vuelve a transportarlos en una fracción de segundo, ahora al interior del edificio al que fueron trasladadas las chicas que trajo la furgoneta de Beltrán. Es un espacio enorme, pobremente iluminado por solo algunas de las muchas baterías de fluorescentes que cuelgan del techo, que acoge varios depósitos de aceite, centenares de garrafas de plástico y maquinaria para el envasado y etiquetado. Inmediatamente llama la atención de Celia una habitación, ésta sí, plenamente iluminada, en la que se escuchan varias voces. Puede reconocer la de Johnny Siena. Aunque su primer instinto es parapetarse detrás de un grupo de armarios próximo a la entrada del cuarto, Elías avanza delante de ella y entra con decisión para refugiarse entre las sombras de aquel lugar que huele a jabón y perfume, por extraño que pudiera parecer. Celia lo sigue y se acomoda a su lado.

En el centro de la habitación, hay una enorme pileta redonda donde, completamente desnudas, ambas mujeres están siendo bañadas por dos hombres, sin miramientos ni delicadeza alguna. Sus gestos son seguros, rápidos y no dejan lugar a la más mínima confusión en cuanto a la naturaleza de su trabajo: es una tarea rutinaria, que ejecutan con la precisión de quien ya la ha realizado muchas veces, y totalmente desprovista de empatía. Sencillamente las están lavando, como se lava un coche, como se limpia un mueble, con agua y jabón.

En realidad, son apenas dos chiquillas. Aquella que intentó resistirse no lo hace ya, probablemente porque le hayan suministrado otra dosis y la otra chica balbucea pidiendo explicaciones con la misma escasez de convicción de antes y que muestran también sus torpes movimientos.

— Venga, daos prisa. Éstas van a espabilar en unos minutos y, para entonces, ya tienen que estar listas y ocupando su puesto —ordena Siena.

No tardan demasiado en estar sentadas en sendas sillas de ruedas que, enfrentadas a un espejo, hay en un lateral de la habitación. Los mismos tipos se afanan ahora para secarles el cabello y recortarles las uñas de manos y pies.

– ¡Venga, va! No tenemos más tiempo. Además, ya están preciosas. Nos vamos.

La orden es acatada sin dilación y ambos hombres empujan las sillas de ruedas en dirección a una puerta lateral, en la que se adivina la oscuridad de un pasillo mal iluminado, seguidos por el jefe.

— Venga, vayamos tras ellos —susurra Elías—. Dejemos que se alejen un poco.

El angosto recorrido se prolonga por unos cincuenta metros, justo hasta otra puerta, acceso a una especie de soportal que tiene a la derecha una cuadra que aloja una docena de caballos, absolutamente hermosos incluso para el más profano en la materia. Desde donde se encuentran puede verse un recinto de arena, una especie de pequeña plaza de toros, piensa Celia, mientras observa como la comitiva que los precede a cierta distancia se dirige hacia el albero, empujando las sillas en un silencio apenas roto por los silabeos incoherentes de las chicas.

— ¡Esperad, capullos! —grita Siena— Esperad un momento, que enciendo las luces, coño. A ver si nos vamos a matar, con las putas prisas.

Con el coso totalmente iluminado, la escena no mejora demasiado a ojos de Celia, antes al contrario, ni siquiera el hecho de haber preparado su mente para lo peor evita que una imaginaria y poderosa mano estrangule su pecho intentando asfixiarla cuando, en el centro de la arena, contempla una estructura con forma de gigantesco contenedor marítimo, construida de algún material transparente, en la que se distinguen claramente cuatro compartimentos, cada uno de los cuales contiene un aspa, que brilla como si fuera de oro y parece anclada al suelo.

— ¡Joder, Elías! Pero… ¿qué mierda es ésta? —Elías no contesta, se limita a hacer una señal que pide silencio sobre sus labios y, con la mirada, la invita a proseguir tras los tipos.

Una mujer, elegantemente vestida, los espera delante del contenedor, haciendo gestos con un brazo para reclamar celeridad al grupo.

— Vamos muy tarde, Siena. Los invitados ya han cenado y Buendía quiere que los traigamos aquí ya. ¡Venga, vamos! ¡Daos prisa, joder!

— Tranquila, Eva —responde el aludido—. Ya están listas. Hace unos días hubo problemas con una chica y la entrega de la sustituta se ha demorado. Hace apenas un rato que ha llegado.

— ¿Problemas…?

— Nada de qué preocuparse. En serio, todo está bien. La chica que nos han traído es digna de una de tus cajas, tranquila. Danos diez minutos y ya puedes traer a tus putos invitados —la mirada de Siena recorre el cuerpo de Eva, de arriba abajo, babeando deseo— ¡Qué buena estás, niña! Si no fuera por lo que es, te ibas a enterar tú de lo que es un hombre de verdad.

— ¡Vete a la mierda, enano! Y haz tu trabajo de una puta vez —replica la chica, dando media vuelta en dirección a la salida, en un tono que no contiene un ápice de broma.

A los cubos que componen el contenedor se accede con una pequeña escalera móvil de dos metros de ancho y tres escalones. Sólo cuando los dos hombres levantan a la primera chica y la introducen en uno de los cubículos, Celia entiende completamente lo que se disponen a hacer y repara, horrorizada, en que hay otras dos mujeres que previamente han ocupado sus lugares correspondientes. Crucificadas en un aspa de oro, inmovilizadas de pies y manos por pañuelos de seda roja que los tipos anudan a conciencia, narcotizadas, musitando quejas e incapaces de defenderse en su expuesta y humillante desnudez. En un par de minutos la estructura transparente está completamente lista para exhibir a sus correspondientes inquilinas como la mercancía en que Celia sospecha que se han convertido.

— Bueno, esto ya está —comienza a hablar Siena, dirigiéndose a sus secuaces y señalando con el dedo al que tiene más cerca—. Mientras tú vas despabilándolas, nosotros dos vamos a recoger un fulano que tiene que estar presente en la fiesta de hoy. ¡Estos cabrones degenerados no tienen límite!

Desde el callejón, parapetados junto a una torre que soporta en su parte superior un altavoz superlativo, Celia y Elías observan el montaje que hay dispuesto en el lugar, intrigados por saber qué tipo de personas ocuparán la zona que parece destinada a espectadores, mientras el sicario cumple con lo que se le ha ordenado. Abriendo un maletín que viajaba en los bajos de una de las sillas de ruedas, colma una jeringa con una sustancia que extrae de una bolsa de gotero e inyecta su contenido a las mujeres, repartiéndolo a partes iguales entre ellas. Apenas unos segundos más tarde, poco a poco, las cuatro dan muestra de ir recuperando el control y no tardan mucho en darse cuenta de lo desesperado de su situación.

— ¡Me llamo Susan Rodríguez! ¡Me llamo Susan Rodríguez! ¡Socorro, por favor! — grita con agonía una de las chicas, a pleno pulmón, tal vez con la esperanza de que alguien pueda venir en su ayuda — ¡Socorro, por favor!

El carcelero, chasqueando la lengua y dando muestras de fastidio, vuelve a entrar en la celda de cristal y, de un fuerte puñetazo en el estómago, restablece el silencio en los labios de la mujer.

— ¿Qué pasa, ya están despiertas? —Siena y el otro tipo han aparecido de nuevo en la arena y traen con ellos, tirando de un cinturón de cuero que termina en un collar en su garganta, un hombre de físico impresionante, totalmente desprovisto de ropa, al que sientan en un sillón y liberan de la correa— La naloxona funciona de puta madre, macho. Va, venga… cierra los cubos y vámonos. Tengo que avisar a Eva, que ya nos está esperando para empezar con el show.

Para cuando los compartimentos quedan totalmente cerrados, las chicas que los ocupan parecen completamente despiertas. Pese a que es claro que se retuercen y gritan en su cautiverio, sus alaridos apenas son perceptibles desde el exterior. Los dos hombres de Siena utilizan sendas pértigas de aluminio para hacer pasar por encima del prisma los extremos de un enorme rollo de tela negra, conectado a lo que parece ser un torno que sin duda servirá para recogerla cuando llegue el momento de dejar al descubierto el horror que oculta. Sólo cuando está todo correctamente dispuesto, Siena deja la escena apenas iluminada ambientalmente, casi a oscuras, y hace una llamada.

— Muñeca…, cuando quieras.

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Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw