Lo invisible. Capítulo 8 Lo invisible. Capítulo 8
Un hermoso y ancho camino adoquinado, flanqueado por adelfas y palmeras, sobre el que refleja su luz la luna llena, conduce al visitante del... Lo invisible. Capítulo 8

Un hermoso y ancho camino adoquinado, flanqueado por adelfas y palmeras, sobre el que refleja su luz la luna llena, conduce al visitante del «El Albero» hasta la fuente central de una plaza que custodia la entrada principal a la enorme casa, núcleo de un conjunto que incluye varias construcciones adicionales: cuadras, un edificio para invitados, tres casitas para el servicio, instalaciones deportivas e incluso un tentadero cubierto para la monta y doma de caballos andaluces.

El Bentley Mulsanne recorre lentamente los más de mil metros del camino hasta detenerse justo entre la fuente y un empleado, impecablemente uniformado, que abre la puerta trasera mientras otro sirviente ofrece su brazo para que el único pasajero del vehículo se apoye en él al salir.

— Bienvenido, señor Heckberg. Es un placer recibirlo de nuevo en esta casa — Silvio Buendía, el patriarca de la familia, vestido con un esmoquin negro de Armani que sienta de maravilla a sus sesenta y cinco años, ejerce de anfitrión extendiendo su mano para estrechar la de su invitado —. Llega usted justo a tiempo. Acompáñeme, por favor, le presentaré al resto de personas con las que compartiremos la velada. Le aseguro que no se arrepentirá de su decisión: las fiestas solo para usted son deliciosas, pero estoy convencido de que encontrará gratificante la experiencia de compartir sus gustos en un grupo de la máxima confianza. Por aquí, si es tan amable.

— Muchas gracias, señor Buendía. Es un placer volver a verlo —responde al saludo el invitado en un español perfecto, solo matizado por su peculiar forma de arrastrar las erres. Erick Heckberg es uno de los más influyentes empresarios de Austria, heredero de un imperio, tan basto como rico, en el que tienen cabida desde fábricas de muebles hasta líneas aéreas. Es un tipo serio, de mirada torva y pocas palabras, que ronda los sesenta años y, a pesar de la evidente cojera que le afecta la pierna derecha, camina con el majestuoso aire de un emperador, tal vez, porque se sabe el rey de una organización que emplea a más de cien mil personas en medio mundo.

— Por aquí —repite el anfitrión—. El resto de los invitados se encuentran ya en el salón.

Una galería acristalada que rodea un inmenso patio andaluz exquisitamente diseñado, iluminado por grandes faroles de aceite que cuelgan de vigas de madera, acompaña el recorrido hasta el exquisito recinto donde en animados corrillos, un grupo de unas setenta personas, hombres y mujeres, ellos de etiqueta y ellas vestidas de gala, disfrutan de la música de un cuarteto de jazz que interpreta una versión instrumental del All of me, de Billie Holliday, mientras los camareros pululan entre la concurrencia portando bandejas de comida y bebida.

— Permítame presentarle —dice Silvio al llegar a la altura de un grupo compuesto por dos elegantes señoras y un caballero, con el pelo engominado hasta la grosería, que en esos momentos ríen de buena gana—. Señor Restán, señora Díaz, señorita Zueros… este es el señor Erick Heckberg. Como ustedes, participará en la subasta de esta noche. Ahora, por favor, discúlpenme, debo atender otros asuntos y disponerlo todo adecuadamente para que la velada resulte tan perfecta como sin duda merecen ustedes. Diviértanse, por favor.

Mientras el anfitrión abandona el salón por la magnífica escalera imperial que lo preside desde su fondo, Eliana Zueros sonríe abiertamente al empresario austríaco y se acerca a él, tomándolo del brazo suavemente.

— Yo soy Eliana, querido Erick. ¿Puedo llamarlo así? —continúa sin esperar la autorización, dejando patente, a pesar de ello, en sus modales y en la delicada forma de hablar, la noble cuna de la que procede y la selecta educación que ha recibido— Déjeme que haga una presentación más detallada de nuestro pequeño grupo, puesto que tengo entendido que ninguna otra persona se va a sumar a él en el día de hoy. Supongo que cuanto mejor nos conozcamos, dada la naturaleza digamos… poco legítima del evento que nos ha reunido aquí, mejor entenderemos que sean cuales sean nuestras motivaciones últimas, todos buscamos lo mismo: satisfacer nuestros instintos. Y si aceptamos esto como un axioma válido para cualquiera de nosotros, convendrá conmigo en que nos encontramos en un entorno de la máxima confianza.

— Supongo, señorita Zueros —responde Heckberg sin apearse del uso del apellido y, dando un paso a un lado para liberarse del brazo de ella—, que tiene usted razón. En cualquier caso, conozco a Buendía desde hace más de quince años. Hemos sido compañeros en múltiples negocios. También rivales, por supuesto, pero lo considero una persona de la máxima solvencia y un hombre de honor. Confío de antemano en cualquier propuesta que venga de su parte —al tiempo que da un sorbo de la copa de Clos d’Ambonnay, mira a los ojos de sus acompañantes con un brillo tan perfectamente serio en la mirada que acentúa el rostro inmutable e inexpresivo del empresario, puro desafío, y paraliza a los presentes.

» Si la cuestión es presentarse, podría comenzar por mí mismo. Empezaré por decir que nadie me llama Erick; eso era potestad exclusiva de mi madre y murió con ella. Dirijo mi grupo de empresas desde Austria, pero mi casa es el mundo. Por lo demás, no acepto jamás una negativa a mis deseos y quiero que sepan que, por el simple hecho de que hayamos sido presentados, no deben considerarme un amigo. Dicho esto, en mí encontrarán siempre un camarada fiel, nunca traiciono a mis socios. Si conviene a mis intereses, no dudaré en ayudarles a conseguir sus objetivos cuando necesiten de mí. Y por último sepan que, a estas alturas de mi vida, hay muy pocas cosas que realmente me sorprendan. Creo que eso es todo —termina, esbozando lo que podría pasar por una sonrisa—. Espero que mi sinceridad no sea un obstáculo para que nuestra relación sea plenamente satisfactoria para todos.

El resto de los asistentes a la reunión continúan a lo suyo, charlando y compartiendo la ocasión, en tan privilegiado entorno, ajenos a la conversación y a los intereses comunes de aquellas cuatro personas que, en un rincón del salón, desentonan con el ambiente general, inmóviles, petrificados como figuras de cera.

— Verá, Heckberg, nada en su presentación escandaliza a los presentes —interviene Íñigo Restán—. En general, ni estas señoras ni yo mismo somos personas de fiar. Reconozcámoslo. Usted tampoco lo es, su reputación le precede, pero esta noche somos compañeros de juego; rivales en buena lid, en realidad. Al fin y al cabo, estamos aquí para divertirnos. ¿No cree que sería bueno para todos que nos relajáramos e intentásemos aparentar una cierta cordialidad? En fin, en este punto considero absurda toda esta farsa de presentaciones, baste decir que puede esperar de cualquiera de nosotros, hablo por los tres, estoy seguro, la misma camaradería que usted promete. Y sobre todo que mañana, cada cual a su vida y sea lo que sea que veamos esta noche, los secretos de cada uno estarán a salvo encerrados bajo llave en la mente de los demás.

— Está bien, está bien, Íñigo —interviene Mariela Díaz—. Creo que, en realidad, basta con que mantengamos una relación de respeto mutuo. Es cierto que el señor Heckberg es un personaje nuevo entre nosotros, pero también lo es que nuestro anfitrión nos conoce a todos desde hace mucho tiempo. Estoy segura de que su buen criterio nos ha reunido teniendo en cuenta una compatibilidad plena. Sencillamente deberíamos relajarnos y participar de la ocasión.

Las fiestas de Silvio Buendía son un selecto acontecimiento social. Conseguir una invitación para una de ellas no es siquiera consecuencia de los méritos propios de cada cual, es más bien una designación directa realizada por el propio Silvio a instancias de, al menos, cuatro miembros que hayan asistido a un mínimo de seis de esos eventos. Lo que comenzó siendo la reunión de un reducido número de prohombres de una pequeña ciudad de provincias, se ha convertido con el paso de los años en un acontecimiento internacional al que solo acuden, rigurosamente seleccionados, algunos representantes de las élites más exclusivas, todos ellos con un denominador común: entre sus ocupaciones habituales destacan por ser los mejores en algún tipo de inconfesable actividad. Así, respetabilísimos hombres de negocios, conocidos en el mundo entero por sus éxitos financieros, acuden a «El Albero» en calidad de sustentadores económicos de grupos terroristas asiáticos, mientras que los líderes de estos grupos están representados por destacados miembros de algún democrático estado europeo interesado, por supuesto, en fomentar la inestabilidad social de la zona. Propietarios de imperios periodísticos se encuentran en las fiestas de Buendía con los dueños de multinacionales electrónicas y ambos con representantes de artistas y modelos de fama mundial cuyos favores sexuales se alquilan por astronómicas cifras, por supuesto, sin detrimento de la posibilidad de negociar la venta de esclavos para la pesca de marisco en Tailandia o para cultivar marihuana en Reino Unido. Promotores inmobiliarios que trafican con armas, navieros que dirigen una red de venta de órganos a escala planetaria… prácticamente cualquier atrocidad que en el mundo es, cuenta con algún representante en las civilizadas reuniones del cortijo. Como no podía ser de otro modo, la mayor perversión se rodea siempre del mayor de los lujos.

La noche continúa con una cena servida en uno de los salones de la finca, entre distendidas conversaciones, brindis animosos y ofertas de negocio cuando, a eso de la medianoche, Silvio Buendía, que recorre las mesas desde hace un buen rato departiendo con los invitados en tono de broma, llega a la última de ellas. Es la única a la que se sientan solo cuatro personas.

— Mis queridos amigos… ha llegado el momento. Todo está preparado para que disfruten, una vez más, de su personalísima experiencia en esta casa. En unos momentos, serán invitados a seguir a una persona de nuestro staff. Les ruego que abandonen el salón con la máxima discreción porque, aunque es cierto que entre el resto de invitados hay personas que conocen estos eventos especiales, también lo es que otros muchos ni saben de su existencia ni, probablemente, lleguen a saber de ella jamás —una radiante sonrisa que grita en blanco enmarcada por el broceado rostro del anfitrión, lo despide casi sin necesidad de palabras—. Disfruten con plena libertad. Están totalmente a salvo. Buenas noches.

— Discúlpeme, Herr Buendía… supongo que estará al tanto de que he traído un complemento para el juego. ¿Es así?

— Naturalmente —contesta mientras se aleja del grupo sin volver la cabeza—. Naturalmente, Herr Heckberg. Estoy seguro de que todo será de su gusto. Confíe.

Unos minutos más tarde, una mujer muy joven, con aspecto de rozar apenas la veintena, vestida con un elegante traje ejecutivo de falda y chaqueta y elevada casi hasta el metro noventa por unos espectaculares zapatos de tacón, se aproxima al grupo con una decisión poco habitual en personas de esa edad que afrontan por primera vez el servicio a tan exigentes clientes.

— Señoras, señores… si son tan amables de personarse en cinco minutos en el hall. Mi nombre es Eva y estaré encantada de ser su guía en la experiencia «El Albero».

Y dicho esto, al igual que llegó, da media vuelta y desaparece del salón, entre el ruido de la cena y la orquesta que la ameniza, casi como un fantasma, en dirección al punto de encuentro fijado con los invitados.

Todo está dispuesto en el foso de arena para recibir a los invitados. Una zona perfectamente acondicionada, en el centro del recinto, acoge un conjunto de espléndidos sillones Chester dispuestos en torno a dos mesas bajas, con estructuras de oro y cristal. A un par de metros hay una zona entarimada, ligeramente elevada y completamente tapizada de rojo, en la que se han instalado los muebles y herramientas habituales, que son sello inconfundible de la casa en este tipo de eventos. Todo el recinto está completamente a oscuras, excepción hecha del camino desde la entrada a la zona de los sillones. Este está iluminado a los lados con lámparas que arrojan su luz desde el suelo, separadas entre sí regularmente, y por potentes focos que alumbran la zona de aparatos tapizada en rojo, dejando en penumbra el lugar destinado a los espectadores.

Para cuando Restán, Díaz, Zueros y Heckberg, guiados por la altísima azafata, toman asiento, apartado unos metros, ya hay alguien sentado en una silla. Apenas pueden verlo, envuelto como está en las sombras, pero cualquiera podría adivinar en él a un hombre joven, fuerte y desnudo, que permanece completamente inmóvil y en silencio a la espera de algún acontecimiento.

Mientras dos camareros comienzan a servir licores y habanos, otro dispone sobre las mesas sendas bandejas de plata, cada una de ellas con no menos de cuarenta rayas de cocaína. La fuerza de la luz sobre el escenario deja entrever que, tras él, un enorme cortinaje negro cubre completamente un prisma de unos diez metros de lado y tres de alto.

— Estimados amigos —comienza a hablar Eva, desde el centro del escenario, llamando la atención del grupo, con un discurso que parece mil veces recitado—. Vamos a comenzar la sesión de esta noche. Supongo que todos ustedes están al tanto de las normas. Es decir, no hay normas. Por favor, sean ustedes mismos. Esta experiencia, por completo regalo de la casa, está concebida como un acto visceral, una válvula de escape para sus tensiones internas, sus instintos más reprimidos. Nada de lo que puedan hacer, o ver que hacen otros, saldrá jamás de aquí. «El Albero» espera que ésta sea una noche inolvidable para ustedes y confía en que, tal vez algún día, quieran repetirla con nosotros. Disfruten, por favor.

Apenas termina de hablar cuando una batería de luces que cuelgan del techo enfoca repentinamente la estructura cubierta de tela negra, con tal potencia que incluso el escenario que ya estaba iluminado queda en penumbra. Los invitados murmuran entre ellos por unos segundos, impacientes, tal vez. Los camareros han desaparecido y solo Eva los acompaña, discretamente apartada.

De repente, atrona el tentadero entero el Requiem for a dream, de Hans Zimmer y cuando la música y la luz han conseguido captar la total atención de los espectadores, unos segundos después, la cortina es arrastrada sobre el enorme prisma que ocultaba, quedando al final totalmente oculta tras él y dejando a la vista de todos la ofrenda por la que se han reunido esa noche allí.

Cuatro mujeres, en apariencia ninguna de ellas mayor de veinte años, ocupan cuatro celdas de cristal con forma de cubo, numeradas en la esquina superior derecha con caracteres rojos. Están atadas en cruces aspadas que brillan a la luz de los focos con reflejos de oro, completamente desnudas, y gritando tan desesperada como inútilmente, pues la música y un perfecto aislamiento acústico de los cubos impiden que sus alaridos de terror alcancen el exterior.

— Eliana, querida —dice Mariela Díaz, supurando lujuria por cada poro de su rostro, de repente transformado, acariciando el brazo de la mujer que está sentada a su lado mientras, con la otra mano, señala hacia las celdas—, espero que sepas contenerte. El número dos es exactamente el tipo de cuerpo por el que pierdes el control.

Pero la cara desencajada de la señorita Zueros, su mirada perdida y la mandíbula tan apretada como las manos, a punto de rasgar el cuero del Chester, dan a entender al resto de invitados que la Eliana de buena cuna ha dejado paso a un monstruo sediento y enfermo de locura, contenido a duras penas.

— Sí… sí —susurra, como víctima de algún delirio— Es una maravilla de niña. Sí… lo es. Sírvanse ustedes primero y déjenme que la contemple un rato más. Tengo que pensar cómo voy a proceder con ese cuerpo.

Ninguno de los presentes se atreve a hacer valer su derecho a escoger la misma chica. Tal vez porque todos son conscientes en ese instante de que Eliana no lo permitiría.


Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw