Lo invisible. Capítulo 7 Lo invisible. Capítulo 7
Son casi las dos de la tarde cuando Elías sale del modesto apartamento en el que ha pasado la noche con Celia. Le hubiera... Lo invisible. Capítulo 7

Son casi las dos de la tarde cuando Elías sale del modesto apartamento en el que ha pasado la noche con Celia. Le hubiera encantado quedarse allí para siempre, pero ella , como cada domingo, tenía un compromiso adquirido con sus padres y su único hermano, Alfonso, para comer todos juntos. En este momento, flota sobre la acera mientras sus pies bien adiestrados conducen automáticamente rumbo a casa, descargando su cerebro de cualquier ocupación que pudiera interferir en los pensamientos que le llevan una y otra vez a Celia.

Tal ha sido el impacto que ha causado en él que le parece mentira que haga solo unas horas desde que su mente fuera propiedad exclusiva de Eloisse y de las circunstancias que abocaron al fracaso la relación que mantenían desde hacía casi tres años.

Lo cierto es que su vida cambió radicalmente el día en que ocurrió aquel maldito accidente de tráfico. Pasado tanto tiempo, aún duele recordar el momento exacto en que tío Juan, con los ojos bañados en lágrimas, hizo un aparte con él para comunicarle la noticia de que sus padres habían perdido la vida en una carretera de mala muerte como consecuencia, todo lo indicaba así, de una salida de la vía a elevada velocidad. Aquel fue el peor fin de semana de su vida. Lo que había comenzado como una oportunidad para disfrutar durante un par de días de sus primos, Alex y Damián, y de Beltrán —vecino inseparable y compañero de correrías juveniles—, a los que con la edad veía cada vez menos frecuentemente, terminó por convertirse en una pesadilla que jamás podrá olvidar.

Juan, como estaba seguro que hubiera querido Elías padre, se hizo cargo de él. Al fin y al cabo, era el único hijo de su hermano mayor y así, con dieciséis años recién cumplidos, privado de sus padres por el destino, comenzó a vivir en casa de sus tíos. Jamás le faltó nada, entre otras cosas, porque la posición económica legada por sus progenitores era lo suficientemente holgada como para permitirle vivir de las rentas prácticamente el resto de su vida. Sin embargo, en la naturaleza de Elías estaba el amor por el esfuerzo, la capacidad para asumir nuevos retos y la inquebrantable voluntad de saber cada día un poco más. Siendo así, llegado el momento, decidió que tanta pasión por el conocimiento solo podría verse colmada en un lugar como la Escuela Politécnica de Zúrich, la ETH. En su calidad de aspirante a formarse como ingeniero en un lugar tan insigne, Elías asumía, sin excusas y con todas las consecuencias, el privilegio de estudiar en el templo que había dado al mundo, en sus más de ciento cincuenta años de historia, veintiún premios Nobel, entre ellos su idolatrado Albert Einstein. Se adaptó perfectamente a la vida en el campus y durante los tres primeros cursos, no malgastó ni un segundo de su tiempo en otra cosa que no fuera adquirir nuevos conocimientos, hasta que un día, a principios del cuarto año, conoció a Eloisse en la cafetería del rectorado. Fascinado por su increíblemente densa y brillante melena rubia y por los ojos más azules que había visto en su vida, Eloisse se convirtió poco a poco en la razón de sus días, hasta el punto que a los tres meses de conocerse ella se mudó al apartamento de Elías en Bahnhofstrasse. Compartir sus días fue toda una experiencia. Desayunar juntos en la terraza, contemplando el trasiego de gente a orillas del río Limago, salir a correr por el parque Platzspitz, hacer el amor a cualquier hora y en cualquier lugar, dejarse los ojos en la mirada del otro, respirar por su aliento… amarse, en fin, era todo cuanto ambos querían hacer.

Y así, entre amor y libros, transcurrió aquel cuarto curso que los había unido de forma tal que nadie hubiera encontrado herramienta suficiente para separarlos. Fue entonces, terminado el periodo de clases, cuando Elías cedió a los insistentes deseos de Eloisse, apasionada de lo español, de conocer a su familia y regresaron a la ciudad que lo vio nacer. Eloisse era mucho más que una mujer guapa, era un verdadero encanto, y, como no podía ser de otro modo, se convirtió inmediatamente en el centro de atención de los amigos de Elías. Pasaron días enteros en la casa de campo que, desde la muerte de sus padres, había permanecido cerrada salvo por alguna que otra visita de Alex y las chicas que solían acompañarle, siempre con la excusa de pasar allí el fin de semana y cuidar la propiedad. Sí, aquel fue un verano memorable en el que Eloisse mejoró enormemente su español y descubrió que los mejores amigos de su novio podían también ser sus mejores amigos. Que congeniara tan bien con ellos fue una gran alegría para Elías, preocupado porque la persona que más quería se integrara lo mejor posible y disfrutara de su estancia en la ciudad tanto como pretendía hacerlo él. Afortunadamente todo fue bien, especialmente con Beltrán, con quién la chica compartía gustos musicales y la afición por el retrato fotográfico. Pasaban horas comentando, debatiendo e incluso discutiendo, en torno a encuadres, luz, focos… Aquella coincidencia de aficiones resultaba divertida para Elías, que siempre había tenido a Beltrán poco menos que por un bruto venido a más, pero que estaba demostrando ser un perfecto conocedor de las técnicas fotográficas y, a decir de Eloisse, un artista con buen ojo. Nunca lo hubiera dicho.

Resultó pues, plenamente satisfactoria la escapada y se convirtió en tema de conversación frecuente entre ambos. Ella parecía haber disfrutado muchísimo, tanto que, apenas un mes después de su regreso a Zúrich, aprovechando una exposición internacional de retratos organizada por una multinacional financiera, viajó sola a la ciudad ante la certeza de que se trataba de una de esas raras ocasiones en que podía contemplarse, en un solo lugar, el trabajo de los mejores profesionales del mundo de la imagen. No podía perdérsela incluso aunque Elías, en plena vorágine de exámenes, no pudiera acompañarla.

A su regreso, Eloisse le relató las maravillas que había contemplado, siempre acompañada por Beltrán que se había comportado con ella como el perfecto anfitrión, y cómo había sido agasajada por sus tíos y primos, que la mimaron como si fuera su propia hija. Lo cierto, confesó, era que le encantaba la ciudad, su familia y sus amigos y esperaba que Elías estuviera dispuesto a volver allí en cuanto hubiera terminado el periodo lectivo.

Con el paso del tiempo, la relación entre ambos comenzó a verse afectada por la rutina, no como algo invalidante de lo que sentían, pero sí en el sentido de trivializar la convivencia especialmente por parte de Eloisse, cada vez más distante y menos interesada en valorar los constantes esfuerzos que Elías dedicaba a mantener viva la relación. Las frecuentes ausencias y viajes de ella, siempre con ocasión de algún meeting de desarrolladores informáticos —su especialidad en la ETH— o algún encuentro internacional de fotografía, sumadas a la cada vez mayor distancia que se interponía entre ambos cuando estaban juntos, terminaron por derivar en una conversación, amistosa pero tensa, que sirvió de cierre a lo mucho que se quisieron en una etapa ya pasada de sus vidas. Y todo acabó, así, casi como había empezado, sin proponérselo, sin más.

Casi siete años después de aterrizar allí por primera vez, con un Máster en ingeniería eléctrica y sistemas de información y un doctorado en ciencias, Elías se encontró libre de cualquier vínculo con Zúrich, al menos como lugar de residencia permanente, y decidió buscar en el calor del hogar la reconfortante sensación de estar entre amigos, con la esperanza, tal vez, de encontrar la reparación que tanto necesitaba para el enorme dolor que sentía por la ruptura con Eloisse.

Ahora, sin embargo, caminando de regreso a casa, toda esa historia ha perdido repentinamente importancia. Conocer a Celia ha sido mucho más que una suerte, ha sido una de esas conjunciones que ocurren una vez en la vida. Planetas alineados para atraparte en las consecuencias de una conjunción astral que te cambia la existencia. El tacto de la piel de sus brazos, el color de su sonrisa y su forma de caminar, riegan de escalofríos sus entrañas. La cercanía de su conversación, su forma de ver la vida y cómo se ha entregado a él, han calmado por completo todos sus miedos de tal forma que la sensación de vacío que le acompañaba a todas horas ha desaparecido, como por arte de magia, tornada en una plenitud que sacia todos sus sentidos. Pensando así comprende que ella, Celia, es mucho más de lo que estaba buscando incluso sin saberlo y que, sin remedio, unas horas han sido suficientes para encontrar el verdadero amor de su vida. Todo un auténtico flechazo.

Es consciente de que tiene que hablar con Beltrán, del que no está del todo seguro en cuanto a cómo va a reaccionar a la noticia de que se ha enamorado de su amiga, pero del que, con plena certeza y con independencia de este asunto, espera recabar una explicación de lo sucedido en el Colors.

— ¿Qué pasa chaval? ¿Dónde andas? —Beltrán ha cogido el móvil al primer toque— Quién, ¿yo? Muy bien, de maravilla… Oye, ¿qué te parece si comemos juntos y así charlamos? Te invito… Hecho, entonces. Te espero en Casa Matías en un rato. Yo estoy cerca, a menos de quince minutos. No tardes.

Sí, Beltrán… por alguna razón, siempre presente en la vida de las mujeres que ama y quién sabe si en la vida de más gente.

 

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Saludar a Matías siempre es un placer. No solo es uno de los mejores restauradores del país sino un fantástico conversador, de sutiles ironías y rápido de reflejos al hablar, tanto que los casi ochenta años que lo contemplan parecen residir exclusivamente en su cuerpo y negarse a alcanzar una mente propia de personas mucho más jóvenes. Elías guarda muy buenos recuerdos de la relación que mantenía con su padre, al que acompañó en numerosas ocasiones al restaurante, próximo a su casa, que Matías regenta desde hace más de cuarenta años y que fue el primero de los cinco que posee repartidos por varias ciudades cercanas. Aunque, por la edad, el peso del día a día de los establecimientos ha recaído en Gloria, su hija mayor y una profesional formada desde su nacimiento para ello, Matías se niega a perder el contacto con los clientes que acuden al local y piensa que el día que lo haga será el que marque su final en este mundo.

— ¡Hombre, don Elías! Cuanto tiempo sin verte por aquí —dice el anciano en cuanto pone un pie en el interior del restaurante, jugando con su fórmula de siempre para convertir el trato de usted en una expresión de cariño—. ¿Cuánto hace? ¿Por lo menos dos años?

— ¡Matías! Por favor, si estás mejor que la última vez. Sí, algo así, dos años hará más o menos. Tú tienes mejor memoria que yo —contesta Elías a la vez que abraza al hostelero con la sinceridad de quién verdaderamente se alegra de reencontrarse con un amigo muy querido— Echaba de menos tus judías pintas con perdiz, bueno… y a ti, por supuesto.

Lo invisible. Capítulo 7

— ¿Viene contigo esa guapa chica rubia que te acompañaba la última vez?  Tu padre hubiera sido su fan número uno, seguro. ¿Mesa para dos?

— Sí, Matías, mesa para dos, pero no me acompaña ninguna mujer. Viene a comer conmigo Beltrán. Te acuerdas de él, ¿no?

Por un instante, el gesto distendido y alegre del anciano se ha contraído en una mueca que Elías ha captado perfectamente pero no acierta a interpretar. Una expresión como de disgusto que lo pone en alerta inmediatamente.

— ¿No lo recuerdas, Matías? Pues anda que no ha venido veces con nosotros a comer a tu casa cuando éramos pequeños.

— Ya, ya… si lo recuerdo perfectamente, Elías. Es solo que… bueno, por alguna razón no lo hacía vinculado a ti a estas alturas —responde, volviendo a recuperar la media sonrisa servicial, marca de la casa, que lo ha caracterizado durante toda su trayectoria profesional— Discúlpame, no me hagas caso. Creo que me estoy haciendo mayor.

— ¿Mayor? ¿Tú? ¡Venga ya, hombre! No hay tipo en toda la ciudad que sea más joven de espíritu que Matías —bromea por dejar zanjada la situación, pero tomando nota de la sorpresa del anciano por el hecho de que aún se relacione con su amigo. Se pregunta la verdadera naturaleza de la zozobra que se ha adueñado, por un momento, de Matías.

Una versión acompañada por una guitarra acústica del Alone, de Heart, lo deja en la mesa que siempre fue la favorita de sus padres, junto al ventanal que linda con los jardines del local. Mientras espera que le sirvan una copa de vino, aparece Beltrán enfundado en un traje tan serio que le arranca una sonrisa cuando su mente lo asocia a los domingos de misa y paseo de su infancia.

— Muy buenas, chaval —dice Elías cuando su acompañante llega a la mesa—. Parece que vas a hacer la primera comunión, tan trajeado y eso. Siéntate, ¿qué vas a tomar?

— Ya he pedido una cerveza al pasar por la barra. ¿Llevas mucho tiempo esperándome? —el gesto serio de Beltrán y el poco aprecio a la broma indican que no está de buenas. Elías lo conoce bien— Yo también quería hablar contigo.

— He llegado hace un momento, lo justo para saludar a Matías y sentarme —responde, convirtiendo el tono cordial con que lo recibió en otro más acorde con la actitud que aparenta su amigo. Como Beltrán se lo ha puesto en bandeja, miente para aprovechar la posición de ventaja que le supone la afirmación que este acaba de hacer y se reserva para mejor contraatacar—. Simplemente me apetecía comer contigo y comentar la tarde de ayer, pero si dices que quieres hablar conmigo, será por algo. Bueno, pues tú dirás.

— Mira, Elías, tú y yo nos conocemos desde niños. No me voy a andar con tonterías —con dos frases entra de lleno en materia mientras la dureza de su rostro se reafirma en una mirada fría como el hielo que se clava en los ojos de Elías, escudriñándolos, tomando nota del impacto de cada palabra que se dispone a pronunciar—. Me han contado tu numerito en Colors con Celia y yo, que te considero casi un hermano, no lo he podido creer, menos aún sabiendo tú lo que siento por ella. Dime, hermano… dime que mienten los que van contando por ahí esa mierda.

Como si le hubiera dado entrada el apuntador de una obra de teatro antigua, Jose, uno de los camareros más veteranos de la casa, aparece junto a la mesa dispuesto a tomar nota de los platos que han de servirse en la comida. Una interrupción que da aire a Elías para procesar el directo que acaba de recibir y decantarse por una estrategia que le sirva para obtener la información que ha venido a buscar. Sabe que, si arrostra la cruda verdad de su relación con la chica, enfrentándose directamente a la ira de Beltrán, solo conseguirá ofuscarlo, que se cierre en banda y provocar una discusión dónde su carácter tranquilo siempre tendrá las de perder contra el huracán descontrolado en que puede convertirse su amigo.

— Judías con perdiz para los dos, Jose, y una botella de ese tinto de la casa tan bueno. ¿Puede ser? Ah, y tráenos un surtido de entremeses, jamón y queso, mientras esperamos —Elías pide por los dos, sabiendo de antemano que lo más probable es que no lleguen juntos al plato principal.

— Beltrán, eso es lo de menos. Lo importante es que anoche, tu amigo Buendía encargó que me dieran de hostias, amenazó gravemente a Celia y nos puso de patitas en la calle con las peores formas posibles. No sé, por alguna razón creo que tú tienes algo que ver con ese cabrón y quiero que me digas qué es exactamente, quién es ese tipo y si tenemos algo que temer de él.

Que le haya salido por la tangente, atacándolo directamente y dejando sobre sus hombros la responsabilidad de lo sucedido, descoloca a Beltrán, incapaz de reaccionar de otro modo cuando alguien lo acusa, da igual de lo que sea. Su instinto natural lo impulsa a descargar su posible culpa.

— ¿Qué quieres decir con eso? ¿Crees que yo tengo algo que ver con todo lo que dices que os ha pasado? Pues estás muy equivocado, chaval —replica Beltrán levantando la voz—. Paco es Paco, si lo conocieras no preguntarías gilipolleces. No da explicaciones nunca porque se lo puede permitir y hace exactamente lo que le sale de los huevos. ¿Está claro? A mí no me impliques en esas movidas, que ya tengo bastante con no cagarla con él.

— ¿No cagarla? Joder, nene, pero ¿qué te traes tú con semejante tiparraco? Tiene toda la pinta de ser alguien con quién no conviene relacionarse y ¿me dices que tienes algo con él?

— Escúchame, Elías —dice, bajando el tono de voz y avanzando el torso sobre la mesa en dirección a su acompañante para enfatizar la declaración que se dispone a hacer—. Te conviene no tener encontronazos con Paco. No es un hombre con el que se pueda jugar. No creo que tengas que preocuparte por lo sucedido anoche. No me lo imagino yendo detrás de ti, pero es mejor no tentar a la suerte. Te lo digo en serio: apártate de su vista.

— No estoy preocupado por mí, lo estoy por Celia. Ambos creemos que todo el numerito en Colors se debió a que Buendía pretendía pasar la noche con ella. Cuando se negó, la echó a la calle como a un perro y le prometió que algún día sabría lo hijo de puta que puede llegar a ser. Me preocupa, Beltrán, de verdad.

Por un instante, el rostro de Beltrán pierde todo atisbo de color y permanece como congelado, sin reacción aparente a las palabras de Elías, hasta que recupera la movilidad, recostándose en la silla y mostrando una sonrisa desenfadada que pretende quitar dramatismo al tema.

— ¡Que no, hombre! ¡Que no! No tienes por qué preocuparte. Paco es un capullo, desde luego, pero toda la fuerza se le va por la boca. Es que le pierden las chicas. Seguro que cuando salisteis vosotros no tardó diez minutos en tirar la caña a otra mujer. Es así, no cambiará nunca, pero es inofensivo. Tranquilo.

— Vale, me lo creo —miente—. Cuéntame qué tienes en común con él.

— ¡Coño, Elías! ¡Nada! Es solo que, a veces, me encarga pequeños trabajos o me los busca entre sus amigos. Y le estoy muy agradecido, tío. No todos somos ingenieros ni tenemos por delante un futuro tan brillante como el tuyo. Necesito ganarme la vida y Paco me ha echado un cable más de una y más de dos veces. Eso es todo —pese al énfasis que pone, lo delata el lenguaje corporal, su forma de gesticular y el modo en que desvía la mirada al hablar.

— ¿Qué clase de trabajos? —pregunta Elías, atacando el jamón y dando un sorbo a su copa.

— Pues de todo, pero casi siempre transportes. Llevar algo de aquí a allá. Alguna mudanza, pequeñas reparaciones del hogar, esas cosas. Bueno, bueno… ya vale de preguntas, chaval. No me salgas por peteneras que el que ha preguntado primero he sido yo. Me vas a decir qué coño te traes con Celia, pero ya.

Ahora es Elías el que recuesta su espalda sobre el respaldo de la silla y coloca ambas manos sobre el mantel, como para demostrar que no piensa ocultar nada en su respuesta, reforzando el gesto con una mirada directa y franca.

— No sé por qué me preguntas eso. Hace años que la conoces y nunca has demostrado verdadero interés por ella. Aparte de tus impertinencias hacia Celia, que francamente no entiendo, sea el que sea el derecho que creas tener sobre ella, te aseguro que estás equivocado. Yo no tengo la culpa de que te empeñes en generar una tensión sexual que solo está en tu cabeza.

— ¡Tú lo que eres es un cabrón! ¡Contéstame a la pregunta que te hago! —los gritos de Beltrán escandalizan al resto de los paralizados comensales. Al final, los esfuerzos de Elías por mantener controlada a la bestia han sido en vano. — ¿Te la has follado o no?

En esta respuesta se la juega y lo sabe. Sopesando las diferentes modulaciones de la verdad que puede hacer, no considera como opción mentir, Elías termina por escoger la que le parece menos mala.

— Por supuesto.

Por una mínima fracción de tiempo el restaurante, al completo pendiente de la escena, enmudece en un silencio sordo, una implosión que augura la peor de las reacciones. De repente, Beltrán se pone en pie violentamente, impulsando la silla que lo acogía con tal fuerza que la estampa contra una señora que come con su pareja justo al lado, y golpea la mesa con ambos puños haciendo saltar copas, vasos y platos. Apoyado sobre los dos puños, toma un cuchillo y con una furia desmedida, como si su vida dependiera de ello, lo clava en la mesa justo entre las dos manos que Elías se ha empeñado en mantener sobre ella.

— ¡Hijo de la gran puta! ¡Esto no te lo perdonaré jamás! Desde este momento tú y yo hemos acabado, cabrón. Cuídate de no volver a cruzarte en mi vida.

Por un momento, rayos cósmicos de todas las frecuencias posibles brotan de sus ojos en un intento de fulminar por completo a Elías hasta que, sin más, da media vuelta y sale de la sala como alma que lleva el diablo.

Dos camareros irrumpen en la sala para restaurar el orden y colocar de nuevo el menaje en su sitio a una orden de Matías, que ha observado el encontronazo discretamente detrás de la barra, y que se acerca a la mesa donde Elías continúa paralizado por la virulencia de la reacción del que, hasta ese momento, consideraba su amigo.

— Las judías ya están listas. Siéntate y disfrútalas. Hay tipos que no merecen la pena.


La Redacción

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