Lo invisible. Capítulo 6 Lo invisible. Capítulo 6
Lo ocurrido en Colors, la forma en que se precipitaron las cosas, ha sido para ellos una experiencia ciertamente agridulce, pues en solo un... Lo invisible. Capítulo 6

Lo ocurrido en Colors, la forma en que se precipitaron las cosas, ha sido para ellos una experiencia ciertamente agridulce, pues en solo un momento han pasado de la excitación sexual más salvaje a sentir el miedo y el desconcierto de una agresión tan injustificable como inesperada.

Una vez fuera, la primera reacción de Elías fue dirigirse inmediatamente a la comisaría más cercana para interponer una denuncia por el trato recibido, los golpes y la expulsión del local.

— Ha sido absolutamente humillante, Celia. No solo por el par de puñetazos que me ha regalado el tipo ese, sino por cómo me han sacado en volandas dejándote allí sola. ¡Cabrones! Te juro que voy a joderlos de todas las maneras legales que estén a mi alcance.

— Cálmate, por favor —responde ella, abrazándose a su cuerpo mientras caminan por una calle aún cercana a la sala—. Piensa un poco, Elías. ¿Qué vas a denunciar? No tenemos testigos de la agresión que has sufrido y siempre pueden argumentar que fuimos invitados a salir porque estábamos dando un espectáculo indecoroso en plena pista de baile. Sé que estás herido en tu orgullo e indignado, pero hay batallas que no merece la pena librar.

— ¡No puedo creer lo que estás diciendo! Entonces ¿qué propones que hagamos? ¿Nada? ¿Que dejemos que se salgan con la suya esos hijos de puta? No sé tú, la verdad, pero por mi parte esto no va a quedar así.

— Yo estoy contigo, Elías. A mí también me han humillado. Es más, creo que todo el follón ha sido por mi culpa.

— Explícate —pide él, deteniéndose en mitad de la calle y haciéndola girar sobre sus pies para mirarla de frente—. ¿Cómo es eso de que ha sido por tu culpa?

— Ha sido todo uno el arrancarte de mi lado y que, un segundo después, apareciera Paco Buendía. Igual que los de seguridad, salió de la nada y, de repente, lo tenía detrás como una aparición. Creo que este lio ha sido simplemente un capricho suyo para acercarse a mí.

— Pero… ¿te ha hecho algo? Sigue contándome, por favor —la alarma en su rostro hace pensar a Celia que tal vez no haya sido buena idea relatarle lo sucedido. Pero ya está hecho. Debe continuar.

— No, no. No me ha hecho nada. Simplemente me ha llevado a una especie de reservado en un rincón, con la muy floja excusa de haber creído que me habías agredido, y ha pretendido convertirse en mi salvador. Su intención era pasar la noche conmigo o, al menos, así de claro lo ha insinuado.

— Pero… ¡será canalla el tipejo ese! ¡Venga, volvamos! Ahora sí que esto no ha terminado —dice Elías, comenzando a recorrer el camino de vuelta al Colors y tirando del brazo de Celia con una determinación que casi le hace daño.

— ¡Espera, espera! —contesta, resistiéndose a ser arrastrada—. Tengo que contarte algo más… Ese tío me da miedo. Ya esta tarde no me gustó como trató a Beltrán, pero me ha terminado de convencer de que es peligroso cuando, hecha una fiera como estaba yo, le he exigido que nos dejara salir del local amenazándolo con montar un escándalo de proporciones bíblicas delante de todo el mundo. Lo que realmente me ha acojonado ha sido su despedida: me ha fulminado con una mirada y un gesto de maldad en el rostro de una intensidad que nunca había visto antes. Y para rematar la faena me ha escupido a la cara que algún día comprobaré lo hijo de puta que puede llegar a ser. De verdad, Elías, déjalo estar. No nos conviene cruzarnos en el camino de ese hombre —por un momento él no dice nada, sorprendido o, quizá, confuso por el alcance de lo que acaba de conocer, como evaluando las posibilidades de acción que le quedan. Solo puede mirarla con un gesto de dolor que a duras penas reprime, desbordada su capacidad para asumir una ignominiosa derrota a manos de un simple hostelero.

— Joder, Celia, ¡joder! Puede que tengas razón. Tal vez lo mejor sea correr un tupido velo sobre todo este asunto y olvidarlo lo antes posible. Al fin y al cabo, será suficiente con no volver por allí jamás —incluso hablando así no puede evitar pensar, ni por un momento, que Beltrán conoce bien a Buendía y tendrá que darle una explicación en cuanto vuelva a echárselo a la cara.

Uno frente al otro, durante unos segundos eternos, un silencio espeso intenta dar carpetazo al asunto. Es ella quien por fin lo consigue.

— ¡Tengo una idea! —propone Celia, cambiando el tono de la conversación hacia uno menos grave— ¿Qué te parece si te invito a mi casa y preparamos una cena que nos haga olvidar este montón de basura? ¡Te advierto que soy una auténtica maestra en la cocina!

— Me parece una buena idea, pero oye… esto no será una treta para llevarme a la cama, ¿verdad? ¡Jajajaja!

— ¡Por supuesto que sí, idiota!… ¡Por supuesto que sí, idiota!… ¡Por supuesto que sí, idiota!… —responde ella, en un eco que se va apagando cuanto más se prolonga.

Tan vívido el sueño, es la resonancia de sus propias palabras, de lo sucedido aquel día, lo que despierta a Celia en plena noche, sobresaltada y cubierta por un sudor frío que la estremece. Beltrán, que duerme profundamente a su lado, ni se inmuta cuando sale del dormitorio con la intención de tomar un vaso de leche que la tranquilice y temple sus nervios. De alguna forma, ha conseguido dejar transcurrir el día sin que, al menos ella no es consciente, haya dejado traslucir la más mínima inquietud por cuanto está ocurriendo y el modo en que involucra, directamente, al hombre con el que comparte la vida.

Aquella mañana, tras la desagradable sorpresa de descubrir en Beltrán una actitud desconocida para ella y escuchar las sospechosas conversaciones que mantuvo en la cocina con hombres a los que daba órdenes, Celia hizo un esfuerzo por tranquilizarse y retomar el orden del día, simulando que nada estaba fuera de lo habitual, como una manera de no sucumbir repentinamente a la locura. Llegó tardísimo al hotel y, en contra de sus propios principios, pero como último recurso posible, se escudó en una repentina y falsa enfermedad de Ainhoa para justificarse. El trabajo y el fuerte ritmo que le impuso su encargada durante todo el día, consiguieron hacerla postergar en sus prioridades mentales el aluvión de acontecimientos anómalos que se le había venido encima de repente. Hasta que, tras recoger a la niña en el colegio y regresar a casa, una legión de preguntas, que habían permanecido agazapadas en su pensamiento, se dio al asalto de sus preocupaciones. Se dijo a sí misma que tenía que esforzarse por racionalizar cada cuestión, en la medida de lo posible, e intentar dar una respuesta sencilla a cada una de ellas.

Mientras Ainhoa merendaba delante de los dibujos animados que daban en televisión, Celia, sentada en el sofá, acometió la tarea de enfrentarse a sus dudas y se dejó llevar por su prioridad: Elías. ¿Qué clase de alucinaciones eran esas que la abordaban? Porque, sin duda, había algo en su mente que no estaba del todo bien. Era imposible que lo que había tomado por una experiencia real lo fuera. Nadie regresa de la muerte y, menos aún, para llevarte a un mundo paralelo donde revivir situaciones pasadas. Sin embargo, las marcas que todavía señalaban sus caderas y, sobre todo, la maravillosa ilusión que la llenaba, le hacían pensar que todo era posible, que había cosas ocultas al entendimiento y que no éramos capaces de asimilar. Tal vez, después de todo, no estuviera enferma sino de amor. Tal vez fuera su propio deseo y los muchos años de ausencia de su único amor, lo que la estaba llevando a vivir una experiencia que se negaba a rechazar, sencillamente, porque calmaba su dolor. O quizá fuera que lo ocurrido aquellos últimos días aún atormenta su alma. No tiene manera de estar segura de nada, pero sabe que los acontecimientos se están precipitando por alguna razón y eso, sin duda, traerá consigo la respuesta al enigma del nuevo Elías.

Lo invisible. Capítulo 6

Perdida en lo confuso de todo aquello, va abriéndose paso en su mente otra pregunta cuya respuesta se le antoja igual de complicada: ¿quién era el Beltrán de la cocina? Siempre supo que no era un santo, hace mucho tiempo que eso le quedó claro. Ya en los primeros años de su convivencia, cuando llegó a pensar en él como el hombre con el que compartiría el resto de su vida, decidió que no quería saber nada de los trapicheos que Beltrán trataba de ocultar a sus temores. Ella soportó como mejor pudo las sospechas de que pudiera traficar con drogas o incluso algo peor, hasta que la situación se hizo tan tirante entre los dos que a punto estuvo de finalizar con la disolución del matrimonio, justo unas semanas después del nacimiento de Ainhoa. Sin embargo, la hija que ahora tenían en común, el hecho de que siempre la hubiera mantenido por completo al margen de sus actividades y la reconfortante sensación de seguridad que le proporcionaba estar a su lado, fueron suficientes para superar la crisis. Él le prometió que buscaría un trabajo que proporcionara a la familia un sueldo a final de mes y lo hizo. Abandonó su ocupación como profesional de las chapuzas y comenzó a trabajar de guarda jurado para una pequeña compañía local que parecía tener una fuerte vocación de crecimiento. Celia terminó por relajar sus recelos, aliviada por la estabilidad que el empleo proporcionó a la economía familiar y por la certeza del origen lícito de sus ingresos. Unos meses después, volvieron a abordarla las dudas ante las salidas nocturnas que Beltrán justificaba como horas extraordinarias en la empresa y que se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Él argumentaba que necesitaban dinero y Celia respondía que ella necesitaba un marido y su hija un padre. Siempre recordará aquella mañana en la que, reuniendo el valor suficiente para enfrentarse a sus temores, se atrevió a preguntarle si la estaba engañando. Beltrán acababa de llegar después de pasar toda la noche fuera. Sentado a la mesa de la cocina frente a una taza de café, la miró fijamente durante los interminables segundos que el eco de la pregunta hizo de barrera entre los dos, levantó un dedo hasta colocarlo a pocos centímetros de su cara, y se limitó a amenazarla entre dientes: «no vuelvas a meterte en lo que hago. ¿Queda claro?» Nunca sabrá si fue el tono de hielo que cubría su voz o los ojos, de repente turbios y oscuros, que la petrificaron, pero lo cierto es que Celia captó el mensaje, el peligro de la advertencia que aquellas palabras encerraban. Y por primera vez aquel hombre, a quien debía tanto, apareció ante ella como la más viva representación del terror. Ese día, tomó la decisión de no mirar por no querer ver, por su propia tranquilidad y por la de su hija. Todo iba mejor desde entonces. Sí, hacía cuatro años ya que nada era igual, que su matrimonio era una balsa de aceite que se vertía a cámara lenta hacia las calderas del infierno para avivarlas. Casi preferiría arder de una vez a esa agonía que le iba carbonizando la piel y el corazón lentamente, con saña, y a la que se ha resignado como si fuera justo castigo a los pecados cometidos.

Con respecto a Beltrán, Celia tiene meridianamente claro que en ella recae una parte de la responsabilidad de las acciones de su marido. Hace tiempo que la atormenta lo que considera una incontestable verdad: saber y no hacer nada es tanto como participar. Pero lo cierto, acude la reflexión en su descargo, es que jamás pensó que sus andanzas pudieran ir más allá del contrabando o el menudeo de drogas y que Beltrán terminaría por abandonar esas cosas, tal vez algún día. Nada la haría más feliz que ser la simple esposa de un empleado de seguridad, trabajar en el hotel y salir a dar una vuelta, los tres juntos, sin más preocupación que programar el tiempo del que disponían.

Pero, desde luego, esa mañana Beltrán no parecía el gris vigilante jurado con el que se hacía ilusiones de convivir. Esos modos netamente mafiosos con los que despachó las llamadas telefónicas, la familiaridad con que manejaba la pistola —Celia nunca la había visto en casa. De hecho, ella suponía que el arma era una herramienta que solo estaba autorizado a portar en horario de trabajo—, hasta el asunto de que consumiera alcohol a tan tempranas horas le resultaba chocante. Y luego estaba la referencia a un congelador que se negaba a valorar siquiera, que prefería entender como una manera de referirse a un castigo ejemplar o algo parecido porque el significado alternativo de aquella expresión — «…cabrá en el congelador, ¿no?» — era realmente aterrador. Sí, estaba claro que el Beltrán que conocía tenía un alter ego que tal vez fuera mejor no conocer. Por eso, porque, ahora más que nunca, no estaba segura de con quién se la jugaba en realidad, Celia decidió mantener invariable la rutina diaria, no comentar nada de todo eso con él y permanecer alerta. Más tarde o más temprano descubriría lo que se traía entre manos, pero no estaba dispuesta a correr riesgos innecesarios. No estando Ainhoa por medio.

A vueltas con otra de las preguntas que la torturaba, Celia intentaba comprender por qué Elías había querido que viera, una vez más, la llegada de Beltrán al pie del puente para buscarla y si, al hacerlo, pretendía que ella reparase en alguna circunstancia especial. Escuchó primero el sonido de las llaves, seguido del portazo de rigor al cerrar y, por último, el «hola, chicas» habitual en su marido al llegar a casa.

— ¡Vengo molido, cariño! —fueron las primeras palabras que salieron por su boca. Excusas para tumbarse en el sillón, sabía ella— Esto del banco lo llevo cada día peor, de verdad. ¿Y mi niña pequeña? ¡Dale un beso a papi!

Ainhoa, que estaba dibujando sentada en su pupitre de juguete, salió disparada para abrazar a su padre, enarbolando el papel en el que trazaba garabatos de colores.

— Mira, papá… ¡Estoy dibujando nubes! —terminó por decir la niña, ya en los brazos de su padre que la elevaban casi hasta tocar el techo del salón.

— Estarás cansado. Date una ducha y en menos de una hora estamos cenando, Beltrán —con una sonrisa, Celia se acercó a él y tocó su hombro por todo saludo. Hacía mucho tiempo ya que se habían olvidado los besos de bienvenida.

La cena transcurrió, como era habitual, en un silencio mitigado por el sonido de fondo del televisor y con el relato breve y sin detalles de qué les había deparado el transcurrir de la jornada laboral. En varias ocasiones, Celia estuvo tentada de saltarse a la torera su propia decisión de mantener silencio con respecto a lo que había visto aquella mañana en la cocina, especialmente cuando Beltrán relató, como si fuera cierto, cuánto se había alargado el desayuno con uno de los inspectores de su compañía de seguridad —hasta más de las diez, mintió con descaro— y las muchas preguntas que este le había formulado, relacionadas con la calidad del servicio que prestaban en el banco. Sí, se contuvo y guardó silencio.

Pero algo no iba del todo bien en su interior, rebelado contra la apariencia de normalidad que le mostraba su esposo y ya en la cama, uno junto al otro, acabó por plantear una pregunta disfrazada por completo de ingenuidad.

— Oye, Beltrán —dijo dándole la espalda y colocando bien la almohada—, ¿tú has estado en casa hoy? Quiero decir… a lo largo del día. Es que he encontrado en la basura dos latas de cerveza, arrugadas como las dejas tú, y me ha parecido extraño.

— Joder, Celia, no me jodas… ¡anda que en lo que te fijas! Cómo quieres que venga a casa desde tan lejos solo para beber cerveza —contesta con una voz que falsea somnolencia y sin dar importancia alguna a la pregunta—. ¡Yo qué sé, mujer! Estarían en el cubo y no las habrás visto. No sé. Anda, duérmete, que es tarde ya.

— Sí, será eso. No las habré visto. Porque, claro, a qué ibas a venir tú a casa que no fuera una urgencia. Con lo exigentes que dices que son en tu trabajo. Tonterías mías, no me hagas caso. Buenas noches, hasta mañana.

Ahora, a las tres y media de la madrugada, recorriendo el largo pasillo que la lleve hasta un reconfortante vaso de leche, Celia recuerda haber caído profundamente dormida apenas terminada esa conversación. Y después soñar, volver a vivir lo ocurrido aquella tarde y noche en el local de Buendía, con un nivel de detalle que no recuerda en ningún sueño a lo largo de su vida. Ha sentido en la piel la vibración de la música, la excitación y el miedo, tal y como si realmente estuviera volviendo a suceder ahí, en ese justo momento. Completamente absorta en esos pensamientos reconoce que le producen sensaciones extrañas, de esas que últimamente han llegado a su vida con la intención de quedarse. Sí, pensamientos y sensaciones del mismo tipo de la que acaba de sacarla a la fuerza de sus elucubraciones, paralizándola instantáneamente, pues una luz amarillenta que proviene de la cocina repta hasta el umbral, apenas a dos metros de ella, trepando por el marco de la puerta en una radiación brumosa e inquietante que ondula ante sus ojos. De repente, una sombra apenas humana interrumpe el flujo de luz y se detiene por una fracción de segundo, encarándola e invitándola a ir tras ella mientras se adentra en la habitación.

Celia, inmóvil, se concede unos segundos para reaccionar. Los ha necesitado para convencerse de que no debe sentir miedo, de que, sea lo que sea tan escandalosa manifestación, está claro que pretende atraerla con algún propósito y de que, en realidad, todo su cuerpo vibra de deseo por saber de qué se trata. Con tres pasos, lentamente, entra en el fulgor pálido que flota en el pasillo y se gira para observar el interior de la cocina, permaneciendo allí durante un rato mientras se dice a sí misma que en otras condiciones, en otro momento de su vida, si no hubiese experimentado ya cosas inexplicables, lo que está viendo ahora la habría llevado con seguridad al borde del infarto.

En el centro de la habitación, las dos puertas del frigorífico abiertas de par en par exhalan una luz, de un amarillo muy vivo, que adquiere densidad al mezclarse con el vaho helado que produce la zona del congelador. Nada impide la fuga luminosa que grita la otrora tímida bombilla del aparato, convertida en potente foco para mejor presentar la orquestada visión que Celia contempla sin inmutarse. El interior del frigorífico está completamente vacío y todo lo que contenía, incluidas bandejas, cajones, estantes y viandas, aparece suspendido en el aire, perfectamente colocado, a metro y medio de las puertas, tal y como lo estaría en su interior.

Superando el miedo que la atenaza, Celia avanza lentamente hacia el centro de la cocina y rodea el increíble espectáculo que ofrece el contenido de la nevera. Aunque no le sorprende comprobar que ésta ni siquiera está enchufada, observando su interior completamente desnudo, la sobresalta un ligero «clack» que, ante sus atónitos ojos, acompaña el ligero desplazamiento hacia afuera del único cajón que ha quedado en el aparato. En el depósito del dispensador de hielo se puede escuchar el movimiento de los cubitos que chocan entre sí, pidiéndose paso unos a otro para salir ordenadamente por la abertura y recomponer en el aire la forma que obligaba el propio cajón. Solo cuando éste está completamente vacío, vuelve a moverse ante ella para sobresalir un poco más e invitarla a mirar en su interior.

Llegada a ese punto, Celia comienza a estar verdaderamente inquieta. Sabe que debe cubrir el espacio que la separa del interior del cajón y mirar su contenido, pero está segura que se dispone a contemplar algo que no le va a gustar. Hay una bolsa de plástico, no muy grande, que parece contener algo completamente congelado en su interior. Armándose de valor, inhala profundamente y mete la mano en el depósito. Despacio, como intentando retrasar el momento, Celia contempla con curiosidad la bolsa que permanecía oculta entre los cubos de hielo y allí, bañada por una luz amarilla que se ha intensificado a su alrededor, descubre que en su propio frigorífico se conservan a la perfección dos dedos —a uno le falta una falange y el otro lleva un anillo— y una oreja de la que cuelga un pendiente con forma de margarita.

Asqueada por el hallazgo, le sobreviene una arcada que nace de lo más hondo de sus entrañas, justo en el mismo instante en que la escena se recoge sobre sí misma. En un borrón de movimiento, el contenido del frigorífico pasa a través suyo para ocupar el lugar que le corresponde en el interior del electrodoméstico, que acaba por cerrar violentamente sus puertas dejando que la cocina, ahora totalmente a oscuras, recobre la más completa normalidad ante sus ojos atónitos.

— ¡Mira! —la sobresalta un grito atronador, proveniente de todas las esquinas de la cocina, que pretende llevarla de regreso a la realidad.

Otra vez la maldita invitación a observar. Todavía horrorizada por el hallazgo que ha hecho en esa especie de estado de conciencia alterado que acaba de vivir, Celia está segura de su siguiente movimiento. Cuando abre las puertas del frigorífico, el orden reina en el interior, como siempre ha debido ser. A la luz de la bombillita, desliza en sus guías el depósito del hielo, lo remueve con cuidado, rezando por no encontrar nada hasta que definitivamente se convence de que, si alguna vez estuvo allí, la bolsa que busca ha desaparecido. Con la mirada perdida en el estante de los huevos, alarga el brazo para tomar un brick de leche y se sirve un vaso, sentándose a la mesa apenas iluminada por la luz que sale de las puertas abiertas.

De repente, como una revelación, entiende el significado de lo que termina de suceder. No, no va a levantar a Beltrán y pedirle explicaciones. Tampoco va a llamar a la policía. Él le dijo que guiaría sus pasos para que pudiera llegar a la verdad y ella lo cree.

«Sí, Elías, ya sé que debo ser más observadora —habla como si estuviera sentado a su lado—, pero ahora, además, sé lo que tengo que mirar».

 


Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw