Lo invisible. Capítulo 5 Lo invisible. Capítulo 5
Hace más de una hora que Beltrán se marchó del Colors dejando solos a Elías y a Celia. Ninguno de los dos tiene ya... Lo invisible. Capítulo 5

Parte 1

Hace más de una hora que Beltrán se marchó del Colors dejando solos a Elías y a Celia. Ninguno de los dos tiene ya en mente al amigo ausente porque la conversación, las copas y la música han conseguido acercarlos tanto que, en este momento, se conocen de toda la vida; más aún, es como si por fin se conocieran después de haber malgastado la vida buscándose. En el centro de la pista del local abarrotado, bailan entre sonrisas cómplices, ajenos al gentío y a cualquier cosa que no sean los ojos del otro. Elías, que comenzó la tarde afectado por una rotura sentimental reciente, la contempla por momentos más agradecido a su suerte, pues la diosa que se mueve delante de él, solo para él, lo mantiene completamente subyugado. Saberse el único destino de aquella mirada le resulta poco menos que increíble, porque ni en sus mejores sueños se habría considerado digno de semejante belleza. Apenas una tarde juntos y ya existe entre ellos un vínculo intangible que ambos detectan y aceptan como natural.

— Eres realmente preciosa, Celia —como si no hubiera otra salida a la presión que siente en su interior, Elías se acerca a su pareja de baile y, rodeándola por la cintura, le habla al oído desafiando el volumen de la música—. No recuerdo haber visto nunca una mujer que brille como lo haces tú. Me tienes deslumbrado por completo. Y lo sabes, ¿no?

La respuesta de Celia, confortablemente instalada entre sus brazos, comienza por separar ligeramente su rostro para poder mirarlo de frente. Es entonces cuando, con un movimiento suave de sus manos, enredadas en el cabello de Elías, y sin perder de vista sus ojos, lo atrae hacia sus labios para besarlo muy despacio, recreándose en el contacto como si no quisiera que tuviera fin. Siente como las manos pierden el asidero de sus caderas y resbalan para acariciar el final de su espalda, provocándole un escalofrío de placer que impele con más fuerza las ansias de Celia por fundirse en aquella boca que la enloquece. La más absoluta desinhibición se apodera de ellos allí mismo, en el centro de la pista de baile, rodeados de extraños que se mueven al son de una música que ellos ya no escuchan. Extraños que no les prestan la menor atención incluso cuando las caricias se hacen más y más audaces. Celia, incrustada en el cuerpo de Elías, puede percibir en su vientre la excitación de su pareja y sucumbiendo a la petición que hay en ella, enfebrecida por el deseo, introduce una mano entre ambos y, sorteando la tela del pantalón, alcanza la carne que la desafía para acariciarla, arriba y abajo, sin pudor y sin dejar de recordarle a la lengua que mima entre sus labios que lo que está ocurriendo es solo una promesa de lo que queda por llegar. Una promesa que Elías parece haber entendido como tal y que, sin embargo, no está dispuesto a esperar ni un segundo más.  Apretados entre la masa de bailones, el vestido de cuadros cede por la falda, dejando espacio, gustoso, a los dedos del atacante, que no pierden un segundo en recorrer, con una delicadeza impropia de la agonía que los abrasa, cada rincón oculto entre las ingles de Celia. Y así, unidos por el sabor de sus bocas, abandonados al frenesí de su propio atrevimiento, terminan por aliviar el irrefrenable impulso de fundirse con el otro, de devorarse como animales inmunes a la presencia de la manada que los rodea, de amarse como nunca lo habían hecho con nadie. Sin importar nada ni nadie, como si, de algún modo, encontrarse al fin los autorizara para abandonar este mundo y recluirse en otro habitado solo por los dos.

Lo invisible. Capítulo 5

Continúan abrazados, dejándose acompañar por Shirley Bassey y su “History repeating”, momentáneamente saciados sus impulsos, cuando, sin posibilidad de preverlo, aparecen de la nada dos gorilas que agarran por debajo de los brazos a Elías y lo sacan en volandas de la pista, abriéndose paso entre el gentío como un cuchillo entre la mantequilla, hasta un rincón de la sala y una puerta que se abre para hacerlos desaparecer como si nunca hubieran existido. Mientras cruza volando el local en brazos de aquellos dos tipos, Elías se desgañita gritando entre los graves de la música el nombre de Celia y solo siente, cuando escucha cerrarse la puerta detrás de él, no saber que ha sido de ella en ese preciso instante. Tampoco tiene demasiado tiempo para hacer preguntas porque un descomunal puñetazo en el estómago prende el aire en sus pulmones y este, convertido súbitamente en enemigo, amenaza con quemar su cuerpo desde dentro.

— Pero ¿qué te has creído? ¡Tío cerdo!  —le escupe a un palmo de la cara el rostro amenazante de uno de los tipejos— Las cerdadas son para tu puta casa, chaval. En este local no consentimos esas cosas —por lo general no hay una sin dos, así que un segundo puñetazo en el mismo sitio lo tumba definitivamente en el suelo, plenamente consciente de que es mejor no decir una sola palabra—. Te vas a quedar aquí mientras llega la policía y te denunciamos por alterar el orden público o por lo que se te pueda denunciar. ¡Tío listo!

Sin tiempo a reaccionar, Celia ha visto como Elías salía catapultado de su lado a lomos de aquellas bestias, perdiéndose entre la gente. Un segundo más tarde, cuando intenta seguirlos, Paco Buendía se cruza en su camino, tomándola por los hombros.

— Tranquila, princesa, tranquila. Lo tenemos grabado todo. No te preocupes, ese cabrón se va a arrepentir de haberte forzado —la sonrisa de lobo hambriento, aunque ella no lo sepa, habitual en Paco cuando sus intenciones no son buenas, le hiela la sangre— Acompáñame por aquí, por favor —dice, tirando de su brazo en dirección a una zona con sillones.

— Pero, pero… ¿de qué estás hablando? ¿Forzado? ¡Suéltame, cabrón! ¡Deja en paz a Elías! Aquí nadie ha forzado a nadie, ¡te enteras! ¡Exijo verlo ahora mismo porque si no…!

— ¡Para, para… para fiera! No te pongas así, mujer. Este no es sitio para hacer guarradas. Cuando me han avisado, he supuesto que ese tipo intentaba propasarse contigo. Por alguna razón no te imaginaba tan audaz como para consentir esas cosas, pero está visto que me equivoqué —prácticamente la ha empujado sobre uno de los asientos y se ha acomodado junto a ella, tan cerca que su empalagoso perfume se pega en Celia, invitándola a una profunda arcada— Perdóname si he interpretado mal la situación.

— No mal, sino muy mal. Por favor, llévame con él o déjalo que venga a por mí y nos marcharemos inmediatamente.

— Claro, claro… no te preocupes. Enseguida. De todas formas, Celia —con el mayor descaro, Paco toma las manos de ella entre las suyas—, ese tipo es un don nadie. Lo sabes, ¿verdad? Mira, te propongo una cosa: olvídate del chaval y acompáñame esta noche —dice su mejor sonrisa de chulo, acostumbrado a tener chicas a montones—. Te prometo que no te arrepentirás. Vas a recorrer todos los paraísos que existen.

— ¡O nos dejas ir ya o monto un espectáculo ahora mismo, aquí, en tu puto local abarrotado de público! —Como si aquellas palabras fueran clavos que la atraviesan, Celia libera de un tirón sus manos de entre las de Buendía y se levanta de un salto —. ¡Venga vamos! Llévame con Elías.

— ¿Sabes una cosa, bonita? Creo que no has entendido nada. Pero no hay problema… créeme, lo entenderás. No soy hombre habituado a que le nieguen nada, pero por hoy ya está bien. No hay problema —repite, mientras un gesto de su brazo levantado, que al parecer sí es habitual, atrae inmediatamente hacia ellos a uno de sus lacayos trajeados—. Conduce a la señorita a la calle y dile a Luís que acompañe al mismo sitio al caballero que tienen retenido en la salita.

— Eres un auténtico hijo de puta, Paco — replica Celia a modo de despedida.

Él la mira fijamente, todos los músculos de la cara en tensión, con un rictus tenebroso que acentúa la gravedad de su respuesta final.

— Puede que un día de estos sepas hasta qué punto, niña.

Los días son muy largos para Susan. El madrugón, el autobús y el tren, la dejan en su puesto de trabajo como recepcionista de un salón de belleza de postín frecuentado por las exigentes damas de la zona más noble de la ciudad. Es un puesto exigente que la obliga a cuidar su aspecto y a atender los caprichos y ocurrencias de un público acostumbrado a tener siempre exactamente lo que desea. Comer a toda prisa en un bar cercano, un café entre bromas con las compañeras y vuelta a pasar la tarde detrás del mostrador. La única perspectiva que le da fuerzas para afrontar diariamente esa batalla es la sesión de yoga que cada noche de lunes, miércoles y viernes, desde hace más de dos años, termina por relajarla completamente y le permite llegar a casa para cenar algo de fruta y un yogur antes de abandonarse, completamente agotada, al abrazo de su cama.

Sería perfecto si el horario de la clase se ajustara un poco mejor a su jornada de trabajo, pues tiene que esperar más de media hora en el club hasta que empiece la sesión. Delante del espejo, Susan es consciente de la rotundidad de su propio cuerpo y de la perfecta forma en que le ajustan los pantalones de yoga. Se sabe guapa y deseable, pero ni aun así ha conseguido que Carlos se fije en ella. Tal vez, piensa ante su imagen, porque no es el único cuerpazo que frecuenta la clase y porque, un maestro tan experimentado como él, ha visto demasiadas mujeres hermosas como para perder la cabeza precisamente con ella que, al fin y al cabo, es solo una más.

Lo invisible. Capítulo 5

A pesar del ajetreo que bulle en el vestuario, continúa absorta en sus propios pensamientos hasta que alguien la separa de golpe de ellos.

— ¡Vaya, vaya…! Estás guapísima, Susan. ¿Las mallas son nuevas? Son preciosas y te hacen un culo de infarto, niña —bromea con ella Bea, compañera desde que llegaron al club, justo el mismo día, y que no pierde ocasión para tirarle los tejos.

— ¿Tú crees? —responde con tono de dejarse querer— No sé… quizá debería haber comprado otras que se ajustaran menos. Es que estas se pegan al cuerpo como una segunda piel.

— ¡Tonterías! No se puede estar tan buena y ocultarlo como si fueras una monja, ¡so tonta! Lo peor que puede pasar es que vuelvas loco al profe y acabe dando una clase de Zumba. ¡Jajaja!

Nadie sabe lo que siente por Carlos, la poderosa atracción que ejercen sobre ella su perfecta musculatura y ese hablar pausado y tranquilo que acompaña con un acento del sur que la vuelve loca por completo. Por eso, la referencia celosa que hace su amiga al maestro no le acaba de gustar.

— Sí… anda, termina de cambiarte que te espero en la sala. ¡Tú sí que eres tonta! —Termina por concluir, saliendo del vestuario sin volver la cara para mirarla.

Todavía faltan ocho minutos para que dé comienzo la sesión y Susan, albergando la esperanza de que el profesor ande por allí, se dirige hacia la puerta de la sala. No termina de llegar hasta ella cuando, a través de la cristalera que sirve de fondo al pasillo, puede ver a Carlos que está en la calle, vestido para trabajar, hablando con un hombre. Por un momento, Susan piensa en dar la vuelta sobre sus pasos y salir hacia donde se encuentra para charlar con él con cualquier excusa tonta, pero algo en la escena que está observando llama su atención. La conversación entre los dos hombres resulta un tanto extraña, como si tuviera algo de furtiva o como si, por alguna razón así le parece, se tratara de un asunto profesional que ambos quieren liquidar lo antes posible. Desde el pasillo, tras la pared de cristal, Susan sabe que ellos no pueden verla mientras los observa iluminados por la luz de la propia calle y continúa mirando presa de una curiosidad cada vez mayor, pues los gestos entre ellos no parecen propios de un par de amigos. Sí, definitivamente se trata de una transacción de algún tipo porque ambos intercambian sendos sobres y, sin más dilaciones ni despedida alguna, se dirigen uno hacia una furgoneta blanca aparcada junto a ellos y el otro hacia el interior del club para comenzar su clase.

— ¡Por favor, Susan! No se puede estar más guapa que con esos pantalones. ¿Son nuevos? —es el primer comentario de Carlos, que apenas ha tardado un minuto en aparecer ante ella y que casi consigue sonrojarla con su sonrisa de anuncio—. ¿Estás lista para la clase de hoy? Va a ser fantástica, ya lo verás.

Y lo es, al menos para ella. Durante los cincuenta minutos que ha durado, él no ha dejado de atravesarla con la mirada. Susan no cabe en sí de gozo sintiendo que, por fin, ha conseguido atraer su atención y exagera los movimientos de su cuerpo para acentuar las curvas ante los ojos de aquel hombre que las dirige con voz de poeta. Su corazón se desboca cuando, por primera vez en dos años, Carlos se sitúa junto a ella y la toma por las caderas para corregir su posición.

— Baja un poco más. Así —la presión de aquellas manos fuertes sobre su cuerpo dispara su deseo y cuando le susurra al oído, por un instante, piensa que se lo follaría allí mismo—. Estás tan hermosa en esta posición que debería hacerte fotos, Susan.

El resto de la clase ha sido un levitar continuo, realizando los ejercicios y movimientos de manera automática, ocupada su mente en repetir una y otra vez la escena que la ha puesto a cien y que quiere grabar a fuego en su mente para todo el fin de semana. Cuando por fin llega el momento de la relajación final, la música hindú acompaña a sus pensamientos y a la mano que tiene sobre el vientre, intentando contener los escalofríos de placer que amenazan con mojar sus pantalones de yoga recién estrenados.

Un momento más tarde, finalizada la sesión, Carlos vuelve a acercarse a ella.

— Susan, estaba pensando… ¿Tienes prisa por irte a casa?

— Para nada, maestro. ¿Por qué lo preguntas? — ha conseguido responder sin que le tiemble la voz.

— Te espero en cinco minutos en el callejón —dice a su oído con una seguridad que no deja sitio a réplica alguna.

Y Susan, ardiendo desde las entrañas, sonríe junto a él y se atreve a besarlo en la mejilla antes de darse la vuelta hacia el vestuario sin decir una sola palabra. A toda prisa se da una ducha y se cambia de ropa. Hoy trae puesta una falda corta y una blusa que coloca directamente sobre la piel, prescindiendo del obstáculo que, en pocos minutos, puede suponer la ropa interior. Cuando llega hasta el callejón mal iluminado que acompaña a la fachada trasera del club, Carlos ya está allí. Ninguno dice nada, sencillamente comienzan a devorarse desesperadamente.

Un instante es todo lo que necesita Carlos para tapar su cara con un paño empapado en triclorometano y antes de que sea capaz de superar la sorpresa, hacerla caer, inconsciente, al suelo.

Al momento, una furgoneta entra dando marcha atrás en el callejón. Cuando las puertas traseras se abren, Carlos puede ver en su interior otra mujer que, igualmente sin sentido, permanece inmóvil tumbada sobre el suelo y un hombre que, dando un salto, baja del vehículo en dirección a ellos y se detiene a observar a Susan como si su trabajo consistiera en examinar las formas de su cuerpo.

— Joder, tenías razón. Esta nos sirve perfectamente. ¡Vaya par de tetas! Se la van a rifar.

— Ya te lo había dicho. Es una preciosidad, pero no me hace ninguna gracia cumplir con estos encargos aquí, en mi trabajo. Venga, te ayudo a cargarla en la furgo y desaparece lo antes posible. Estoy, estamos, corriendo un riesgo innecesario. ¡Joder! Ya el hecho de que hayas venido tú personalmente me tiene de los nervios.

— Cógela de los pies —ordena, tomando a Susan de los hombros —. No te preocupes, esto no debería volver a ocurrir. Lo de hoy ha sido una emergencia, pero, en todo caso, se te paga muy bien para que hagas tu trabajo sin rechistar. No me jodas y todo irá bien. ¿Entiendes, Carlitos?

— Claro, Beltrán, claro. Lo entiendo perfectamente.

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela “En el mar de Dirac”. Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw