Lo invisible. Capítulo 4 Lo invisible. Capítulo 4
De repente es consciente de su cuerpo y comprende que está en casa. Completamente inmóvil, los ojos cerrados, percibe con claridad su propio pulso... Lo invisible. Capítulo 4

De repente es consciente de su cuerpo y comprende que está en casa. Completamente inmóvil, los ojos cerrados, percibe con claridad su propio pulso resonando en las venas del cuello, insistiendo en que está viva. Poco a poco percibe el entorno sin verlo. Aún huele a pan tostado y al café que forma un charco bajo su cara. Sí, definitivamente está en su cocina, recostada sobre la mesa. Pero a pesar de que la tranquiliza saber que se encuentra a salvo, Celia se niega a abrir los ojos y a cambiar de posición. Viene a su mente lo que acaba de ocurrir, la increíble experiencia con Elías parece tan absolutamente irreal, desde este lado de la perspectiva, que solo tiene explicación aceptando haber sufrido algún tipo de ataque enfermizo de gran potencia que la ha hecho delirar hasta vivir un suceso que nace de lo más profundo de sus anhelos. Nada le gustaría más que dar crédito al recuerdo que le queda de esos momentos en el puente junto a Elías, pero, como decía su madre, lo que no puede ser es imposible y además no le pasa a nadie.

Continúa sentada a la mesa y, ahora que está ya erguida, contempla el desaguisado que su repentino desmayo ha causado. El mantel chorrea café, vertiéndolo en el mismo suelo donde cien trozos de cristal recuerdan que una vez fueron un plato, y una solitaria tostada, que ha caído del lado de la mantequilla, le hace preguntarse si el destino de la segunda no habrá sido su propio cuerpo. Sí, efectivamente, tiene un trozo de pan firmemente adherido al pantalón.  Será cuestión de arreglar el estropicio, piensa, mientras una sensación de vacío profundo va ganando terreno en su ánimo.

— No, no es posible —habla consigo misma, la mirada fija en el charquito que insiste en desafiarla al otro lado de la mesa. Aún está ahí, reclamando su atención. La confusión que sentía, las dudas —tal vez solo miedo—, comienzan a difuminarse, como la niebla que deja paso a la luz, hasta llevarla a la conclusión de que no ha sido un sueño, de que nada atribuible a su humanidad ha provocado tal alucinación. Elías estaba allí, a su lado, en el mismo lugar en que se conocieron. Y era real. De alguna paradójica manera, pese a que el reloj de la cocina dice que ha estado ausente menos de cinco minutos, ha pasado toda una tarde junto a él. Con la piel erizada por una mezcla agridulce de sensaciones, Celia se pone en marcha. Llegará tarde a su turno en el hotel y no hay nada que le desagrade más que tener que dar explicaciones a su jefa —sonríe por un momento imaginando la cara que pondría ella si le contara el verdadero motivo de su retraso. Despedida. Seguro—, y armada con un barreño y una bayeta comienza a limpiar la cocina.

Lo invisible. Capítulo 4

Lo ha intentado, piensa mientras se aplica a la faena, pero no puede obviar el agua sobre el mantel a la que acerca ahora la mano, trapo en ristre. Por un instante duda entre eliminarla o contemplarla un poco más. Allí, sea como sea, se esconde un misterio capaz de desencadenar hechos prodigiosos, con el poder de acercarla a la única persona que ha querido con todos los sentidos y, de repente, siente pánico ante la posibilidad de destruir definitivamente la puerta que le ha traído a Elías. Dejando a un lado el trozo de tela, Celia alarga el brazo para tocar el agua, deteniéndose apenas unos milímetros antes de alcanzarla.

— Por favor, Elías, solo necesito que me confirmes que estás ahí, que de algún modo volveré a poder tocarte —habla sola, en voz alta, alcanzando otra vez la punta de los dedos un líquido del que lo espera todo. Pero el agua, fiel a su condición de inodora, insípida e insabora, se comporta como de ella cabe esperar y se limita a mojar con timidez su mano, sin más consecuencia aparente. Decepcionada, triste y enojada a la vez, Celia pasa la bayeta por ese lado de la mesa y acaba definitivamente con los restos de líquido, justo en el momento en que oye como la puerta de la casa se abre.

Nunca comprenderá la razón del terror irracional que la invade repentinamente ante un sonido tan familiar. Sea como fuere, tal vez sugestionada por los extraños acontecimientos que está viviendo, se sorprende a sí misma cuando, con absoluta determinación, empuja el recipiente debajo de un mueble y, sin soltar el trapo, se refugia en la oscuridad que le ofrece el hueco que forma con un armario la puerta abierta de la habitación. Apenas respira mientras escucha unos pasos que avanzan confiados, atravesando el pasillo, y se dirigen hacia la mismísima cocina. Desde su escondite, a la espera de entender lo que está pasando, no puede evitar que un escalofrío recorra su espalda cuando vuelve a reparar en el reloj que queda justo al alcance de su vista. Es imposible, lo sabe, pero marca las diez menos cinco, burlándose de ella con el descaro de haberle robado el tiempo de nuevo, setenta minutos más de su vida, sin que tenga la menor idea de cómo ni por qué.

Haciendo un esfuerzo por dominar el pánico, vuelve a percibir la situación tal y como es en ese momento, esperando aterrorizada a conocer la identidad del intruso, hasta que, unos eternos segundos más tarde, Beltrán entra en la cocina caminando en línea recta hacia el frigorífico del que coge una lata de cerveza. Celia no puede evitar pensar, absurdamente, que no son horas para beber alcohol y tampoco decidir que va a permanecer oculta detrás de aquella puerta que le ofrece refugio. Cruza por su mente el pensamiento de que se trata de su marido, que no puede esperar nada malo de él, pero, sin embargo, el hecho de que debiera estar trabajando y de que su actitud sea tan diferente a lo habitual, seguramente porque piensa que está solo en casa, la hacen permanecer inmóvil a la espera de los acontecimientos.

Beltrán se ha sentado, dándole la espalda y bebiendo a grandes sorbos de la lata hasta terminarla. Arruga el envase, como le gusta hacer, y saca de su bolsillo el teléfono, en el que deja pulsada una tecla —marcación rápida, seguramente. Celia entiende que llama a alguien con quién se comunica con frecuencia— y espera respuesta desde el otro lado del auricular.

— Hola, soy yo —dice a modo de saludo—. ¿Recuerdas que te dije que el tipo que nos presentó tu amigo me daba mala espina? Pues tenía razón. No ha cumplido con el encargo y ha desaparecido. Espero que no le adelantaras nada de pasta… —permanece en silencio mientras suena en el aparato una voz que Celia percibe solo como un nervioso y atropellado murmullo— ¡Qué cabrón! Vaya tío listo. ¡Y tú, un imbécil! La culpa es mía por dejarme convencer… ¡No, no! No me vengas ahora con cuentos, tío. Déjalo estar, vas a conseguir que me cabree contigo y no te conviene… ¡Que no! ¡Que no hagas nada, que ya has hecho bastante mal! Creo que sé dónde puedo encontrarlo… Por supuesto, déjalo de mi cuenta. Estos cabos no pueden quedar nunca sueltos. De esta mañana no pasa. Tranquilo, te llamo cuando esté hecho, pero de todas formas tú y yo vamos a tener una charla. Ya hablaremos, gilipollas.

Beltrán, que vuelve a guardar el teléfono en la chaqueta, solo tiene que cambiar la mano de bolsillo para extraer una pistola de aspecto terrorífico que deposita sobre la mesa de la cocina mientras vuelve a atacar el frigorífico. Un ruido como si removiera hielo precede al inconfundible sonido de la apertura de otra lata de cerveza. Detrás de la puerta, Celia permanece petrificada sumando acontecimientos paranormales a la puñetera mañana, pues no reconoce en aquel tipo al hombre con el que comparte su vida.

— Johnny, ¿dónde andas? —pregunta, volviendo a llamar desde el móvil— Vale, pues sal de ahí cagando leches y vete con los tuyos a buscar al hijoputa del Calaveras. Estará por el puerto, encuéntralo. Pues eso… Sí, sí… cogedlo y llevadlo al local. Pero, oye… de una pieza, eh. Ese cabrón va a saber con quién se ha estado jugando los cuartos. ¡Ah! Una cosa más… cabrá en el congelador, ¿no? Hoy no tenemos tiempo de deshacernos de él… ¡Coño, pues manda a alguien a que le haga sitio! Un día de estos vas a acabar tú ahí dentro, ¡inepto de los huevos! Avísame cuando lo tengáis y no me jodas más.

Lo invisible. Capítulo 4

Jurando y perjurando, Beltrán comprueba el cargador de la pistola y vuelve a guardarla entre la ropa. Un portazo, veinte segundos más tarde, confirma que ha abandonado la casa. Celia, que continúa en estado casi catatónico por cuanto ha escuchado, deja resbalar su espalda sobre el armario hasta acabar sentada en el suelo, empujando con los pies la puerta que la ocultaba.

Demasiadas emociones para gestionarlas fácilmente. Un amor que reaparece diez años después de muerto, un viaje a un mundo tan real como imposible, un marido que se comporta con aires de auténtico mafioso y, para poner la guinda, la certeza de que el tiempo transcurre de manera anómala. Sí, el tiempo… después de todo, piensa, tal vez volver a tocar el pequeño charco de agua sí que ha tenido alguna consecuencia. Tal vez su reacción irracional a un simple ruido tenga que ver con eso, como si, de algún modo, hubiera sido instruida en lo que debía hacer. Sí, tal vez sea eso.

«Mira», vuelve a sonar en su cabeza la última palabra que le dirigiera Elías en el puente, apenas hace un rato. Y es entonces cuando recuerda que, al hacerlo, su mirada volvió a cruzarse con la de Beltrán que llegaba en coche a recogerla.

— No sé qué quieres de mí, mi amor, pero por favor no me dejes sola.

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw