Lo invisible. Capítulo 3 Lo invisible. Capítulo 3
La inmensa potencia de la luz, que un segundo antes lo cegaba todo, disminuye de repente hasta diluirse en el paisaje de un atardecer... Lo invisible. Capítulo 3

La inmensa potencia de la luz, que un segundo antes lo cegaba todo, disminuye de repente hasta diluirse en el paisaje de un atardecer de primavera. Por un instante o una eternidad, nunca lo sabrá, los ojos de Celia se pierden sorprendidos en el rostro de Elías que, a menos de medio metro, la mira fijamente con una sonrisa como ella jamás hubiera imaginado que pudiera existir. No es solo la ternura que desprende su rostro entero, es algo más… un mensaje que llega directo a su alma y le asegura que es ese, exactamente, el lugar y el momento donde debe estar. Poco a poco, la respiración tranquila y los cabellos mecidos por una brisa templada, comienzan a despertar los sentidos de Celia trayendo consigo la consciencia de una vibración que, con el transcurrir de los segundos, se deja acompañar de un sonido que le resulta familiar. Sí, no hay duda, es el traqueteo de un tren a baja velocidad. Murmullo de gente que circula junto a ellos sin reparar en su presencia, el rodar de los coches que transitan la calzada, sonidos de vida que hacen más irreal el momento porque quien tiene delante lleva muerto muchos años. Repleta de una sensación de bienestar profundo, Celia apenas parpadea cuando Elías, transformado en ese instante en una figura que refleja la imagen de la mujer con la nitidez del más fiel espejo, avanza un paso hacia ella, toma entre las manos su rostro y pronuncia una sola palabra.

— Mírate — es el sonido que escapa como un silbido de aquel cristal.

Y ella lo hace. Ni siquiera se siente sorprendida, ni por un momento asustada. Antes, al contrario, una risa casi divertida es la única reacción de la que es capaz. Allí, ante tan irreal escaparate, puede verse a sí misma. Por su mente cruza como un relámpago la idea de que esa chica tan joven, que la mira con descaro enfundada en un entallado vestido de cuadros, es la auténtica Celia, aquella que un día, muy lejano ya en el tiempo, conoció a Elías en ese mismo lugar. Una mujer en plenitud física y mental, con toda la vida por delante, castigada por los hombres, pero ansiosa por encontrar el verdadero amor. Con futuro, sin pesados posos del pasado, libre.

— No sé cómo es posible todo esto, pero me gusta — termina por decir, al tiempo que él, con la misma rapidez que lo perdió, recupera su aspecto y vuelve a ser el que siempre fue, el que ha permanecido vivo en los recuerdos de Celia, el mismo chico recién llegado a la ciudad que un día conociera —. Si se trata de un sueño no me despiertes todavía, por favor. Tengo tantas cosas que decirte, tanto por preguntar…

—Me alegro de volver a verte — contesta Elías, con los ojos y los labios a un tiempo—Me alegro tanto, mi amor.

Celia, que permanece absorta en él, lo rodea con los brazos por la cintura y deja caer sobre su pecho la cabeza, en un gesto que tiene tanto de contenida ansiedad por retenerlo para siempre como de argucia para ocultar las lágrimas de felicidad que huyen de ella sin permiso. De alguna manera, el hecho de abrazarlo, sitúa los acontecimientos en un plano de realidad que, por primera vez, se hace tangible. Todo a su alrededor suena, huele y aparenta la más absoluta normalidad. Una tarde cualquiera de su propia vida que, por arte de magia, vuelve a vivir como si el tiempo y el espacio hubieran perdido por completo el sentido. Un universo paralelo en el que ambos vuelven a ser los jóvenes que un día fueron, como si cualquier cosa acontecida después de aquel instante estuviera por suceder y, a la vez, hubiera ocurrido ya. Celia, refugiada en el calor del cuerpo de Elías, recuerda perfectamente quién es, su vida, su familia, su trabajo, todo, por más que en este momento ansía por encima de cualquier cosa tener la potestad de renunciar y, sea lo que sea lo que está viviendo, permanecer ahí, perdida en esos brazos, definitivamente rendida a la oferta de un nuevo comienzo.

— Eres tan hermosa — la voz la obliga a levantar la mirada hacia los ojos del hombre que siempre amó y, al encontrarlos, algo la impulsa a besarlo tal y como habría hecho el día siguiente al último que lo supo vivo. Se recrea en la suavidad de aquellos labios que siempre fueron de su mente y de su boca, sin separarse de su pecho y perdida en un laberinto de sensaciones nuevas, imposibles de explicar en el mundo que conoce. Ha bastado rozar su boca para sentir, como si pudiera ser real, un torrente de agua que recorre su cuerpo gritando con el furor de una catarata e inundándola hasta el último rincón recubierto por su piel. Agua limpia y pura, muy fría, que revitaliza su alma agudizando los sentidos y que deja de fluir a su través en el mismo momento en que Elías da por terminado el beso, retirándose delicadamente para volver a mirarla.

— No te asustes, Celia, por favor. Aún no estoy preparado para explicarte todo esto. No, no lo estoy — la forma en que la mira ahora hace evidente que las palabras que pronuncia son el preludio de una declaración perfectamente seria —. Necesito de ti que mantengas la calma y confíes plenamente en mí. ¿Podrás hacerlo?

— ¿Me estás pidiendo que confíe ciegamente en ti? ¿En la aparición o el espectro o la materialización… o lo que seas tú? Pues claro, hombre. ¡Qué otra cosa podría hacer! — responde ella, súbitamente asaltada por la duda de estar soñando o, simplemente, haber enloquecido de repente.

— Tranquila, cariño, tranquila. Te he pedido que no te asustes ¿recuerdas? Te prometo que entenderás cuanto sucede… a su debido tiempo — mientras con un brazo la estrecha contra él, acaricia su pelo con la mano que le queda libre y ese gesto es suficiente para que Celia vuelva a sentirse confiada y segura —. Sé que necesitas respuestas. Las tendrás. Algunas en breve, otras deberás descubrirlas por ti misma porque me está vetado dártelas.

— Está bien, está bien… pero no me dejes, no me dejes — implora desde lo más profundo de su ser —. ¿Tienes idea del calvario que pasé? ¿Puedes comprender el desgarro que sentí cuando recibí aquella maldita llamada? Necesito saber qué pasó, Elías. Nunca he creído que te ahogaras de esa manera, así porque sí. Sin embargo, con el tiempo y la insistencia de todos, llegué a la conclusión de que era lo mejor. Asumir que un fatídico accidente había acabado con tu vida, por las circunstancias que fueran, me pareció la única manera de conservar la cordura. Por Dios, ¡te he echado tanto de menos todo este tiempo! Hace diez años que sobrevivo a duras penas a tu ausencia, resignada a una vida que transito como si fuera la de otra persona, sin horizonte ni ilusión.

— ¿Diez años? — la cara de Elías refleja su desconcierto — Donde estoy no existe el tiempo, tampoco el espacio. No puedo medir sino por latidos de mi corazón, que sigue vivo. Pero sí, han sido muchos hasta que he comprendido las leyes que rigen el estado en que me encuentro y, por fin, he dado con la forma de llegar a ti — Celia no necesita preguntar porque su propia expresión reclama respuestas —. Créeme, no puedo explicarme mejor, solo puedo decir que aquella noche, desvinculado de mi carne y de mis huesos, descubrí un universo nuevo. Un lugar en el que era uno con la materia, con cada átomo y partícula que lo componía, sin limitaciones de ninguna clase. Y, loco por experimentarlo todo, fui luz de una estrella, roca en la estela de un cometa, flor en la más alta montaña de un planeta desconocido y habité como ballena lo más profundo de un océano rojizo, cambiando caprichosamente de forma al exclusivo dictado de mi voluntad. Comprendí que los secretos insondables que lastraban mi existencia humana eran cosa del pasado y me dediqué a explorar las restricciones que pudiera imponerme mi nueva condición. Descubrí que podía contactar, por el simple hecho de así desearlo, con cualquier habitante de ese plano y me reencontré con las personas importantes que un día lo fueran en mi vida. Entendí las razones de los que me hicieron mal, recibí el perdón de aquellos a los que hice daño y, en cierto modo, pasaron a formar parte de mí, completándome, elevando mi nivel de consciencia, permitiéndome crecer hasta alcanzar la total unidad con el universo que habito — sin dejar por un momento su cálida sonrisa, Elías la toma del brazo y la guía, caminado despacio, hacia uno de los extremos del puente —. Acompáñame mientras te sigo contando.

— ¿Es eso lo que nos espera a todos? No sé qué decir, apenas puedo digerir lo que me cuentas. Tengo tantas preguntas agolpadas en la mente que no acierto a escoger la primera. Pero, entonces, si eres libre de limitaciones ¿por qué ahora? Quiero decir… ¿Por qué no has contactado antes conmigo?

— Lo intenté miles de veces. Cada vez que tenías la sensación de no estar sola, cada vez que no recordabas el lugar donde dejaste las llaves, cuando nació tu hija y al mirarla por primera vez te acordaste de mí, cuando has superado las decepciones que te ha deparado la vida, los súbitos impulsos de optimismo que te han ayudado tantas veces a conseguir lo más difícil, cada pequeño pliegue de la piel de tu rostro que has descubierto y que te ha arrancado una sonrisa pensando en cuanto nos habríamos reído juntos por lo bien que te sienta el tiempo… En cada uno de esos momentos, en cada pensamiento que te abordó, en cada escalofrío que erizaba tu cuerpo, estaba yo presente, intentando decirte que no tengas miedo, que pase lo que pase en tu vida nunca lo afrontarás sola. Y por encima de todo que, aunque transcurran eones, no existe fuerza, ni de un lado ni del otro, dotada del poder necesario para impedir que te siga amando.

Sin embargo, dominar la materia que te rodea es algo que, desde este mundo mío, está al alcance de muy pocos. Algún día te hablaré de mi guía. Sin ella, sin la sabiduría experta que ha inculcado en mí, no creo que hubiera conseguido el prodigio de tenerte a mi lado en este instante. Sea como haya sido, a pesar de no tener la posibilidad de encarnarme en tu plano de existencia, hay determinadas cosas que he conseguido dominar. Puedo tocarte, besarte, hacerte el amor, controlar pequeños fenómenos como el charquito en la mesa de tu cocina, mostrarme ante ti del modo en que lo estoy haciendo…

— Llévame contigo, Elías — susurra al bode de las lágrimas porque, aun pensando en Ainhoa, no alberga la más mínima duda en la elección —. Después de todo esto no creo que pueda seguir viviendo como si tal cosa.

— No puedo hacer eso, preciosa — se detienen en mitad del paseo hasta el extremo del viaducto y, girándola hacia él, vuelve a abrazarla —. No puedo, pero lo que sí está en mi mano es repetir estos momentos. No será con la frecuencia que deseamos, yo tampoco quiero que te vayas de mi lado, pero nos volveremos a encontrar tan a menudo como sea posible. Te lo prometo.

La hermosa tarde de primavera que enmarca el encuentro, sin aviso previo, parece decidida a abandonarlos pintando de un gris plomizo el cielo. Todos los ruidos que los envolvían han cesado de repente, la gente que transita por el puente lo hace ahora ralentizada como en la repetición de un penalti del partido de la jornada, la brisa ha desaparecido y la sonrisa de Elías se ha congelado en un rictus serio que dirige hacia el final del puente.

Horizontum. Lo invisible. Capítulo 3

— Hay una cosa que necesito de ti, Celia — dice, por fin, con voz serena pero tan segura de la respuesta que no la necesita —. Tienes que saber que mi desgracia no fue accidental y tiene responsables — ella, sin poder emitir sonido alguno, asombrada y estupefacta ante tal afirmación, contempla la expresión de su cara, veteada de tristeza, pero sin el menor atisbo de ira o deseo de venganza.

— Pero… ¿Quién? ¿Por qué…?

— Eso no importa tanto como la sucesión de acontecimientos que me llevaron a este estado y que no puedo confesarte. De todas las reglas que no me está permitido romper hay una especialmente importante: no puedo interferir directamente en la vida de tu mundo, alterar los acontecimientos ni señalar las malas acciones de la gente. Son cosas que no corresponden a los que son como yo. Sin embargo, sí está en mis posibilidades ayudar a las personas que puedan necesitar de mí y tú, mi amor, lo estás pidiendo a gritos. Voy a guiarte hacia la forma de hacer justicia con lo que sucedió hace diez años ya. Porque sé que las respuestas que encuentres te permitirán superar el dolor de aquellos días y porque sé que hay mucha otra gente que necesita esas respuestas tanto como tú — agarrándola por el brazo, Elías levanta el otro para señalar con el dedo —. Mira.

En el silencio que rodea la escena, suena como un trueno el claxon de un coche. Detenido al pie del puente, le resulta familiar un vehículo con dos hombres dentro y, sin saber por qué, Celia levanta la mano en un gesto de saludo.

Es Beltrán que vuelve a llegar tarde.

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw