Lo invisible. Capítulo 2 Lo invisible. Capítulo 2
Lo cierto es que no tiene planes para esa tarde de sábado. Cuando recibe la llamada de Beltrán, Elías acepta casi sin dudar. A... Lo invisible. Capítulo 2

Lo cierto es que no tiene planes para esa tarde de sábado. Cuando recibe la llamada de Beltrán, Elías acepta casi sin dudar. A pesar de que los aires de guaperas de su amigo, su pretenciosa manera de tratar a la gente, arrogándose un papel superior por la simple posesión de un físico privilegiado y la banalidad que rezuma su conversación le resultan desagradables, Elías sabe que en el fondo no es mal chaval y que su manera de ser trata de enmascarar algún tipo de complejo de cuya naturaleza no acaba de estar seguro. Mejor salir con Beltrán que quedarse en casa lamentándose porque ella lo ha dejado. Al fin y al cabo, un café y unas copas no pueden sino hacerle sentir que, pese a que su mundo hace poco se ha vuelto del revés, sigue vivo y a sus veinticinco años aún le queda mucho por descubrir. Sí, es buena idea.

— He quedado con una amiga a la que hace tiempo que no veo. No te importa, ¿no?  — es lo primero que dice Beltrán nada más subir Elías al coche — ¡Ya verás qué buena está! Me ha tirado los tejos montones de veces, pero hago como que paso de ella y la tengo comiendo de mi mano. A lo mejor algún día…

— Pero hombre, ¿cómo eres tan gilipollas? — no puede resistirse a cantarle las cuarenta, tal vez porque no está de humor o porque son demasiadas las veces que lo ha visto y oído comportarse con la gente así —. Si no te gusta, pasa de ella y ya está, pero no andes jodiendo a las personas de esa manera. No está bien, es que no te das cuenta.

— ¡Que no, hombre! ¡Que no! Si es que creo que le gusta este rollo que nos traemos. Es como una tensión sexual no resuelta en la que nos encontramos muy a gusto los dos. Ya verás, la verdad es que es un encanto.

Mientras su amigo conduce, Elías es consciente de la cantidad de gente joven que mantiene en movimiento esa parte de la ciudad. Por alguna razón el centro vuelve a estar de moda, si no es menos cierto que eso es algo que va variando por temporadas dependiendo de que tal o cual garito sea el más exitoso. Decenas de tipos vestidos de sábado por la tarde y de chicas dispuestas a ser la más guapa del día, entran y salen de bares y cafeterías. Hay que reconocer que el listón está bastante alto por aquí, pues es frecuente encontrar bellezones que en otros lares abundan menos. En esos pensamientos anda Elías, mientras Beltrán divaga relatando una de sus egocéntricas teorías sobre cómo tratar a las mujeres hasta que, de repente, cambia bruscamente el tema de su cháchara insustancial.

— ¡Mira, por allí va! Es que llegamos tarde, se marcha ya — dice señalando hacia el viaducto que les queda a la izquierda —. Había quedado con ella a las seis y son y veinticinco. Qué te parece la tía, ¿eh? ¡No me digas que no está bien!

Pero Elías ya no lo oye. La ha visto incluso antes de que la señalara su amigo, todo a su alrededor se ha sumido en una espesa niebla iluminada en blanco, no existen edificios, ni gente, ni coches, ni cosa alguna que no sea la figura que camina elegantemente por la acera del viaducto en dirección opuesta a ellos. Una mujer pulcramente vestida con un traje de cuadros que ajusta a la perfección sobre su silueta, elevada por unos zapatos negros de tacón, convierte el puente en un espectáculo, dignificando su condición de mera herramienta para ir de un lado a otro de la estación de tren que tiene debajo y convirtiéndolo en el camino de baldosas amarillas en el que Elías acaba de encontrar el equilibrio entre su corazón, su mente, su fuerza y su propósito de vida. Sólo puede verla de espaldas porque la mujer no se ha percatado aún de que están ahí. Cuando Beltrán hace sonar el claxon para llamar su atención, ella se vuelve hacia el sonido y levanta una mano a modo de saludo, gira sobre sus pasos y se dirige hacia ellos. Elías cree que está a punto de morir mientras observa, casi detenido el tiempo, cada movimiento que la acerca al coche. Una larga melena castaña enmarca un rostro con el que sabe que soñará a partir de ese día. Y en el rostro una sonrisa de dientes perfectos que decora la mirada de unos ojos oscuros que son ya dueños de su corazón. Un ser verdaderamente hermoso, de esos que parecen haber sido creados para definir la belleza, para dar sentido a la propia creación del universo.

Lo invisible. Capítulo 2. Antonio Reina

— ¡Hombre, ya te vale! Pensaba que me habías dado plantón. Me has encontrado de pura suerte porque ya me iba — dice aquel ángel, en un tono de enfado que descalifica la amplia sonrisa que le dirige a Beltrán a través de la ventana del coche.

— ¡Y a dónde ibas a ir tú! — Contesta él, impresentable, zafio zoquete pretencioso — Además, tampoco llego tan tarde. He tenido que recoger a un amigo. Bueno, ¿subes o qué? — Elías no alcanza a entender cómo es posible que, ante semejante criatura, ladre Beltrán con ese tono de desprecio cuando a él sólo le pide el cuerpo adorarla como la diosa que es.

— ¡Hola, soy Celia! — dice ella entrando al coche y dirigiéndose a Elías — Ahora te doy dos besos, cuando nos bajemos, no vaya a ser que el señorito se impaciente y nos deje aquí tirados — por alguna razón, sabe que es posible que lo que dice ya le haya sucedido alguna vez con el rarito de Beltrán y reza porque vuelva a hacerlo hoy, ahora, aquí, ya. Pero no pasa.

— ¿Celia? De celiaca, supongo — tan imbécil se le antoja a Elías su propio intento de broma, a falta de un recurso más imaginativo para iniciar la conversación, que acaba la frase casi en un susurro.

— ¡Vaya, hombre! Otro graciosillo, ¿no? Pues no, no… Celia de Celia a secas — con todo el cuerpo girado hacia atrás por verla entera, las palabras que ella pronuncia se desvanecen en el brillo de sus ojos y Elías, fulminado por aquella extraña, se consume en un impulso irrefrenable, que apenas puede domar, por abandonar su asiento y acompañarla detrás —. ¿Y tú, eres…?

— Elías, Elías… perdóname, había olvidado presentarme. Y perdona la tontería, solo pretendía caerte bien, pero es que a veces soy muy torpe. El retraso, es culpa mía.  Beltrán ha tenido que recogerme y lo cierto es que he tardado un poco en estar listo.

— Tranquilo, no pasa nada. Ya estoy acostumbrada a que éste llegue tarde — dice señalando con un gesto de la cabeza hacia el conductor —, pero es que hoy os habéis pasado. No me hace demasiada gracia estar sola en una esquina, esperando, menos aún con las cosas que están pasando últimamente. Es que ya es prácticamente de noche.

— Lo dices por lo de las chicas esas que han desaparecido, ¿no? — interviene Beltrán, sin dejar de mirar al frente — serás tonta, ¿qué pasa, que te van a secuestrar a ti? ¡Anda ya!

Cuatro mujeres, muy jóvenes todas, desaparecidas en menos de un mes, en un radio de doscientos kilómetros. Un círculo de terror que tiene a la ciudad por centro. Nadie sabe nada, nadie ha oído nada, sólo quedan los lamentos de las familias, las ruedas de prensa de los responsables policiales y políticos, que dan palos de ciego proponiendo teorías vacías de sentido, el revuelo mediático de telediarios y periódicos y el miedo, mucho miedo, que ha cundido entre la población.

— En serio, Beltrán, estoy muy asustada. Es para estarlo. No entiendo lo que hace la policía. ¡Es todo tan extraño! Mis padres dicen que…

— ¡Bueno, venga, va…! Vamos a tomar algo al Colors, ¿vale? — sin querer abundar en el tema, Beltrán cambia de tercio la conversación con una sonrisa que, reflejándose en el retrovisor, pretende alcanzar a la chica — Seguro que no habéis estado nunca. Pero tranquilos, soy amigo del dueño y entramos a la zona vip, fijo. Hoy hay, además, actuación en directo. ¡Os va a encantar!

Es el local al que todo el mundo quiere entrar, aunque, por supuesto, solo lo consigan unos pocos elegidos. Propiedad de una familia de hosteleros de los de toda la vida, el personal ejecuta a la perfección las órdenes recibidas para convertir la sala en la referencia de lo más selecto de la ciudad, de tal modo que, después de unos meses abierto, prácticamente se ha convertido en un club donde siempre se divierten las mismas personas. Una familia, como le gusta decir a Paco Buendía, el mayor de los hermanos y el director del Grupo Buendía. Paco, que es un hombre peculiar, de gustos exquisitos e impecable en el vestir, derrocha carácter, empaque y sonrisas perfectas mientras pasea su palmito de niño rico entre las guapísimas invitadas que acoge Colors esa tarde. Dos chicas pelirrojas, elevadas por unos tacones de infarto sobre los que, tan escasas las faldas, se refleja su ropa interior, lo acosan al ritmo de Sorry de Madonna en una esquina apartada del local como si no existiera en el mundo más hombre, cuando, sin que medie palabra alguna, un gesto de Paco, que no llega a ser ni siquiera una disculpa, las deja allí mismo plantadas contemplando como se aleja de ellas hacia un punto de la sala que no podrían determinar.

— ¡Coño, Beltrán! Ya creía que no ibas a venir hoy — es lo primero que sale de su boca, elevando la voz sobre la música, cuando llega por detrás y sin que el aludido se percate al tiempo que aprieta con fuerza su hombro derecho — ¡Anda, si has venido acompañado! ¿No me vas a presentar, maleducado?

— ¡Joder, Paco! ¡Qué susto me has dado! No te esperaba — responde Beltrán con un tono y un volumen que, a las claras, canta claramente a sumisión. Lo conoce y sabe que su forma de mirar a Celia puede ser un problema. De la forma en que le sonríe, definitivamente, lo es —. Pues sí, cómo no me iba a pasar a verte, hombre. Mira estos son mis amigos, Elías y Celia.

— ¿Elías y Celia? Dos nombres poco frecuentes, ¿verdad? O me lo parece a mí, vamos — dice, señalando a ambos alternativamente con un dedo, en un gesto que pretende ser amigable sin conseguirlo del todo. Ambos lo miran con cierta extrañeza, tal vez por la entrada que ha hecho o, quizá, por la forma en que los aires de superioridad habituales han desaparecido de repente en el amigo común —. Hola, soy Paco Buendía, el director de este sitio. Bienvenidos a vuestra casa, los amigos de Beltrán son amigos míos también — remata la presentación besando a ambos en la mejilla. Elías, que no acostumbra semejantes familiaridades, sonríe de mala gana cuando se ve obligado a retirar la mano, que ofrecía como saludo, ante la efusividad del anfitrión.

Una conversación banal, una invitación a recoger una copa en la barra que Paco acompaña con una señal a una de las camareras y, en menos de tres minutos, consigue quedarse a solas con Beltrán, enviando por las bebidas a sus amigos.

— ¿Eres imbécil o qué? Lo último que tenías que estar haciendo hoy es salir de fiesta con tus amigotes, idiota — escupe el empresario mientras acerca la cara amenazadoramente a la de su interlocutor —.

— ¡Tranquilízate, Paco, hombre! ¡Tranquilo! No pasa nada. Está todo controlado, tengo tiempo hasta las diez. No pienso estar aquí más de una hora — dice Beltrán, esbozando la mejor de sus sonrisas nerviosas para intentar un rápido cambio de tema, cosa que, esta tarde, va camino de convertirse en su especialidad —. No me digas que no te has fijado en mi amiga. Está buenísima ¿a que sí?

— ¡No me varíes el tercio, Beltrán! Estate a lo tuyo y no descontroles, que te puede costar caro, ¿estamos? — el hielo de su mirada se clava en los ojos del otro con tanta fuerza que éste termina por retirar la mirada justo cuando Paco comienza a lucir la sonrisa de lobo hambriento que tan bien conocen sus enemigos — Pero venga, vamos… tómate una copa antes de irte. ¡Ah! Y olvídate de tu amiguita, es demasiada tía para un mierda como tú. Déjamela a mí. Me la voy a comer entera, Pablito. Enterita.

Lívido como un cadáver, no se atreve a contestar sino con un gesto ridículo que pretende hacer ver que no tiene problema en dejar vía libre a la pretensión de Buendía. Por toda reacción apenas si se atreve a replegar velas y retirarse lo más deprisa que puede para refugiarse en el baño mientras murmura entre dientes lo hijo de puta que es su jefe. Toda esta situación no ha pasado desapercibida para Elías y Celia que, desde la barra, no han perdido detalle de lo agresivo de los gestos entre ambos.

— Pero, ¿tú has visto eso? — Celia, con el asombro deformándole el rostro, observa cómo se aleja Beltrán y, por alguna razón, intuye que entre aquellos dos hay algo que no marcha del todo bien — No sé, es que no reconozco a Beltrán. El tipo ese lo ha puesto firme en medio minuto. Seguro que le debe dinero o algo por el estilo. No me extrañaría porque, de un tiempo a esta parte, maneja bastante pasta.

— Bueno, no sé… entre la gente pasan cosas. No tiene por qué ser nada malo, tal vez un atranque entre amigos. No te preocupes, mujer — Elías, completamente subyugado por la belleza que lo acompaña, no desea ni quiere sino centrarse completamente en ella — ¡Éste es un golfo! En seguida está aquí de vuelta. Ya verás.

— Puede que tengas razón. Me preocupo demasiado por todo. Y, bueno… dime ¿cómo es que no nos conocemos tú y yo? Porque eres de aquí, ¿no?

— Sí, sí. Nací aquí, pero llevo fuera bastantes años. He acabado los estudios en Zúrich, este mismo año. Soy ingeniero. La verdad es que, desde que empecé la carrera, solo he vuelto en cinco o seis ocasiones y ahora estoy en plena fase de readaptación a la cosa local.  Beltrán y yo nos conocemos desde niños. ¿De qué lo conoces tú?

— Pues, la verdad es que es primo lejano de mi novio.

— ¡Ah, tienes novio! — desilusión no es la palabra correcta para describir el cambio que se produce en su rostro al escucharla, se queda demasiado corta.

— Bueno, no… quiero decir, ya no. Íbamos a casarnos y el muy cabrón dejó embarazada a otra chica dos meses antes de la boda. Pero, vamos… estoy bien — algo en su manera de sonreír delata que no es del todo cierto —. De eso hace ya más de seis meses y creo que lo tengo superado. O casi. Beltrán me cayó bien desde que lo conocí, aunque, tú lo sabrás, es un tipo demasiado peculiar. No sé, hay algo en él que me resulta inquietante. Es como si se reservara una parte de su forma de ser. Mira, por ahí viene.

Abriéndose camino entre la cada vez más nutrida clientela del local, Beltrán se acerca hacia los dos amigos con gesto serio y con un aire de gravedad que obliga a la gente a apartarse instantáneamente para no cortarle el paso.

— Tengo que irme chicos — Celia hace ademán de comenzar a hablar sin conseguirlo — ¡No, no te preocupes! No os preocupéis, vosotros quedaros y disfrutad del ambiente. La banda empezará a tocar pronto. Lo pasaréis bien.

— Pero, ¿es que pasa algo malo, Beltrán? — dice Elías, ahora sí, preocupado — ¿A qué vienen tantas prisas?

— ¡No, en serio! Es que Paco me ha recordado que tenía que encontrarme con unos socios suyos que tienen un trabajo para mí. Es que tengo una cabeza, ¡pues no que se me había olvidado totalmente! — Sus ojos desmienten la expresión divertida que pretende.

Apenas dos besos y un «nos vemos» después, mientras observan cómo Beltrán se pierde hacia la calle, Elías y Celia asumen que su amigo los abandona y, entre copas, retoman animadamente la charla. Ya en el coche de nuevo, como si hubiera estado esperando ansiosamente a llegar hasta él para hacerlo, Beltrán marca apresuradamente en su teléfono móvil.

— ¿Está todo listo? — Una voz contesta al otro lado para decir que aún es pronto — ¡Joder, no me digas que hora es! ¡Ya lo sé!  ¿Estáis preparados o no? Bueno, mira, déjalo. Estoy allí en veinte minutos — termina la llamada, maldiciendo entre dientes y sin permitir, harto de excusas, que su interlocutor terminara de contarle algo que parecía urgente.

A unos cuarenta kilómetros de la ciudad hay un pequeño pueblo, de casas blancas y calles empinadas, conocido por alojar en su término municipal una inmensa planta de tratamiento de residuos a la que alguien, con poca vista o muy mala leche, llamó “Buenos Aires”. En las afueras de la villa se encuentra “El Albero”, el cortijo de la familia Buendía, una extensa propiedad de la que se obtienen sustanciosos beneficios, no tanto por los productos que produce la tierra sino por haber sido estos escogidos y sembrados a la luz del mayor interés que ofrecen las ayudas de la Unión Europea. Beltrán abre una verja secundaria que responde al mando a distancia que tiene en el coche y recorre un camino de la finca que hace tiempo dejó de usarse y que lleva directamente hasta el río.  Detiene su coche junto a una antigua caseta de bombeo, ya en desuso, y entra en ella. En el suelo hay un panel de chapa con aspecto de ser bastante pesado pero que, en realidad, se abre de forma automatizada respondiendo al mismo mando a distancia de la verja. Quedan al descubierto unas escaleras por las que Beltrán desciende con total seguridad. Suena música al final del pasillo perfectamente iluminado que lleva hasta una puerta de hierro, que se abre en respuesta a una combinación numérica tecleada en un panel que tiene justo al lado. Love hunter, de Whitesnake, a todo volumen, inunda la estancia. Dos tipos de estampa amenazante, que comparten una botella de whisky barato, miran una película porno en un televisor ridículamente antiguo, tumbados en un mugriento sofá y con los pies sobre una mesa baja de madera. Al percatarse de la presencia de Beltrán, ambos se ponen de pie de un salto, pero no tienen tiempo de decir ni una sola palabra.

— ¡A ver, imbéciles…! Si os pregunto si estáis listos, ¡joder, lo que quiero oír es que sí! — el más alto de los dos tipos bracea sin defenderse mientras una mano poderosa agarra su tráquea como si tuviera intención de arrancarla de aquella sucia garganta

— ¡Beltrán, tranquilo! ¡Tranquilízate jefe! Ya está todo preparado. Lo hemos hecho en un momento — intenta justificarse el otro tipo, previendo que el siguiente puede ser él. Por alguna razón, sus palabras parecen calmar a Beltrán que, de mala gana, termina por liberar a su presa y, cambiando a un tono más relajado, pregunta.

— ¿Llevasteis el paquete?

— Claro, jefe — responde el que había hablado —. Pero lo han rechazado. Intenté decírtelo por teléfono. Dicen que no les sirve y que necesitan que sea repuesto inmediatamente.

—¿Qué no les sirve? Joder, pero estos tíos ¿qué cojones quieren? ¡Si es exactamente lo que siempre piden! — con rostro realmente preocupado, Beltrán sabe que nada que pudiera decir serviría para hacer cambiar de opinión a su cliente, así que, resignado, alarga la mano y toma una llave de una caja, anclada a la pared, que guarda varias decenas — Está bien. Sabéis lo que significa eso, ¿no? Como esta no sirve, volvemos a necesitar tres nenas antes del viernes. Bueno, el mismo viernes tenemos previstas dos de ellas así que, en realidad, solo necesitamos reponer la que acabamos de perder. ¡Joder! No hay nada que me dé más por el culo que trabajar a lo tonto.

Sin decir nada más, Beltrán sale de la habitación por una puerta lateral que da acceso a una empinada escalera metálica que termina en un pequeño espacio solo habitado por otra puerta metálica asegurada por un cerrojo enorme trabado con un candado. Antes de abrir, se detiene a escuchar, no logra distinguir sonido alguno y, suspirando, libera el cierre para adentrarse en la oscuridad que lo inunda todo. Unos pasos más adelante, un interruptor da vida dificultosamente a una lámpara fluorescente que cuelga del techo. Es un espacio pequeño, de apenas tres metros de ancho y cuatro de largo, fabricado por completo en hormigón. Beltrán echa un vistazo al lugar y reprime una arcada al percibir el nauseabundo olor, mezcla de excrementos y comida en putrefacción.

Lo invisible. Capítulo 2. Antonio Reina

— ¡Joder, que guarrería! — exclama — No me extraña que prefieras estar a oscuras. ¡Hay que ser cerda!

En una esquina, recogida sobre sí misma como si quisiera desaparecer, una mujer que apenas ha dejado de ser niña, desnuda y con el cuerpo señalado de golpes y cortes, se tapa la cara agredida por la luz que lo inunda todo. Aunque intenta hablar, de su garganta solo fluye un gruñido irreconocible que pretende ser palabra sin conseguirlo. Es evidente que está bajo la influencia de alguna droga que la mantiene apenas consciente.

— Con lo guapísima que eres… es una lástima que no te hayan valorado lo suficiente — susurra Beltrán, agachado junto a la cara de la chica, primero manoseando con suavidad sus pequeños pechos y advirtiendo la posible causa de que haya sido devuelta, después, al apartar delicadamente el brazo con que se protegía del fluorescente. Continúa hablando, sosteniendo por la barbilla la cara de la muchacha, envuelta en lágrimas mudas —. Estás demasiado sucia y veo que los chicos se han divertido contigo. Después de todo, por más que esto te haya podido parecer el infierno, no sabes de la que te has librado, cariño. No, no… te aseguro que no lo sabes.

Y, con absoluta calma, poniéndose en pie frente a ella, saca de la parte trasera del pantalón un revolver y, sin inmutarse lo más mínimo, soluciona el problema con dos disparos en la cara de la chica.

— Nos vamos en media hora. Tenéis trabajo — dice de vuelta a la sala, dirigiéndose a los dos tipos y señalando la escalera que lleva al nivel inferior —. Deshaceros del paquete de la forma habitual y daros prisa. ¡Qué mierda de trabajo, coño!

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela “En el mar de Dirac”. Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw