Lo invisible. Capítulo 11 Lo invisible. Capítulo 11
Héctor León, con la mirada perdida en el edificio de la Embajada de Canadá, apura un cigarrillo en la terraza de su habitación del... Lo invisible. Capítulo 11

Héctor León, con la mirada perdida en el edificio de la Embajada de Canadá, apura un cigarrillo en la terraza de su habitación del Hilton de La Haya. Es una zona noble de la ciudad, muy próxima al parque de Scheveningse, en la que abundan las sedes oficiales e instituciones internacionales. Con el tiempo ha aprendido a valorar esos momentos en que consigue dejar la mente completamente en blanco. Sin fantasmas, sin dolor, solo la increíblemente reconfortante sensación de estar a salvo, aislado de la realidad en la que vive inmerso desde hace casi veinte años. Pura basura.

Sale de repente del trance cuando cae en la cuenta de la hora. Las diez menos diez de la mañana. No tiene demasiado tiempo ya. Una ducha rápida, una pasada de la máquina de afeitar y, en menos de cinco minutos, se planta delante del espejo de cuerpo entero que hay en el recibidor de la habitación. Se toma un momento para comprobar que el tiempo no lo ha tratado del todo mal. A sus treinta y nueve años, aún conserva su aspecto de marino, piel morena y ojos profundamente verdes, manos grandes y hombros fuertes. Nunca fue un tipo especialmente guapo, pero sabe que siempre resultó atractivo a las mujeres. Quizá por ese aire de hombre rudo al que contribuye su oscura media melena, siempre alborotada y en la que despuntan ya algunas canas, su forma descaradamente directa de mirar, una sonrisa de medio lado que nunca ensayó o, quizá, por el hecho innegable de ser capaz de transmitir una seguridad en sí mismo que atropella a los demás. En fin, no está mal para un tipo como él, piensa mientras se coloca la americana. Camisa negra, por supuesto sin corbata, y traje gris, toma su abrigo y sale de la habitación con paso decidido hacia la reunión de hoy.

Es un paseo agradable hasta su destino. Superadas la Embajada de Portugal y el Museo de la Comunicación, pasa por delante del Consulado de la Embajada de Rusia para adentrarse en el parque por la carretera de Scheveningse. Es un domingo de marzo no demasiado frío y, a pesar de ser temprano, la zona bulle de actividad. Familias enteras se preparan para aprovechar una jornada de sol en las hermosas praderas, en el lago o en las áreas de juegos. Al fondo, un grupo de operarios con camiones, grúas y furgonetas, desmontan el escenario del concierto que se celebró la tarde anterior mientras los runners pasan a su lado como si de verdad fueran a algún sitio. Un par de chicas perfectamente ataviadas para su deporte favorito lo miran sin disimulo y le sonríen al llegar a su altura.

Goedemorgen, dames —las saluda, devolviéndoles la sonrisa y girándose para ver como se alejan entre risitas.

Pero no tiene tiempo para frivolidades. El inspector León no está en la ciudad de visita turística. Caminando hacia Europol, cada paso es un recuerdo que le habla de su vida. Ha pasado tanto tiempo desde que ingresara en el Cuerpo Nacional de Policía que, de vez en cuando, necesita recapitular lo que ha vivido para ser consciente de la importancia del trabajo que hace. Lo cierto es que tenía razón Gardel, veinte años no es nada, parece que fue ayer cuando ingresó en la academia de Ávila y, sin embargo, hoy, como inspector de la UCRIF es consciente de cuanto le ha cambiado su profesión. Llegó a la Unidad Central contra redes de inmigración y falsedades documentales procedente del Grupo Especial de Operaciones. Héctor es un hombre de acción, ni los ascensos, ni lo sucio del camino, han conseguido doblegar su espíritu combativo y la férrea impresión que produjeron en su mente cuatro palabras escritas en un muro de la academia: «servicio, dignidad, entrega y lealtad». Es cierto que ya no las entiende como antes, que ha descubierto que entre el negro y el blanco hay todo un infinito de grises, pero sigue intentando ser fiel a ese lema luchando, tal vez con otras armas, con otros métodos, por mantener la honradez en el mundo de locos en que se mueve habitualmente.

Fue precisamente su experiencia en los GEO, donde destacó especialmente por sus intervenciones contra los grupos de delincuencia organizada, lo que llamó la atención de sus superiores. El inspector León se convirtió en una referencia en la unidad por su capacidad resolutiva, su forma de abordar las situaciones especialmente críticas y, sobre todo, por la incorporación a las rutinas de trabajo de métodos de inteligencia que, aun contando con la colaboración del CNI y de otras agencias internacionales, resultaron especialmente innovadores y efectivos. Como resultado, en menos de dos años, los hombres de Héctor culminaron con éxito dieciséis operaciones contra la Camorra, el salafismo, los secuestros de grupos latinos o el narcotráfico, tanto en territorio español como en misiones de apoyo fuera del país. Como resultado, su nombre sonaba en los pasillos del ministerio como una institución, como un hombre con capacidad sobrada para desempeñar las misiones más comprometidas y, en último extremo, como el único activo que pudiera hacerse cargo de la investigación de una de las tramas delictivas más sofisticadas y complejas que actuaban en el mundo. Acero era el nombre con el que se conocía al grupo dedicado a la trata de personas, tráfico de órganos, de drogas o de armas y que se había convertido en la obsesión de las autoridades policiales europeas.

Todavía faltan treinta minutos para la hora prevista cuando Héctor, desde la altura del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, alcanza a divisar el conjunto de cuatro edificios, de ladrillo gris y aspecto de sede de compañía de seguros, donde están las oficinas de Europol. En realidad, confía en sus posibilidades y entiende como un privilegio el haber sido propuesto para encabezar la acción sobre el terreno del Grupo Operativo Conjunto (JOT en sus siglas en inglés), llamado MARE, que unos días antes acababan de alumbrar Europol e Interpol. El JOT MARE combinaría los recursos de inteligencia y las capacidades nacionales para llevar a cabo acciones coordinadas contra los grupos delictivos organizados que facilitaban la migración irregular, apoyándose en el intercambio de información con Frontex, la Agencia Europea de Custodia de Fronteras y Costas.

Faltan siete minutos para las diez y media cuando, acreditado convenientemente, la secretaria personal del director, Rob Wainwright, lo acompaña hasta la sala de reuniones donde ya lo están esperando, le ha dicho. Dejando atrás el patio central del edificio, una zona con profusión de verde e incluso algún que otro árbol, se adentran por un pasillo que termina en un pequeño hall con un ascensor que solo es de bajada. La acreditación de la chica desencadena la apertura de las puertas y el movimiento del aparato hasta el nivel menos cuatro, probablemente el único al que da acceso su autorización. Tras atravesar una zona restringida en la que un grupo de operadores se afanan en las pantallas que tienen delante, la secretaria abre una puerta de madera, cuyo espesor llama la atención de Héctor, y con un gesto de la cabeza, le indica que puede pasar.

— Buenos días, inspector —saluda Wainwright, de pie junto a una mesa en la que hay varios recipientes térmicos, algo de repostería y una bandeja con triángulos de sándwich—. ¿Un café?

— No gracias, director Wainwright. Ya he desayunado —a veces piensa que ser bilingüe, en la época en que se hizo policía, le ha supuesto una ventaja de la que otros no han disfrutado. Eso le recuerda que tiene que ir a Ohio, hace demasiado tiempo que no ve a su madre. Cruza por su mente cuanto le hubiera gustado a su padre, de estar vivo, poder acompañarlo—. ¿Esperamos a alguien más?

— Por favor, Héctor, llámeme Rob. No, no esperamos a nadie más. Lo que necesito hablar con usted trasciende todo el escalafón. Todo cuanto le voy a contar hoy deberá quedar exclusivamente entre Jürgen Stock, que como sabe es el Secretario General de Interpol, usted y yo, aunque solo tratará conmigo. ¿Queda claro? —como León asiente con la cabeza, continúa hablando—. Bien, al grano entonces. Como ya sabe MARE tiene entre sus objetivos la utilización, apoyados por nuestros socios, de recursos de inteligencia. El director del grupo, Lafitte, al que ya conoce, confía plenamente en sus capacidades, inspector. Y yo también, por descontado.

— Agradezco la confianza, Rob, pero no acabo de entender…

— No sea impaciente, por favor. Deje que le explique. La cuestión es que MARE tiene un propósito genérico, su misión es luchar contra la inmigración ilegal y las tramas que hacen dinero aprovechándose de ella. Sin embargo, hay casos que requieren una atención específica por lo peligroso de la organización o por el momento político. La casuística es variada, depende de la coyuntura, los objetivos prioritarios de nuestro trabajo pueden variar, pero incluso eso está previsto en nuestros planes de acción. Usted está aquí porque, en este momento, tenemos un caso absolutamente atípico que requiere una solución que probablemente deba ser también atípica. Creo que habrá oído hablar de Acero. ¿No es así?

— Claro. Lafitte me habló de ella. Yo ya la conocía.

— Entonces sabrá que Acero opera en cincuenta países y sus actividades son de lo más variado. No hay mierda en la que no estén metidos esos hijos de mala madre. Acompáñeme, por favor, siéntese —dice señalando la mesa de cristal que se utiliza para las reuniones—. Quiero presentarle a unas personas.

— Si me permite, ahora si me tomaría un café —comenta Héctor al posar sus ojos en la pantalla de televisión que hay colgada en la pared, justo en frente de su posición. La foto de un tipo que conoce muy bien, elegante, bronceado y con aspecto de rozar la setentena, es la imagen congelada que lo mira desde el monitor, contagiados los ojos de frío.

— Este es Silvio Buendía. Usted ya sabe quién es, claro —el director ha comenzado su exposición antes de que su acompañante llegue a sentarse—. En España es de sobra conocido. Me consta que la inteligencia de su país conoce a la perfección su vida y milagros y que sus chicos de los GEO le han jugado alguna que otra mala pasada. Pero es listo, el muy cabrón, muy listo. No hay forma de atraparlo, cubre todas sus acciones con empresas interpuestas, testaferros irreductibles, es un perfecto cumplidor con sus impuestos… vamos, que está más limpio que usted o que yo.

— Coger a ese cabrón hubiera sido solo cuestión de tiempo. Todavía no entiendo por qué nos apartaron de la operación que iba contra él. Al final todo quedó disuelto en el tiempo y nunca más supe del tema.

— Ya, claro. Lo entiendo. Es que nuestro amigo no es un cualquiera, no. Es un tipo con hambre, tal vez ha tenido hambre desde que nació poco más que en una cuadra, hijo de agricultores y prácticamente analfabeto. Hoy, después de toda una vida dedicada a la delincuencia, es un próspero hombre de negocios con mucho mundo y, lo que realmente es más importante, con una enorme cantidad de anclajes en el mundo de la empresa y la política. Prácticamente medio mundo le debe algún favor y el otro medio es su cliente.

» Pero lo verdaderamente interesante de este tipo es su carácter innovador, entiéndame, en el peor sentido que se le pueda dar a esa palabra. Un hombre capaz de volver a usar el hambre, que tan bien conoce, como arma de guerra de manera indiscriminada y convertirla en algo más que la simple consecuencia de situaciones de crisis o de conflictos. Sí, esta bestia utilizó la hambruna como una estrategia de guerra en Siria, Mali, Níger o Nigeria. El hecho de tomar como rehenes a poblaciones civiles, privándoles no solo de la comida sino también del acceso a los servicios básicos de agua o de salud, le ha permitido provocar revueltas, generar matanzas y, en último extremo su verdadero objetivo, armar hasta los dientes a todas las partes en conflicto. Con todo, créame si le digo que el señor Buendía es incluso un hombre respetado en los círculos gubernamentales más diversos. Tal vez, porque sus operaciones han servido fielmente a muchos intereses.

» Perdone, le estoy contando cosas que ya sabe o debería saber — Héctor asiente con la cabeza—. Es altamente improbable que este caiga por el tráfico de armas. Es cosa muy lamentable, pero es así. Sin embargo, hace unos cinco años descubrió una forma complementaria de obtener nuevos ingresos y fomentó, desarrolló y puso en marcha varias organizaciones dedicadas a la inmigración ilegal. Pateras, barcos hasta los topes de gente, camiones frigoríficos cargados de pobres diablos que la palman en cualquier carretera de mala muerte, en fin… pura mierda, eso sí, pura mierda muy lucrativa. En estos años, el negocio se ha ido transformando hacia zonas más oscuras todavía, siempre en busca, el viejo cabrón, de la mayor rentabilidad. Así, Silvio descubrió que había todavía más pasta en la esclavitud, ya sea con destino a trabajos forzados o prostíbulos, y como granja de órganos a la venta para quién pueda pagarlos.

— Nada de lo que pueda contarme me extraña lo más mínimo. Sé que ese hombre es capaz de cualquier cosa.

— Sí, así es. Pero fiel a su espíritu emprendedor, el muy zorro, aún ha rizado el rizo inventando dentro del sector una nueva modalidad de esclavitud. Son chicas destinadas a fiestas privadas, clientes particulares que exigen determinadas características que van mucho más allá de lo que puede ofrecer una pobre chica de campo, secuestrada en alguna república de medio pelo o engañada con la promesa de un trabajo como empleada doméstica. Buscan mujeres muy jóvenes, niñas a veces, en determinadas ocasiones con formación universitaria o con conocimiento de varios idiomas, con una minusvalía concreta, con habilidades deportivas específicas… da igual lo que busque el cliente, Silvio Buendía lo encuentra para él y se lo proporciona por un precio que va en función del propio encargo y del cliente, naturalmente.

— No puedo creer que ese tinglado lo haya orquestado un tipo como ese así, sin ayuda. Sabremos algo de sus socios, ¿no? —dice León al tiempo que Rob, hace avanzar la imagen y muestra una pantalla con varias fotografías, más de veinte, organizadas en un esquema en el que el viejo Buendía ocupa el lugar más alto junto a otros dos hombres.

— A principios de noviembre de 2010, se desarrolló en los principales aeropuertos de Italia una operación conjunta de Interpol y Frontex que tenía por objetivo el control de documentos de viaje fraudulentos, robados o extraviados, que pudieran estar utilizándose para acceder ilegalmente a la Unión Europea. La gracia de la operación conjunta estaba en que, por primera vez, Interpol daba acceso directo a los oficiales de Frontex para acceder a su base de datos de documentos robados o extraviados, la famosa SLTD. Con sus más de treinta millones de registros correspondientes a documentación extraviada en ciento sesenta y un países, la SLTD demostró ser una herramienta muy valiosa: se auditaron los documentos de más de ocho mil pasajeros en los cuatro días que duró la operación y se efectuaron varias detenciones.

» Entre los detenidos figuraba un ciudadano británico, John Holmes — dice señalando con un puntero laser uno de los dos tipos que flanquean, al mismo nivel, a Silvio Buendía. Un tipo con aspecto de cura, gafas de pasta cuadradas, prácticamente calvo y con un bigotillo lamentable—. A este angelito se le intervino, además del pasaporte robado que pretendía utilizar para viajar con nombre ficticio a Colombia, perfectamente dispuestos en el doble fondo de una maleta, otros veinticinco documentos, todos italianos, igualmente robados y con el sello de salida del país para ese mismo día. Ni que decir tiene que fue detenido y llevado a la comisaría de Fiumicino. Para cuando nuestros chicos se hicieron cargo del señor Holmes ya se le había permitido hacer la llamada de rigor. Nadie sabe a quién llamó en realidad, el número que marcó era el de un móvil ilegal imposible de rastrear, la cuestión es que el muy cabrón se negó a colaborar en todo momento, cosa que solo cambió por uno de esos increíbles golpes de suerte que a veces nos depara el destino.

» El oficial de Frontex que se hizo cargo del detenido tuvo la idea de escanear in situ las fotografías de los documentos. Un rápido cotejo con otra base de datos de Interpol dio tres resultados positivos. Ninguno de los presentes podía creer semejante torpeza, pues no me negará que resulta de todo punto increíble que alguien pudiera arriesgarse de ese modo, es decir, llevar en su equipaje pasaportes robados, ya sellados con la salida y ¡con las fotografías de sus nuevos propietarios! Pues bien, todos los identificados eran españoles. Dos tipos con diferentes antecedentes policiales por robo y asalto con arma de fuego y una chica. No creerá de quién se trataba —casi parece divertido cuando señala en la televisión a una mujer que ocupa uno de los puestos inferiores del diagrama—. Sí, señor. La mismísima Eva Cruz, la ahijada de Silvio. Un bellezón, por cierto.

— Tengo motivos para creer que esa mujer es una víctima, Rob. O quizá no. En todo caso, como mínimo es un juguete en manos de su padrino. Eso seguro.

— Sí, realmente no es un personaje relevante para lo que nos atañe. Sin embargo, encontrar un pasaporte a nombre de Elsa García con la foto de Eva hizo que saltaran todas las alarmas y, por supuesto, incluyó a la organización de Silvio inmediatamente en la ecuación. El señor Holmes fue trasladado a uno de nuestros centros de detención, una casa unifamiliar convenientemente acondicionada en una urbanización a las afueras de Roma. Le ahorro detalles, la cuestión es que la fachada de roca del tipo se vino abajo en menos de dos días y cantó la Traviata tal y como la compuso el bueno de Giuseppe.

» A resultas de la sesión de ópera pudimos confeccionar gran parte del organigrama que está viendo, el resto de personajes no fue difícil de añadir a la luz de las aportaciones del inglés. De aquella casa salió un colaborador que podría habernos proporcionado pruebas suficientes para desmantelar toda la organización. Es decir, si no hubiera sido porque, apenas dos semanas más tarde apareció ahogado en el río Guadalquivir. Reconozco que no estuvimos demasiado finos, debimos prever que no hay coartada lo suficientemente bien tramada como para convencer a esos tipos de que has salido de rositas de dos días de desaparición forzosa. Subestimamos a Acero, no volverá a ocurrir.

— Supongo que le permitieron volar a Colombia.

— Naturalmente. Lo seguimos en el trayecto de ida y vuelta. El regreso a Europa, una semana más tarde, se hizo a través del aeropuerto de El Prat. Nadie tenía por qué sospechar de un grupo de turistas italianos que llegaban a España con la intención de hacer tres días de turismo. A nadie llamó la atención que se tratara de veintitrés chicas acompañadas solo por tres hombres de aspecto, si no sospechoso, ciertamente inquietante. Permitimos que las mujeres fueran repartidas por varios clubs de alterne de Barcelona, Valencia, Madrid y Sevilla y nos felicitamos por lo bien que había salido la operación, sin tener en cuenta que el pobre John aún tenía una papeleta difícil de defender ante sus socios. En fin, un fallo que nos dejó justo donde estábamos: al principio de nada.

» En todo caso, aunque este diagrama de la organización Acero se confeccionó, en buena medida, como fruto de las revelaciones de Holmes, creemos que él mismo no ocupaba un cargo a la altura de la cabeza, a pesar de que así lo confesara. Más bien pensamos que sus obligaciones eran parecidas a las de un director general de operaciones situado entre Buendía y Heckberg y el resto de los personajes. Un tipo fantasioso, el británico, pero también un elemento realmente peligroso. Al final no tuvo otra cosa que lo que realmente merecía.

— ¿Quién es el otro tipo? El de la fotografía de la derecha de Silvio. Me suena bastante su cara, pero no acabo de identificarlo.

— ¡Ah, claro! Me olvidaba de presentarle a Herr Erick Heckberg. No me extraña que le resulte familiar, es un conocidísimo hombre de negocios, dueño de varias de las compañías más importantes de la Unión y la definición perfecta del hijo de puta más exacerbado.

— ¿No es el propietario de Aerick?

— Efectivamente, es el dueño de esa y otras compañías aéreas, pero también tiene un astillero, hoteles, fábricas de distintas producciones… lo que se dice un auténtico magnate. Es imposible que este hombre se haya implicado en un asunto tan feo solo por dinero. Eso le sobra. Más bien creemos que está aburrido, lo hace por diversión y, tal vez, por un trauma profundo causado por su participación en la guerra de Los Balcanes. Erick es austriaco de nacimiento, pero tiene sangre serbia por parte de padre. La cosa es que su pelotón cayó en manos de un destacamento bosnio. Se divirtieron con ellos de lo lindo, al parecer, hasta que, con una pierna fracturada por seis sitios y los genitales prácticamente colgando de un trozo de piel, pudo escapar hacia un bosque cercano aprovechando un brutal ataque croata sobre la ciudad que, a la postre, sería conocido como la masacre de Ahmići. Un horror. La gente de análisis cree que psicológicamente es una bomba andante, completamente insensible y por completo carente de empatía. Un psicópata de libro, vamos.

— Está bien. Entiendo. Lo que no acabo de comprender es que necesita MARE de mí, exactamente.

— Es sencillo. Creemos, sabemos, que Acero extiende sus tentáculos utilizando entramados sociales opacos, que cuenta con el respaldo de instituciones con las que mantiene oscuras relaciones y que organiza eventos, desde España a Singapur, en los que se fomentan las relaciones entre sus clientes, se comercia con personas y, probablemente, se cometen delitos de los que aún no tenemos constancia.

» En los últimos meses, la organización ha comenzado a cosechar víctimas en su país. No piense ni por un momento que las desapariciones que se están produciendo son ajenas a las necesidades de Acero. Nosotros no lo creemos, aunque por el momento no tenemos nada sólido que nos permita confirmarlo. Este hecho, en sí mismo, ya es lo suficientemente grave, por descontado, pero aún hay más. Una de las chicas desaparecidas hace un par de días es la sobrina de Ernesto Benítez. Exacto, su jefe, el ministro del Interior. Le diré que ha insistido personalmente en que sea usted quién se encargue del asunto. Sara, se llama, y apenas tiene quince años. Es una virtuosa del violín que da conciertos multitudinarios desde que tenía diez. Un portento, al parecer.

» He dado orden de que se le habilite un despacho en esta misma planta. Es una zona de alta seguridad en la que podrá trabajar con todos los medios que necesite. Sus superiores ya están informados de su nuevo cometido en MARE como responsable de inteligencia, pero no tendrán información de sus actividades más allá de las que yo mismo considere oportunas oficialmente. Por lo demás, toda la documentación relativa al caso, personas, lugares, acciones atribuibles a la organización, tramas organizadas relacionadas, etc… le están esperando encima de su nueva mesa. Le ruego que estudie a fondo toda esta mierda y, cuando lo haya hecho, vuelva a verme.

— Está bien, Rob —casi puede sentir la adrenalina clamando por volver a desbordarse sobre el terreno—. Haré cuanto pueda por acabar de una vez por todas con estos desalmados. Cuente con mi compromiso absoluto.

— Lo va a necesitar más usted que yo. Compromiso, quiero decir. Hemos previsto que se infiltre en Acero y eso supone que debe prepararse, me temo, para años de participar de las vilezas de Buendía, Heckberg y sus secuaces. Tenga —dice desplazando hacia él, sobre la mesa, una carpeta que contiene numerosa documentación—. Desde hoy, cuando salga de MARE dejará de ser el inspector Héctor León. Apréndase la historia e interiorícela. De ello, a buen seguro, va a depender su vida.

— De acuerdo, director. Me pongo con esto inmediatamente. Ya puedo decirle que mañana mismo nos podemos reunir para discutir los detalles de los que me ha hablado. ¿Le parece bien por la tarde?

— Tengo una reunión a las cinco de la tarde, creo. Podríamos vernos sobre las ocho, aquí mismo.

— Muy bien. Si no necesita ninguna otra cosa…

— No, Héctor. Nos vemos mañana —dice Wainwright, dando por concluido el encuentro y abandonando la habitación.

Solo, sentado a la mesa de cristal, con las palmas de las manos apoyadas sobre ella a ambos lados de la carpeta de su nueva identidad, Héctor permanece con la vista clavada en los ojos helados de Silvio Buendía y la mente en aquel día en Torredembarra, en aquella maldita operación para frustrar una entrega de armas que segó la vida de Ana, su compañera, su amiga y la única mujer a la que ha amado en su vida. Los estaban esperando y casi no hubo tiempo para nada. Rodeada la casa, Ana junto a él en la puerta delantera, una sacudida bestial los arrojó por los aires. La bomba la partió en dos, él salió ileso. Ha visto mil veces la secuencia, cada noche desde entonces y no hay día, desde que ocurriera, que no haya pensado en despellejar lentamente al empresario que estaba detrás de aquel grupo de traficantes. Sí, sueña con torturar hasta la muerte a Silvio Buendía. El destino tiene giros inexplicables y ahora vuelve a cruzarse en su camino. No piensa fallar esta vez.

Va siendo hora de conocer su nuevo lugar de trabajo y ponerse manos a la obra. Antes de marcharse, con un gesto despreocupado, abre la carpeta que contiene las claves de su nueva vida como infiltrado. Echa un vistazo al pasaporte, al DNI, a sus antecedentes penales, y hojea un conjunto de unos quince folios que resume lo que ha sido su trayectoria vital y profesional. Cerrando la carpeta, Héctor León se levanta de su silla, pasea su mirada por la estancia y sale de ella en dirección al despacho que se le indica en el esquema de la planta incluido en la carpeta. Antes de cerrar la puerta echa un último vistazo al rostro que permanece fijo en la pantalla.

— Señor Buendía, encantado de conocerle. Soy Íñigo Restán.

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Beltrán ha salido de Casa Matías como alma que lleva el diablo y Elías, tras unos instantes de desconcierto, ha recuperado totalmente la compostura, pronunciado unas palabras de disculpa dirigidas a la clientela del restaurante y recibido de buen grado el espléndido guiso de judías con perdiz, especialidad de la casa. Diez minutos más tarde, la normalidad más absoluta reina entre los comensales. Un día como tantos otros en el local.

— ¡Hola, preciosidad! —no está bien usar el teléfono mientras se está a la mesa, se reprocha a sí mismo, pero necesitaba hablar con Celia— ¿Estás ya en casa de tus padres? Es que, estaba pensando, no he quedado contigo en nada, pero, aunque hagan pocas horas que nos despedimos, ya necesito verte otra vez.

— Hola Elías. Sí, ya estoy comiendo. Disculpadme un momento —Celia, sonriendo a su familia, abandona la mesa y el comedor para poder hablar con más tranquilidad—. Es cierto, no hemos fijado ningún encuentro. Pensé que tal vez no lo tenías claro.

— Si algo tengo claro, niña, es que me muero por volver a verte. Mira, estoy en el restaurante de un amigo. ¿Qué te parece si te recojo en algún sitio a eso de las cinco o las seis?

— A las seis mejor, así acompaño a mis padres un rato. No quiero que me recojas. En absoluto. ¿Vienes a mi casa? —dice en voz baja, quizá consciente de formular la pregunta con un tono de voz que mezcla provocación e inocencia.

— Claro que voy. A las seis, entonces.

— No tardes, que yo también me muero por verte. Hasta dentro de un rato, tengo que volver a la mesa. Un beso.

Finalizada la llamada, durante un instante, Elías mira la pantalla del teléfono como si tuviera la esperanza de verla tras el cristal. Hay algo en esa chica que lo ha fulminado, algo que intuye superior al deseo de un cuerpo nuevo y, desde luego, muy distinto a lo que haya podido sentir por cualquier otra persona a lo largo de su vida. Ni el incidente con Beltrán, ni el fin del mundo que se desencadenara en ese momento, podrían arrancar de sus manos el recuerdo del tacto de su piel ni el calor de aquellos labios que insisten en continuar besándolo en la distancia. Sí, no miente… no hay nada que desee más que regresar a su lado.

— ¿Estaban buenas? —Absorto en sus pensamientos, Elías no se ha percatado de la presencia, junto a la mesa, de Matías y le dirige una mirada como de no comprender nada— Las judías, quiero decir…

— Perdona, perdona… estaba distraído. Más que buenas, Matías. Eres un genio, siempre lo has sido —responde sonriendo, sacado del abismo por la pregunta.

— Bueno, ya será menos. Oye, quiero comentarte algo —dice mientras se acomoda en una silla con la seguridad de quien está en su casa—. Es con respecto a Beltrán. Me preocupa. En realidad, me preocupas tú.

— Tú dirás, Matías —la sonrisa del rostro de Elías se cubre al instante de sombras que delatan el hecho de que también está preocupado por el asunto—. Pero no hay de qué preocuparse. Ese chaval siempre ha estado un poco loco.

— No deberías tomarte a broma a Beltrán, Elías. Durante los años que has estado fuera ha cambiado mucho. Sabes que, desde que pasó lo de tus padres, nunca más apareció por aquí. No sé… tal vez una o dos veces, quizás. El caso es que, cuentan por ahí, que está metido en asuntos no demasiado limpios y sé de buena tinta que frecuenta a tipejos nada recomendables. Más allá de lo que todos hemos visto y oído aquí hace un rato, no sé exactamente cuál es el problema que tienes con él, pero no te fíes, por favor.

— En serio, no te preocupes, viejo amigo. En el fondo sigue siendo el mismo tipo predecible y manejable que ha sido siempre. Lo de hoy es una pataleta de niños que se le pasará y ya está.

— ¿Tú recuerdas a Daniel Castillo? El mismo Dani con el que jugabais al futbol de pequeños… —asiente Elías sin hablar— No sé si estás al tanto de lo que pasó, pero sospecho que no te has enterado. La cosa es que el chico trabajaba en temas de reparaciones de automóviles y esas cosas, pero todo el mundo sabe que los verdaderos negocios que se traía entre manos eran otros. No había que ser demasiado listo para darse cuenta de que siempre tiraba de cochazos y llevaba colgadas del brazo señoritas digamos que… caras de mantener. Ya me entiendes. La gente hablaba, porque a nadie le entra en la cabeza que un tipo tan joven, sin oficio ni beneficio, se pavonee por ahí como si fuera un delantero del Madrid. Y, ¡qué coño…! Que lo sé yo, que trapicheaba con drogas y, sobre todo, con el contrabando de tabaco. Y ya está.

» Bueno, fuera como fuera, algo debió hacer que Dani se cruzara en el camino de tu amigo, no me preguntes qué. Lo que te cuento lo he visto yo, nadie me lo ha contado. Un día, hace más o menos tres años, de madrugada ya, iba yo camino de casa tras cerrar el restaurante, conduciendo, cuando a la altura del Boulevard San Martín reconocí a Beltrán que, para mi sorpresa, estaba dándole a alguien la paliza de su vida —la cara de Elías debe mostrar tal desconcierto que Matías intenta serenarlo, haciendo con la mano un gesto que le pide paciencia antes de replicar o preguntar nada—. Sí, ya sé… tú lo crees incapaz de algo así, pero te recuerdo que he comenzado a hablar diciendo que no me lo han contado, ¿estamos? La cuestión es que detuve el coche y bajé con la intención de pedirle a Beltrán que dejara de pegar a aquel tipo. A aquellos tipos, mejor dicho… eran tres. Había un cuarto hombre al que no llegué a ver bien. Estaba tirado en el suelo, sobre un charco de sangre, como a unos veinte metros o así, junto a la tapia del convento de las clarisas. El caso es que tardé en reconocer a Dani entre los más cercanos, todos con las caras cubiertas de sangre y deformadas por los golpes. Ante semejante espectáculo, casi de circo romano, finalmente, no pude abrir la boca para decir nada y me quedé plantado delante de Beltrán, con cara de viejo imbécil y sin saber qué hacer. Fue entonces cuando tu amigo se giró y, sin pronunciar palabra, me miró a los ojos con tal rabia en los suyos que, francamente, temí por mi vida, te lo digo en serio, Elías. Todavía tengo escalofríos cuando lo recuerdo allí, mirándome, con los puños, la camisa y hasta la cara, manchados de sangre. Sin embargo, me agarró por el brazo de forma casi delicada y me echó del lugar diciéndome que era un asunto personal en el que sería mejor que no metiera las narices. Lo hizo bien, me habló con educación, yo diría que casi con cariño, pero fue lo suficientemente claro como para que yo lo captara a la primera. Subí al coche y desaparecí. Desde entonces creo haberme cruzado con el tres o cuatro veces, pero jamás hemos vuelto a cruzar palabra alguna. La prueba la tienes en que, ni siquiera en mi propia casa, hoy mismo, se ha dignado mirarme. ¿No lo habías notado?

— ¡Joder, Matías! Porque me lo estás contando tú, si lo hiciera otro le diría a la cara que estaba mintiendo.

— Ya. Pues lo peor es que ahí no acabó la cosa. Yo, personalmente, no lo creo. Dani y sus coleguitas acabaron en el hospital, aunque él se llevó la peor parte y tardó un par de semanas en recibir el alta médica y volver a las calles. Cuentan los suyos que, apenas tres días después de salir del hospital, Dani salió de su casa para dar una vuelta y nunca más se ha sabido de él. Se lo tragó la tierra, pero yo sé —aquí viene a comer mucha gente— que, aunque Beltrán no tiene antecedentes ni hay forma de relacionarlo con el asunto más allá de una pelea que nadie denunció, yo sé, decía, que mucha gente sospecha de él y, además, personalmente, creo que con razón. Por favor, Elías, mantén a ese tipo lejos de ti. No te fíes lo más mínimo, es peligroso.

— Pero, vamos a ver, Matías… Si Dani y Beltrán se conocen desde que éramos niños. Nos conocemos todos —a pesar de que su voz manifiesta dudas, su mirada dice que cree al viejo, que tiene motivos para no dudar de él—. ¿Tú estás seguro de lo que me estás contando?

— Del todo, niño. Del todo. Te lo repito: ten cuidado.

Ahora, camino de la casa de Celia, Elías continúa dando vueltas en su mente a cuanto le ha contado el hostelero. Siempre ha sabido que Beltrán, aún sin decirlo a las claras, le ha considerado más inteligente, mejor persona y hasta más guapo, pese a que él jamás ha intentado parecerlo y mucho menos ha hecho alarde de ninguna de esas cosas. También sabe que, por todo eso, su amigo alberga cierto rencor hacia su persona, pero jamás hubiera podido imaginar que una amenaza que proviniera de Beltrán terminaría por afectarle tanto. De repente una duda asalta sus pensamientos y deja sembrada la semilla que desencadenará los acontecimientos que se sucederán en los próximos días, pues Elías se pregunta si las palabras que Beltrán le arrojó en la mesa sobre la que clavó el cuchillo de la carne son, de verdad, algo más que pura bravuconería. Porque, si es así, ni él ni Celia están a salvo de un loco de semejante calibre y que, además, cultiva amistades como el mafioso de Buendía. Se pregunta cuál debe ser su siguiente paso.

Mientras camina, cobran cuerpo en su mente las opciones de que dispone y no tarda en evaluarlas para tomar una decisión. Celia no debe saber de sus sospechas con respecto a Beltrán. Antes que ayudar, serían un motivo de inquietud que podría derivar en un movimiento de ella —sin duda intentaría hablar con Beltrán— que terminara por ponerla de verdad en peligro. De momento, nada de lo que pueda hacer irá contra la chica porque, sin duda, el muy capullo está enamorado. No, sea lo que sea lo que piense hacer, irá dirigido en su contra y no contra Celia. Por lo demás, Elías es un tipo práctico y, sobre todo, capaz de afrontar cualquier cosa. Su vida ha sido lo suficientemente dura como para comprender que la pasividad ante las desgracias o las amenazas no es la mejor actitud. No, no piensa esperar a que Beltrán aparezca de la nada y lo quite de en medio. Al menos, no sin que antes le haya quedado claro el verdadero nivel de la amenaza que parece ser y haya tomado precauciones al respecto.

Perdido en estas cavilaciones, Elías paga el taxi que lo ha llevado hasta allí y se planta ante el portal del edificio donde vive Celia. No llega a llamar al portero automático porque, por la esquina opuesta, la ve venir a su encuentro. El simple hecho de contemplar sus movimientos, como hace el viento con las nubes, despeja cualquier rastro sombrío de su mente. Realmente es una mujer muy hermosa, piensa, una mujer por la que vale la pena luchar.

Es una calle bastante ancha, tanto como para que, en la acera de enfrente, justo a su altura y dentro de un Ford Mondeo azul marino, pase completamente desapercibida una mujer que contempla la escena: dos enamorados, como en la canción de Mecano, comiéndose a besos antes de entrar a un portal.

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El agua de la bañera aún está caliente cuando Celia descubre que vuelve a estar en su casa, ni rastro de la lluvia de flores que recuerda perfectamente, ni rastro de Elías. Solo el recuerdo atroz de la experiencia que ha vivido a lo largo de una noche eterna que, al parecer, ha transcurrido en un instante. Permanece inmóvil, cubierto su cuerpo por la tibieza del baño, mientras comprende que, sea como sea, todo cuanto está pasando amenaza con convertirse en habitual. Resbala sobre el fondo de la bañera y sumerge la cabeza por unos segundos. Un momento de ingravidez, de aislamiento sensorial, que le permite abstraerse de la cruda evidencia de que comparte su vida con un psicópata.

— ¿Que por qué estoy segura de que es un criminal? — Se pregunta bajo el agua para responderse a sí misma inmediatamente — ¡Fácil! Porque un antiguo amor ha vuelto desde el otro barrio para arrastrarme al pasado, hacerme revivir acontecimientos de hace diez años y mostrarme la verdad sobre Beltrán. ¡Joder, qué locura!

Un golpe repentino acaba con sus disquisiciones. Incluso sumergida ha podido distinguir la puerta de la casa al cerrarse bruscamente. Sobresaltada, se pone de pie en la bañera y cubre su cuerpo a toda prisa con una toalla, mientras puede escuchar claramente como alguien sube los peldaños de las escaleras de dos en dos.

— ¿Beltrán? ¿Beltrán, eres tú?

— ¿Se puede saber a quién esperabas, mi amor? —contesta él, que se ha detenido en la puerta del baño, luciendo su mejor sonrisa.

— ¡Joder, Beltrán, qué susto me has dado! Pero… ¿qué haces tú aquí? ¿No estás trabajando? —mirándolo, con los pies en el agua aún, le devuelve la sonrisa. Algo en ella se niega a aceptar lo que ya sabe. Le sigue pareciendo un hombre guapo, muy guapo… y que sabe ser encantador cuando se lo propone.

— Y tú… vaya horas para tomar un baño, ¿no? —sus ojos, que hablan ahora de deseo, avanzan hacia ella, fijos en su cuerpo, mientras desabotona lentamente su camisa— ¿Puedo ver qué escondes debajo de esa toalla? Por favor…

Celia continúa inmóvil, sosteniendo la sonrisa con el esfuerzo de una mueca sin sentido que solo pretende ocultar la profunda sensación de peligro que la atenaza. Sin saber demasiado bien cómo reaccionar, su cerebro procesa las posibilidades agazapado tras una actitud aparentemente bien dispuesta a la propuesta que le hace su marido. Desde la puerta hasta la bañera hay apenas cinco pasos. Antes de que Beltrán dé el cuarto ya ha tomado una decisión.

— No me digas que has vuelto a casa pensando en esto — dice, saliendo de la bañera y dejando resbalar la toalla hasta el suelo, para proseguir con un tono pintado con un ligero reproche—. Hace tanto tiempo que pensé que ya no te resultaba atractiva. Me encantan estas sorpresas —continúa, atrayéndolo por la cintura hacia su cuerpo desnudo.

Piel con piel, ambos clavan sus ojos en el otro mientras Celia, con la decisión de quien tiene claro lo que está haciendo, libera el cinturón de los vaqueros de Beltrán e introduce su mano en ellos para acariciar su excitación. Mientras se besan como si fuera la primera vez, casi torpemente, los pensamientos de Celia se pierden en un laberinto del que no tiene claro cómo podrá salir. Todo su ser permanece atento al peligro que conlleva acariciar un lobo sin saber si está hambriento y, a la vez, grita de deseo por un cuerpo que siempre adoró. Un cuerpo que durante mucho tiempo fue su salvación, que la trajo de vuelta al mundo tras la desaparición de Elías, rescatándola del infierno de la depresión más profunda. Un cuerpo que supo hacerla gozar como nadie, que cuidó de ella, que le dio una hija que es el centro de su vida. Sí, adora el cuerpo fuerte y protector de Beltrán, pero hace tiempo que eso carece de importancia. La rutina, el desinterés y la inexistencia de un proyecto común, más allá de Ainhoa, acabaron con el deseo, de forma que sus encuentros sexuales se hicieron cada vez más espaciados en el tiempo, más compromiso que pasión, más obligación que ganas, hasta que el sexo perdió por completo la importancia y los dos, con un acuerdo implícito del que nunca hablaron, decidieron condenarlo al desván de lo que fue.

No quiere seguir pensando, no ahora que Beltrán devora sus labios con el ansia de los primeros tiempos de su relación, no ahora que la toma por las nalgas y, soportándola en el aire, la penetra con fuerza. Olvídate de todo, piensa, olvídate ahora. Quiere disfrutar de él una vez más y se aferra a su cuello para mejor soportar sus embestidas, profundas y exquisitas, flotando por obra y gracia de sus brazos. Sobre su espalda el vaho de los azulejos de la pared, no tarda en alcanzar un orgasmo que amenaza con no terminar jamás porque Beltrán sigue entrando y saliendo de su cuerpo, a cada movimiento más excitado, como si tuviera intención de quitarle la vida administrándole una sobredosis de placer. Celia, completamente abandonada al mando de su pareja, entorna los ojos como si al hacerlo sublimara las deliciosas descargas que atacan cada poro de su piel, cada fibra de su ser. Y gime involuntariamente, respira desde lo más hondo al ritmo que marcan sus sexos enfebrecidos y, la boca junto a su oído, le pide, le exige que le dé más. Él, completamente enloquecido por la batalla, sin salir de su cuerpo, vuelve a llevarla en vilo, esta vez hasta dejarla en el suelo justo delante de la bañera. Se ha detenido bruscamente y separado un poco para mirarla. Ella alarga sus brazos para volver a atraerlo, pero Beltrán no lo consiente y, agarrándola por las muñecas, la hace girar sobre los pies y la obliga a hincarse de rodillas, tumbado el vientre sobre el borde de la bañera y con la cara a muy escasa distancia del agua.

— Aguanta, Celia, aguanta —son las únicas palabras que pronuncia antes de penetrarla por detrás, con rabia, como poseído por un demonio lujurioso que quisiera partirla en dos. Celia, otra vez a punto de correrse, puede sentir que la brutalidad del ataque ha colocado a su pareja al filo del orgasmo. Y lo disfruta. Siente en su interior cada centímetro, cada roce, cada cambio de trayectoria, la presión de sus manos de hombre, aferradas ambas a su cuello, permitiéndole apenas respirar. Cuando esas manos de acero la atrapan por la cabeza y la sumergen en el agua, impidiéndole liberarse, consciente de que, en ese momento, para ella el oxígeno ha dejado de existir sobre la faz de la tierra y del peligro de morir ahogada, Celia forcejea inútilmente, atrapada entre los dedos y el cuerpo de Beltrán que la posee con una desesperación próxima al paroxismo. De repente, sin previo aviso, sin aire, vencida, proveniente de un lugar que ella no sabría localizar pero que se apodera de su cuerpo entero en un segundo, una oleada de placer infinito, potenciada mil veces por la asfixia, la destroza, la aniquila por completo durante una eternidad para convencerla de que se rinda a su suerte. Por un momento piensa que ha descubierto en la muerte que la espera el mayor de los placeres y la reconoce, gritando bajo el agua, como la auténtica redentora de sus sufrimientos. Con una última embestida, Beltrán ruge dentro de ella con el poder del mismo averno y se derrumba, un instante después, sobre el suelo del baño permitiéndole salir de nuevo al aire que vuelve a insuflarle la vida devorado por sus violentas bocanadas.

Permanecen los dos, uno junto al otro, en un silencio alterado por sus respiraciones agitadas en lucha por recobrar la normalidad, sentados en el suelo con las espaldas apoyadas en la bañera, recuperándose del encuentro que ha consumido las fuerzas de ambos.

— Nunca he dejado de quererte, Celia —dice por fin Beltrán, girando la cabeza hacia ella y acariciando sus muslos—. Puede que lo haya parecido, pero no es verdad. Eres la única mujer para mí, lo has sido siempre.

Pero Celia, a pesar de que todavía disfruta con los últimos estertores de placer que se niegan a abandonarla, no lo mira. No puede, incapaz de pronunciar una sola palabra que sirva para consolar a su marido. Poco a poco, una incómoda sensación de desorientación se abre paso en su pensamiento. Acaba de hacer el amor con un hombre que, si una vez lo amó, hoy se le antoja repugnante. Un ser capaz de atrocidades que, hasta hace muy poco, eran totalmente inimaginables para ella. Un hombre que, a pesar de todo, es su esposo y al que ha dejado de querer porque prefiere, es consciente de lo demente del asunto, el amor de su novio muerto hace tiempo, del hombre más importante en su vida, reaparecido en circunstancias que no podría explicar a nadie salvo a riesgo de parecer una enferma mental.

— ¿Celia? ¿Me oyes?

— Sí, Beltrán, sí. Te oigo — contesta, insistiendo en no devolverle la mirada.

— Mírame, por favor — él ha tomado su cara y la gira suavemente hasta poder mirarla a los ojos —. Te quiero y no voy a consentir que te pase nada malo. Lo sabes, ¿verdad?

Un escalofrío la recorre por completo. No es capaz de dimensionar el contexto en que Beltrán ha pronunciado esa última frase, hasta qué punto esas palabras sugieren que está al tanto de sus sospechas. Si hace un momento era una mujer segura en los brazos de aquél hombre, en este instante es solo una mujer aterrorizada por la incertidumbre.

— No quiero que vuelvas a tocarme, Beltrán —sin saber por qué, ha decidido hablarle con claridad. Pero no hasta el extremo de jugar con el suicidio—. Quiero decir, no quiero que vuelvas a asfixiarme. Me he sentido morir, ¡por Dios!

— Fíjate, yo, sin embargo, creo que te has corrido como no lo habías hecho en tu vida —replica sonriendo con malicia—. Pero, claro, es que tú eres así. Nunca has tenido claro lo que quieres, al menos conmigo. Solo quiero que sepas que soy el mismo tipo que se enamoró de ti la primera vez que te vio, el mismo que te decías gilipolleces por no saber cómo expresar lo que sentía por ti, el mismo que hubiera removido cielo y tierra por tenerte a su lado. El mismo de siempre, Celia.

— La cuestión es, Beltrán, si en realidad alguna vez he llegado a conocerte de verdad.

No hay sonrisas, ni siquiera cortesía en las miradas. Sentados sobre la frialdad de las baldosas, se miran a la cara incapaces de expresar en sus rostros el torrente de emociones que, a cada uno por separado, los recorren. Durante un instante interminable vuelve a reinar el silencio hasta que Beltrán se decide a romperlo.

— ¿Quieres conocerme? Vístete y ven conmigo. Date prisa.

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela “En el mar de Dirac”. Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw