Lo invisible. Capítulo 10 Lo invisible. Capítulo 10
No consigue llegar a serenarse del todo. Elías ha terminado por sacarle de sus casillas. Sabía que eso sería inevitable porque, en realidad Lo invisible. Capítulo 10

No consigue llegar a serenarse del todo. Elías ha terminado por sacarle de sus casillas. Sabía que eso sería inevitable porque, en realidad, la furia que lo destrozaba por dentro no podría encontrar casilla donde refugiarse ni en cien años de búsqueda. Beltrán, que ha abandonado Casa Matías a toda prisa, conduce por la autopista como si llegara tarde a una cita con el diablo. Las manos aprietan con fuerza el volante, la mirada clavada en un horizonte que los ojos no ven, el corazón desbocado clamando que haga algo, ni siquiera tiene claro el destino de esta huida.  Sólo sabe que no va a dejar que su amigo se salga con la suya, porque ella, Celia, le pertenece, y no puede permitir que el niño bonito, el que todo lo tuvo fácil, el elegido de Matrix —a veces, lo llamaba Neo solo para cabrearlo— se quede con la mujer que tanto desea.

Un cartel de la carretera anuncia la próxima salida: Esteras. El pantano. Sí, nunca ha sabido qué tiene ese lugar, pero lo cierto es que siempre ha terminado por acogerlo cuando ha necesitado pensar. Tanto es así que hoy ha llegado hasta él sin proponérselo, inconscientemente. Bordearlo, recorriendo la pista de grava y arena que lo adentra en la espesa arboleda del bosque para llegar al pie de «La aparecida», una elevación rocosa, una peña, a la que se sube recorriendo a pie un estrecho camino de madera que la rodea.  Desde ahí, la visión de la zona es espléndida. Beltrán, sentado al borde del abismo, contempla el atardecer sobre el gran embalse, prácticamente lleno en esta época del año, la frondosidad de la vegetación que lo invade todo, y se deja llevar por el susurro del viento y la majestuosidad de un grupo de aves que surcan el cielo en dirección a ninguna parte.

Es en ocasiones como esta cuando se le quiebra el alma, tal vez por eso procura no prodigarlas. Desde la atalaya el mundo adquiere otra dimensión, se siente pequeño, irrelevante, y toma conciencia de que se ha convertido en una auténtica mala persona, una bestia, un criminal sin escrúpulos. Destrozado por la contradicción, sus tripas se debaten entre el placer de sentirse implacable, el verdadero juicio final de sus víctimas, el perfecto diablo, y la amargura de saber que ni siquiera como sicario consigue alcanzar la perfección que, sin embargo, Elías derrocha con naturalidad en cada cosa que hace. Y es que, en lo más hondo de su ser, no puede evitar sentir dolor por el castigo que inflige a la gente. No, no es piedad, no es debilidad… es remordimiento y eso es lo que le jode. Su vida es un torbellino, una inmensa vorágine de maldad que disimula a la perfección delante de todo el mundo, pero no frente a sí mismo. Tanto como los necesita, odia estos momentos en los que se detiene para mirarse porque no le gusta lo que ve. Sin embargo, reconocerse como la alimaña que es termina por reconciliarlo internamente con la vida que lleva. Al fin y al cabo, entró en este mundo por su propio deseo y sólo era cuestión de tiempo que la mierda le llegara hasta el cuello.

Apenas tenía diez años cuando, una tarde de verano, al poco de comenzar las vacaciones escolares, Damián llamó a la puerta de su casa. Eran vecinos, compañeros de clase y muy, muy amigos. Aquella calurosa tarde de finales de junio, Damián no vino solo, lo acompañaba un chico más o menos de su misma edad, algo más alto que ellos, de cabellos rubios y ojos azules, vestido quizá como cualquier otro niño de su edad, pero con un aire de elegancia que, sin que en realidad fuera consciente del motivo, puso a Beltrán en prevengan. No le gustó, no le gustaba nadie de quién tuviera algo que envidiar y ese tal Elías era demasiado guaperas para su capacidad de empatía. Fuera como fuera, Beltrán pidió permiso a su madre para salir a jugar al futbol y los tres se encaminaron al campo de tierra que el ayuntamiento ponía a disposición de los vecinos en un solar situado a unos doscientos metros del barrio.

El balón era un maravilloso Adidas, nuevo, relucientemente blanco y, por supuesto, para que aún terminara de caerle peor, era propiedad de Elías. Lo normal a esas horas, casi las siete de la tarde, era que hubiera un grupo de chicos ocupando el campo y ese día no fue una excepción. También era normal que los que llegaban esperaran a que terminaran los que ya ocupaban el lugar, especialmente si no eran conocidos, peloteando en la zona con porterías de balonmano anexa al campo de futbol.

— ¿Preguntamos a ver si nos dejan entrar? —dijo Damián— A lo mejor, si nos repartimos entre los dos equipos…

— Pero ¡qué dices! —replicó Beltrán— No ves que es Dani y sus colegas. Lo primero es que son mayores y, además, son unos chungos. No nos dejan ni de coña. Vamos a pelotear en las porterías. Me pido de portero.

Por regla general, Beltrán marcaba el orden de las cosas, lo que se podía y lo que no se podía hacer. Era la costumbre y a él le gustaba. Por eso, porque sus opiniones no las rebatía nadie, el comportamiento del primo de su amigo le resultó claramente ofensivo.

— ¡Oye! Perdona —dijo Elías en ese momento, justo cuando el juego se había interrumpido porque el balón había salido del campo, sin pedir opinión a sus amigos ni encomendarse a nadie, dirigiéndose a un chico que parecía el mayor de todos y el más caracterizado para dar permiso— ¿Tú crees que podríamos jugar con vosotros? Estáis diez para nueve. Con nosotros tres seríamos once contra once.

Dani, que había recogido el balón para volver a ponerlo en juego, los miró un momento, como calibrando si les caían bien y asintió con la cabeza.

— Vale, tú con nosotros y ellos dos con ellos —ordenó, señalando a los demás jugadores y sin que nadie rechistara— Vamos perdiendo dos a cero —dijo, y sacó de banda.

Para cuando la pelota estaba de nuevo en juego, los dos primos ya se habían incorporado, pero Beltrán, contrariado por la determinación con que había actuado Elías, continuaba mirando al campo sin decidirse a entrar.

— ¿Qué pasa contigo? ¿Juegas o no? —le espetó un chico con la cara llena de granos, que iba con el que se suponía su equipo— ¡Venga, macho!

Espoleado por la orden, Beltrán comenzó a correr junto a Damián. En pocos minutos, toda su ofuscación había desaparecido, plenamente inmerso en el partido. Fue solamente por un rato porque en una jugada que había comenzado con un saque de puerta, Elías recogió el balón en el centro del campo y avanzó con una habilidad increíble, deshaciéndose de tres rivales hasta quedar prácticamente solo frente a la portería. El último obstáculo era Beltrán. Con un amago a la derecha y una salida fulgurante hacia el lado contrario, Elías lo dejó sentado en el suelo para, con un toque suave y colocado, enviar la pelota al fondo de la portería justo por la escuadra izquierda, haciendo inútil la voluntariosa estirada del portero.

Ese instante, humillado en el suelo, impotente, es el primer recuerdo que tiene Beltrán de su sólida animadversión hacia Elías, especialmente porque lo que sucedió poco más tarde terminó por hacerlo sentir incluso peor. Cuando apenas quedaban dos minutos para terminar, Elías volvió a marcar a la salida de un saque de esquina, esta vez de cabeza. Ni que decir tiene que todo el equipo, incluido el todopoderoso Dani, lo festejaba como si estuvieran a punto de ganar un mundial cuando, en realidad, el marcador era de empate a dos tantos.

— El que marque primero gana, que tengo que irme —dijo Dani, entendiendo de antemano que la regla que acababa de dictar sería acatada por todos, pero mirando a Elías en busca de una aprobación que éste le hizo llegar en forma de guiño. Beltrán captó el gesto de complicidad—. ¡Venga sacáis vosotros!

Otra vez resultó ser Beltrán el único obstáculo para alcanzar los dominios del portero, cuando, en esta ocasión, atacaba el propio Dani. Escarmentado, decidió que no se dejaría sobrepasar tan fácilmente y, con toda la fuerza e intención que contenía su ira, arremetió contra el delantero propinándole una descomunal patada en la espinilla derecha y obligándole a morder el polvo en una aparatosa caída. Ni siquiera se molestó en protestar. Dani se puso en pie, obviando el dolor que sentía por el golpe, y, sin pensarlo dos veces, se encaró con Beltrán.

— ¡Cabrón! ¡Cabrón! ¡Joder que patada! —le gritó a un palmo de la cara mientras, agarrándolo con los puños de la camiseta, lo levantaba del suelo como si no pesara nada— ¡Serás cabrón! —repitió justo antes de empujarlo con todas sus fuerzas para estrellarlo de nuevo contra el suelo y abalanzarse sobre él.

Beltrán, aterrorizado por la reacción de Dani, no pronunciaba palabra y se retorcía sobre la arena, con la vana pretensión de que los golpes no le alcanzaran en los puntos donde podían resultar especialmente dolorosos. Sin redaños con los que responder a la somanta de patadas que el otro le estaba propinando, Beltrán farfullaba disculpas cobardes mientras el resto de chicos se limitaban a mirar sin intervenir.

— ¡Déjalo, Dani! ¡No le pegues! ¡Son cosas del juego! —gritó Elías, agarrando el brazo del chaval que parecía dispuesto a matar a su amigo a golpes— ¡Vale ya!

Pero Dani, completamente fuera de sí, continuó abusando de su superioridad física y, con un movimiento furioso, empujó a Elías con un puñetazo en el pecho y lo sentó de culo en la arena. Fue entonces cuando Beltrán, que ahora pedía ayuda a gritos ante la paliza que estaba recibiendo, vio como el capullo, el creído, el chuleta del primo de su vecino, se levantaba del suelo y, sin más miramientos ni sombra de duda, propinaba un solo puñetazo en la sien de Dani, con tal potencia y precisión que las piernas de éste se tornaron agua, incapaces de sostenerlo, y cayó fulminado al suelo como si estuviera muerto.

— ¡Beltrán, Beltrán!… ¿Estás bien, tío? —dijo Elías mientras lo ayudaba a incorporarse.

— Vámonos de aquí, vámonos —fue lo único que supo responder.

— No, espera. ¡Damián, trae agua, corre!

Como en los encuentros que veían por la televisión, un chorro de agua sobre la cabeza y un trago fueron suficientes para reanimar a Dani. Pese a lo que Beltrán esperaba, éste, tal vez un poco noqueado por el golpe aún, dirigiéndose a Elías, solo acertó a balbucear unas palabras.

— ¡Qué hostia, chaval! Menos mal que me has parado —¿qué era eso? ¿Respeto? Beltrán alucinaba—, si no lo hubieras hecho creo que lo hubiera matado. Estoy bien, estoy bien. Largaos a casa, ¡largaos! Pero que conste que hemos ganado nosotros…

Fuera como fuera, aquel chaval que conociera una tarde de verano se había ganado para siempre, en cinco minutos, la consideración y la fama de ser un tipo de cuidado. De algún modo comprendió que hay seres tocados por una mano diferente, capaces de dominar el mundo sin esfuerzo —incluso sin ser conscientes de ello—, de doblegar voluntades y acumular admiradores en torno a su personalidad. Y también comprendió que él, Beltrán de la Mata, no era uno de ellos.

Con el tiempo terminaron por ser buenos amigos, al menos le constaba que Elías lo consideraba como tal y él, por su parte, hizo cuanto pudo porque así pareciera. Sin embargo, ni la admiración que sentía por aquel chico increíblemente inteligente, ni su natural facilidad para el trato con la gente, ni su amabilidad, ni su extremada consideración hacia los demás, ni la gracia física que atraía a tantas chicas, sirvieron para cosa distinta que alimentar en lo más profundo de su corazón un rencor injustificable que, con el paso de los años, a duras penas conseguía retener Beltrán.

Con todo, fue consciente de hasta qué punto su alma tenía capacidad para albergar las peores intenciones el día en que, estando Elías de fin de semana en casa de Damián, supo de la muerte de sus padres en accidente de coche. No fue suficiente para él ver cómo sufría. Aquella noche la pasó despierto, mirando desde la cama el techo, en la oscuridad de su cuarto, Beltrán sentía un enorme placer —mucho más intenso del que algunos sienten ante la desgracia ajena por el simple hecho de no ser ellos los afectados—, imaginando el tremendo agujero que debería tener en el estómago, los límites de la angustia que debía sentir, la incertidumbre que se cernía sobre el futuro de Elías ante la orfandad. Tan cómodo estaba con esos pensamientos que incluso respiraba mejor; el aire entraba fresco en sus pulmones y lo recorría por entero, haciéndolo sentir vivo. Sí, sentirse vivo por ver la muerte rondando a Elías lo acabó de convencer de que, si no estaba dotado de valores para ser el mejor, no cabía ninguna duda de que sí lo estaba para ser un completo hijo de puta. Y decidió que, de ese momento en adelante, dejaría fluir sus malos instintos sin filtro alguno.

Aquella mañana, al levantarse, Beltrán había cambiado. La desgracia de Elías había transformado, para siempre, al niño que fue en el adulto que sería la perdición de mucha gente.

A lo largo del tiempo fueron muchas las oportunidades de venganza, casi siempre pequeña, contra Neo, pero ninguna como la que el destino le deparaba la tarde en que conoció a Eloisse. Por ser afortunado, hasta el amor sonreía a aquel chaval y no de cualquier manera, no… la chica que vino con él de vacaciones era una auténtica preciosidad.  El viento que acaricia su cara, sentado frente al pantano, le recuerda la brisa que mecía aquella hermosa mata de cabello rubio, enredándose en su cara y haciendo aún más bellos, si es que eso hubiera sido posible, unos ojos azules que avergonzaban el color del cielo de verano que los cubría. Mientras Elías la presentaba al resto de sus amigos, Beltrán no movía un músculo, paralizado involuntariamente por la contemplación de Eloisse. Todavía hoy, revive el escalofrío que lo atravesó de parte a parte y la punzada insoportable de deseo que provocó en él aquel cuerpo espléndido, apenas cubierto por un short y una camiseta de tirantes. Eloisse, sí. Eloisse. Después resultó que la natural simpatía de la chica y la afortunada coincidencia del gusto que compartían por la fotografía, le pusieron las cosas fáciles. No podría decir cuál de las dos circunstancias le producía más placer, si el hecho de haberse atrevido a atraerla hacia su cuerpo agarrándola por la nuca y que ella respondiera dejándose manosear o la certeza de estar poniéndole los cuernos a su «amigo». Tal vez fuera una mezcla morbosa de las dos cosas, pero lo único cierto es que enloqueció. Eloisse se convirtió en una obsesión para Beltrán y él para ella en igual medida, hasta el punto en que ambos planificaban eventos profesionales a los que acudir, sin ninguna intención de participar en ellos, con todo el interés por volverse a ver, por devorarse como animales a todas horas, por compartir unos días en cualquier parte. Sin embargo, no vivían su relación con la misma intensidad. Beltrán deseaba su cuerpo, disfrutaba de su compañía y de la impagable sensación de estar ganándole la partida a Elías. Por contra, parecía claro que Eloisse estaba profundamente enamorada, hasta un punto en que no fue capaz de seguir engañando a su novio por más tiempo.

— Beltrán, voy a dejar a Elías. Quiero ser solo tuya y que tú seas solo mío —terminó por plantearle a Beltrán, inesperadamente, así por las buenas, con tan rotunda frase.

Su mente puso manos a la obra nada más terminar de escuchar la última palabra de la frase. Beltrán, verdaderamente enamorado desde mucho tiempo atrás de la novia de su primo Esteban, quiso decirle que lo suyo era puro sexo, pura atracción, diversión, al fin y al cabo. Que ya solo tenía corazón para Celia, con más razón en ese momento, libre el camino por la ruptura con su pareja y que se proponía conseguirla a toda costa. Sí, piensa, debió decírselo así.

— ¡Qué alegría me das, mi amor! —respondió, sin embargo, a la vez que la estrechaba entre sus brazos por miedo a que Eloisse pudiera ver en el fondo de sus ojos— Nada me haría más feliz en este mundo. Vamos… si realmente es lo que quieres tú. Tal vez deberías decírselo en cuanto vuelvas a Zúrich. Yo tampoco quiero compartirte con nadie, Eloisse.

El resto vino por añadidura, Elías, el puto Neo, jodido en lo más profundo del alma, lloriqueando su dolor por el abandono, desesperadamente perdido por no entender las verdaderas causas del deterioro progresivo de la relación con su chica. Lo disfrutó, lo disfrutó muchísimo.  Tanta era la dicha que sentía por el éxito de su intriga que no aguardó ni un segundo más del imprescindiblemente necesario para comunicar a Eloisse que la culpa y el remordimiento lo habían superado, que jamás podría verse libre del hecho de ser el causante de la desdicha de su amigo y que, bajo ningún concepto, quería volver a verla. Se lo tomó bien, mejor de lo que él había esperado a tenor de lo enamorada que decía estar: No hubo drama ni le exigió explicaciones, no insistió en una última cita ni intentó retenerlo. Sencillamente, colgó el teléfono entre lágrimas y nunca volvió a saber de ella. Mejor.

Pero el colmo del placer fue que Elías, de vuelta a la ciudad, recurriera a él. Que le confiara la decepción de su amor hecho añicos, que le demostrara lo que había sufrido en interminables conversaciones regadas por buena música y mejor whisky. Tal vez duró demasiado poco ese estado de cosas, porque apenas un mes después de su regreso, el incombustible Neo, haciendo honor —el muy cabrón— a su condición de elegido por los dioses, comenzó a dar muestras de estar superando a pasos agigantados la tragedia.

El aire comienza a ser molesto y la tarde se escapa ante sus ojos allí, sentado sobre la peña de «La Aparecida». Es cierto, concluye, no es una buena persona ni pretende serlo. El remordimiento es la consecuencia simple de haber sido educado en una familia de bien, de haber recibido valores propios de bien nacido. Consecuencia, en fin, de haber sido preparado para comportarse como la persona que no es. Lo sabe y es cuanto necesita para continuar adelante con sus planes sin que nada ni nadie haya nacido con la suficiente fortaleza como para impedirlo.

Y descendiendo por el camino entarimado hacia el coche, decide que Celia será suya y el alcance de su determinación por conseguirlo cuando, en voz alta, casi gritando, termina por confesarse a sí mismo:

— Game over, Neo. ¡Hasta aquí podríamos llegar!

 

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Cada invitado ha encontrado un ejemplar, lujosamente encuadernado en cuero y grabado en oro con la fecha del día, destinado a ofrecer información sobre los ejemplares en subasta de esa noche. Volúmenes compuestos por cincuenta dosieres de una sola página, acompañados de otra que contiene tres fotografías de cada esclava. Edad, medidas corporales, estado de salud, enfermedades anteriores, forma física, competencias profesionales… todo lo necesario para garantizar que el comprador obtenga exactamente lo que pretende conseguir con su dinero.

Íñigo Restán hojea su tomo mientras enciende un habano, ajeno de momento a la ofrenda con que Buendía le obsequia hoy. Sabe que tendrá tiempo de disfrutarla. Lo cierto es que, pese a que sus clientes son exigentes en extremo, Buendía siempre dispone en las subastas de chicas capaces de satisfacer el gusto más retorcido. En una primera ojeada ha creído distinguir al menos cuatro nenas que encajan perfectamente en sendos encargos. Tal vez, en un examen más profundo encuentre las que encajen en sus otras cuatro encomiendas. De momento, anota los nombres de las elegidas y su oferta por cada una de ellas en el formulario dispuesto en la última hoja del catálogo.

— Herr Heckberg, estoy segura de que todos estaremos de acuerdo en que, como nuevo miembro de este grupo, sea usted quien tenga el placer de elegir primero entre las joyas de esta noche. Es decir —acota Mariela Díaz—, si es que le parece a usted bien, naturalmente.

Erick Heckberg, que acaba de meterse dos tiros de coca, asiente con la cabeza mientras se restriega la nariz con un pañuelo y, bebiendo de su copa, se levanta del asiento para dirigirse al centro de la zona roja, muy cerca del contenedor. Las cuatro infortunadas que lo habitan, como si hubieran recibido una orden, cesan en sus gritos a un tiempo. Tal es la expresión, absolutamente exenta de piedad, del rostro que las observa y el impacto que causa en todas ellas, cuando parecen haber entendido al unísono que tienen delante un comensal a punto de elegir qué langosta cocinar.

El austríaco se pasea por delante de las mujeres crucificadas, deteniéndose frente a cada una, mirándolas fijamente a los ojos, como buscando en ellos algo que no es fácil de encontrar. De repente, se detiene frente al cubículo marcado con el número tres y, sin llegar a moverse hasta el siguiente, gira sobre sí mismo y, sin pronunciar una palabra, recorre el camino inverso hasta sentarse en el sillón que ocupaba. Los otros invitados lo observan impacientes, esperando una reacción, una palabra, sin atreverse a interrumpir lo que, a todas luces, es el método de decisión propio de un hombre muy especial.

— La número tres, por favor —pide cuando ha localizado la ficha de la chica en el índice etiquetado como «Ofrendas», al principio del catálogo, para ojear el informe.

Los hombres que hacen de camareros cumplen ahora con otro de sus cometidos dirigiéndose hacia la cámara señalada. Introducen la plataforma de una carretilla de dos ruedas —similar a una de mano en su aspecto, aunque considerablemente más grande— que dispone de un sistema neumático que levanta el aspa de su ubicación hasta que, con un estruendoso «clack», señala que está dispuesta para el transporte.

Para el momento en que los dos sirvientes anclan la cruz en la plataforma roja, los presentes pueden ver como Heckberg se dirige hacia la ofrenda, conduciendo con una correa los pasos de un hombre enorme que lleva en vilo el sillón en el que, hasta entonces, había permanecido en la oscuridad. Al llegar hasta la chica, el esclavo deja el sillón justo en el sitio en que señala su amo, apenas a un par de metros de ella que se retuerce en sus ligaduras sin cesar de proferir lo que, para otro tipo de personas, sin duda, serían escalofriantes alaridos. La pobre ignora que, para el público de hoy, su desesperación es pura música. Cuando Heckberg se sienta, la correa en una mano y el catálogo en la otra, el hombre que lo acompaña se encuentra situado justo frente a la mujer, que queda al alcance de sus manos.

— Por favor, señorita, deje de gritar. Comprenda, Susan, que su situación no va a mejorar por mucho que lo haga —dice el austríaco, mirándola con la ternura con que un lobo observaría cómo una presa con las patas rotas intenta escapar de sus fauces—. Tiene usted veintidós años, ¿verdad? Es igual, no necesito su respuesta, todo lo que quiero saber de usted está aquí. Sí, es cierto, no se engañe. No hay nada que pueda salvarle la vida hoy —dice mirándola directamente a los ojos para recrearse en su desesperación—. Generalmente, suelo ser bastante piadoso en estos casos pero usted… usted… créame Susan, el desprecio que he visto en su mirada me parece tan digno de consideración, tan sublime, tan cargado de odio, que no creo que deba ser yo quién le falte al respeto insultándola con una muerte rápida al final de nuestro encuentro  —a esas alturas del discurso, ella ha quedado completamente paralizada y enmudecida por el terror, el oído puesto en el viejo y la vista en la mole de carne que la mira con ojos fríos como el acero.

» Le ruego ahora que aprecie la magnitud de la musculatura de Franz. Es impresionante, ¿no cree? Fíjese en el tamaño de sus atributos masculinos y comprenda el poder que late en ellos. Seguro que lo hace.

Franz, inmóvil e inexpresivo como si fuera de mármol, permanece en su lugar mientras los presentes, alertados por las palabras de Heckberg, advierten el brillo de aceites en su piel. Efectivamente, es un ejemplar masculino sobresaliente, no solo por la potencia de su físico sino por el tamaño de sus genitales, más propios de un equino que de un ser humano.

— No voy a prolongar esto más. Solo quiero que sepa que yo mismo la destrozaría. Lamentablemente, una herida de guerra terminó para siempre con una parte de mi hombría, aunque, con el tiempo, he aprendido a encontrar satisfacción en contemplar el trabajo de otros. Seguro que me entiende —Susan llora en silencio, presa de terribles temblores, casi resignada a su suerte cuando el hombre sentado frente a ella deja caer al suelo la correa y, desapasionadamente, como si fuera rutina, da la orden —. Empecemos. Franz, sírvete, por favor.

Por un momento, la bestia permanece aún inmóvil. Sin esfuerzo aparente, nadie puede saber lo que cruza por aquella mente esclava, alcanza una brutal erección a la vista de todos, convirtiendo su cuerpo en un auténtico mazo.

Franz conoce su trabajo, sabe que debe prolongar su actuación durante, al menos, media hora. Y también conoce los gustos de su amo, así que, antes de empezar, utiliza uno de los trucos que más le complacen: agarra con una de sus manos el rostro de la chica y acerca el suyo hasta colocarlo a una distancia suficiente para que pueda contemplar la sonrisa que le dedica y los enormes dientes, tallados en punta y muy afilados, que prometen causar todo el dolor concebible por la mente humana.

Es justo al verlos cuando Susan supera la parálisis que le causa el miedo y grita desde lo más profundo de su alma, apenas una fracción de segundo antes de sentir como algo parecido a una gigantesca barra de hierro la penetra sin compasión y aquellos dientes se clavan con saña en su pecho izquierdo.

— ¡Por Dios! ¡No puedo ver esto! Pero… ¿qué barbaridad es esta, Elías?

— Lo sé, cariño, lo sé. Perdóname por obligarte a presenciar este horrendo espectáculo, pero es necesario. Quiero que comprendas exactamente el tipo de personas a las que nos enfrentamos.

Desde el callejón, los acontecimientos se desarrollan ante sus ojos en una vorágine de violencia y depravación difícilmente imaginable para cualquier persona cuerda. Durante más de cuarenta minutos, la pobre chica está a merced de aquella bestia, que gruñe y muerde su cuerpo sin piedad mientras la somete a todo tipo de vejaciones. Las heridas que la cubren, en su mayoría laceraciones provocadas por los dientes del esclavo, la bañan en sangre. Hace rato ya que ha dejado de gritar, entregada a su suerte, toda ella convertida en un muñeco que Franz maneja a su psicopático antojo. A una señal de Heckberg, que se retuerce en su asiento presa de un frenesí sexual que no tiene manera de aliviar, el bruto coloca sobre su amo el cuerpo desmadejado de la chica.

— ¡Sigue, bestia! ¡Sigue! —grita, agarrando fieramente los pechos de Susan, tumbada bocarriba sobre él, apenas con vida, mientras lame desde atrás su cuello y Franz vuelve a embestirla, apoyándose en los brazos del sillón para hacerlo con más fuerza.

Elías, con el rostro descompuesto por la indignación y el profundo asco que le produce aquella locura, se ha detenido a observar al resto de invitados. Mariela y e Íñigo, como si estuvieran en otro mundo, parecen discutir con Eva algo en relación con el catálogo, interesados, supone, por las transacciones que pretenden llevar a cabo. Sin embargo, Eliana no puede apartar la vista de la acción, con una mano enterrada entre las piernas y totalmente entregada al más bajo instinto, tensa todo su cuerpo en el momento en que alcanza el éxtasis. Permanece unos instantes saboreándolo, como muerta, y de repente se dirige a Eva.

— Por favor, ahora me toca a mí. Por favor. En cuanto terminen estos quiero elegir yo.

Un par de minutos más tarde, Franz parece poseído por un espíritu infernal que ataca a su pobre víctima con movimientos cada vez más rápidos hasta que se detiene de repente y, con una mirada, pide permiso a su amo. Es en ese momento cuando Heckberg, que no lo autoriza de momento, coloca las manos sobre el rostro de la chica, tapándole boca y nariz, y presiona impidiendo que Susan se zafe del abrazo mortal. Solo cuando ella deja de revolverse, un gesto complacido de la cabeza del austríaco faculta a Franz para vaciarse por completo sobre el vientre muerto. Todo ha terminado.

Celia, envuelta en silenciosas lágrimas, hace rato que ha apartado la mirada. No tiene intención de participar en semejante atrocidad ni aún en calidad de testigo. Elías, comprendiendo la dureza de la prueba a la que la está sometiendo, la ha refugiado entre sus brazos, como si ese simple gesto pudiera mantenerla a salvo. En un momento dado, casi al tiempo en que Heckberg y su monstruo terminaban con la vida de la mujer, indiferentes por completo a los acontecimientos, Íñigo Restán y Mariela Díaz, abandonan la sala junto con la azafata en dirección a uno de los portalones del recinto. Eliana, fuera de sí y con un enorme punzón en una mano, ya está exigiendo que le traigan el contenido de la caja número dos.

— Celia, cariño, vámonos. Aquí ya hemos visto más de lo que deberíamos —dice él, levantándole el rostro—. Lo realmente importante está a punto de suceder en el futuro y necesito que estemos presentes.

— No sé si podré. ¡Maldita sea! Pero, ¿por qué me obligas a esto, joder? ¿Por qué?

Por toda contestación, con una sonrisa triste en el rostro, Elías toma su mano y comienza a recorrer el callejón en busca de la puerta que ha tomado el trío que ha salido del recinto.

— Tranquila, Celia. Lo que te queda por ver es muy duro pero su naturaleza es menos escabrosa. Podrás soportarlo y, entonces, entenderás hasta qué punto es importante que estés aquí.

Atravesando un pasaje bien iluminado, ambos pueden escuchar las voces de las dos mujeres que charlan mientras avanzan hacia algún lugar al que se accede, descendiendo un par de pisos, por una escalera oculta tras una puerta con un cartel que reza «Calderas». Sus miradas se cruzan al comenzar a descender, tal vez por la sorpresa de ambos ante el hecho de que una instalación como esa, un coso, disponga de sótanos.

En el segundo nivel hay un pequeño salón, amueblado lujosamente, en el que ya se encuentran acomodados los tres personajes que les han guiado hasta allí. Ningún lugar donde ocultarse, piensa Celia, pues las reducidas dimensiones del lugar y el tipo de muebles no ofrecen refugio alguno. Sin embargo, la actitud de Elías, tranquilo junto a ella, le devuelve la confianza. Al menos la suficiente para comprender que, a pesar de estar de pie en un rincón frente a aquellas alimañas, su presencia pasará completamente inadvertida. Mirándolos, no consigue detectar en sus rostros el paso del tiempo; solo Eva parece más madura, más seria, más profesional.

— Verá, Eva… Nuestra insistencia está justificada, como le venía diciendo —interviene Restán—. Los recientes acontecimientos exigen que tomemos precauciones. Es este un tema que quizá deberíamos hablar directamente con el señor Buendía, pero, en todo caso, antes de cerrar cualquier trato con ustedes, necesitamos asegurarnos de que ninguna de las mujeres es una de las que está siendo buscada por las fuerzas de seguridad. Comprenda que, en nuestro negocio, hay ciertos riesgos que no se pueden correr.

— Naturalmente, señor Restán. La reputación de esta casa se basa en la más absoluta seriedad y en un trato impecablemente profesional con nuestros clientes —dice al tiempo que alarga el brazo hacia cada uno de sus acompañantes para hacerles entrega de sendas carpetas—. Aquí encontrarán informes oficiales de la misma policía sobre las chicas desaparecidas, incluidas sus fotografías. Por supuesto, todas ellas forman parte de nuestro lote y, en consecuencia y sin necesidad de molestar al señor Buendía, puedo ofrecerles, en caso de que estén interesados en alguna de ellas, un sustancioso descuento que haga interesante el riesgo, por otra parte, mínimo, créanme, que puedan correr.

— Supongo que con eso podría valer —dice Mariela Díaz—. No obstante, en realidad tanto Íñigo como yo misma, lo que estamos esperando de usted es una cifra concreta. No estamos dispuestos a pagar más de veinte mil euros por cada chica marcada.

— Lo importante es saber si alguna de sus preferencias está en esa situación. En ese caso, dado que su oferta es inferior a la que estoy autorizada a aceptar, tendríamos que esperar la decisión de mi jefe, naturalmente. Supongo que tienen claro el lote que les interesa y dado que ya estamos aquí, si les parece bien, podríamos echar un vistazo a las chicas de su elección.

Mientras habla, Eva ha pulsado un botón en un mando a distancia y una pared enteramente de cristal, que hasta ese momento parecía opaco, se aclara a la luz que inunda una estancia que hay tras ella. Diez mujeres vestidas con ropa interior cara y perfectamente maquilladas, sonríen a la fuerza y sin ver a través del cristal, vigiladas por los dos hombres que acompañaban a Siena en la recepción de las dos últimas chicas.

— Estas son las que buscan las autoridades. No todas han trascendido a la opinión pública como desaparecidas, pero… bueno, aquí están. Hay dos más a las que se empezará a buscar en breve. Las mujeres que estaban en las celdas tres y cuatro del albero.  ¿Alguna es del agrado de ustedes? —pregunta Eva.

— No me interesa ninguna de estas —confirma Restán—. Sin embargo, quisiera pujar por la chica que ocupaba el número cuatro. Desde luego, en la cantidad máxima que señalaba antes Mariela. Creo que no ha sido juguete para el austríaco ni para Eliana y Mariela no está interesada.

— No se preocupe, Íñigo. Usted entregue el formulario con su oferta. Usted también señora Díaz. Al final de la noche, cuando el resto de invitados hayan hecho su propuesta, podrán retirar sus adjudicaciones. Solo lamento que no hayan querido disfrutar de su derecho en la arena. En todo caso, si quisieran pasar un rato con alguna de ellas, solo tienen que comunicármelo, por descontado.

— Francamente, nos preocupaba mucho el tema de la seguridad en las adquisiciones. Este asunto se está calentando por momentos desde que ha trascendido a la opinión pública. Tal vez otro día. Creo que hablo en nombre de Íñigo también si le digo que cuanto antes terminemos hoy, mejor para todos. ¿Podemos ver el resto de las chicas?

Celia, como en una pesadilla, abandona su posición y se acerca al paramento de cristal, de nuevo emocionada y al borde del llanto. Por un momento, duda que su corazón, si es que en este estado tiene algo de eso, pueda soportar tanta maldad, tanto dolor. Delante de ella, al otro lado, puede sentir el sufrimiento de aquellas caricaturas que, sentadas en sillas, aparentan normalidad ante los espectadores, pero no pueden disimular el terror en sus ojos. Y los tipos armados que las miran con gesto amenazante mientras, a su lado, la mujer que llaman Eva hace un gesto al interior para pedir que saquen esa y traigan la siguiente tanda. De vez en cuando, los postores se acercan a su posición y miran con detenimiento alguna de las chicas, piden que se levante, que gire sobre sí misma o que camine. Han pasado ya cuatro grupos por la sala de exhibición cuando Mariela se gira sobre sus pies, de forma completamente inesperada y como un rayo se dirige a su asiento. Por una fracción de segundo, Celia es consciente de que la mujer va a colisionar con ella, allí parada. Con un gesto reflejo, intenta retirarse a tiempo, pero le resulta imposible reaccionar con la misma rapidez con se mueve la Díaz. Y entonces ocurre, Mariela la atraviesa en su camino dejando en su interior un escalofrío de auténtico horror, un sentimiento palpable de mezquindad y depravación insoportables para Celia. Solo dura un instante, pero, de algún modo, lo suficiente para que pueda entender en toda su magnitud la verdadera condición de un ser al que no sabe si creer humano. Un auténtico monstruo al que ha percibido en su más pura esencia. Elías, que ha visto lo sucedido, responde a su mirada de asombro asintiendo con la cabeza.

— ¿No hace calor aquí? —dice Mariela, sonriendo, de vuelta a su asiento y señalando una de las fotografías del catálogo— Quiero ver a ésta.

A una señal de Eva, uno de los tipos agarra del brazo a una criatura, apenas una niña, que saca de la zona de exhibición por una puerta lateral. Solo unos segundos más tarde, los dos aparecen en el salón y ella se coloca de pie, con las piernas abiertas y el gesto dubitativo, a un par de metros de Mariela. Sus hermosos ojos verdes, abatidos por el pesar, contemplan el suelo como si nada más hubiera que mirar. Una densa melena castaña, la nariz pequeña, casi infantil todavía, sobre unos espléndidos labios carnosos y un cuerpo de mujer adulta a duras penas cubierto por una exquisita lencería blanca a juego con los tacones, componen la imagen de una diosa inocente que su postora contempla pasando la lengua por sus labios entreabiertos. Mariela permanece así unos momentos hasta que, sin hablar, se levanta y se aproxima a la chiquilla.

— Hola, preciosa. Me gustas mucho. Sara… ¿no? —pregunta sin esperar respuesta— Tienes unos maravillosos diecisiete años, cariño. Vas a venirte conmigo — le susurra al oído, introduciendo sus dedos ligeramente por la parte superior de las bragas de la muchacha—, te voy a tratar como a una reina. Una reina puta. Vas a ser la más puta de las reinas solo para mí, mi amor.

Es entonces cuando el corazón de Celia, de pie junto a Mariela, casi se detiene. La chica, que ha levantado la cabeza para mirarla directamente, le ha dedicado una sonrisa amable y directa. El verde de sus ojos ha emitido un destello que a Celia se le antoja impropio de este mundo. Esa luz, alcanzando lo más profundo de su alma, le hace saber que no debe temer por su dueña, que todo está bien, y consigue que el corazón de Celia vuelve a latir sin miedo y con el ritmo tranquilo de quién, en ese mismo instante, acaba de conocer el verdadero sentido de la palabra paz.

— Y bien, señora Díaz… —le espeta Eva.

— Eeeh, sí… perdone —Mariela, sorprendida por el extraño gesto de la chiquilla, por esa sonrisa al vacío que ha podido ver por un instante, rompe el trance provocado por tan surrealista situación y vuelve a ser toda determinación—. Me temo que me estaba dejando llevar. Voy a hacer una oferta por ella. En todo caso, incremente la mejor que pudiera tener hoy por la chica en diez mil euros, por favor. La quiero.

Celia está segura de que Sara puede verla, seguramente a Elías también, y aunque tal vez debiera sentirse incómoda por ello, no es así. Algo en esa niña le infunde coraje, le confirma en que lo que están haciendo es lo correcto y en que debe proseguir en ello sin detenerse a pensar en nada más. De repente, vuelve a apoderarse de ella el aluvión de sentimientos negativos que ha sentido al ser invadida por el cuerpo de Mariela. Ha sido una experiencia abrumadora y, a pesar de lo repugnante, se reconoce a sí misma que gratificante. Tener la certeza del color del alma de una persona es algo a lo que ningún ser humano puede aspirar y aunque, en este caso, solo haya encontrado el más profundo de los negros, no puede alejar de su mente el hecho innegable de que siente curiosidad por conocer los secretos del resto de los presentes en la sala.

Como si pudiera leer su mente, Elías atraviesa la habitación para situarse frente a ella y la toma por ambos brazos.

— No lo hagas, Celia. Esta gente es auténtica escoria. Solo vas a experimentar bajos instintos y aún peor calaña.

Pero ella, completamente decidida, no lo escucha porque ya se dirige hacia Eva que en ese momento ordena al sicario que saque a la chica de la habitación. Con paso firme se planta delante de la mujer, mirando fijamente unos ojos que no pueden verla, y, dando un paso adelante, pasa a través de ella. Una maniobra casi instantánea que la deja a su espalda, completamente petrificada y temblando de pesar. Una mujer muy joven con una historia demasiado larga. Abusos, palizas, violaciones, terrores inconfesables viven dentro de su alma torturada pero absolutamente dispuesta a servir al que ha sido su dueño desde que nació. Ha podido sentir los estertores de auténtico pavor que, aún hoy, atacan el cuerpo de Eva cada vez que se queda a solas con Silvio Buendía. Por alguna razón, piensa, no es demasiado tarde para recuperar el poso de bondad que resta en lo más profundo de la mujer y piensa también que ojalá pudiera ayudarla. Pero no puede.

—  Todavía disponemos de un quinto grupo —dice Eva, un extraño gesto en la cara, sorprendida por un calor repentino—. Creo que ya han hecho todas sus propuestas, pero si desean verlo, para mí sería un placer.

— Por mi parte no es necesario —responde Restán al tiempo que mira a Mariela y ésta niega con la cabeza—. Si le parece bien, podemos dar por terminada la sesión. Por favor, hágame saber las adjudicaciones definitivas lo antes posible. Tengo clientes ante los que responder.

— Vámonos Celia, ya has visto de que va esto, ¿no? Dame la mano y desaparezcamos de una vez.

— Espera un momento —responde, separándose de él y dando un paso para interceptar el camino de Íñigo Restán.

Cuando el hombre recorre su través, el tiempo parece detenerse para Celia, presa de una confusión que no acierta a disipar. Inmóvil, la mirada perdida en la pared, balbucea sus dudas mientras la puerta de la habitación se cierra dejándolos a solas.

— ¿Celia? Te advertí que no deberías hacer estas cosas. Es peligroso y…

Ella se gira hacia él con una expresión de desconcierto en el rostro que detiene sus palabras en seco.

— Joder, Elías. Este tipo es policía. O algo así.

— Tú lo has dicho… algo así.

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw