Lo invisible. Capítulo 1 Lo invisible. Capítulo 1
Hace tiempo que ocurren cosas extrañas a su alrededor. Celia ya casi no repara en ellas, tal vez por cotidianas y por inocuas. Sin... Lo invisible. Capítulo 1

Hace tiempo que ocurren cosas extrañas a su alrededor. Celia ya casi no repara en ellas, tal vez por cotidianas y por inocuas. Sin embargo, lo de hoy es realmente notable pues el fenómeno está ocurriendo frente a sus ojos. Sentada en la mesa de la cocina desayuna, como cada día, sola. Hace un rato ya que el café y la tostada se enfrían sobre el mantel de plástico floreado sin que pueda prestarles atención, toda ella está concentrada al otro lado de la mesa donde crece, a simple vista, un charquito líquido, aparentemente agua, compuesto apenas por unas cuantas gotas. No hay goteras en el techo, lo jura por dios, y nada se ha derramado sobre la mesa. Imposible saber el origen del arte o de la ciencia que puedan explicar el hecho innegable que sucede ahí.

No siente miedo, pero se sobrecoge al calcular la suma de los significados de las manifestaciones que la acompañan desde hace más de un año y, como si la luz se hubiera hecho de repente, comprende todo cuanto está pasando. No siente miedo, jamás podría sentirlo.

Todo comenzó una de tantas noches, de esas a las que Celia llega verdaderamente agotada. Un día largo, demasiado incluso. Trabaja como recepcionista de un pequeño hotel en el centro de la ciudad, suma a diario las labores de la casa, la atención de su hija Ainhoa, cuatro años de pura inquietud, y la de su marido que, cansado el pobre, llega a casa del trabajo con la única intención de no hacer absolutamente nada.

— Cariño, te ayudaría, pero no puedo ni moverme — dice Beltrán, dirigiéndose a ella que termina de tender una lavadora de ropa blanca —. Estar de pie diez horas en el banco se me hace cada vez más cuesta arriba. Tendría que haber estudiado, seguro que hubiera podido optar a algo mejor que ser vigilante de seguridad.

— No pasa nada. No te preocupes. Es que si no se seca la camisa esta noche tendré que ponerme la misma de hoy, y ya sabes que me gusta ir impecable al hotel — contesta Celia, ni siquiera lo mira, resignada hace tiempo ya a cargar sobre su espalda el peso de las tareas del hogar —. En cuanto termine me voy a la cama. Y tú deberías hacer lo mismo, que mañana tenemos otro día duro.

— No tengo sueño todavía. Además, quiero ver la peli que ponen ahora — contesta Beltrán, que no aparta la vista del televisor —. Me acuesto cuando acabe. Vete tú. Hasta mañana — se despide antes de tiempo incluso, como si un minuto más en compañía de Celia lo impacientara. —. ¡Ah! por cierto… tendrás que recoger a Ainhoa. Ya sé que te dije que lo haría yo, pero hoy me han dicho que mañana no salgo hasta las siete. Lo siento.

— ¡Siempre pasa algo, hijo! Bueno, da igual. Al fin y al cabo, ya estoy habituada. Hasta mañana — dice perdiéndose, entre suspiros de resignación, por el pasillo en dirección al dormitorio.

Frente al espejo del baño, Celia se lava los dientes mientras piensa en lo distinta que podría ser su vida. Un sentimiento intenso, mezcla de pena y rabia, la estremece hasta el punto de ponerla al borde de las lágrimas.

— ¿Por qué? ¿Por qué, joder? — pregunta al reflejo cansado de la desconocida que tiene delante devolviéndole la mirada, incapaz de dar respuesta alguna al hecho incontestable de haberse convertido en una sombra de sí misma. Con la mente ofuscada y perdida en un mar de aguas pesadas, continúa moviendo el cepillo mecánicamente frente a su imagen cuando, como si el aire se moviese de repente a su alrededor, siente que no está sola en el baño. Imaginaciones de una desgraciada que se siente abandonada por la vida, piensa, mientras se enjuaga la boca con un trago de agua que escupe sobre el lavabo.

Nunca le gustaron los pijamas, menos aún los camisones, Celia duerme sin más ropa que una camiseta, cuanto más vieja y suave mejor. Se siente sexy así. “No, no es tu aspecto lo que no funciona – confiesa el espejo a sus pensamientos –, sencillamente hace tiempo que no sientes nada por él y eso, querida, se nota”. Beltrán también lo sabe y probablemente tampoco encuentre en tu cuerpo el refugio que tantas veces le ofreció en el pasado. Celia está tan segura de que aún lo quiere como de que no lo ama, al menos no como ella entiende el amor: como una pasión que exige reciprocidad, como las infinitas ansias por estar continuamente a su lado, como el velo interminable que cubre cualquier defecto que pueda tener la persona amada.

Así, ambos viven su vida como buenamente pueden, insatisfechos consigo mismos, y bastante hacen con sobrevivir al simple hecho de superar otro día, unidos a la fuerza por una pequeña a la que adoran por igual. Si, tal vez sea eso — se consuela mientras se mete entre las sábanas sin muchas ganas de continuar dándole vueltas al asunto.

«¡Una caricia! Eso ha sido una caricia», piensa, despierta pero sin abrir los ojos. Hace tanto que no la toca que Celia se sorprende cuando en mitad de la noche siente sobre la piel, bajo la ropa de cama, el roce de una mano que sube por su pierna. No piensa darse por enterada, aunque ella, en lo profundo de su ser, también desea aliviar sus deseos sexuales. Continúa inmóvil, dejándose hacer por esas manos que suavemente la rozan apenas, abriendo sus piernas y provocándole un escalofrío de placer cuando avanzan, muy despacio, hacia su sexo.

Lo invisible. Capítulo 1

— Umm… — un susurro sale de su garganta dormida sin quererlo ella — Sigue, por favor — jadea, los ojos aún cerrados, al notar que las caricias se han detenido y que las manos que la tocaban se aferran ahora, inmóviles, a sus caderas —, sigue… — la suavidad de la lengua que la recorre la coloca en el centro de un desfile de planetas, que brillan a la luz de un sol que los abrasa, girando cada vez más deprisa alrededor de su mirada perdida en la oscuridad, impuesta por ella misma, tal vez por no dejar de soñar que todo vuelve a ser como era. Celia gime de placer, al borde del éxtasis, moviendo rítmicamente las caderas, presas por unas manos que parecen tenazas, tan fuertes que incluso le hacen daño.

— ¡Pero qué coño pasa! — Grita Beltrán a su lado, encendiendo la luz de la lamparita que hay en su mesita de noche — ¿Qué estás haciendo, Celia?

La presión sobre su cuerpo, las caricias y el placer cesan una fracción de segundo después de escuchar el vozarrón de Beltrán. Lo suficientemente tarde para que ella entienda claramente que el hombre que está a su lado no ha puesto en ella el menor interés, tampoco esta noche. Se incorpora en la cama casi de un salto.

— ¡Nada, nada, no te preocupes! Estaba soñando. Sigue durmiendo, anda — responde por toda aclaración, confundida por lo que acaba de ocurrir, pues distingue claramente entre la bruma de una ensoñación y la certeza de que un hombre que no es Beltrán acaba de hacerle el amor. Y, sin embargo, eso es imposible. El estrés, la tensión que acumula su cuerpo agotado y la necesidad de ser tocada, amada, le han jugado una mala pasada. Sin duda, eso es lo que ha pasado —. Voy al baño. Apaga la luz, si quieres.

Con la piel todavía erizada de placer, Celia se lava la cara con la intención de sacudirse la sensación de irrealidad que la rodea. Apoya ambos brazos sobre la encimera del lavabo, su cara empapada en el espejo, preguntándose cómo es posible lo imposible que acaba de experimentar. Necesita descansar, concluye mientras se recoge el pelo alborotado en una coleta. De repente, los brazos levantados hacia arriba tiran de la camiseta que lleva puesta para dejar a la vista la cintura. Una marca en su cadera derecha la deja petrificada. Claramente dibujados, dos dedos de una mano grande tatúan su piel en el mismo sitio donde, hace apenas unos minutos, una presión muy fuerte pugnaba por mantenerla inmóvil. No da crédito a lo que ven sus ojos, completamente estupefacta, pero no tiene otra opción que dárselo al dolor que siente al tocar las marcas. Efectivamente… son, están ahí y no tiene explicación para ellas. Permanece frente al espejo durante unos minutos, observando el moratón, como si su cerebro se negara a procesar la situación, como si no quisiera tomar una decisión sobre la manera de racionalizar todo eso. Sacudiendo la cabeza, calma su incertidumbre diciéndose a sí misma que todo está bien y que, por más que le cueste creerlo, hay una explicación natural que verá más claramente por la mañana, tras haber descansado.

Cuando, más tranquila ya, por fin vuelve a la cama, como si nada hubiera ocurrido, cae inmediatamente en un sueño profundo que huele a naranja y a menta fresca. Ahora puede ver claramente la figura de un hombre que viene hacia ella con paso firme, irradiando deseo en un aura que lo ilumina todo y que le impide apreciar su rostro con claridad. El desconocido le habla al oído con palabras que la hacen reír, mientras la eleva entre sus brazos y deposita suavemente su cuerpo sobre una cama que desconoce. Y así Celia, embriagada completamente por la intensidad de esa presencia, es consciente de su incapacidad para resistir tamaño deseo y se entrega gustosa, con toda el alma, sin reserva alguna, para hacerle el amor durante una eternidad.

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El despertador suena veinte segundos más tarde de que se haya levantado satisfecha, relajada y plena como hacía tiempo que no se sentía. Prepara el desayuno, la ropa para Ainhoa, la de Beltrán, la suya propia y, sólo cuando todo está dispuesto, decide despertar al resto de la familia.

— ¡Arriba dormilones! ¡Que hay mucho por hacer hoy!

Mientras marido e hija desayunan, Celia aprovecha para darse una ducha que la acaba de poner en funcionamiento. Termina justo a tiempo de vestir a la niña y, a toda prisa, preparar un bocadillo para Beltrán.

— ¡Date prisa, nena! ¡Todos los días igual, joder! Siempre tarde por tu culpa. ¡Será posible! — Sin ganas de escucharlo ni hacerle mucho caso, Celia no contesta porque, como decía su madre, al fin y al cabo, donde la ignorancia habla demasiado, la inteligencia calla por completo. Cuanto antes se marchen mejor.

Beltrán sale de casa a toda prisa sabiendo que tiene el tiempo más que justo para llevar a su hija al colegio y llegar a tiempo de fichar en el banco. Se despide con un simple adiós, que no tiene a bien acompañar con la mirada, y cierra la puerta tras de sí. Otro indicativo de que las cosas no van bien: el hecho de verlos salir y que la puerta se interponga entre ellos, provoca en Celia un suspiro hondo, de alivio, de libertad y de descanso, que ella sabe no presagia nada bueno para su relación.

Ahora, sentada en la mesa de la cocina, viendo crecer el charquito de agua frente a sus ojos, sabe que no está sola y que, sea lo que sea lo que la acompaña, no supone una amenaza. Sólo siente no ser capaz de entender con claridad lo que le está pasando, porque nada la haría hoy más feliz que saber el origen de la sensación que la inunda y le confirma que está protegida y a salvo.

— ¿Elías? ¿Eres tú, Elías? — Dice mirando al extremo opuesto de la mesa, dibujando en su rostro un gesto que airea la ilusión de recibir del vacío una respuesta — ¡Por favor, necesito saber que eres tú y que estás ahí!

Pero nada pasa, no hay indicio alguno de respuesta. Celia alarga la mano para mojar la punta de sus dedos en el líquido sobre el mantel de flores. Despacio, muy despacio, como si supiera que algo va a pasar, acerca la yema de dos de sus dedos a la pequeña mancha que brota no sabe bien de dónde y la roza levemente, con mucho cuidado. Efectivamente parece agua y aunque está fría, helada, inmediatamente siente como un cosquilleo, que rápidamente se convierte en cálido, le recorre la mano y sube por su brazo hasta llenarla por completo. No encontraría mejor manera de describir esa vibración que la sacia que como una increíble sensación de paz y amor, un destello luminoso que alcanza su alma y la transporta a un nirvana de ingravidez donde no existe el tiempo ni el espacio, ni Beltrán ni Ainhoa, ni el puñetero hotel, ni carga ni ancla que la retenga. Y flota sin rumbo, sin destino alguno, envuelta en un universo radiante cuyo abrazo es cada vez más y más confortable, un cosmos de placer cuya intensidad se incrementa constantemente provocándole una sucesión de orgasmos de una violencia que parece tender al infinito hasta que, de repente, derrumbándose sobre la tostada y la taza de café, pierde por completo la consciencia, superada totalmente por la inmensidad del éxtasis.

Y es así, en la dicha más completa, cuando vuelve a verlo. Está justo a su lado. Ahora sí lo reconoce. Durante un largo tiempo la mira sin tocarla con una sonrisa inmensamente tierna, hasta que, tomando su rostro entre las manos, él decide hablar.

 

Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw