La reglas del juego, cuento de Isaí Moreno La reglas del juego, cuento de Isaí Moreno
Bump. Bump. Se va de bruces al pavimento caliente. Y ahora cómo respiro, piensa. Tan luego se levanta Gavrilo, sujeta con firmeza la mochila... La reglas del juego, cuento de Isaí Moreno

Bump. Bump. Se va de bruces al pavimento caliente. Y ahora cómo respiro, piensa. Tan luego se levanta Gavrilo, sujeta con firmeza la mochila de la escuela. Zumban sus oídos. Después una metralla dentro de su pecho. Bump. Bump. Bump. Estallan los latidos. Bump. Bump. Retoma la fuga. Otro par de esos rigores lo acomete el tórax, bien adentro del pecho. (Si existiese modo de expresar por escrito un jadeo, este renglón se atascaría por falta de aliento). Se estruja su miocardio. Y ahora cómo me salvo, se dice. Corre, Gavrilo, sólo así puedes salvarte.

Hacía semanas que sus travesías veloces por las calles hicieron exclamar al carnicero Radko que iban a salirle alas. Mirela y Milorad opinaban que sus carreras locas eran suficientes para llevarse la tristeza de la vejez. Por pura diversión, por locura corría. Y días atrás su velocidad consiguió que diese alcance a un animal fugitivo al que intentaban recuperar los del servicio municipal. Eran dos obesos apenas capaces de mover su propio cuerpo. Miró Gavrilo cómo jadeaban, cubiertos de sudor, y les alcanzó al perro. Los gordos detallaron a Gavrilo su trabajo de atrapar canes vagando por la ciudad, llevarlos a la perrera o devolverlos a sus dueños. ¿Y si no tienen dueños? En ese caso se sacrifican, le espetaron. Como fuese, propusieron que les ayudase con los más escurridizos, una hora o dos por día, recibiendo dinero a cambio. Aceptó. Con ese dinero compraría golosinas sin molestar a la vieja Mirela. No todos los perros mordían el sebo, les saltaba la desconfianza con sólo ver a los dos captores. Bien que conocían esa vara con soga colgante en busca de sus pescuezos y las voces clamando: Ven perrito, ven. Los animales que emprendían la carrera eran alcanzados por Gavrilo quien, de cuerpo entero, se lanzaba sobre ellos aprisionándolos con los brazos hasta el arribo del par para subirlos a la camioneta. Llegó a acercarse a los canes con un trozo de jugosa carne en la mano: sus palabras dignas de entusiasmo aturdieron a los más incautos, y cayeron éstos en la trampa. Entre descansos, los mismos empleados lo llevaban al parque para que jugase con sus amigos. Dejaron claro desde el inicio su amor a los niños pero no a los animales que ladran. El primero detestaba a los canes porque uno lo mordió de pequeño y guardaba aún las cicatrices en la pierna. El otro pasó su infancia al cuidado de los que tenía en casa, perdiéndose su niñez en la desgracia de limpiar el patio del excremento de las bestias. Con ese trabajo los empleados concretaban su venganza.

Bump-Bump. Corres, por tu vida, Gavrilo, cuando antes era por mero placer, luego por placer y dinero. Los ladridos de los perseguidores se funden, a veces parece que se acercan, a veces que se alejan como si perdieran ventaja. No conviene volverse a comprobarlo. Es de todos sabido que los pastor alemán son excelentes policías. Son también animales de guerra. Y son mejores asesinos. Sálvate, Gavrilo. Corre sin detenerte. Corre.

Las reglas del juego

Hay algo que sólo Gavrilo conoce. Viene de semanas antes de conocer a sus amigos regordetes. Rumbo a la escuela, a su paso por la casa con verjas de metal de la calle Sutjeska, vivienda de fachada grisácea, con aspecto de abandono, descubrió un placer solitario, desconocido para los suyos. Por puro deleite comenzó a provocar a los guardianes del inmueble. Los pastor alemán. Ahora que se desliza en fuga por las calles ha olvidado el día que vio por vez primera al par de animales babeantes y feroces. Sabedor de la ausencia de los dueños durante el día, golpeó la verja de la entrada y acudieron los perros a defenderla. Hallaron a Gavrilo haciéndoles muecas, remedos. Se agazapó y gruñó antes de golpear con energía la estructura de metal. Los perros ladraron más fuerte y se lanzaron contra la barrera. Gavrilo les echó en cara su estupidez y se fue riendo a carcajadas. Cuánto gozó de esos instantes que al paso de los días expandieron su intensidad. Una mañana Gavrilo llenó su cantimplora con agua helada del estanque. Ya con la mochila colgada emprendió su carrera y lo despidió la abuela, olvidadas sus tristezas. Esa señora Mirela, tan nostálgica y llena de suspiros. Lo vio correr el viejo Milorad. Buenos días Gavrilo: el señor Radko lo saludó al levantar la cortina de metal de la carnicería. Por Sutjeska corrió Gavrilo y detuvo su loco avance ante la verja. Los canes yacían tranquilos. Echados en el suelo dormían después de la vela para cuidar el hogar de rufianes. De la mochila sacó la cantimplora, miró hacia los lados para evitar ojos acusadores y alegre arrojó el líquido frío sobre el cuerpo robusto de los perros. Éstos despertaron furiosos, lanzáronse contra su agresor y chocaron otra vez contra los barrotes. A uno le sangró el hocico. Sí que son idiotas, rió una vez más Gavrilo, y se alejó corriendo. Qué júbilo había en su burla.

Atraparon a varios perros sucios y a la hembra en brama que los alborotaba. Los dos obesos se mostraron satisfechos, el mundo mejoró para ellos con el chico a su lado. Descansaron. Fumaron al pensar en lo bien que les iría a los tres montando su propia empresa. Limpiarían la ciudad y luego el país, de ahí recorrerían toda Europa y pronto no sólo serían ellos tres, sino una compañía completa más allá del mar para tener el control total del enemigo. Recibió Gavrilo sus monedas respectivas de los hombres. Guardó algunas en un agujero del parque para regalarle a la abuela un suéter a la llegada del invierno, con el resto compró un trozo jugoso de carne al señor Radko y corrió a la casa de los pastor alemán. Las baldosas del piso ante la fachada aún guardaban un poco del calor del día, apta para el sueño de los canes. Se les crisparon las orejas al olfatear el bistec, por un momento pensaron en Gavrilo como su amigo y que iba a alimentarlos. Sacó éste la carne del paquete de periódico y lo puso ante las narices de los canes, que se relamieron. Gavrilo rió mientras éstos intentaban sin éxito atrapar la causa de su apetito y se dieron con la verja en el hocico. Chillaron desconsolados, con la tribulación de las glándulas salivales estimuladas. Gruñeron los guardianes al alejarse Gavrilo con el bistec en la mano y su desconsuelo se transformó en furia. Babearon, ladraron con más fuerza hasta desahogar su furia contra ellos mismos a mordiscos, en una pelea absurda que causó a él más risa. El día siguiente no hubo escuela. Hurtó en el mercado un par de manzanas para la abuela. Salió a encontrarse con sus amigos para jugar en el parque con metralletas que escondían entre malezas y monumentos, armas de juguete o despojos inservibles de armas verdaderas. Se dispararon. Cayeron al suelo como si hubiesen muerto o fuesen heridos de guerra. Volvieron a empezar. Arrastraron su cuerpo sobre la hierba y Gavrilo trepó a una estructura de concreto,  se agazapó con el arma de juguete en la espalda, el dedo en el falso gatillo. El amigo más pícaro de Gavrilo construyó una lanza con palo de escoba, el clavo que remató el arma prometía más emoción al juego de la guerra, como en los libros de historia de la antigua Roma. En las manos de sus compañeros estaban las metralletas. Rodearon al romano retador. Pero Gravrilo detuvo el amago al concebir una mejor idea. Llevó a sus compañeros donde sus conocidos caninos. Comprobaron la ausencia de los dueños tocando el timbre. Ahora el castigo sería mayor. Rió el conjunto contagiado de instinto dañino, mientras Gavrilo provocaba a los animales. A uno lo picó en el trasero, el dogo chilló y se lanzó contra la verja dañándose el hocico, Cayó al suelo un colmillo roto. El otro gruñó agazapado, las orejas contraídas y los ojos brillando de rojo sangre. (Sus colmillos como de acero). Gavrilo amagó con la lanza, le picó una oreja y siguió riendo hasta que el otro animal le arrancó el palo y lo trozó con una dentellada. Se armó un coro de ladridos estridentes.

Las reglas del juego

 Bump. Bump. Bump. Bump. En la fuga alcanza a escuchar, saliendo de una casa, la música que deleita a la abuela por las noches, con el señor Milorad, sin saber si alegre o triste, porque ella solloza al escucharla a solas y ríe al oírla con aquél. Su padre está siempre de viaje. Cada viaje de trabajo dura más, el padre vuelve después de meses, promete a Gavrilo que un día lo llevará consigo y asegura a la abuela que el mundo no puede contenerlo. Qué lejos está ahora, ajeno a la pena del hijo. Éste quisiera estar, ¡ay!, en la ventana de su habitación, con la pijama puesta, observando las estrellas titilar, preguntándose cuál de esos resplandores corresponde al alma de su madre que guarda su sueño reconfortante. Desearías, Gavrilo, dormir en paz como acostumbras. No estar huyendo. No caerte de nuevo.

Qué pasó ese día. Sólo él lo sabe. Gavrilo. Gavrilo. Salió de la escuela y después de sólo una hora de trabajo los hombres obesos lo instaron a divertirse con sus amigos. Gracias al nuevo negocio ideado le entregaron más dinero que antes. Tras localizar el domicilio de los perros extraviados, empezaron a llevarlos a casa acompañados de Gavrilo, a quien colocaban una venda en el brazo, asegurando a los dueños del animal que éste acaba de morder al chico. Chantajearon a algunos para que el asunto no llegase a mayores por su tonto descuido. Pagando, podían evitar además que los animales fueran sacrificados. Nada malo debe tener una pequeña red de corrupción entre tanta maldad existente, supusieron. Y es que tarde o temprano los sueños de prosperidad se cumplen y a lo lejos se escuchan soplar vientos de cambio. Gavrilo corrió con sus monedas sin comprender por qué la vida que lo habitaba dentro amenazó con hacerlo estallar de contento. Quiso ser generoso. Con el dinero compró chocolates para sus amigos. Tener billetes en el bolsillo imprime una sensación de poder y bondad. Masticaron chicles, después se despidió de sus compañeros y caminó con la mochila a la espalda, por Sutjeska como acostumbraba, alegre porque la tibieza del sol estimulaba su cabeza. Al pasar por la casa de los canes decidió visitarlos de nuevo. No les tenía nada preparado y su alborozo permitía sólo lugar para el afecto. Eh, chicos, ¿la pasan bien?, preguntó. Tan sólo verlo, los pastor alemán se agazaparon. De haber sido fornidos toros habrían agachado la cabeza, resoplado y con las pezuñas removido el polvo del suelo. Simultáneamente los perros dieron un ladrido de ataque, lanzaron chispas por los ojos y de nuevo se abalanzaron contra la barrera. ¡Ah!, ese golpe debió ser muy, pero muy doloroso. Presto a alejarse a casa para comer, Gavrilo se les acercó y dijo con cariño: Tontos. Les estaba cogiendo afecto. En la próxima visita les soltaría un par de bisteces. Era momento de hacer las paces. Antes de partir se colgó de las verjas y se empujó divertido contra ellas. Sin que él lo esperase, éstas se movieron. ¡Cedieron! Por un descuido de los dueños no estaban bien aseguradas. Fue necesario menos que un abrir y cerrar de ojos para que él se percatara y un sudor de advertencia bajase por sus piernas. La sorpresa le robó la lucidez para cerrar lo que abrió. Los guardianes, inexpertos, no comprendieron que esa abertura era la vía no sólo a la libertad, sino al desquite. Paulatinamente, ante la inmovilidad de su agresor, lo asimilaron. Asomaron primero el hocico y luego la cabeza entera al mismo tiempo que su enemigo entendió por completo lo que debía hacer.

¡A correr, Gavrilo! Dio, da comienzo la carrera de la venganza cocinada con lentitud y paciencia. Labrada en el silencio. Inaplazable. Ahora él lo sabe: nunca había experimentado un terror parecido que fuese capaz de cerrar su garganta. Las bestias vienen tras él. Él lanza un grito y comprende, a la velocidad fatal del pensamiento, que esa es su carrera más importante. Buenas tardes, Gravrilo, las calles son todas para ti. Bump bump. Todo ser en la vida debe enfrentar una prueba en lo que mejor hace. Ahora su juego no puede ser evitado, con las reglas revertidas. Apenas ha corrido unas cuadras Garvrilo y ya le falta el respiro, no tiene el control. El aliento es su combustible esencial y parece que escasea. Sus piernas son la fuente del impulso más allá de sus intenciones pero, ¿y donde se fue la ligereza? Las avenidas se suceden una tras otra. Apenas percibe lo que lo rodea: autos, parejas tomadas de la mano, establecimientos, sonidos (música tal vez), anuncios de relojes y cigarrillos, postes de iluminación, árboles. ¡Corre, corre, corre! Los ladridos de los pastor alemán se funden, a veces parece que se acercan, a veces que se alejan como si perdieran ventaja. Bump. Bump. No conviene volverse a comprobarlo. El mundo fulgura, se detiene, y en sus veloces zancadas Gavrilo no puede afianzarse al suelo para seguir. Aquél parece desmoronarse. Corre Gavrilo, corre, que esta vez llegarás más lejos de lo que jamás pensaste.

Las reglas del juego

 Bump. Bump. Bump. Después de dar rodeos intentando despistar a los animales, pasa cerca de casa pero no lo mira la abuela ni el señor Milorad ni el carnicero, no, ni a las fieras que raudas corren tras él. Hay un poco de ventaja en no ser animal en cautiverio. Esos perros son estúpidos, escasamente conocedores de los objetos metálicos que avanzan por las calles sobre ruedas de caucho y se les atraviesan aturdiéndolos con salvajes sonidos. La distancia, no obstante, es cada vez menor hacia el victimario, ahora víctima. ¿Cuándo va a detenerse Gavrilo? Continúa hasta que termina la calle, lo que sigue es una esquina. Da vuelta y se libera de la mochila. Su boca se ha secado por completo y el aire que aspira es espeso. Despavorido va Gavrilo. Con movimientos apenas controlados gira una esquina más, quiere pensar que eso es una pesadilla y el estado suspendido de los objetos es sólo la ilusión que provoca el sueño. Cuando tiene una pesadilla grita con fuerza y llega la abuela a despertarlo. ¡Sí, de seguro está sumergido en un sueño traicionero! Entonces recurre a la explosión de su garganta para despertar. Imposible. Esos ladridos tras de sí son ecos que han permanecido ocultos en los rincones secretos de la ciudad. Las calles y la ciudad te persiguen, Gavrilo. Quienes lo han visto correr están tan habituados que no lo notan. Y cómo pedirles ayuda cuando en su fuga el suelo bajo los pies no parece firme y mucho menos su voz. La más grande señal de alarma suena cuando empieza a sentir dolor en la boca del estómago. No mires el suelo, Gavrilo, ni te vuelvas, porque lo único ante tu vista serían dos fauces acercándose a ti, cuatro ojos brillando como el infierno… Sarajevo es tan grande que apenas puede conocerla, pero de pronto aparenta ser pequeña para su huida. ¡Bump! Bump. Bump. Aparecen calles vacías. Resurge el parque de los juegos en el cual Gavrilo esconde la metralleta, sin embargo ésta no serviría de nada porque es tan vana como las mentiras. Toma la calle Sutjeska. ¡Qué pena haber vivido tan poco para terminar en las tripas de esos animales cuyo hocico apesta! Se siente agotado, sus piernas se agarrotan, cada zancada le cuesta más porque su pantalón está mojado y respirar punza. La sensación de estarse dejando vencer le resulta inevitable. ¡Bump Bump Bump Bump Bump Bump! A sus lados las casas desfilan mostrándole sus puertas cerradas, tal pareciera que las ventanas, cerradas como guiño burlón, le estuviesen diciendo: Hasta nunca, Gavrilo. Bump-Bump-Bump-Bump. Y él hace lo que no debe. Vuelve la cabeza hacia atrás. Ahí vienen dos furias babeantes. Se cierra la distancia. Los animales casi le muerden los talones cuando, aturdido, logra distinguir una vía de escape a su derecha. Entra a aquella vivienda que ostenta las verjas abiertas. Empareja las rejas sin aún percatarse. ¡Es la casa de los canes! Ahora tú estás dentro. Ahora ellos te miran desde fuera. Antes de conseguir correr el cerrojo, pedir ayuda, tropieza con una maceta y cae en sentadillas. Los pastor alemán empujan con su cuerpo y entran a su territorio. Ahí está el fin del mundo y todo avance ha llegado al límite. Gavrilo, ya no hay que hacer, a menos que puedas engañar a los perros, pasarles por entre las patas y huir. O quedarte y morir.

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Esquivar con agilidad a las bestias, salir de la casa, es lo que intenta luego de incorporarse. Aún podría seguir corriendo en el sentido contrario de la avenida, si es que escapa de ahí. Los animales se detienen a escasos metros y no se dejan engañar. Uno le sale al paso por la izquierda y el otro por la derecha. Sus viejos conocidos se aproximan lentamente hacia él con gruñidos demoníacos. Mientras más se esfuerza Gavrilo en esquivarlos más intensos resultan los ladridos, los canes le cierran el paso y sus pelajes se contraen. Uno de ellos alcanza a darle un mordisco en la pierna derecha. ¡Cómo duele! Antes los colmillos no parecían tan grandes. No sabe rezar ¡y ni siquiera podrá despedirse de la abuela! Encogido sobre las baldosas espera Gavrilo el ataque final. Lo invade una ola de tristeza por él mismo. Las bestias observan a la presa tierna sin perder de vista cada parte de su cuerpo. ¡Es el fin! Adiós, abuela. Adiós, padre mío, que siempre estás de viaje. Adiós a todos, yo me he buscado esto. Ya sólo queda esperar que tu muerte, Gavrilo, no duela tanto como la mordida en la pierna. A punto de abalanzarse, los animales se detienen tal como si su mutua presencia les molestase. Cada vez que uno de ellos se acerca a la presa el otro se opone. Se ladran entre sí y retrocedan. Ah, cada uno quiere para él solo a la víctima. Pasan un largo minuto midiendo sus distancias entre gruñidos. Dentellean y se lanzan uno sobre otro. Él los mira hipnotizado, completamente inmóvil. Los perros se atacan, las fauces buscan las fauces y el pescuezo. Brota espuma. Se revuelcan los animales, se incorporan y saltan para encontrarse de nuevo en el aire con la manifestación irracional del odio y tal vez el hambre. B u m p B u m p. Gavrilo no se mueve más. Ha comprendido que no tiene sentido intentar huir ahora que se puede. Ante sus ojos se lleva a cabo el exterminio mutuo: dos criaturas que se despedazan entre sí por la presa a la que jamás hincarán el diente. Carne desgarrada es lo que son. Prendidas del pescuezo, dos masas ya casi informes respiran por última vez consumidas de rabia y envueltas en sangre. Se quedan prendidas hasta que Gavrilo y el mundo desaparecen para ellas. Para siempre amordazados los perros dejan de moverse. (El sol completa su recorrido ciego). Gavrilo pierde la palidez, se incorpora y camina unos pasos a la salida sacudiéndose la ropa tembloroso. Debe saltar sobre uno de los cuerpos. Éste será su secreto. Callará el terror de ese día, su vergüenza. Al fondo de Sutjeska están los gordos de sus amigos, recargados en la camioneta, a los cuales se dirige, no corriendo sino a pie. La sonrisa aún no puede dibujársele —es más bien temblor de labios—. Tartamudea para sí incrédulo: Sí que eran unas bestias. El más obeso le hace una seña amistosa y él emprende la carrera hacia el par.  

Isaí Moreno