Las obediencias calladas Las obediencias calladas
Prendí un cigarrillo en gesto celebratorio y me recliné en el sofá de cuero negro que habían puesto a mi disposición. La secretaría de... Las obediencias calladas

I

—¿Seguro que así quedaron? — miré al licenciado Cantoral con ojos de lince y lo que ahora considero un orgullo siniestro por el trabajo bien hecho.

—Así quedaron, ni modo que le esté inventando — respondió con cara aflautada y una respiración que recargaba cada cierto tiempo para conseguir efluvios de saliva que arañaban el dramatismo, como si estuviese actuando.

—¿Cuántos fueron, por fin? Los periódicos hablan de veinte, pero para mí que eran cien, por eso tuve que hacerlo —me defendí, aunque sabía que no necesitaba ningún tipo de protección—. El poder envuelve al poder, pensé.

—Ciento cincuenta pero pudieron ser más. El encargado de comunicación social ya emitió el oficio en el que aclara los números — ahora su cara se había abombado y restos fuliginosos de una materia indiscernible se agarraban, desesperados, al labio inferior de Cantoral. ¿Serían frijoles?

—¿Y todo sigue en pie?— pregunté, de pronto preocupado por mi futuro económico inmediato.

—Sí, desde arriba me indicaron que te diera todo, como habíamos quedado.

Prendí un cigarrillo en gesto celebratorio y me recliné en el sofá de cuero negro que habían puesto a mi disposición. La secretaría de Gobernación es el hogar por excelencia de los bienes que recupera el Gobierno de manos de criminales. Abrí los periódicos. La poliantea de noticias me llegó como avalancha. Todas o casi todas las editoriales que revisé en ese momento hacían referencia a lo que había sucedido ayer en Palo Viejo. Algunas anunciaban el desmoronamiento del aparato político mexicano; otras, más oficialistas, denunciaban los hechos pero poniendo primero la estabilidad del sistema antes que los cadáveres dejados en el asfalto; finalmente, un tercer grupo de editoriales se preguntaba si el legado del presidencialismo mexicano no podía ser otro que la opacidad legal. Me entretuve mirando un racimo de uvas que tenía a mi lado y procedí a quitarles el hollejo que las recubría. El licenciado Cantoral se me quedó mirando.

— Tendrás que desaparecer, por un tiempo— dijo con voz muy queda. Cuidamos de los nuestros pero solo si la opinión pública se olvida de ustedes.

Guardé silencio unos segundos.

— Lo que me está diciendo, licenciado Cantoral, es que incluso el poder en México tiene sus límites — lo reté o quise hacerlo en el ocaso pírrico de una victoria sangrienta para el gobierno.

Cantoral me hizo una seña indescifrable y sus ojos me llevaron directo a las fotografías que tenía esparcidas en la mesa. Quería que me acercara. En cuanto las tuve enfrente sentí una levedad momentánea que casi me tumba. Me pudría por dentro. La mayoría de los cadáveres eran de jóvenes. El color bermellón cubría todo. Era una combinación escarlata brillante, rojiza en sus tonos más festivos (si es que la sangre puede homenajearse) y envilecedora en sus modulaciones metálicas. Los cuerpos de los jóvenes aparecían en posiciones fingidas que me parecieron obviamente anormales por el dejo despreocupado que deja la muerte. Algunas muchachas aparecían en ropa interior: tenían los vientres bien marcados y los muslos como troncos de palmeras y las manos nervudas sujetando pancartas —paliativos políticos, pensé— en las que denunciaban al sistema y su corrupción. Esos jóvenes, que jamás habían aparecido en un periódico lo volverían a hacer en los días siguientes como el resultado de las contradicciones de la política y su obsesión por el orden: todo empezó como un reclamo anodino —debido a su recurrencia— que, en un sistema híbrido como el mexicano, había mutado, primero, en mercadería para después transformarse en reclamo político. El hijo de un ex presidente había matado a tiros —más bien los guardaespaldas a orden expresa de aquel— a un muchacho de una preparatoria pública a mediodía en una de las avenidas más concurridas de la ciudad de México. Las marchas iniciaron hace seis meses pero no fue sino hasta hace una semana cuando se volvieron realmente masivas. La decisión de un juez de exonerar al muchacho creó grupos de choque entre sus compañeros. Fue entonces cuando tuve que intervenir. ¿Mi cargo político? Ni el Presidente lo sabe. Solo soy un instrumento de transfusión del sistema que le otorga vida —es decir, orden— cuando las cosas se salen de control. Y eso que les avisé a los muchachos que íbamos a disparar. No les importó.

— Es rutina esto, es la primera vez que te lo hacemos a ti, pero la situación lo amerita. Uno que otro columnista despistado anda diciendo que esto es un trasunto del 68. ¿Puedes creerlo?

No lo miré a los ojos sino que me acomodé la corbata. Inmediatamente imaginé mi futura travesía: encerrado en un departamento con una colección de películas proporcionadas por el Gobierno Federal y una renta mensual que descontarían de los que sí pagaban impuestos. El licenciado Cantoral aprovechó mi distracción para darme un sobre cerrado. Sabía que contenían algunas instrucciones. Eché un vistazo rápido a las fotografías.

II

El color del trabajo bien hecho.

El departamento se encontraba en una colonia vermiforme que se extendía hasta las faldas de un cerro cuya vegetación consistía en bolsas de basura, huesos, ceniza, desechos orgánicos y puestos ambulantes cuya oferta era una solución creativa al problema de la supervivencia en una ciudad como esta. Ahí estaba el océano horizontal de carpas de colores que se mordisqueaban unas a otras en un continuo sin jerarquías ni espacios, solamente un control territorial despojado de cualquier orden. Al traste con las obsesiones dictatoriales del sistema político mexicano. Aquí, en la calle, impera otra vida. Recorrí los puestos ambulantes en una especie de éxtasis detectivesco: ahí nadie me conocía y mi nombre no les diría nada a esas almas tan alejadas de las luchas sociales en donde la palabra democracia bien podría significar otra forma de cordialidad. La coreografía habitual: preguntando precios, regateando objetos, haciéndome de amigos. Si tenía que escapar, esos lugareños sabrían donde esconderme. Fui generoso con los billetes como forma de salir del anonimato. En el último puesto ambulante —corría un arroyo de aguas negras debajo del asfalto roto— pregunté por mi futuro hogar. El hombre señaló un edificio de sensualidad dudosa al que me acerqué con todo el poder de los descubrimientos. Encontré mi apartamento —el número cinco— y me instalé en él. Tenía dos habitaciones y ya estaba decorado. Debajo del microondas descubrí un fajo de billetes y otro sobre. Lo único que decía era: “Tendrás otra misión, por ahora mantente al tanto”. Exploré el departamento. Una de las esquina daba al cerro y al mar de puestos ambulantes. Me pasé los días viendo el trajín diario pero pronto comencé a sospechar que me vigilaban. Un delirio de persecución se apoderó de mí conforme los días se hacían cada vez más monótonos y estancos. La estandarización de mi vida se convirtió en fuente de paranoia. Germinó en mí un misterio: el de estar siendo vigilado por enemigos del sistema. Intenté comunicarme a Gobernación, pero sabía que Cantoral tenía prohibido hablar conmigo. Por ahora estaba solo. Las fotografías de los muchachos ensangrentados comenzaron a hablarme desde lugares cada vez más inverosímiles: cuando abría el refrigerador, después de mear, cuando me masturbaba. El color rojo invadía mis días y lo único que lograba desaparecer esos fantasmas de sangre era un buen trago de alcohol. Intenté justificarme diciendo que solamente había hecho mi trabajo pero había algo dentro de mí que crecía a ritmo acelerado y que identifiqué con la culpa. Era un líquido viscoso que se había adherido a mi conciencia y aletargado mi convicción por la píldora del poder. Recordé la cara del licenciado Cantoral y su abulia profesional. También los pasillos de la secretaría y mi traje autosuficiente a la hora dar, recibir y transmitir instrucciones diversas.

Los periódicos me llegaban todos los días y conseguí hacer un collage siniestro de esos jóvenes nómadas que habían salido a la calle ese día para reclamar la muerte de su compañero Rodolfo Vega, descerrajado múltiples veces, descompuesto para siempre. Y comencé a ver los rostros demacrados de los muchachos, el desconsuelo perenne de sus padres, los reclamos inútiles de los heridos. Las caras se repetían sin cesar, también sus pulsaciones secretas y la paralizante vitalidad de sus cadáveres y sus formas retorcidas abandonadas para siempre en el pavimento. Y también yo dando la orden de fuego, mi sonrisa estúpida a la hora de contabilizar las bajas, la llamada inmediata de la secretaría de Gobernación confirmando mi exilio involuntario, el tufo celebratorio de aquella primera noche con los doscientos policías militares bajo mi mando y las cubas y wiskis y mujeres y cocaína. Lo que había sido un mandato político para evitar más descontrol se había transformado en un camposanto citadino ahora, seguramente, símbolo de algún nuevo movimiento. Me dieron terror los mamotretos burocráticos a los que las procuradurías se verían sometidos, la presión internacional sobre México, los reclamos de alguna parte de la sociedad para que el Presidente renunciara, mi nombre perdido en los archivos más negros de la secretaría de Gobernación. Todo eso ocurría allá afuera, en la espeluznante realidad. Aquí, en cambio, el tianguis y las carpas como arcoíris resaltaban en una policromía perezosa pero gallarda de órdenes y contraórdenes que nada tenían que ver con la aburrida verticalidad del sistema político mexicano y sus operarios en el poder.

III.

Dos meses después de lo sucedido en Palo Viejo había logrado salir poco a poco de mi encierro. Todos los departamentos daban a un patio cuadrangular que se beneficiaba de una abertura gigante por donde pasaba el sol. En ese lugar común había plantas, un improvisado espacio para que los niños jugaran y dos porterías pequeñas de metal oxidado que congregaban a una turba infame de preadolescentes que buscaban salir del tedio y la mediocridad profesional de sus padres por medio de los reencuentros necesarios de su incipiente tribu. Así la conocí a ella. Se llamaba Olivia. Venía de un pueblo pequeñito de Jalisco. Al principio la creí señora; en realidad se reveló como criada. La pátina de su piel reflejaba trazos dorados que llegué a considerar rutinarios, su cabello también era dorado y sus mejillas dominaban su aspecto por la efusividad de sus saludos. El único contacto que aquella criatura me permitía era el rozamiento casi invisible entre esas mejillas y mi barba tupida que agradecía instantáneamente el edulcorante facial que transmitían. Sus ojos abordaban el mundo con calidad efectista de domador de leones. Eran verdes aunque a veces se presentaran glaucos. Tenía un como porte de nobleza que me estorbaba a la hora de flirtear con ella, porque me sentía inferior a sus posibilidades. ¿Qué hacía esa mujer en un ambiente tan tosco como este? Poco a poco me fue revelando sus desgracias que, al igual que casi todo, consideré intrascendentes. Cuando salía de su servicio con los señores —una joven pareja de empresarios o así los llamaba Olivia— iba directamente a mi departamento para aligerar mi día con chismes del edificio, golosinas que compraba en el tianguis o bebidas alcohólicas con las que me desviaba y se desviaba del mundo. Nunca hicimos el amor excepto en mi mente. Conforme los días pasaban Olivia se mostraba cada vez más dispuesta a las confidencias. Desde hacía tiempo que no me sorprendían las revelaciones de los demás —peores cosas he visto en la secretaría de Gobernación— y las consideraba mamparas personales que podían moverse a placer cuando la situación o la amistad lo ameritaba. En política las confesiones casi siempre son instrumentales. No en la vida, en donde las personas le confiesan al psicólogo o al sacerdote lo que nunca pudieron decir frente a su familia. Lo que me dijo Olivia, sin embargo, no me lo esperaba. Una noche en la que había salido del servicio temprano pues los señores se iban de vacaciones, Olivia me tomó la mano y me dijo que en realidad ella era la señora del hogar, que la otra era una impostora, la criada original. De pronto, la imagen de su patrona se me hizo visible y clara: gorda, prieta, con manos convulsas, piel cetrina por la mala alimentación, un lagarto andante, cejijunta y verdulera, malhablada y poco educada.  Dejé su imagen reposar en mi mente y baraje las posibilidades de una impostura así.

— ¿Por qué no has hecho nada?— pregunté, con curiosidad profesional.

— Porque tiene secuestrada a mi hija— dijo, y sacó una fotografía en la que se veía a una pequeña igual que Olivia solamente que agarrada de la mano de la que ahora era su patrona.

— Así comenzó todo—dijo— como una brizna de polvo que de pronto se convierte en tormenta. Primero se apoderó de las formas como se hacían las cosas en mi hogar, después, a mi marido comenzaron a gustarle sus formas. Su comida, su habla, si yo movía el florero ella lo ponía en su lugar original. Mi marido comenzó a darle la razón en cosas pequeñas hasta que un día fue a la feria con ella y mi niña. Fue ahí cuando supe que mi vida matrimonial y mi vida se habían ido al traste. Intenté de todo, créamelo —sacó un pañuelo y se hurgó la nariz— pero el secretario de gobernación de Jalisco es un primo lejano suyo que le debía no sé qué favores. ¿Y yo qué iba a hacer? No tengo hermanos, mis padres están muertos, tengo una tía que vive en Monterrey pero ni ella gana lo suficiente para vivir. Mis amigas me dejaron de hablar. ¿Qué iba a hacer excepto quedarme aquí esperando a que mi marido recapacitara y dejara de verme como me ve? Sigo casada, eso es lo peor.

La vi tan adolorida que no podía hacer otra cosa más que actuar de inmediato. La abracé y de pronto vi las caras de los muchachos en el asfalto, contorsionándose en un espiral de cuerpos amontonados e inertes, con una bizarría intacta pero paralizada a sus veintitantos años. Los túmulos se presentaron certeros ante mis ojos y también un caudal odioso de odas a su sacrificio político por la patria. Entonces me vi, del otro lado de la historia, con mi cara metida en el barro perdurable de las vergüenzas nacionales. De alguna manera Olivia me estaba dando una pequeña oportunidad de redención ambigua y personalísima. Yo lo entendí así. Mi depósito moral se encontraba vacío y en mis manos tenía —literalmente—, la justicia divina y mexicana para rehacer el camino perdido de esa pobre criatura.

— Tienes que deshacerte de ella— me dijo Olivia— ya no aguanto.

Asentí, frío.

Me enteré por mis buenos oficios de detective —logré instalar micrófonos en los baños y en la sala del departamento gracias a Olivia— que el marido de la señora salía una semana al extranjero. Esa era mi oportunidad de actuar y se lo comenté a Olivia, la cual asintió en un gesto premonitorio y satisfactorio de venganza aplazada. Se rio y me dio las gracias. Durante esos días, quizá fruto de la excitación de restaurar un poco de justicia en el mundo, dejé de ver esos cuerpos machacados y esas manos rotas y los rictus exactos de dolor. Me dediqué a ver a la impostora y a analizar sus movimientos. Era una masa informe y grotesca de envidias y venganzas parejas: supe gracias al portero que había envenenado al perro de Doña Magda porque un día el animal decidió mear frente a su puerta; también, que había quemado la ropa interior de las hijas de Pedro Gutiérrez, un ex diputado local que vivía justo arriba de mí. Su zafiedad no conocía límites y yo también llegué a ser víctima de sus venganzas. Un día, bajando la escalera, me dijo algo escalofriante.

— Ya sé lo que planeas, pero no va a suceder— y se me quedó mirando mientras se rascaba una teta complaciente que se había salido de su sostén— no te vas a acostar con Olivia porque ella ya está apartada, así que deja de chingarla.

No supe qué decir, pero aquello confirmó lo que ya intuía: que aquella mujer, manipuladora, soez, y verbalmente gráfica había usurpado el lugar de Olivia. Además, en un desliz mental —una prueba de que el subconsciente opera bajo claves distintas— había confirmado lo obvio: que Olivia seguía casada con el señor. Se lo dije a mi damisela en apuros y me dijo que la señora intuía algo porque había cambiado las cerraduras de la puerta y de las ventanas. Había algo de maligno en la mirada de la señora y Olivia llevó al extremo sus manifestaciones psicológicas: que la patrona había sido abusada de niña; que su padre era alcohólico; que su madre se hizo prostituta para recibir a su padre en el congal al que el padre iba todos los días. Las teorías abundaban y yo las recibía como una ablución necesaria que densificaba nuestro compromiso y nuestro pacto. Me han preguntado —sobre todo los hombres— que como fue posible que nunca quisiera nada carnal con Olivia. Yo siempre les contesto: es que no conocieron su mirada. El brillo seguro de sus pupilas me llevó a admirarla en secreto y obsesivamente. Detrás había quedado el bullicio político, la proliferación amarillista de la prensa, el contubernio de la izquierda por condenar un sistema que a ellos también les beneficiaba. Mi nombre llegó a aparecer en un periódico norteamericano y pronto se comenzó a hablar de mi inminente caída política. Un columnista amigo mío acalló los rumores diciendo que me habían matado en la refriega de Palo Viejo. Llegó al extremo de fingir una entrevista con mi supuesta madre, que confirmó la versión de mi amigo. La vida dentro del edificio de departamentos seguía plácidamente tensa. Faltaban todavía unos días para que el señor saliera. Un día en la tarde tocaron a mi puerta. Era Olivia. Me dijo que había descubierto una pistola en el cuarto de la señora. Que tuviera cuidado porque la patrona sí sabía usarla. Me enseñó, entonces, un frasco con un líquido vistoso. La interrogué con la mirada. Me dijo que lo usaría para dormir a la señora y, una vez inconsciente, atarla. Para que se te haga más fácil, dijo. Y me agarró las manos. Así, me dijo, y las puso alrededor de su cuello mientras yo noté su excitación recorrer sus venas, asentarse plácidamente en su piel, cortejar el rubor de sus mejillas. Le dije que sí con la cabeza y comenzó a llorar.

— Gracias— dijo, mientras ponía las manos sobre su cara y movía la cabeza.

La abracé lo más que pude hasta que se soltó y se arregló las lágrimas, se alisó el vestido y me dejó solo con mis manos.

El marido salió a las seis de la mañana. Tuve el arrojo de despedirme de él por una de las barandillas que daban al patio central. Llevaba una maleta de cuero y me devolvió el saludo. Miserable, pensé. Ese día estaba tranquilo y me acomodé en mi departamento como si nada fuese a suceder. Me entretuve mirando una serie policiaca mientras esperaba la señal de Olivia —imaginé que serían las largas sombras de la noche— para ponerme de pie y sellar para siempre el destino. Nos ocuparíamos del cuerpo después y le diríamos al marido que la señora se fue con otro. Un rumor, no confirmado, decía que la señora ya había algún desliz amatorio con uno de los vecinos. Teníamos una semana para fingir una escapada de la señora. Aprovecharíamos la oscuridad para hacerlo. Me sentí pletórico y satisfecho, como si la perspectiva de regresarle al mundo un poco de su coherencia me llevara a saberme vencedor de las circunstancias. Me acordé del licenciado Cantoral y lo odié por un momento. En realidad, yo había dado la orden de disparar porque así él lo exigía. No tenía que decirlo para saber que lo que quería mi jefe y, por lo tanto, el sistema, era orden. Por eso la indicación de disparar llevaba en sí el embrión de la coherencia histórica revolucionaria del sistema político mexicano y sus beneficiarios. Es decir, todos nosotros. Si la burguesía quería solazarse en sus prebendas también tenían que aceptar ciertos sacrificios públicos que admitirían con pudor y algo de culpa democrática. Con este tipo de pensamiento me encaminé, ya de noche, a la puerta de mi vecina. Olivia me esperaba en una esquina y me enseñó como prueba el frasco vacío que contenía el líquido vistoso. Encontré sus ojos pero me rehuyó con la mirada. Con razón, estaba ansiosa de recuperar su vida. ¡Si el licenciado Cantoral me viera qué aplausos y porras me echaría! Lo vi un instante en mi mente y lo desaparecí para ponerme manos a la obra.

— Espérate— susurró— apenas se lo puse en el té. Regresa en media hora.

La vi cerrar la puerta. Puse la alarma en mi reloj digital para las diez y cuarto. Esperé con una serenidad que no me conocía. Llegué a pensar que después de que Olivia recuperara su vida yo necesitaba también recuperar la mía. Ya tenía treinta y seis años y ya no podía andar arriesgando el pellejo en redadas políticas a las tres de la mañana. Tendría que hablar con el licenciado Cantoral para despejar por fin las dudas de mi futuro político. Había visto demasiado, sabía demasiado, conocía los secretos de todos. Ya había llegado el momento de avanzar de las cloacas de la política a sus habitaciones secretas. Me quedé escondido en un rincón, al amparo de la noche. Escuché un chirrido y supe que la puerta estaba abierta. Avancé, cauteloso de que nadie me viera y entré al departamento. Olía a incienso y a leche quemada. Mientras me ubicaba en el lugar dije el nombre de Olivia pero nadie me contestó. No podía, por supuesto, prender la luz, así que me agarré de los objetos que tenía a mi alcance y entré a la habitación. Apenas pude ver el rectángulo de la cama, enfilarme al cuerpo inerte que yacía en sordina, adaptarlo a mis manos calientes y apretar esperando la confirmación de la muerte y mi obediencia amatoria. Cuando terminé, me aparté lentamente y me fui a mi departamento no sin antes musitar el nombre de Olivia y buscarla en el departamento, sin éxito.

No pude dormir aquella noche y me pasé el tiempo vigilando lo que ocurría allá afuera. No se movió ni una hoja y la mañana llegó de pronto. El sol me dio en la cara y me descubrió paranoico y solo. Entonces escuché un grito y después otro y otro. Entonces supe que Olivia estaba jugando bien su papel y que si no me había respondido era para que yo no pudiese confirmar que ella estaba presente en el mismo departamento. Esa lógica me llevó a sentirme estúpidamente seguro. Qué equivocado estaba. En cuanto salí del departamento me encontré ante el plástico amarillo que rodea las escenas en donde ocurrió un crimen. Cuál sería mi sorpresa cuando vi a la señora frente a mí. Se me quedó mirando y, estoy seguro, hizo una mueca de satisfacción que duró apenas unos segundos. Me adentré entre la maraña de gente y saqué mi credencial de la secretaría de Gobernación para que me dejaran entrar. Alegué un motivo político para el asesinato, diciendo que el señor era primo del secretario de gobernación de Jalisco. El cuerpo de Olivia yacía, igual que las fotografías de los muchachos, en una posición extraña y dolorosa. Un paramédico me dijo que antes de ahorcarla el victimario la durmió con una poderosa sustancia para que no sufriera. Una extraña compasión, concluyó. Sentí la presión de las lágrimas en la garganta y estuve a punto de venirme abajo si un policía no me hubiera tomado del hombro y me hubiera entregado un sobre con el sello de la secretaría de Gobernación y me hubiese sacado y me hubiese metido en un coche negro con dos militares que me escoltaron a un hotel y me dejaron con el licenciado Cantoral metido en un jacuzzi y dos mujeres desnudas frente a él.

— Esa era tu última misión— se aclaró la garganta—, mi cuñada tenía un problema desde hace tiempo con su criada. Quería escaparse con el marido. En ese sobre está la evidencia. No te agüites. No te va a pasar nada, aunque tus huellas estén por todo el departamento. Están seguras con nosotros.

Entonces entendí que no podía decir nada y acaso lamentar la muerte de Olivia sería un sollozo continuado pero íntimo y alejado de los laberintos del sistema político mexicano. También entendí que haciéndole un favor a su cuñada mi jefe también se hacía un favor a sí mismo: ya no era yo el que conocería todos los secretos de todos sino el licenciado Cantoral que también tendría uno mío como una amenaza latente contra mi indiscreción. El sistema se perpetúa y funciona gracias a los secretos de los demás, pensé, antes de aceptar de una de las mujeres un wiski con mucho hielo y una columna política publicada en el periódico de mayor circulación nacional en la que se me exoneraba de lo sucedido en Palo Viejo. Me llamaban garante de la seguridad nacional y alegaban que el país necesitaba de más funcionarios obedientes y dispuestos a sacrificarse por la patria. Mi muerte temporal había sido, alegaban, una forma de protección contra los subversivos.

Lo último que recuerdo de ese día es a una de las mujeres, desnuda, sentada a horcajadas en mis muslos, anónima todavía, y mis manos apretando su cuello, saboreando la fragilidad de la vida y entendiendo, de paso, las interrupciones descarnadas de la experiencia y la disolución al instante de nuestras ilusiones volcánicas.


Guillermo Fajardo

Guillermo Fajardo

México, 1989. Es escritor. Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Wisconsin-Madison. Cuenta con tres novelas publicadas, un libro de cuentos de terror y fue incluido en la antología Te guardé una bala (Casa Editorial Abismos, 2015). En 2016 ganó el segundo lugar en el concurso anual convocado por Editorial de Otro Tipo con su novela Los discursos presidenciales. Estudiante de doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Minnesota- Twin Cities.