Las muchas Vargas de la Chavela Las muchas Vargas de la Chavela
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María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano fue una niña extraña. Solía vestirse raro y comportarse de una manera que sus padres preferían... Las muchas Vargas de la Chavela

María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano fue una niña extraña. Solía vestirse raro y comportarse de una manera que sus padres preferían esconderla cada vez que llegaba visita a su casa. San Joaquín de Flores, Costa Rica, tenía demasiadas reglas para una pequeña salvaje en los inicios del siglo XX. Pero a los 17 años ella tomó la resolución de su vida: irse a vivir a México. Ese día,  María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano también decidió que sería, simplemente, Chavela Vargas.

Transcurría 1936. Ya no habría vuelta atrás. Desde ese momento asumió quien quería ser: Chavela Vargas y tantas mujeres como pudiera, según cuenta el documental de las realizadoras estadounidenses Catherine Gund y Daresha Kyi, considerado el más completo filme biográfico sobre la artista mexicana.

Horizontum. Horizontum. Chavela Vargas

De la Chavela se han contado muchas cosas. Nadie como ella para tener amores escandalosos, infinitas noches de copas y una rebeldía innata contra todo lo que la pudiera limitar. Acuñó el mejor concepto posible de libertad: “si eres libre, el precio que hay que pagar es la soledad”. Quiso negar el amor, ese que desbordaba por cada poro cada vez que subía a un escenario.  Creyó que “el amor no existe, porque es un invento de noche de borracheras”. También ella era toda contradicción y nunca lo pudo ocultar.

“Me llamo Chavela Vargas. No lo olviden”, título del largometraje de 90 minutos, mezcla varias entrevistas con la artista en distintas épocas, con el recuento actual de quienes la quisieron y se relacionaron con ella. También muestra actuaciones y grabaciones históricas.

Horizontum. Horizontum. Chavela Vargas

El filme rememora las vivencias más personales en su propia voz. Ella recuerda sus primeros años como cantante, cuando iniciaba su carrera e intentaba actuar con tacones y vestidos, pero tropezaba en el escenario. Finalmente, acabó usando sus míticos pantalones y ponchos. Así la descubrió la esposa del compositor y cantante, José Alfredo Jiménez, en un club de los años 40.

José Alfredo vio que Chavela podía canalizar el dolor mediante sus interpretaciones musicales. Era puro sentimiento, carne viva en el escenario, emoción visceral como los temas del compositor. La empatía entre ambos fue inmediata. Unieron voces, canciones y noches de parrandas. No pocas veces bebieron hasta perder los sentidos. La Vargas no podía encajar en aquel México conservador y tradicional. Su círculo artístico no pasaba de los clubes y cabarés a los que iba junto a José Alfredo. A finales de los años 50, alcanzó cierto reconocimiento en el circuito turístico de Acapulco. Pudo grabar alguna serie en televisión y película, pero ninguna trascendieron.

Sus romances fueron muchos y sonados. Todas mujeres. Incluidas respetables esposas de políticos. Se dice que fue uno de los amores de Frida Kahlo, que cuando actuó en la boda de Elizabeth Taylor y Michael Todd al otro día amaneció en la cama con la actriz Ava Gardner, que estuvo con la novia de Emilio Azcárraga, quien después la vetaría de las compañías disqueras.

Horizontum. Horizontum. Chavela Vargas

La Chavela vivió por años de los buenos oficios de sus amigos. Lo reconoce. Su vida era un huracán. Embestía como un toro miura. La calma comenzó cuando conoció a la joven abogada Alicia Pérez Duarte, con la que inicia una intensa relación. A partir de ahí se propuso dejar el alcohol. Ella dijo que la ayudaron unos chamanes, pero realmente -según cuenta Pérez Duarte en el documental-, abandonó la bebida luego de un incidente con una pistola, que involucró al segundo hijo de Alicia, entonces de ocho años.

Ya sobria retomaría su carrera. Cuando muchos la creían muerta, a finales de los años 80, reaparece en la Ciudad de México. Un empresario español la lleva a actuar en la Sala Caracol de Madrid, en 1993. Ahí inicia otra etapa artística. Por primera vez actúa en un teatro. Entabla una gran amistad con el director de cine español, Pedro Almodóvar, quien la impulsa a llegar hasta el mismísimo Olympia de París.

Después el Bellas Artes de la capital mexicana se abriría también para ella. Allí apareció definitivamente inmensa, mexicana,  toda una artista universal, pero sin dejar de ser la salvaje mujer del amor y el dolor.  Y así se mantuvo hasta que se nos fue un 5 de agosto de 2012. Tenía 93 años. Murió sin regatearle nada a cada Vargas de su Chavela.

Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.