La democracia incógnita La democracia incógnita
El siglo XX fue escenario pródigo de la sinrazón y la vesania. También fue un escaparate de las posibilidades inéditas de la ciencia, del... La democracia incógnita

El siglo XX fue escenario pródigo de la sinrazón y la vesania. También fue un escaparate de las posibilidades inéditas de la ciencia, del progreso mismo. Dos condiciones que, aparentemente excluyentes una de la otra, se conjugaron para espanto y angustia de la Historia. Durante el siglo pasado, lo mismo se modificaron los paradigmas para aprehender la realidad –con Albert Einstein y Sigmund Freud como artífices de la mutación- que se arrasaron vidas humanas en nombre de la ideología. La ambivalencia como naturaleza del siglo.

Hannah Arendt, pensadora política alemana, capturó con soltura esa contradicción. En Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal  (Lumen, 1999), la filósofa desentrañó las implicaciones de la modernidad y la tecnologización de la barbarie. A partir de los reportajes que elaboró para The New Yorker, cubriendo el juicio al comandante nazi Adolf Eichmann, que tuvo lugar en Israel hacia 1961, Arendt tejió el retrato del hombre necesario para el totalitarismo. Un burócrata desabrido, presto al automatismo y enajenación, por cuyo celo millares de judíos fueron asesinados sin que el incómodo ronroneo de la conciencia pusiera en entredicho su misión aniquiladora.

En su propósito por esclarecer las pulsiones del siglo XX, Arendt consignó en su obra más ambiciosa, Los orígenes del totalitarismo (Taurus, 1998), las claves de los movimientos totalitarios por excelencia: el nazismo y el estalinismo. La oportunidad del libro, escrito, según la autora en el prólogo a la tercera edición, “más de cuatro años después de la derrota de la Alemania de Hitler, menos de cuatro años antes de la muerte de Stalin” permitió un abordaje cercano a los hechos que describía. Así lo dijo: “Con la derrota de la Alemania nazi, parte de la historia llegaba a su fin. Este parecía el primer momento apropiado para examinar los acontecimientos contemporáneos con la mirada retrospectiva del historiador y el celo analítico del estudioso de la ciencia política, la primera oportunidad para tratar de decir y comprender lo que había sucedido, no aún sine ira et studio (sin cólera y con conocimiento), todavía con dolor y pena y, por eso, con una tendencia a lamentar, pero ya no con mudo resentimiento e impotente horror”.

Horizontum. Las democracia incógnita

El ambiente intelectual al finalizar la pesadilla nazi, descrito por Arendt líneas arriba, inmerso en dar respuesta a los cuestionamientos “¿qué ha sucedido?, ¿por qué sucedió?, ¿cómo ha podido suceder?”, generó, en contraste, un amplio entusiasmo en torno a la democracia, el régimen político que enfrentó victoriosamente al totalitarismo fascista.

De entre los protagonistas que hicieron de la democracia su bandera, Estados Unidos, la potencia en ciernes, fue el actor preponderante, único en el escenario mundial que, con la legitimidad que le brindaba su victoria sobre el reich y con el prestigio de haber adoptado ese régimen desde el comienzo de su vida independiente, podría reivindicar como suya la promoción democrática.

No podría ser diferente. Sólo después de terminada la guerra, asentados los odios que la suscitaron, fueron revelados los horrores del  Holocausto y del estalinismo, referidos con asfixiante precisión en la obra máxima del premio nobel  Aleksandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag I (Tusquets, 2014), un “monumento común y fraterno a todos quienes sufrieron martirio y fueron asesinados”. El libro es un compendio abundante de relatos provenientes de 227 personas, entreverados en las experiencias personales del propio autor, que desnuda las brutalidades del sistema carcelario ruso, así como las habituales torturas a las que eran sometidos quienes caían en las cloacas de la policía política. Aquí un fragmento: “(…) ¿Y el embridado (la ‘golondrina’)? Es un método de Sujánovka, pero también se conoce en la prisión de Arjánguelsk. (…) Se le pone al preso en la boca una toalla larga y recia (la brida) y por los extremos se le atan a las plantas de los pies pasando por la espalda. Y de este modo, hecho una rueda, tumbado sobre el vientre, crujiéndote la espalda, pásate un par de días sin comida ni agua”.

El rutilante fracaso del nazismo y la derrota moral del socialismo real elevaron con creces los activos de la democracia. La segunda mitad del siglo XX se caracterizó por el prestigio inequívoco de ese régimen, preciso, además,  para el demandante mundo que se configuraba. El prestigio de la democracia también fue el prestigio de su propagandista y promotor, Estados Unidos.

Prestigio viejo

Alexis de Tocqueville, historiador y pensador  francés, escribió hacia 1835 su obra más conocida, La democracia en América. Se trata de un largo ensayo en el que plasmó sus impresiones sobre la vida política de los Estados Unidos en el siglo XIX. El libro, producto de un largo viaje a través del territorio del, entonces, nuevo país, aborda con entusiasmo la solidez de la  democracia norteamericana, pero sobre todo, perfila los motivos que hacen plausible a las instituciones republicanas mismas.

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Para Tocqueville, son las extendidas costumbres del ciudadano norteamericano las que determinan la soltura de su vida institucional y, por ende, la estabilidad de su sistema político. Sus observaciones, finalmente, condicionaron los avatares del estudio de la cultura política, que tomó a Estados Unidos como ejemplo de madurez ciudadana y densidad democrática.

Así pues, se creía, la democracia se encontraba a buen recaudo en manos de una ciudadanía igualitaria y con una rica vida social.

En buena medida, la confianza en el destino del régimen democrático, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos, recaía en la estabilidad de su sistema, que no era más que una predecible secuencia de contenciones, ocasionalmente trastocada por la tirantez intrínseca de la política, pero aséptica de incómodas situaciones límite. Por contraste, la mesura sistémica de la vida política norteamericana era tanto o más evidente en la medida en que era comparada con los sistemas instalados al sur de su frontera, de México –durante al siglo XIX y principios del XX- hasta la Argentina.

Difícil suponer, en el arquetipo inaugurado por Tocqueville, que sería precisamente en los Estados Unidos donde la democracia, para sorpresa de propios y extraños, ubicaría su más grande reto.

La debacle y sus motivos

Es casi un lugar común afirmar la crisis de la democracia. Los síntomas se perciben por doquier. Existe, casi como un estado psicológico social oficialmente instituido, la convicción de que la democracia vive sus horas más bajas. Y no es para menos.

Brotes de descontento en el mundo lo avalan. Descontento que se traduce, paradójicamente, en votos. Votos que llevan al poder a “críticos” feroces del régimen democrático, que tienen, por misión más alta, dinamitarlo. Ahí están, por ejemplo, Rodrigo Duterte en Filipinas, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Vladimir Putin en Rusia, y, quizá el más peligroso de todos, más que por su astucia, por su ignorancia, Donald Trump en Estados Unidos.

Diagnosticada la crisis, visibles sus consecuencias, los motivos suelen ser soslayados. Aunque, como los síntomas, son igual de escandalosos.

Para Pedro Arturo Aguirre, analista político y escritor, la debacle de la democracia y su desprestigio ante la sociedad, tiene múltiples razones y causas. Estas son “la inseguridad económica que tienen las sociedades actuales, (que)  los jóvenes no tienen seguridad sobre sus futuros, el empleo está en entredicho, las nuevas tecnologías y la robotización amenazan los puestos de trabajo (…) Todos esos temas de angustia social  se reflejan también en el rechazo a la política, en el rechazo a las élites que tienen ya garantizado todo, y los jóvenes y las mayorías sociales que sienten que el futuro está entredicho”.

“Todos estos temas han ayudado (…) a estos hombres providenciales que dicen ‘yo tengo la solución’, un viejo truco desde la época de Alcíbiades (450- 402 a. C), pero que tiene características contemporáneas”, sostiene Aguirre.

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El mecanismo de ascenso de los “hombres providenciales” en regímenes democráticos sigue un claro patrón. Por principio de cuentas “se empiezan a desprestigiar –continúa- los partidos y las formas de representación política, la gente no se siente representada. Entonces surgen los líderes populistas o demagógicos, que dicen: ‘los partidos, los diputados, no sirven para nada (…), mejor alguien como tú, que se comunique directamente contigo, que entienda tus problemas y que te va a saber dirigir’ “.

Signo señalado por Tocqueville, por cierto, quien advertía  de los peligros que se cernían sobre la democracia, cuando ésta maduraba en una sociedad igualitaria, como en Estados Unidos. En ellas, advertía, el riesgo del despotismo es latente por lo que respecta a la tendencia de que la sociedad se substraiga de su realidad política, para ocuparse, egoístamente, de la individualidad de sus componentes.

Trump y el futuro

Donald Trump dejó de ser una broma de mal gusto. Es real. Tan real como las órdenes ejecutivas que firma semana tras semana; tan real como la psicosis desatada entre la población inmigrante en Estados Unidos; tan real como los casos de odio y racismo que, tras la victoria del magnate, aumentaron drásticamente; tan real como la crisis institucional que asola al Estado norteamericano.

La sorpresa de la victoria de Trump sobre Hillary Clinton ha pasado del asombro a la impavidez. El mundo contiene el aliento. Trump, finalmente, cumple lo que promete. No obstante, el descabellado contenido de su plataforma política es, en muchos casos, institucionalmente inviable. Ahí están, a despecho del magnate, las resoluciones judiciales que frenaron su hálito racista y xenófobo.

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Habría también que reconocer, como afirma Enrique Krauze en su artículo “Apocalipsis, no ahora”, del 27 de marzo en la versión digital de Letras Libres, que “El virus populista pasará. Eso enseña la experiencia: no es la primera vez, ni parece la más grave, en que se conjugan todos los elementos disruptivos (racismo, irracionalidad, xenofobia, autoritarismo, intolerancia, fascismo) que caracterizan a nuestro tiempo”.

Sin embargo, pese al entusiasmo y seguridades del discurso democrático, mal haríamos en soslayar las causas que llevaron a millones de estadounidenses a ver en Trump al “hombre providencial” adecuado para enderezar el camino que, según sus juicios, en algún momento se torció. La ausencia de autocrítica es una dolorosa y muy extendida característica del progresismo actual.

Trump, finalmente, no es una causa más. Es el síntoma de una crisis sistémica sin solución aparente, cuya trepidación agrieta el monolito sobre el que Estados Unidos forjó su supuesta excepcionalidad. Make America great again, rezó el slogan de campaña del magnate, y sonó, en los oídos de la historia, como una carcajada socarrona.

Trump es la gran incógnita de la democracia. Y aún no tiene respuesta.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.