Las bestias negras de Baudelaire Las bestias negras de Baudelaire
Charles Baudelaire fue un poeta virulento que ironizó a los librepensadores, escarneció a los humanistas que soñaban con derogar la pena de muerte y... Las bestias negras de Baudelaire

Charles Baudelaire fue un poeta virulento que ironizó a los librepensadores, escarneció a los humanistas que soñaban con derogar la pena de muerte y se carcajeó en la cara de los agoreros que aseguraban que llegaría una época en que las máquinas terminarían por “comerse al diablo”. Fue un hombre que despreció con toda su alma el darwinismo y jamás creyó en la evolución del ser humano: “El hombre es ciego, sordo, frágil, como el muro que habita y que roe un insecto”, sostiene en su poema “Lo imprevisto”; y justo por eso siempre se hallará “en estado salvaje”, agrega en sus Cohetes.

Su pinacoteca de bestias negras fue infinita. Odió e insultó con análoga fiereza a un buen número de poetas, novelistas y filósofos. El autor de El contrato social, por ejemplo, le pareció un timorato y, en Cohetes, se dio el gusto de agraviarlo: “Jean-Jacques dice que no entraba en un café sin cierta emoción. Para una naturaleza tímida, la taquilla de un teatro se parece mucho al tribunal de los infiernos”. Del tolerante Voltaire dijo que era un perezoso que odiaba el misterio y, con toda la tranquilidad del mundo, lo responsabilizó de su hastío: “Me aburro en Francia, más que nada porque todo mundo se parece a Voltaire”. Se mofó de la supuesta bonhomía de Víctor Hugo y lo apodó el “Shakespeare socialista”. Y en su novelita La Fanfarlo ─cuando su alter ego Samuel Cramer escucha el nombre de Walter Scott─ el protagonista estalla: “¡Qué escritor más aburrido! ¡Un polvoriento desenterrador de crónicas! ¡Un monótono conjunto de descripciones baratas, un montón de trastos viejos… unos personajes manidos que dentro de diez años no interesarán a ningún plagiario quinceañero”.

Las bestias negras de Baudelaire

Su mayor aversión, no obstante, recayó en la figura de la aristocrática y enciclopédica George Sand. La pudibunda amiga de Eugène Delacroix y Franz Liszt, no sólo le pareció una mujer superficial, sino también una “bestia pesada”, una “charlatana”, cuyas ideas morales tenían “la misma profundidad de juicio y la misma delicadeza de sentimiento que las porteras y las prostitutas”. Tanto llegó a detestar a “la gran idiota”, que, cuando supo que una legión de pretendientes había suspirado por su amor, escribió: “El que algunos hombres hayan podido enamorarse de semejante letrina, es prueba palpable de la bajeza de los hombres de este siglo”.

Aunque fueron más los sarcasmos que Baudelaire pronunció, también supo ser obsequioso ─casi zalamero─ con sus amigos. A Joseph de Maistre le llamó “el gran genio de nuestro tiempo”. De la literatura francesa de su siglo únicamente aprobó a un pequeño cenáculo: Chateaubriand, Alfred de Vigny, Mérimée, Flaubert y, claro, las amistades parnasianas con quienes, según él, defendía ideales comunes: Leconte de Lisle, Théodore de Banville y, sobre todo, su “muy querido amigo y muy venerado” Gautier: “poeta impecable” y “perfecto mago de las letras”.

Como aborrecía todo lo que oliera a su contemporáneo Herbert Spencer y su evolucionismo, por añadidura, repelió selvas, arboledas, insectos y todo tipo de ecosistemas encaminados a exaltar el naturalismo. De haber vivido en esta época, el iracundo Charles no hubiera dudado un segundo en usar el matamoscas o el Raid Max. Por si fuera poco, el extendido Positivismo de Auguste Comte le produjo auténticas arcadas y, enfrentándose a las tendencias imperantes que intentaban ver aquella ideología como una nueva religión, consideró que sólo el “estúpido rebaño” sería capaz de adorar aquellas “legumbres santificadas”.

Charles Pierre Baudelaire fue un provocador profesional que, no obstante, se afirmó incomprendido. Y aunque perjuró que no le importaba que la muchedumbre entendiera su obra, cuando escribió sus palabras introductorias a Las flores del mal se contradijo. Además de declararse esteta del lenguaje, pataleó y dijo que era un pobrecito relegado: “sé muy bien que el que se apasiona por las bellezas del estilo se expone al odio de las multitudes”. Y más adelante, para picotearle la cresta al público, agregó, fanfarrón: “poseo felizmente una de esos caracteres que se gozan con el odio y se glorifican con el desprecio… no me disgustaría pasar por un libertino, un borracho, un impío y un asesino”.

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Y así lo tomaron. A él y a todos sus alevosos personajes. Sus diabólicos héroes, además de cultivar pasiones amargas, siniestras, impuras y delictivas ─invariablemente condimentadas por la mentira premeditada, el engaño deliberado y la procacidad─, se regodeaban en lo amargo y en lo infausto porque, según él, la “mezcla de lo grotesco y lo trágico” era “agradable para el espíritu”.

Cuando el maestro Benedetto Croce, bajo su implacable y sabihonda lupa de crítico liberal, se detuvo a examinar la obra del poeta francés, su dictamen fue tajante: “Sólo diré que a mí me parece que no pocas veces la poesía de Baudelaire carece de la pureza de la forma, a la cual tiende el autor con todas sus fuerzas”.

Y tenía razón. Por más que lo negaba, Baudelaire se había esforzado en arraigar su léxico en la tradición poética de los siglos XVII y XVII. Por un lado, era culto, depuradote, suntuoso y proclive a lo barroco. Si leemos atentamente sus versos, notaremos que están atiborrados de evocaciones y versos latinos. Pero como uno de sus grandes objetivos fue enfadar a los “hipócritas bienhechores”, intentó contrastar su erudición con voces populares y maledicencias de baja calaña. Pero como no tuvo la naturalidad ni la maestría de Chamfort, Racine o Quevedo, muchas veces sus letras se perciben demasiado fabricadas. Su escritura, adobada con vulgarismos y eufemismos, casi en la misma proporción ─como si estuviera siguiendo una receta de cocina─, fue un platillo demasiado agridulce que en varias ocasiones cayó en la vacuidad retórica. Quizá por eso Walter Benjamin ─con esa refinadísima lectura avizora que lo caracterizaba─ denunció que Baudelaire era un “artificioso” incomprendido que, muy en el fondo, aspiraba a simpatizar con el público y por eso siempre escribía como en estado de “shock”.

A diferencia de Hugo, cronista insuperable del paisaje social, Bauldelaire no se tomó la molestia de describir a la sociedad ni a la población. Y no lo hizo porque, sencillamente, le importaba un cacahuate. Jamás le interesó entender ni congeniar con la caterva. Al contrario: todo el tiempo intentó tomar distancia de la comunidad, aunque corriera a hundirse en ella, como en el cuento de su ídolo Edgar Allan Poe ─“El hombre de la multitud”─, que por cierto también tradujo. Fue un individualista que, ante todo, quiso destacarse de la masa y alejarse, lo más posible, de la “gentuza”. Los pueblos le parecían una manada de pelmazos que adoraban la autoridad. Pero, sobre todas las naciones, menospreciaba al escatológico pueblo francés que, según su concepción, estaba atestado de animales de corral que enloquecían “por los excrementos”.

Su espíritu inquieto y subversivo ─ya saben: de poeta maldito─ le impidió ser un hombre solícito. En Mi corazón al desnudo escribe: “Ser un hombre útil, me ha parecido siempre algo horroroso”.

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Pese a todo, Baudelaire no fue un ser inexorable. Al gran vituperador de la humanidad le enternecían mucho los gatitos. Y lo conmovían porque, bajo su perspectiva, se trataba de un animal que “resume todos los éxtasis; y para las más largas frases no necesita palabras”. Y, como sentía que se paseaban en su cerebro, “igual que en su propia casa”, les dedicó una buena cantidad de poemas febriles, amorosos y lechuguinos: “Hermoso gato, ven a mi pecho amoroso”, susurra por aquí; “los gatos fuertes, suaves, orgullo de la casa”, les cuchichea por allá.

Lo cierto es que a 150 años de la muerte del poeta francés ─acaecida el 31 de agosto de 1867─, su estudiada melancolía, su atracción hacia los temas fúnebres y los lúbricos oprobios que lanzó rabiosamente, casi contra todo, continúan escaldando y emocionando por igual a rebeldes y timoratos. Y tal vez se deba ─como él mismo escribió─ a que en lo bello, que “es algo ardiente y triste”, también existen “ambiciones oscuramente rechazadas… de una potencia gruñidora…”.

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (Ciudad de México, 1974). Ha sido editor de política, cultura y literatura en el Fondo de Cultura Económica, Excélsior y La Razón. También ha sido colaborador de revistas, suplementos culturales y literarios, dentro y fuera de México: Tiempo Libre, La Mosca en La Pared, Quimera (España), La Jornada Semanal, Ovaciones en la Cultura, Novedades en la Cultura, Sábado del periódico Unomásuno, Paréntesis y Metrópoli ficción. Ha sido columnista de Arena de Excélsior, del periódico Folha de São Paulo (Brasil) y de la revista La Rabia del Axolotl. En 2001 obtuvo el Premio Internacional de traducción João Guimarães Rosa. Alternativamente, ha sido profesor de español y literatura en el ITAM y la Universidad Iberoamericana; ha sido lector y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidade Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte, Brasil. Es autor de los libros Según dijo o mintió, Elogio del desvarío, Álbum de fatigas y Pedazos de mí mismo.