Las batallas contra la muerte Las batallas contra la muerte
“Su hijo tiene cáncer”. Nunca imaginé que escucharía estas palabras hasta que, un espléndido día de sol de la primavera más hermosa que recordaba,... Las batallas contra la muerte

“Su hijo tiene cáncer”.

Nunca imaginé que escucharía estas palabras hasta que, un espléndido día de sol de la primavera más hermosa que recordaba, las escuché de viva voz en los labios del oncólogo al que, después de muchas idas y venidas a varios centros, dictámenes confusos y vanas esperanzas, acabamos por visitar. Soy un hombre fuerte, más aún Eva, mi mujer, pero nada en mis ya bastantes años de vida me había preparado para un golpe de semejante calibre. Sentados frente a la mesa de la consulta, petrificados por aquellas palabras que reverberaban en la habitación como un eco que se negaba a extinguirse, ambos éramos de repente simples masas orgánicas desprovistas de vida, apabulladas por la certeza de la gravedad que encerraba el diagnóstico. Recuerdo perfectamente el silencio del doctor y su mirada seria y afectada, esperando a que fuéramos capaces de decir algo. No sé cuánto duró aquel limbo, diez segundos o diez minutos, pero, sin saber bien de dónde brotaba mi propia voz, terminé por hacer mi primera pregunta:

— Por favor, doctor Barrio, ¿puede usted decirme que Leo se va a poner bien? Necesito escucharlo —dije con voz queda, convertido en un peregrino que suplica ante la imagen de un ser superior, como si aquel hombre pudiera prometerme incluso lo imposible.

— Verá, Andrés, aún es pronto para poder decirlo. Necesitamos completar el diagnóstico con varias pruebas que nos van a dar la verdadera dimensión de la patología de su hijo. Pero, por favor, tranquilícense, los dos; en los últimos años hemos avanzado mucho con los tratamientos y Leo estará en las mejores manos.

A esas alturas, Eva sollozaba a mi lado sin que yo fuera capaz de desviar la mirada hacia ella, casi avergonzado, como si, de alguna manera, le hubiera fallado como esposo.

El médico continuó hablando, como si se tratara de un temible oráculo.

—No quiero infundirles falsas expectativas ni mentirles diciendo que no va a ser duro. Lo será, y mucho, pero ustedes son una pieza clave en todo el proceso y deben ser el pilar seguro al que se aferre su hijo. Por su propio bien y por el de Leo, es necesario que demuestren la entereza de quien sabe que se enfrenta a un monstruo poderoso con la seguridad de que puede derrotarlo. Vamos a prestarles toda la ayuda que puedan necesitar, empezando por formarlos como padres de un niño con cáncer. Haremos lo imposible por que entiendan que, al fin y al cabo, esta es una enfermedad como otra cualquiera, contra la que no siempre se gana, pero contra la que hay que luchar de frente.

Durante casi media hora Eva y yo continuamos dando rienda suelta a nuestros temores, al espantoso crujido que amenazaba con quebrarnos desde dentro y que como buenos compañeros compartíamos, uno sentado junto al otro, soportando estoicamente las respuestas de aquel hombre, carentes de todo compromiso con nuestra necesidad de alivio. Sea como fuere, de algún modo, la charla con el médico nos sumergió de lleno en la cruda realidad con la que apenas habíamos empezado a convivir y salimos del hospital, agarrados de la mano, desolados y en silencio, en dirección al primer escollo que deberíamos salvar: decidir de qué manera comunicábamos a nuestro hijo de trece años la enfermedad que padecía.

— Leo es un chico muy maduro para su edad, Andrés. Creo que deberíamos abordar el problema con la máxima claridad desde el principio y no ocultarle nada.

En el coche, de vuelta a casa, el mutismo casi absoluto que había paralizado a Eva apenas una hora antes, dejaba pasó a la claridad de ideas que hacía de ella la mujer especial de la que me enamoré.

—Sé que estás abrumado. Yo también lo estoy, pero debemos ser fuertes con esto. Ya oíste al doctor, vamos a pelear y vamos a hacerlo los tres, juntos, como siempre ha sido.

— Es que, de verdad, no acabo de sacudirme la sensación de irrealidad. ¡Mi niño, por Dios! ¡Nuestro niño! ¿Por qué a él? ¿Por qué a él? ¡Joder! —dije, golpeando con furia el volante como si fuera el causante de mi desesperación.

No conseguía salir del abismo anímico, de la insondable tristeza, por más que mi mujer continuaba, serena, argumentándome como debía ser mi comportamiento. Y así, entre la bruma del shock, terminé por no escuchar lo que decía, pues mi mente había decidido que todo estaba por perderse y que, casi con toda seguridad, la familia que tanto tiempo y esfuerzo me había costado construir, mi hijo, el bien más preciado de mi existencia y, en definitiva, mi vida entera, se habían ido para siempre por el mismo sumidero oscuro en el que ahora giraba mi cabeza.

— Déjame hablar con él a mí —sugirió Eva cuando aparcamos frente a casa—. No estás en condiciones de enfrentarte a esto ahora y lo sabes.

— ¿Cómo? ¿Me estás pidiendo que me mantenga al margen y permanezca en silencio mientras mi hijo se entera de su desgracia? No te entiendo, cariño… ¡no consigo entenderte! ¿Cómo puedes estar tan tranquila? —le espeté con un gesto a medio camino entre la rabia y el odio que no reconocía en mí.

Fue entonces, mientras fulminaba a la mujer de mi vida con una mirada de auténtico poseso, cuando reparé en él. Sentado a la puerta de nuestra casa, en los escalones del porche, Leo miraba hacia donde estábamos con una sonrisa en la cara que me heló los malos humos al instante solo para sustituirlos por una profunda sensación de pena. Una tristeza tan honda que temí pudiera robarme el aire y asfixiarme, paralizarme el corazón, liquidarme definitivamente allí mismo, en el puñetero coche.

— ¡Mi amor, reacciona! —fueron las tres palabras que me salvaron la vida, salidas de la garganta de Eva que, dándome al hablar un codazo, intentaba sacarme del trance. Saludó a Leo con la mano y giró hacia mí atrapando mi cara entre sus manos y clavando sus hermosos ojos castaños en los míos.

—Recuerda, vamos a salir de esta juntos. ¿De acuerdo?

Asentí con la cabeza, inspiré profundamente y salí del coche, salimos los dos, con la mejor de las sonrisas, en dirección a la entrada de nuestro hogar. Al vernos abrir la puertecita enrejada que separa el pequeño jardín de nuestra humilde casa de barrio, Leo salió disparado hacia nosotros y casi se estrelló contra nuestros cuerpos, abrazándonos a ambos a un tiempo.

— No os preocupéis — siempre recordaré esas palabras—. Sé que venís del médico y también sé qué es lo que me pasa —su mirada franca y la sonrisa que no había abandonado su cara, causó un efecto inmediato en mí, creo que también en Eva. Por alguna razón, comprendimos que nuestro niño tenía algo importante que decir y nos dispusimos a escucharlo atentamente.

— Sé que tengo cáncer

En ese instante me derrumbé. Quise ser yo quién lo abrazara, levantarlo del suelo, besarlo y volver a protegerlo como cuando lo recogía de la guardería, pero él refugió su rostro en el vientre de su madre y siguió hablando.

— ¿Recordáis a Melisa? Mi compañera de clase. Su hermana pequeña también lo tuvo. No soy tonto y sospecho esto desde hace mucho tiempo, igual que vosotros. Hace unas semanas, cuando empecé a faltar a clase por las pruebas y por los brotes, en uno de los pocos días que pude asistir a clase, se acercó a mí y me dijo que ella sabía exactamente lo que me estaba pasando

Nada la voz, en la actitud de Leo, ni en su manera de expresarse, delataba el más mínimo atisbo de inseguridad o de miedo y eso, francamente, terminó por relajarme un poco.

— Bueno, cariño… —comencé a hablar— Tu madre y yo queríamos…

— No, papá, por favor. Déjame que os cuente lo que tengo que decir. Es importante para mí y también para vosotros —me interrumpió con la firmeza de un adulto que tuviera meridianamente claro cuál era su papel en esa historia—. Melisa y yo hemos hablado mucho. La verdad es que al principio me asusté bastante, porque una cosa es sospechar que puedes estar muy mal y otra muy diferente enfrentarte a alguien que sabe lo que te pasa y te lo cuenta a las claras. Pero ahora ya estoy bien y dispuesto a superar cualquier cosa. Si Elenita pudo hacerlo, yo voy a hacerlo también.

Melisa insiste en que la primera derrota es el miedo, que es fundamental informarse, conocer lo que te está pasando y por lo que vas a pasar, buscar el consejo de quienes ya recorrieron el mismo camino que vamos a emprender nosotros. Mi amiga me recomendó una asociación de apoyo a familias de niños con cáncer y esta mañana he ido a verlos, por tercera vez, mientras estabais fuera. Cuando aparecí allí la semana pasada se quedaron de piedra. Supongo que no es muy normal que llegue de repente un chaval de mi edad diciendo: “Hola, soy Leo y creo que tengo cáncer. ¿Podéis echarme una mano?”. No sé, quizá lo más habitual sea que acudan al centro los padres, muertos de miedo y preocupación, pero eso es precisamente lo que yo quería evitaros —sus brazos de adolescente nos apretaron a los dos con tanta fuerza que reconocí en el gesto el de un auténtico hombre—. ¡Os quiero tanto a los dos!

Sí, efectivamente, a esas alturas de la lección de entereza que estábamos recibiendo, ya no podía seguir mirando a Leo como a un simple chiquillo sino como a un ser humano valiente, que había decidido no dejarse vencer por la enfermedad y que, tal vez, no necesitaba de sus padres para sentirse seguro en el largo proceso de pruebas y tratamientos que sin duda le quedaba por sufrir. Y allí estábamos nosotros, llegados con el corazón en un puño ante la fatalidad, en cambio ahora, estábamos  siendo reconfortados por las palabras de nuestro propio hijo enfermo.

— Sin embargo, os necesito más que nunca —prosiguió, despejando mis dudas—. No quiero dejar de ser quién soy. Me gusta jugar a la Play, salir con mis amigos al centro comercial o a comer una hamburguesa, la música y leer. No quiero renunciar a nada de eso, aunque sé que habrá momentos en el futuro en los que no pueda hacerlo. Recordadme quién soy y las cosas que me gustan cuando lleguen. Sed fuertes por mí, no soportaría veros tristes porque entendería que las cosas no van tan bien como quisierais.

¿Sabíais que el ochenta por ciento de los menores diagnosticados con cáncer, se curan? ¡Pues así es! Pero para eso necesitamos que haya donantes, sed vosotros los primeros, por favor. Dad ejemplo. No solo lo necesito yo, lo necesitamos todos.

— Eres un chaval increíble, mi vida —dijo Eva. Yo no pude añadir nada, ocupado como estaba en superar las lágrimas y con un nudo en la garganta, mientras ella lo besaba en la frente—. Te prometo que vamos a luchar contigo y a superar todo esto. Desde hoy mismo, tu padre y yo, no tendremos otro objetivo en la vida que ayudarte, siempre ha sido así. ¡Anda, chico guapo, vamos dentro que te voy a preparar unos macarrones para chuparse los dedos!

Recuerdo la noche de aquel día como una de las más extrañas de mi vida. Por un lado, mi cabeza no dejaba de pensar en la fatalidad que nos tocaba vivir, en lo injusto de que tus propias células conspiren para quitarte la vida, en el tremendo desafío al que se enfrentaba mi niño. Por otro lado, la sacudida que había sufrido nuestra vida me había abierto los ojos a la incontestable verdad de que la actitud es la esencia de cualquier combate, que no hay enemigo invencible cuando estamos preparados para rechazarlo y que, sin que lo hubiéramos notado, nuestro niño ya no era tal y podía, como nos había demostrado, ser más sabio y más honesto consigo mismo y con sus padres de lo que jamás hubiéramos conseguido ser Eva y yo juntos. Y así, perdido entre olas de dolor y de esperanza, muy avanzada la noche ya, entendí que, por devastador que pudiera ser, era mi obligación arrostrar el problema y dar al menos el mismo ejemplo que Leo nos había dado a nosotros. Conseguí por fin conciliar el sueño.

Al día siguiente dimos el primer paso ingresando a Leo en la clínica para ser sometido a las pruebas que faltaban por hacerse. El resto fue, como ya sabíamos, un pedregoso camino, lleno de malos ratos y sinsabores, sí, pero que soportamos entre los tres con el mejor de los ánimos. Durante aquellos años, escribimos mil historias que archivamos en gruesos volúmenes a los que dimos nombres como “Miedo”, “Ansiedad”, “Dolor” o “Recaída”, pero también hubo otros a los que llamamos “Alegría”, “Valor”, “Lucha” y, por último, “Victoria”. Todos ellos duermen ya en el paraíso de los libros perdidos, en el lugar donde quedan confinadas para siempre las historias que ocurren a la gente corriente, a cualquiera.

Han pasado ya más de veinte años, más de diez desde que Leo recibió el alta definitiva. Su paso por la clínica, la experiencia de haber luchado por su vida contra tan poderoso enemigo, han servido para mucho. A nosotros, a Eva y a mí, nos cambió profundamente y nos enseñó a valorar las cosas realmente importantes en la vida. En cuanto a Leo, hoy es un oncólogo brillante, muy respetado en la profesión y con un futuro prometedor. Un hombre muy activo en el mundo asociativo más comprometido con la salud de los niños y que no pierde oportunidad de hablar con los enfermos y con sus familias. Sus charlas comienzan siempre con la misma frase:

“De niño tuve cáncer, pero nunca estuve triste por la enfermedad. Al contrario, llegué a sentirme entusiasmado con la idea de ganar aquella batalla. Lo conseguí con la ayuda de mis amigos y con el inquebrantable valor que demostraron mis padres.

Si yo lo hice, vosotros también lo haréis”.

 

— Fin —

ENLACES:

Fundación Juegaterapia: www. juegaterapia.org

Vídeo campaña #RESISTIRÉ:  https://youtu.be/qCeAIFtFVvk

Asociación Aspanob:  http://www.aspanob.com/

Paraíso de los libros perdidos  http://bit.ly/paraiso-libros-perdidos

“Relatos del Paraíso” papel http://amzn.to/2fPhzzL  ebook  http://amzn.to/2fjweXy


Antonio Reina

Antonio Reina

Escritor, autor de la novela "En el mar de Dirac". Fue director de marketing en el Centro de Innovación en Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Córdoba (España), y es presidente de la asociación Acteos y CEO de la empresa tecnológica Vipharma. Contacto: @antonioreinaw facebook.com/antonioreinaw