La victoria alt-right y el futuro americano La victoria alt-right y el futuro americano
Ha ganado Donald Trump —y ha ganado Internet— la presidencia de Estados Unidos. Y tal vez el voto cubanoamericano ha influido en ello. Si... La victoria alt-right y el futuro americano

Ha ganado Donald Trump —y ha ganado Internet— la presidencia de Estados Unidos. Y tal vez el voto cubanoamericano ha influido en ello. Si se descubre que las medidas obamistas de contubernio con el castrismo han inclinado el voto del sur de la Florida a favor del magnate, se demostrará también que la traición tiene un precio aunque sea colateral: en 2008 Obama prometió al exilio cubano mantener el embargo a Cuba. Y en su segundo mandato lo engañó. La abstención a favor de Raúl Castro en Naciones Unidas, hace apenas un par de semanas, ha sido la guinda mediática de este absurdo pastel procastrista horneado por los demócratas y que puede haberle costado algo a la ya endeble Hillary. ¿Y el tortuoso recuerdo del caso Elián, responsabilidad de Bill Clinton?

De cualquier manera, y más allá del tema cubano —quizá le atribuyo una influencia que no tiene—, a partir de ahora tendremos los cuatro años de presidencia más surrealistas, peligrosos y, por qué no, divertidos, de la historia moderna de Estados Unidos. Esto es la Sociedad del Disparate y hay que ver el vaso medio lleno, es decir, pasárselo bien. Como cuando vas al cine y la película es horrenda, pero tan caricaturescamente horrenda que terminas riéndote de ella. Y entre coca cola y rositas de maíz, alcanzas el contagioso clímax de la recreación.

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¿Y si las bolsas se desploman y la economía se va a pique? Pues, compensatoriamente, será muy cómico ver a Barack Obama entregándole la Casa Blanca a Donald Trump. Dentro de la diversión todo, fuera de la diversión nada. Pero la mejor consecuencia de la victoria del magnate no solo pasaría por la futura conformación del Tribunal Supremo o, en el plano miamense, por una eventual arremetida contra el neocastrismo: tampoco ya los antisistema alt-rigth podrán alegar violentamente que la prensa y el sistema electoral están amañados, como afirmaba el propio Trump y, lo digo con cierta ironía, por fin podremos “volver a confiar” en las instituciones (siempre las candidaturas de derecha, cuando son realmente pujantes —Bush, Reagan, etc.—, se han impuesto a la opinión de la prensa, de tendencia izquierdista en un 70%; es parte del juego desde hace dos siglos y no por eso puede hablarse de cartas marcadas). Y parece que también nos ahorraremos la guerra de guerrillas que nos prometían las antipolíticas milicias del sur profundo si ganaba Hillary Clinton.

Cabe apuntar que Trump es un adalid de los antisistema como lo fue el propio senador Bernie Sanders durante las primarias, pero con un componente contradictorio en el ámbito conservador: Apuesta a desgarrar la ya sutil cortina de contención moral que separa a nuestra civilización de la barbarie. Empujado, para decirlo en palabras de Paul Berman, “por la tecnología infernal que considera que cualquier cosa tiene la misma validez que otra”. Esto es, por nuestra Sociedad del Disparate dependiente de una revolución tecnológica cuya expresión más estentórea son las redes sociales (los tweets del millonario tal vez sean el ejemplo perfecto en este contexto a ratos delirante, a ratos tragicómico. Analizando la cuenta de Trump en Twitter, dice Enrique Krauze, “The New York Times compiló 6.000 insultos, todo un récord de excrecencia”).

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Sobre la Sociedad del Disparate he teorizado largamente. En ella, escribí hace poco, conceptos como ‘ética’ o ‘educación’ obstaculizan la Política de la Exhibición a la que aspira el ciudadano digital, consciente de que por primera vez en la Historia la democratización de la exposición vuelve paulatinamente obsoleto el ascendiente profesional de sus representantes tradicionales. Por tanto, dichos conceptos son marginados, ridiculizados o relativizados. Recuérdese la reveladora escena de las primarias republicanas en que Ted Cruz intenta advertirle a un fanático trumpista sobre el daño que a sus hijos podría hacerle la retórica bully del millonario, interminablemente reproducida por la televisión en caso de que éste alcanzara la presidencia. El senador texano es interrumpido burlonamente por el hombre, que lo observa como a un dinosaurio en un museo de la prehistoria.

Sobre el fenómeno del relativismo nacionalpopulista cabe detenerse un poco más. Un fenómeno en realidad anterior a la efervescencia trumpista, latente sobre todo “en la franja que va desde Louisiana a Arkansas y Missouri, a lo largo del valle del río Mississippi, y desde allí a través de Kentucky, Tennessee y Virginia Occidental”, como lo definen Gerald Seib y Patrick O’Connor en The Wall Street Journal. Un fenómeno antipolítico que las nuevas tecnologías han potenciado exponencialmente.

Internet ha conectado, organizado y brindado tribuna a ese segmento “más blanco y menos educado” que antes debía conformarse con leer los titulares de los periódicos, sin poder incidir en sus líneas editoriales o sus reportajes de fondo, y que conforma la base de votantes que impulsó a Donald Trump.
¿Estamos a las puertas de la creación de un tercer partido que robe votantes centristas a los demócratas o, inversamente, votantes alt-right a los republicanos? Nadie sabe. Vivimos tiempos convulsos. Tradicionalmente, en los Estados Unidos modernos, los movimientos antisistema habían pertenecido en exclusiva a la izquierda populista —para entendernos en base a términos al uso—, o al menos los más mediáticos. Ahora, sin embargo, resulta que se consolida una derecha populista también antisistema. La gran pregunta es si un nuevo partido de centro será posible, o al menos deseable, en medio de esta Operación Sandwich con que la “rebelión de las masas”, que diría Ortega, apuesta a aplastar al llamado “establishment”. Todo está por verse.

Ojalá prevalezca la diversión.


Armando Añel

Escritor cubano residente en Miami