La señora Browsky y los posos del café La señora Browsky y los posos del café
La señora Browsky huele fuertemente a naftalina a principios de cada estación. Los primeros días, el olor es penetrante, pero con el paso del... La señora Browsky y los posos del café

La señora Browsky huele fuertemente a naftalina a principios de cada estación. Los primeros días, el olor es penetrante, pero con el paso del tiempo se atempera, aunque no llega a desaparecer del todo, porque vuelve a arreciar con más fuerza que nunca cuando llega el invierno. Es su forma de combatir las polillas, con esas bolitas blancas que desparrama abundantemente en los armarios, los cajones, especialmente entre la ropa de lana y de hilo, y que renueva cada temporada, cuando se han reducido al tamaño de una lenteja o se han desvanecido del todo. No soporta que pueda volver a pasarle lo que hace unos años, cuando se encontró los abrigos y pulóveres, los calcetines de lana, las toallas de algodón y sábanas de hilo, todo lleno de agujeros primorosamente rodeados de polvillo y larvas enredadas. Un encaje de desgracias, una hecatombe, se dijo.

Naturalmente, nadie le hace notar esta costumbre tan desagradable, ese olor penetrante que lo envuelve todo a su paso, que como un heraldo anuncia incluso su llegada, que perfuma la cola del banco donde cobra su pensión, o la verdulería de la esquina, o la panadería donde acude cada mañana a comprar esas galletas sin sal y, cada tanto, sólo cada tanto, una pastafrola de las chiquititas. Es un capricho que puede darse, la pastafrola de esa panadería porque las hacen como las hacia ella, cuando tenía una familia, pero ahora, para ella sola, no.

La señora Browsky y los posos del café

La señora Browsky tiene tediosas costumbres, pero de vez en cuando se las salta para variar, dice ella, como cuando va a tomar el té a casa de la señora Petra, o cuando es la señora Petra quien viene a la suya. La señora Petra también es viuda y sin familia, pero puede darse más caprichos porque su marido le dejó una pensión, digamos, generosa. Por eso siempre es ella la que compra las pastas de té, en casa de una u otra, siempre es ella quien las compra en la panadería de la esquina de su casa, que no es la misma panadería donde compra la señora Browsky el pan a diario y las galletas secas para el desayuno. Es un poquito más cara, pero en la calidad se justifica. Viven a unas siete cuadras la una de la otra y se conocen desde hace muchos años, pero ninguna recuerda ni dónde ni cuándo ni en qué circunstancias se vieron por primera vez y se hicieron amigas. A lo máximo que pueden llegar, y jamás se ponen de acuerdo, es a que fue en un velorio, pero ¿de quién?, ¿quién era el muerto o la muerta?, tampoco lo recuerdan, ni falta que hace. Toman té porque es lo mejor para acompañar las pastas, pero la señora Browsky prefiere el café de toda la vida. A su amiga, en cambio, le sienta mal. Le quita el sueño y le produce ardor de estómago.

La señora Browsky acostumbra a desayunar esas galletas secas, redondas, un poco infladas, huecas, con cuatro agujeritos, y que se rompen fácilmente, con café a la turca, porque en su familia materna lo prepararon así toda la vida, a la turca, fuerte, sin azúcar, y prohibido meter una cuchara, y menos aún revolverlo, porque se estropea. Cada mañana, una vez acabado el desayuno, la señora Browsky apura su café con mucha delicadeza y deja la taza boca abajo sobre el plato unos cinco minutos, pasado este tiempo, la vuelve boca arriba y, sin tocarla, se asoma a su interior para ver el dibujo formado por la borra. No es que crea especialmente en estas cosas de oráculos, pero la entretienen y le ayudan a ejercitar la mente, la imaginación y en ocasiones la empujan a romper la rutina. Y no lo cuenta a nadie, si siquiera a su amiga Petra, no vaya a ser que la tomen por adivina o loca. A partir del momento que interpreta el dibujo, puede estarse tranquila, con el deber cumplido, y de ahí en más planificar alguna labor especial para ese día según se lo haya aconsejado o sugerido la filigrana oscura del café, o bien puede abstenerse y no hacerle ningún caso. Lo poco que sabe de estas artes adivinatorias, o que dice saber, aunque por lo general no habla del asunto porque es sumamente discreta, lo aprendió de su abuela materna, la viuda Bujakiewicz, que cuando vivían allá en Polonia, cada noche leía a su marido y a sus hijos varones los posos del café antes de ir a la cama y se jactaba de haber predicho la desaparición de una jovencita arrebatada por un huracán. De ella sabe, si es que no confunde los símbolos, que, por ejemplo, un corazón significa amor, amistad, o sencillamente afecto; que una mano representa ayuda o amistad; que una silla aconseja prudencia; que una estrella antecede a un éxito, etc. Pero muchas veces las formas son confusas y apenas puede interpretarlas: puede ser una silla, pero en este caso le falta una pata, puede parecer una flor, pero también una estrella o una araña. Estas formas imprecisas son las peores, porque no le permiten hacer nada especial ese día y debe quedarse en casa, repasar el polvo, barrer o cualquiera de esas labores domésticas. Los insectos, por lo general, no indican nada bueno, tampoco las águilas, los búhos y cuervos, y menos aun los sapos y murciélagos, si bien son infrecuentes. En estos casos de figuras funestas o bien cuando la borra es imprecisa, la señora Browsky no les hace caso, lava la taza como si nada hubiera visto en ella y espera al día siguiente. Luego también están las interpretaciones personales, saltándose las normas, que ella puede hacer según le convenga porque si se pueden evitar disgustos, mejor; por ejemplo: si se ha levantado con energía y deseo de arreglar los rosales es posible que vea en el poso una flor, y más concretamente una rosa; si lleva unos días pensando que le gustaría pasear por el parque, seguramente esa mañana en la taza verá un columpio o una fuente con patos; si lo que quiere es darse un capricho y comer pollo, la borra tendrá su perfil e incluso será capaz de oírlo cantar desde el fondo de la taza, muy bajito.

A veces le ocurre que la figura no se parece a nada, que sencillamente es una mancha oscura y espesa, despatarrada o no, de la cual es imposible extraer algún oráculo, ni siquiera para saber si ese día debe sacar o no el paraguas, y esta incertidumbre le genera malos pensamientos. Otras, como le ocurrió hace unos meses, no fue casual la cruz que apareció en el fondo sino un mensaje claro de su difunto esposo, sugiriéndole que ya iba siendo hora de que acudiera a visitarlo al cementerio. Se sintió un poco avergonzada de que su propio marido tuviera que recordárselo, y además por ese medio. También pasó una vez que los posos le sugirieron que debía cambiar el televisor por uno más moderno, pero no estaba a su alcance y se conformó con ir al cine con su amiga Petra, por la forma cuadrada que vio en la taza podía ser indistintamente un televisor o una pantalla de cine.

Muchas veces tuvo ganas de confesárselo a su amiga Petra, consciente de que como ésta no toma café, nunca arriesgaría su salud a cambio de un vago oráculo, que consideraría como abrir una puerta a la incertidumbre o a las desgracias. De la misma forma, ésta callaba cada vez que el olor a naftalina en el que llegaba envuelta su amiga, le daba ganas de salir huyendo con cualquier excusa. Pero discretamente encontraba la solución, pues ese día tomaban el té en el comedor, en la mesa grande, cada una ocupando una cabecera, cosa que a la señora Broswsky le parecía un detalle elegante, de buenas y finas maneras, que ella no podía permitirse pues jamás había tenido una mesa de tales dimensiones, y menos con tanta talla y floritura.

Llegado el invierno, cuando la casa entera comenzó a oler a naftalina a pesar de que las bolitas se habían consumido en los armarios, tras desayunar, la señora Browsky esperó los cinco minutos de rigor para dar vuelta la taza y enfrentarse al destino que marcaría la senda a seguir esa mañana. La imagen que vio era el retrato clavado de su amado y difunto esposo. Lo supo a primera vista: ese rostro afilado, en blanco y negro, era el de su marido, tal vez poco antes de morir, pero era él, y dedujo que la requería del más allá, acaso por aburrimiento, porque ella no sólo le llevaba flores de su propio jardín, también le hablaba cuando visitaba su tumba, poniéndole al corriente de su vida y de los principales acontecimientos ya fueran del barrio o mundiales. Así se distraían ambos un par de horas y él quedaba conforme y enterado de la actualidad, con rosas frescas cercanas que encubrían el olor a naftalina que persistía incluso al aire libre durante un rato. Dejó la mesa tal cual estaba, para no perder tiempo fregando taza y el plato, se dirigió a su armario ropero y sacó el abrigo de paño gris marengo con botones negros. Cual fue su sorpresa, y disgusto, cuando descubrió que a pesar de la naftalina que generosamente había puesto el año anterior al acabar los fríos, las polillas habían anidado un una manga y el canesú, donde se abrían como flores sendos agujeros. ¿Cómo es posible que el café no le hubiera advertido dibujando una polilla negra con feroces mandíbulas? ¿O había sido ésta la mariposa que creyó distinguir una mañana de lluvia y que descartó inclinándose por un avión que le presagiara un viaje, tal vez a la tierra de su abuela?

No podía darse el lujo de gastar los escasos ahorros en comprar un abrigo nuevo, imposible zurcirlo o remendarlo. Acongojada, casi con lágrimas en los ojos, no tuvo más remedio que ponérselo y dirigirse al cementerio escabulléndose de la gente para que no le vieran los agujeros. No le contaría este incidente a su marido, por no preocuparlo y, como siempre, hablaron de otras cosas, y de la mesa grande y tallada de su amiga la señora Petra.

La señora Browsky nunca regresó; deudos de un sepelio vecino la encontraron acurruca contra la lápida de la tumba de su esposo, todavía con el ramo de flores en la mano cuyo perfume les recordó un derivado del petróleo. Una sobrina lejana que se ocupó de todo, dice que cuando entró en la casa dos cosas la echaron para atrás: el fuerte olor a naftalina, y una calavera negra que el poso del café dibujaba en el fondo de una taza olvidada en la mesa.

 

Norberto Luis Romero © 2014

“La señora Browsky y los posos del café” forma parte del libro inédito “Las Polacas”.

Norberto Luis Romero

Norberto Luis Romero

Escritor argentino