La mujer que quería ser florero La mujer que quería ser florero
Recuerda, cariño, que esta noche somos los anfitriones en la fiesta del puerto. No olvides ser la estrella de nuestro cielo. La mujer que quería ser florero

A mi querida Sandra Zayas

—Recuerda, cariño, que esta noche somos los anfitriones en la fiesta del puerto. No olvides ser la estrella de nuestro cielo. Te quiero deslumbrante, te deseo en azul o tal vez en negro —le pedía Pierre a Alma mientras degustaba unas sabrosas cerezas tumbado en la blanca chaise longe del lujoso apartamento que poseía el armador en la bella Colina de Cimiez, en Niza, muy cerca del Museo Matisse.

—¡Ay, mi amor! Pues tengo que decirte que en esos colores no tengo ningún vestido decente que ponerme. Tendremos que dar un paseo por Jean-Medicine, a ver si Moschino tiene algo a mi altura… —añadía Alma muerta de risa, saboreando de antemano el lujo y la ostentación que últimamente decoraban su vida.

—Alma, ¿no crees que exageras? Podría afirmar incluso que abusas de nuestra, o más bien, de “mi” acomodada situación. Tienes un armario con más superpoblación textil que el de Zsa Zsa Gabor en su mejor época. ¿De veras no encuentras un vestido apropiado entre tanto ejemplar de alta costura y billetera? Si vas de rojo tampoco tengo inconveniente —proponía Pierre mientras seguía masticando cerezas como un emperador romano en plena orgía.

—Te digo que no son apropiados, mi Nerón, mi amor. Los que estoy viendo ahora son todos o muy cortos o muy largos, o demasiado escotados o monjiles tipo “¡Stop erección!” ¿Tú me comprendes? ¡Además puedes pagarlo, así que no comprendo de qué te quejas! Si quieres diosa tendrás que adorarla. Y la adoración requiere un mínimo de inversión y esfuerzo.

—Si no es por el dinero, ya lo sabes, Alma… Es que odio ir de compras y tener que estar saludando a media Niza durante el paseo. Me da pereza, hace mucho calor. ¿Por qué no lo pides por teléfono o por internet y nos metemos en el jacuzzi, solitos los dos? Velas, Moët & Chandon, maderas aromáticas, tu cuerpo astuto del que soy esclavo… —argumentaba Pierre lujurioso y a la vez romanticón.

—¡Ay, pero no te preocupes si te da pereza! Yo no te necesito para ir de compras. Me llevo la tarjeta y ya… No es problema, querido. Tú espérame en el agua, ve contando burbujitas, no tardo —respondía Alma mientras apartaba las manos de Pierre de sus caderas y se deshacía de sus halagos a la misma velocidad que una striper se quitaría la ropa.

—¡Alma! No haces en absoluto honor a tu nombre. Eres muy despiadada conmigo cuando te encaprichas de tus cosas. Vas a llegar tarde, seguro, con el tiempo justo para arreglarte y salir disparados a la fiesta. Y yo me arrugaré esperándote, como pasa siempre. ¡Cásate conmigo, Alma! Yo necesito más…

—¡Pero qué bobo eres! Si quieres mimos, tendrás mimos, pareces bebé. Eso sí, de casarnos ni hablar. Seamos sinceros, Pierre. Tú me deseas porque te resulto cara y difícil, pero esto es temporal. En cinco años te encapricharás de otro florero más caro y más rebelde y yo pasaría a ser la “alegre divorciada” y ese papel ya lo bordó en 1934 Ginger Rogers. Tú y yo sabemos que esto es solo sexo, placer, lujo, nada más… Lo que dure estará bien. Después prefiero tener un amigo a un exmarido—añadía mientras agarraba un bolso y se dirigía hacia la puerta del apartamento cartera en mano.

—¿Quién entiende a las mujeres? ¿Quién te entiende, querida Alma?

Tenía razón Pierre al concluir que a su amante le sentaba raro el nombre, como una perla extraña en la gargantilla de un cuello agitado. Y es que “Alma” era un seudónimo, un heterónimo elegido con esmero; con esmero y devoción por Alma Mahler. Alejandra, que así se llama nuestra protagonista, lo escogió porque quería ser mujer fatal. Seducir a muchos hombres inteligentes, ricos, importantes, manejarlos a su antojo y sentirse libre para crear, como la musa que un día trastornó a Kokoschka. Ella era la nueva versión de “la novia del viento”, aunque esta vez tuviera aspecto huracanado.

Había nacido en La Habana en el seno de una familia tradicional cubana. Hija de un empleado del gobierno de Castro, nieta de un militar de rango, hija también de una pintora naif que soñaba con conocer a Frida Kahlo. Con siete hermanos reconocidos y otros tantos con apellidos diferentes y diferentes madres, pues su padre y también su abuelo, al igual que muchos hombres de su época pertenecientes a familias distinguidas, no se conformaban con un único hogar. Y tenían dos, tres o incluso cuatro. Y también muchas amantes en cualquier rincón. Así era La Habana para Alejandra, un recóndito burdel, un manicomio extraño dando vueltas como un carrusel en su memoria azul y ultramarina.

Y a pesar de la experiencia vivida en torno a su familia, a pesar también del desengaño que sumió a su madre en una laguna de lamentos y canas prematuras de esas que solo nacen tras un amor desgraciado, Alma seguía creyendo que en esta vida todo era posible. Y no descartaba enamorarse. Simplemente, Pierre no era el hombre y aquel “ahora” no era su momento. Demasiadas fresas, demasiados bombones, demasiado mar azul.

Se apeó del taxi en la Place Masséna, tomando la rúa del mismo nombre, una de las calles más lujosas y glamurosas de Niza y recorrió cada escaparate de reojo, con una visión panorámica de ave de presa. Tampoco quería perder demasiado tiempo eligiendo indumentaria, como coach de fashion looks, era toda una experta. Moschino finalmente fue el diseñador afortunado y aunque Alma era esbelta —un metro setenta y seis centímetros de exuberante belleza de ébano envuelta en curvas de delicadeza latina— supo estar a la altura con un vestido negro de encaje elegante hasta el vértigo. No satisfecha aún con el hallazgo añadió al divino tesoro un chal azul turquesa de seda italiana. Giró a la derecha en uno de esos impulsos que parecen obedecer a los designios del viento, siempre caprichosa la naturaleza y como si los elementos y los astros, y una american express a prueba de amor y bombas no pudiesen impedirlo, la magia logró que se topase con una sucursal de Tiffany & Co. que no dudó en visitar, aunque fuese la hora de la merienda y no coincidiese —desgraciadamente para Alma y Audrey— con un imperativo desayuno con diamantes.

Observó con detenimiento varias gargantillas de brillantes. La dependienta la miraba con recelo, no acertaba a clasificar a Alejandra (o a Alma, como ustedes prefieran), en ninguna de sus etiquetas habituales: princesa, duquesa, gran duquesa, condesa, marquesa, realeza no europea, actrices americanas, esposas despechadas de magnates o sultanes, modelos de revista, actrices de cine, amantes indecisas de plenipotenciarios, cargos políticos, ricas herederas de patrimonios inimaginables…

—Quiero esta, la que tiene suaves lazadas irregulares, como si los diamantes bailasen en lianas de la selva —explicaba Alejandra.

—Pero, madame, es una obra maestra de la colección Tiffany Ribbons. Es la gargantilla más cara de la tienda —le susurró la dependienta casi ofendida.

—Pues la quiero, monina. Quiero exactamente esta preciosidad y los pendientes de al lado que hacen juego y me van a quedar mejor que un guante negro a Gilda. ¿Me oíste? Y si dudas en vendérmela porque no sabes quién soy ni de dónde vengo ni a dónde voy, ni por qué la quiero lucir ni qué voy a hacer con ella, si no encajo en tu pequeño mundo burgués y aristocrático de cabecita hueca, me presento. Mi nombre es Alma Mahler (aprovecha la poca cultura general de su adversaria para exhibir un farol más arriesgado que un repóquer de ases): hablo cinco idiomas, soy historiadora de arte, disidente del régimen cubano. Yo voy contra la revolución, ¿comprendes? Soy algo así como la revolucionaria después de los que ya se revolucionaron antes; también soy amante del hombre más rico de Francia, que además me dobla la edad, y en estos momentos mujer florero porque necesitaba un descanso. ¿Quieres saber más? Como amante soy insuperable, los dejo muertos, exhaustos y en estado de shock; por eso me puedo permitir, creo—le cuenta mientras comprueba la etiqueta escondida bajo el molde de terciopelo negro— y en efecto me permito, adquirir esta joya para mi descarada colección, obscena en su valor, te quedarías blanca si la vieras, y como te advertí, los pendientes, pónmelos aparte, pero pónmelos, no vaya a deslucir la fiesta apareciendo en ella como florero vintage. Tengo que convencer a muchos caballeros de que apuesten por el mío.

La dependienta cerró los ojos en una actitud que oscilaba entre el rencor, el desprecio, la vergüenza y la desfachatez. Farfulló entre dientes algo así como: “¿Y ahora qué le digo yo a Carolina de Mónaco?”, pero finalmente cinceló en sus labios una nueva y reinventada sonrisa que parecía descubrir un nuevo amanecer y veloz como si el amor llamara a su puerta y tuviese prisa en recibirlo, envolvió las joyas, pasó la tarjeta y acompañó a Alma a la puerta de salida con una actitud llena de buenos deseos fingidos y un falso parabién.

Ya tenía el equipo completo y aun así contempló la posibilidad de comprar un nuevo perfume para la ocasión radiante, pero le pareció un abuso por su parte (¡Pobre Pierre!) y desistió, alcanzando, simultáneamente al desistimiento, un nuevo taxi que la devolviese a su jaula en los alrededores del castillo. Realmente, su vida, era puro cuento. Pero a ella le gustaba la fantasía, pensaba que ya había sufrido en Cuba demasiada dosis de realidad y aprovechaba cada ocasión que el camino le brindaba para sentirse reina por un día.

Como era previsible y ya nos había adelantado Pierre, Alma regresó al apartamento con el tiempo justo para arreglarse y salir envuelta en una atmósfera de anuncio de Chanel hacia la limusina que habría de conducirlos al barco que aguardaba en el puerto, propiedad del magnate, iluminado como la Plaza Picadilly en navidad y más anclado a la tierra que un baobab a la sabana. Solo les faltaba una banda de música, pero seguramente Pierre no quiso evocar al Titanic y su triste final. Como habrán podido adivinar, Pierre es un tipo listo.

—¡Dios mío, Alma! ¡Cuánta gente! Odio tener que presidir estos circos. En una hora puedo alegar cualquier excusa y volvemos a casa. Además, estarás cansada, cariño…

—¿Cansada yo? ¿De qué? ¿De probarme joyas y vestidos? A casa no volvemos hasta el amanecer, tú tienes que hacerles la pelota a tus clientes y yo debo conseguirte nuevos inversores. ¡Si a mí lo que me gusta es la fiesta! Tú olvídate de la casa que de ahí no se va a mover, mi amor… Sonríe y disfruta; y si te aburres, bebe. Bebe y verás que ya todos los males se te van a pasar.

Pierre frunció el labio inferior unos segundos en señal de desaprobación, de hartazgo tal vez, pero pronto apareció en su vida un ministro extranjero cuya sola presencia era tan relevante en el futuro de su patrimonio que el rictus le cambió de golpe, transformando su temperamento melancólico y lánguido en un semblante de alegría tropical.

Mientras los caballeros mercantiles y capitalistas hablaban de alcohol, inversiones y cifras, Alma se adentró en el círculo más interesante de la fiesta como pez en el agua, con la destreza de una mantarraya intuitiva. Y a medida que se introducía en las entrañas de ese monstruo incontrolable que puede llegar a ser un grupo de artistas bebiendo champagne en la cubierta —convertida esa noche en hormiguero— del barco más ostentoso y chillón de la cote d’azur, más cabezas se giraban para admirar su espectacular elegancia y belleza. Alma y su pelo negro, su voz grave y resuelta, sus grandes ojos negros, su pelo recogido en un moño alto años 50, su atractivo exuberante de quien sabe conquistar a dioses, bestias y demonios. Nadie, ni hombre ni mujer, se resistía a su encanto. Era Mata Hari por vocación y por naturaleza.

—Alma, querida, cada noche que vuelvo a verte me pareces más impresionante —le confesaba el pianista con look de Cole Porter, el mismo que solía amenizar las bacanales contemporáneas de Niza y Marsella. También trabajaba, por una sustanciosa cantidad, en Cannes y Montecarlo. Debía su fama a Estefanía. No pregunten por qué.

—Siempre tan amable, querido Jean Paul, eres un amor. ¿Por qué no tocas para mí “Beguine the Beguine”?

—Será un placer. A madeimoselle lo que pida, aunque siempre me pida la misma canción y jamás me confiese el motivo.

Y las notas del clásico de Porter empezaron a evaporarse en la noche estrellada de Van Gogh que brillaba en el cenit como un vuelo insumiso de luciérnagas. La cote d’azur era un lugar hermoso, como de cuento Disney, un lugar para ser una princesa porque si no, solo cabe la posibilidad de sentirse muy pequeño y muy solo. Alma conversó con su grupo favorito, artistas de la Riviera a quienes Pierre invitaba por puro espíritu samaritano. Le gustaba actuar como mecenas. Músicos y pintores vanguardistas, poetas que creían en el ultraísmo, escultores que merodeaban inquietos alrededor de unos dólares y del Museo Matisse. Alma se dejaba retratar, describir y esculpir por todos ellos y eran, en medio de ese carrusel de finanzas y naufragios personales, una isla de sensibilidad que la mantenía a flote mientras su vida errante seguía basculando entre el olvido y la pérdida.

—Alma, es cierto, cada día estás más bella, pero ¿no te cansas de ser mujer florero? Pierre está loco por ti, deberías aprovechar la situación y casarte con él. Ya después, si surge el amor te quedas a su lado y si el barco se hunde, un buen abogado te garantiza una más que aceptable pensión de por vida. Si no espabilas te quedarás sin Pierre y sin nada —le proponía la escultora Pauline, madura, sensata, de rostro geométrico, como si Picasso la hubiese sacado de uno de sus cuadros cubistas, concretamente de una de sus versiones de “El pintor y la modelo”.

—Pauline, tú sabes que yo soy feliz siendo chica florero, porque (¡ojo!) yo, si soy florero, soy el florero más costoso y caro del escaparate y además soy florero consciente. Yo sé que este papel con cada hombre que elija —porque soy yo quien elige al propietario, no él a mí—tiene los días contados. Pero no me interesa casarme. Ser florero consciente es una vocación, una etapa más en la vida. Cuando me case será por amor porque detrás de las flores, mi piel se llama dignidad.

Pauline negaba con la cabeza en un gesto que parecía indicar su desconcierto. No entendía a Alma. No la entendió nunca. Era pura contradicción. Inteligente y florero. Inteligente y no se casa con el hombre que podría alejarla de una futura e hipotética pobreza.

—Pauline, no te enfades conmigo. Tengo mis motivos, aunque nunca llegues a entenderlos. Acéptalo así, quiéreme, aunque no me comprendas, como yo te quiero a ti con tus contradicciones de bohemia burguesa que no encajan en el arte y la filosofía modernas.

Las dos amigas se miraron a los ojos y se sonrieron. Donde hay cariño sincero no hay verdad que duela.

Un torero famoso, español, con aroma a Sevilla y a jactancia, miraba a Alma con los ojos como dardos encendidos y le envió por tres veces una nota a través de un camarero. Al ver que ella no se inmutaba mandó a su mejor amigo, el típico aguanta-copas, para convencerla de que le diese una oportunidad. Ahí tenía Alma un nuevo aspirante a florista.

—Pero qué pesadito es tu compadre, hijo… Mira, dile, que yo vengo de Cuba, y que Cuba es el país de los cuentos, así que los que él me quiera contar, yo ya me los sé todos… Dile también que soy la amante del anfitrión de la fiesta y que la próxima vez le va a responder Pierre —añadió Alma de mal humor. Empezaba a cansarse de espantar tanto mosquito. Le quemaba en la piel.

Los días contados fueron otros sesenta. En mitad del otoño la pasión se agotó y empezó a agrietarse como las ramas de los árboles del Paseo de los Ingleses. Niza es una ciudad llena de flores y turistas, de banderas y estandartes para embajadores, de tiendas de lujo y carteles, de porteros uniformados masticando la palabra exilio. En realidad, la ciudad entera es un escaparate en venta, y en esa exposición que podría parecer tan completa y extenuante, Alma veía una carencia absoluta de atmósfera propia y eso le resultaba insoportable.

Antes de asistir a la agonía mortal del deseo, hizo las maletas y tomó un vuelo a España, donde ella tenía amigos de verdad y un campamento base. Vendió todas sus joyas, sus vestidos Chanel, sus Moschino, sus bolsos Longchamp, todo lo que podría tener un precio sin ningún valor. La considerable suma que obtuvo en el mercado negro la invirtió en billetes de avión. Consiguió traer de Cuba a siete amigos disidentes que vivían entre el hierro y la penumbra.

Una noche cualquiera, vestida con unos jeans viejos y una camiseta blanca y rota, salió a pasear por la plaza de Santa Ana, en Madrid. Le gustaba observar cómo se posaban las palomas errantes en las manos de la estatua de García Lorca. Le parecía una metáfora de la libertad.

Se sentó en un banco al lado de un hombre ciego. Seguramente Alejandra pensaba que un hombre así no suponía ningún peligro.

Frente a ellos un violinista callejero empezó a tocar “Beguine the beguine”.

El hombre tarareaba la canción como si en ello le fuese la vida.

Giró su cabeza hacia el rostro de Alejandra viéndola sin ver y le susurró:

—¿Bailamos?

Ella aceptó el ofrecimiento por pura curiosidad. Nunca había bailado con un hombre ciego de voz sensual.

—Sigues mis pasos de maravilla. Y hueles muy bien, a madreselva. ¿Puedo saber tu nombre?

—Alejandra, me llamo Alejandra —respondió ella sin titubeos, sonriendo como si lo hiciera por primera vez. Y se acurrucó en su hombro como si lo amara.

—Alejandra, me gusta tu alma…


Marta Muñiz Rueda

Marta Muñiz Rueda

Nace en Gijón, Asturias, en 1970. Licenciada en Filología Hispánica y titulada en Música. Ganadora del Premio de Poesía Esencia de Mujer (Astorga, 2015), del II Certamen de Poesía Lord Byron (Avilés, 2016), Primer Premio del VI Certamen de Relatos Río Órbigo, (León, 2016). Ha publicado el libro de poemas “El otoño es nuestro” (Tres voces, tres mundos II, Ed. Csed-Poesía, 2015), la colección de relatos “13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos” (Ed. Piediciones, 2016) y la novela “Tiempo de cerezas”, (Ed. Camelot, 2017). Colabora asiduamente en eventos literarios y ha participado en numerosas publicaciones colectivas, tanto en revistas (La Curuja, FAKE-España, Espacio Luke) como en antologías o misceláneas (“Poemas por vidas”, “15 autores, 24 horas”, “Sagrado Invierno”). El próximo día 1 de julio de 2017 participará en el VIII ENCUENTRO POÉTICO de San Miguel de Escalada.