La Merced, “el lugar donde está Dios” La Merced, “el lugar donde está Dios”
“¿A dónde vas?”, preguntó mi padre. “A La Merced”, contesté. “Deberías ir más fodongo, vas a La Merced. No te vayan a hacer algo”.... La Merced, “el lugar donde está Dios”

“¿A dónde vas?”, preguntó mi padre. “A La Merced”, contesté. “Deberías ir más fodongo, vas a La Merced. No te vayan a hacer algo”. No es que sea un paladín de la moda. Nada más alejado. Pero vestía, digamos, con mi uniforme habitual –soy un animal de hábitos bien marcados-, una camisa azul,  pantalón caqui y chamarra café. El señalamiento  tenía, también, algo de incoherente: vivimos en una colonia que es un destacado referente de la delincuencia urbana; según he leído, está entre las 10 zonas más peligrosas de la Ciudad de México. Aun así, nada es tan potencialmente peligroso que viajar a La Merced, territorio hostil y criminal por antonomasia, en el imaginario colectivo capitalino.

Minutos después, luego de una larga y erudita disertación sobre las posibles causas que impelen a las mujeres a la prostitución –mientras sufríamos inermes las inclemencias del tránsito en Anillo de Circunvalación-, el chofer del taxi que se tocó el corazón para dejarse abordar en la esquina de mi casa, dejó en el aire una recomendación que sonó a sentencia: “Y abusado, joven. De aquí no se fíe de nadie”. Con ese par de reconfortantes consideraciones eché a andar.

Me gustaría escribir que fui audaz y desenfadado. Que nunca miré hacia atrás cuando sacaba el traicionero celular para cerciorarme, frente a su luminosa e inútil pantalla,  que no sabía un carajo sobre hacia dónde dirigir mis pasos. Desarrollé, entonces, una sesuda estrategia que consistía en no preguntarle a nadie la ubicación de mi lugar de destino: La Plaza de la Aguilita.

La Merced, “el lugar donde está Dios”

Sobra decir que mi plan fue un redomado fracaso; apuré el paso, y de poco en poco, hice patente mi ridícula hipocondría: nadie me miraba, tampoco nadie me seguía; era un ciudadano más entre los muchos otros que se perdían en el tumultuoso comercio matutino, o que dilapidaban gustosos sus reservas frente a la diabetes o el colesterol alto, en los puestos de tortas, tacos y tamales de La Merced –vi, por cierto, un comercio que servía mariscos y ostiones negros-. Y no fue sino hasta que pregunté a una vendedora de café hacia dónde ir, que arribé, sin un rasguño, a la Plaza de la Aguilita que, por cierto, no tiene Aguilita ya.

La secuencia de hechos que he narrado, denuncian con claridad el injusto tratamiento que damos a La Merced. En ello, mucho ha influido una inopinada visión que de la ciudad construimos. Una suerte de segmentación perversa, motivada por los reflejos prejuiciosos de una sociedad contradictoria y asimétrica. Por un lado, aspiramos  a una capital luminosa, cosmopolita, toda modernidad y lujos, habitada por una población telegénica y mercadológicamente correcta; pero ignoramos, quizá lo sospechemos, que tras la careta de innovación que la recubre de brillantes e inalcanzables rascacielos, otra ciudad reclama por la vigencia de ciclos y códigos antiguos, que a trasmano sobreviven, celosos de su pasado y terca actualidad.

Ya Octavio Paz había reparado en ello: el sino trágico de la mexicanidad, es su ambiguo conflicto entre el pasado y el presente; porque el pasado nunca termina de serlo del todo, y el presente nunca deja de estar instalado en el  pasado.

La Merced, “el lugar donde está Dios”

En buena medida, la labor de Jesús Petlacalco –con quien me encontré en La Merced- tiene por objeto armonizar esos dos ciclos antagónicos; y, de paso, restituir la maltrecha e injusta fama de su barrio, víctima de un asedio soterrado, prohijado por el elitismo mediático para el que tan caro ha sido medrar de una realidad distorsionada, marcada por las estampas reduccionistas de una sociedad compleja e inclasificable.

¿Qué es La Merced?

Surcada de canales, La Merced era –lo sigue siendo a su manera- el centro comercial del México antiguo; derivado de su importancia económica, fue también referente para el acogimiento de la inmigración internacional. Habla Petlacalco: “Esta zona, después de la Conquista, sigue cumpliendo la misma función: ser centro de abasto, pero también una función mucho muy importante que le ha dado un sello particular, que es la recepción de inmigrantes de muchas zonas. Antes de la Conquista, de muchas regiones de Mesoamérica, y después de la Conquista, de España y de otras partes. Después llegaron franceses, libaneses, judíos de Europa y de Oriente. Esa es otra nota que hace muy particular a este barrio”.

Petlacalco tiene un íntimo –en el más literal sentido de la palabra- conocimiento de La Merced. No es gratuito. Su vida y la de su familia han estado ligadas a este barrio desde generaciones lejanas, haciendo propios sus regocijos y congojas. Ese es otro insistente rasgo de este barrio: nadie vive al margen de su vida comunitaria.

La Merced, por ejemplo, narraba el padre de Petlacalco, es la mejor Universidad de Comercio y Administración del país. Y le creo. Ejemplos para sostenerlo los hay y gran calado. Uno de ellos, por cierto, de alcance internacional: la familia de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, forjó parte de su historia aquí, en la Merced legendaria.

La Merced, “el lugar donde está Dios”

“Tú ves a los niños aquí en la Merced –relata-, y ya desde niños saben negociar, convencer, persuadir; saben comunicar y eso es un don con el que se nace. El reto es acompañar a los niños a que lo apliquen en cosas para su beneficio, y por ende, al beneficio de su comunidad”,

Aquí, también, encuentran su simiente los más prestigiados establecimientos actuales. A principios del siglo XIX, los Barcelonette, comerciantes franceses de ropa y artículos de lujo de la extinta Plaza del Volador – conexión comercial con el mercado de La Merced- desarrollaron un emporio comercial que, pasados los siglos, dio en llamarse Liverpool y El Palacio de Hierro. Vaya paradoja: los irreprochables símbolos del status social, tienen un sólido origen mercedario. “Soy Totalmente Merced”, chapéu !

La Merced del futuro

“Lo que hago ahora –dice Petlacalco-, y no es pose, lo hago por esta gratitud a un espacio que me dio todo. Y cuando digo todo, no sólo hablo de una vocación, hablo también de una familia con una historia muy compleja, muy difícil, pero también muy rica. Y la gran fortuna de poder contar historias de un lugar que no tiene fondo en cuanto a riqueza”.

Con el esfuerzo personal y de otras instituciones, Petlacalco ha levantado un proyecto llamado “Niños y niñas guardianes de leyenda, en el barrio de La Merced”, que desde hace dos años, reúne a pequeños mercedarios, originarios del segundo callejón de la calle de Manzanares, para inculcar en ellos la revalorización de su comunidad a través de la reproducción y enseñanza de las míticas historias que troquelaron el rostro imaginario de su colectividad.

Desde la monstruosa rata gigante de La Merced, cuya particular cualidad era la de ser más grande cada cierto tiempo; a la leyenda prehispánica de la Cihuacóatl, conocida también como la Llorona, Petlacalco se propone que “la gente tenga bien entendido que ser de La Merced es un verdadero privilegio, y que sepa cuidar lo que tiene”. No es para menos.La Merced, “el lugar donde está Dios”

De acuerdo con la antigua traza tenochca, y sus cuatro parcialidades: Atzacoalco, Cuepopan, Moyotlán y Teopan, al barrio de la Merced, y la zona que le circunda, corresponde esta última delimitación. El lugar tenía entonces un elemento vital y sagrado: “Teopan significa –habla Petlacalco-, el ‘lugar donde está Dios’”; además, fuera del imaginario mitológico de la improbable águila parada sobre un nopal, aquí en La Merced, “se cree (…) fue donde se establecieron los primeros tenochcas, aquí fue donde empezaron a vivir”.

Ese día, hacia la tarde, me calcé una boina y me perdí en las calles de La Merced. Mientras caminaba, ya no volteé hacia atrás.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.