“La llama consume a la vela por fin y la noche es una puerta” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil”, de Eduardo Medina “La llama consume a la vela por fin y la noche es una puerta” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil”, de Eduardo Medina
He cubierto mi cuarto con sábanas blancas. No quiero que salgan mis fantasmas. Pero yo sé mi nombre y mi nombre es Eduardo “La llama consume a la vela por fin y la noche es una puerta” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil”, de Eduardo Medina

 

He cubierto mi cuarto con sábanas blancas. No quiero que salgan mis fantasmas. Pero yo sé mi nombre y mi nombre es Eduardo; es decir una triste sangre que va y viene circulando en el vacío. Trémulo el viento se mueve allá afuera. Yo, aquí en la blancura, maldigo a dios y a los hombres. Hoy no voy a salir: no quiero matar. Quiero sentarme aquí y rezarle a la diosa de las tres tetas, al dios del pene flácido. Estoy desnudo. No tengo frío. Una mosca zumba por ahí. Me veo los dedos de los pies y no creo que haya tanta fealdad entre los hombres, y mi rostro es como cualquier rostro, pero no puedo verlo, no confío en los espejos, pero me lo sé de memoria por las furias que me han atravesado los ojos. De modo que cuando pienso en mi rostro pienso en el rostro de cualquier hombre, pero como adherido a mis terrores y entonces me digo: ¡ah, éste soy yo! Y en este descubrimiento no hay júbilos ni estrellas, hay más bien un endurecimiento de las vísceras y una apatía negra.

Me da asco ser un hombre y estar vivo. Estoy harto de vivir como una coordenada del mundo. Harto de vivir como un límite del mundo y ser poco más que un andar de huesos. He devuelto el televisor, tiré los libros, los sillones, el colchón, quemé todo excepto las sábanas blancas que colgué de las paredes para no ver ni una sombra, ni una prueba de que existo. Me vacié de semen, de orines, de mierda, y espero, temblorosamente, el sueño, la derrota de este día. Harto de andar por las calles entre el vómito, las cenizas, el smog, entre otros cuerpos. Porque no soporto esta carga de vivir, este latido de tambor dentro del pecho, porque no comprendo este mapa en el desierto de mi mano, estas líneas que son llagas; ni esta carnalidad mía de autómata que dice sí cuando le ofrecen un vaso de agua, o dice no cuando le ofrecen un cigarro; ni estos vellos que me salen por los poros, por docenas, por centenas, por los siglos de los siglos, eternamente, sempiternamente, ad infinitum, amén.

Hoy no quiero salir. Hoy he sellado estas paredes con saliva: para que no salga la palabra. Para que no salga esta necesidad mía de tener, de no olvidar, de afirmarme, siempre dolorosamente, sanguinariamente, en los otros; ni el recuerdo arácnido, alucinante, de elefante y pelícano; ni esta peste tremenda de axilas que traigo, ni este olor a pedo de mi voz.

La otra tarde en que no llovió maté a un hombre. Lo seguí por un callejón con un cuchillo en la mano. Su sombra se perdía por entre otras sombras, las de los gatos, las de las bolsas de basura, y por un momento pensé que no seguía a un hombre sino a un fantasma. O seguía a mi reflejo, pues el sonido de sus pasos se entrelazaba con el de los míos, y su sombra era mi sombra. Pero al llegar al basurero se rompió el espejo del mundo y se me reveló el otro: pantalones de mezclilla raídos, zapatos negros, una gorra sucia de sudor, una barba negra. Encendía un cigarrillo. De su boca salió disparado un chorro de humo denso y blanco, como la materialización de su silencio. Me acerqué a él, a esa conjunción de nervios y articulaciones y grasa y huesos, y levanté el filo y lo acerqué hasta su garganta y el cigarro tembló entre sus labios y me dijo: “No me mates”. “¿Y por qué no?”, respondí.

Le rajé el cuello y con su sangre firmé las baldosas del suelo. Se derrumbó como presa del más hondo cansancio, y yo lo miré disminuirse, perderse entre el azul sin límites, de a poco, hasta quedar sólo la costra fría de sus pestañas y el vidrio sucio de sus ojos mirando hacia la nada. Y el instante del trance fue como el escampar: pero aquella noche no llovió.

Horizontum. “La llama consume a la vela por fin y la noche es una puerta” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil”, de Eduardo Medina

Vi llover esta tarde. De ninguna parte caían las gotas. Destellos y materia. Y mi lengua es un pedo que subió desde los infiernos: pero no puedo escribir. Estoy mudo ante la osadía de decir. Y detesto a la gente que no es enemiga de sí misma, Vicens lo dijo. Aquí en mi casa chillan las paredes y se retuercen las tuberías. De los otros cuartos se levantan quejidos, ruidos, como si alguien se acomodara la voz dentro de la garganta. Y ese sonido queda flotando en la oscuridad como esperando que yo abra la puerta y lo reciba. Como si estuviera parado del otro lado de la puerta, intentando escuchar lo que digo, lo que pienso, lo que no puedo escribir. Pero no voy a abrir la puerta, estoy aquí en medio de mi jaula blanca esperando la noche, o el sueño, o ambas cosas. Si he de ser que sea yo mismo; si he de escribir que sea con mi propia voz, pues no me interesan los otros. Qué beberé sino esta agua de quemadas rosas, de lastimados sueños sin victoria, ni tiempo, ni final; qué sino esta locura de dioses ingobernables sacudidos por la furia de sus ángeles, de su reino de serpientes y terrones; qué sino esta amarga sustancia amarilla colmada de plomo y mercurio y asbesto y hambre y enfermedad y guerra y muerte; qué sino estos nudos de sangre reptantes por la tierra, sacudidos por las espadas y los relámpagos, qué beberé sino esta desnudez de simio en la noche tecnológica y bárbara y su crepúsculo sin color y sus tumbas sin nombre. No la voz. Nunca la voz: calabozo de intestinos y sarro entre los dientes; de lenguas como penes vírgenes y ojos como puños y alimento para las serpientes.

Los otros son la noche de los negros diablos que bailan: una vez vi arder a un niño. Fue una tarde seca sin luna. Azul violeta y sin ruidos ni ladridos de perros. Salía de un callejón, por la acera reptaban las envolturas, las botellas de refresco, las latas de cerveza, mis pasos eran como la cuenta de un metrónomo. La calle estaba vacía y los negocios cerrados. Entonces, de alguno de los edificios, se abrió una ventana: una mujer con los senos al aire sacudió un tapete: el polvo flotó y cabalgó el viento hasta posarse sobre una multitud, cerrada en el círculo de linchamiento, unos metros más adelante. Todos estaban quietos, callados, como tomados de las manos, contemplando el ritual. Un par de hombres amarraban a un niño a un poste de luz. El niño estaba golpeado hasta el absurdo, y dentro de su rostro desfigurado rogaban un par de ojos marrones, húmedos de lágrimas. Le habían quitado una mochila, y de la mochila habían sacado un modesto motín: un fajo de billetes, tres carteras, un reloj de pulsera y una navaja. Un pequeño ladrón. Rociaron el cuerpo con gasolina y le arrojaron un cerillo. El niño, el cuerpo, casi vencido, recobró las fuerzas de pronto y gritó como desde el fondo de una pesadilla, y su grito quedó temblando en el aire y fue absorbido muy lento por todos los asistentes. Como si comieran lentamente, bocado a bocado, aquella voz invisible y los saciara hasta los huesos. La sirena de las patrullas no se oyó, ni se vio el resplandor rojo azulado de sus torretas. La tarde cayó lenta y las llamas iluminaron las paredes y los cuerpos. El esqueleto carbonizado se derrumbó de pronto como un montón de piedras y los asistentes, una vez saciados, voltearon a mirarme. Yo, de pie entre las sombras, armado con mi par de ojos, levanté el puño y les juré la muerte. Se quedaron quietos como oscuras gárgolas custodiando a un dios de ceniza, mirándome tan solo, y en aquella mirada contemplé el fantasma de la humanidad, la broma de la otredad: una explosión sin límites de tentáculos y bacterias. Siete mil millones de bestias dentadas, de simios y cadáveres.  Se dispersaron con el ritmo de la basura arrastrada por el viento hasta perderse entre las calles sin nombre.

Y este amor doblado de noches es como un puro delirio sin objeto: la otra noche en que dormíamos, tú apaciblemente y yo inquieto, soñé otra vez con el campo interminable de los espejos. Es un campo eterno, infinito, de una tierra gris, cuarteada, seca de siglos, y sobre ella están plantados como árboles de pura demencia los espejos. Y en todos ellos se refleja una pesadilla. La pesadilla de los automóviles en uno: multiplicados hasta la insania en las ciudades. ¿Cuántos automóviles nos caben en el ojo? ¿Cuántos soporta una ciudad de calles como grietas? La máquina se reproduce más rápido que el hombre, Vallejo lo dijo, y con

ella la desdicha. Y al fondo de ese sueño, de ese espejo delirante, hay un demonio metálico masturbándose. Y su semen incontenible es el río del tiempo, de este tiempo nuestro de mustias acelgas digeridas y calabazas como piedras y tripas colgadas en las puertas. Y la pesadilla de los cráneos y las moscas en otro: esta terquedad nuestra de cisterna, pero sin agua; de alacenas, sin trigo; de almohadas sin espuma. Y la gente apilada por montones en las coladeras, esperando el barrido final del agua que no cae, o que cae pero barrida ella por el viento como lágrimas sucias de este mundo sin espacio. Y la pesadilla de los hospitales en otro; de los esfínteres y los ovarios, en aquél; y la pesadilla nuestra en este espejo de ojos sin pupila, donde caminamos por las calles atestadas de gente y los túneles huelen a meados y espera nadie un tren que pasa ya nunca, pero los muertos se calientan los huesos frente a la hoguera con el soplar del viento por única compañía; los letreros espectaculares siempre tienen gente hermosa y feliz, y acá abajo en donde estamos todos hundidos de mierda hasta el cuello ya no hay una sola rosa; y por los balcones la gente sale a cagar, a mear, a escupir, y su misericordia nos salpica las cabezas calvas.

Ésta, ésta pesadilla nuestra de llegar todas las noches a un departamento de dos por dos y no decir nunca te odio. Ésta pesadilla nuestra de ya nunca llover pero tomar tres vasos de agua al día. ¿Ya te viste? La piel se te está poniendo amarilla. Este sueño lo volví a soñar aquella noche en que tú dormías y yo nunca: caminé por el campo sombrío hasta el templo misántropo, la morada del asesino, y en su fondo grité, me desnudé, y entonces crucé el brazo por encima de ti y te dije:

—Estoy ciego de furia y de muerte… Este no es lugar para ti. Déjame, por favor, derribar el templo, salvarme…

Y tú que despertabas me rozaste con tu pierna y dijiste:

—Ya va a sonar el despertador.

Desde entonces no he soñado nada. Sucede que me canso de ser hombre, Neruda lo dijo, y no puedo escribir. No puedo hablar. Se queman las palabras, estas letras, al salir de mi garganta; mi dedo es una brasa. Se calcina esta hoja blanca antes de poder leerla. Y yo soy como una última ceniza: flotante y nunca cierta.

Allá del otro lado cae la noche y con ella el tiempo. El reloj destrozado, solar y único, se vuelve ahora sombras y delirios. Las sombras se mueven por ahí y los cuervos anuncian su llegada. Me pongo de pie, enciendo una vela y vuelvo a sentarme. Vuelvo a mi concha, a mi salvación de huesos y carne. La vela tiembla y el destello es dorado. Un ritual negro en donde se quema un desgraciado: eso es escribir. Es llamar a los demonios del fuego y que se levanten, y que miren por encima del hombro lo escrito y lo borren con sus lenguas, que se apoderen de los dedos y que ellos hablen. Que hablen los demonios, pues yo no puedo. Estoy fijo en la oscuridad como un pulso dorado de la tierra. Esta voz que es mi voz, es la voz de los demonios. Verse a través de un espejo roto de tiempo, estar fuera del tiempo y estar roto, eso es escribir. Es saciar una sed amarga de infancia en donde todo sigue siendo nuevo y siniestro. Cada palabra es un rezo oscuro, una oración a la nada. ¿Quién me escucha? ¿Alguien escucha mis lamentos? Pero la noche cae y con ella el tiempo: la luna es enorme e ilumina: la vela tiembla aquí en mi cuarto blanco. Pienso en todo. Yo soy la totalidad: la mosca que zumba entre este espacio, el insecto que repta, el grillo y sus cánticos. Yo soy la totalidad: polvo nocturno, las amargas nubes de la noche allá arriba andando lentamente sus senderos; y soy el silbido del viento, la ventana rota en la casa del vecino. Soy el gato que salta por los tejados y la sombra de los fantasmas. Yo soy la totalidad: en la fábrica de allá, en la otra calle, tiemblan los fantasmas. Crujen sus agonías en los tanques, el polvo de hierro se levanta de repente. Lamentos se escuchan entre el eco.

El grito de los muertos resuena todavía en esta fábrica. Los obreros desgarrados por la noche salen a buscar su pan y su vino. Yo soy este cántico. Yo soy este abandono de polvo y noche. Yo soy el grito que se levanta de pronto sin boca que lo emita, temblando angustiosamente en los cuartos de bronce. Yo soy esta pupila abierta de ciudad donde moran el desvarío, la demencia sin límites, la locura desconsolada y sollozante de  los muertos. Yo soy la totalidad: esta mariposa negra posada en cada techo de cada casa. Yo soy este pan amargo partido en dos, en tres, en cuatro, en ciento cincuenta mil, para adorar al silencio de las bocas que se alimentan. Yo soy la palabra negra de este dolor compartido y sufrido en nuestra hermandad de calaveras. Y soy también la porción de los zopilotes, de los buitres que vuelan desde sus reinos lejanos de montañas para estar siempre puntuales a nuestra muerte, aunque su manjar sea precario. La llama consume a la vela por fin y la noche es una puerta.


Eduardo Medina

Eduardo Medina (Edo. de Méx, 1989) es escritor y melómano. Escribe sobre jazz, hip hop, psicodelia y otras músicas en revistas digitales como Noisey, Yakonic y Letras Explicitas. Ha escrito también en diarios como El Universal, La Jornada; y suplementos como La Cultura en México. Sus textos se han publicado en algunas antologías, las dos más recientes: Andan sueltos como locos (2016), del premio Amparo Dávila; y El Pulso de la Tribu (2015), del Estudio Matanga. Ensayo para un saxofonista (Abismos, 2016) será su primer libro publicado bajo su nombre.