La invicta cotidianidad La invicta cotidianidad
Quiero vivir abajo, en el mar, hasta que exploten mis oídos. Ahogarme. Esperar a que ocurra un milagro que me reviva. Volver a la... La invicta cotidianidad

Quiero vivir abajo, en el mar, hasta que exploten mis oídos. Ahogarme. Esperar a que ocurra un milagro que me reviva. Volver a la tierra. Tirarme en la arena y calcinarme al sol. Resucitar. Retornar al mar.

Llevar una existencia dentro de las fronteras de la normalidad ofrece certezas que se reconocen como éxito y terminan por ayudarnos a llevar una vida más plácida, sin sobresaltos: estudiar, conseguir un buen trabajo, formar una familia, comprar una casa… Todo es más duro para quienes deciden rechazar esos bordes.

Conocí a María en el verano del 2009. Yo tenía 19 años y estaba invadido por la tristeza que representa una desventura amorosa a esa edad. Ella era la cita de uno de mis amigos, él era el dueño del vehículo por lo tanto me tocó el asiento de atrás, desde donde la vi salir de su casa con un vestido negro y una banda verde en la cabeza. María me pareció atractiva, pero no mucho más que eso. Nos dirigimos a la fiesta, pero antes hicimos una escala en un departamento para echar el pre.

De la nada, conseguí apoderarme de la plática con María. Era toda mía, fue natural. Primero me resultó simpática, luego le encontré similitud con la hermana de otro amigo (se lo dije y le causó gracia), unos minutos después me di cuenta que ya no quería hacer otra cosa que no fuera estar con ella. Su magnetismo era insoslayable.

Camino al lugar de la fiesta, el destino nos alejó. Una premonición de nuestra relación. Nos tocó transportarnos en autos separados. Cuando la encontré ya hablaba con alguien más. Admití la derrota. Al final de la noche volvimos a casa mientras ella nos tomaba a mi amigo y a mí de la mano. Al día siguiente la busque pero desapareció.

Semanas después volvió. Se había escapado con el manager de una banda que tocó en la ciudad un día después de que la conocí, no le cuestioné su ausencia pues apenas sabía algo de ella. La noté un poco triste.

Con el tiempo me permitió entrar en su vida. Sin embargo, siempre ocurría lo mismo: desaparecía por períodos cada vez más prolongados. Conforme transcurrió nuestra historia, eso comenzó a molestarme. Cuando nos reencontrábamos todo era perfecto.

Salir a pisar charcos, comer una hamburguesa, preparar bebidas en su cocina, caminar sin rumbo, acompañarla a sus citas con el psicólogo o tumbarnos a platicar toda la noche. Nada extraordinario. María tenía la capacidad de quitarle lo normal y sublimarlas.

Un día la acompañé a la universidad, ni siquiera sabía que estudiaba. Algo le dijeron en la escuela que la hizo enojar, entre un pequeño llanto y algunos gritos comentó que no quería estar más en San Luis. e quería ir para siempre. Iba a dejar de estudiar.

Comprendí de qué se trataba. María desaparecía para escapar, escapar de algo que tal vez ni ella entendía en ese momento: huía de la cotidianidad. Trataba de esquivar lo aburrido de su casa, su vida, su familia, sus amigos, de mí. Alguien en la universidad debió recordarle que eso no es posible.

Su hastío por la realidad cada vez nos distanció más. Supongo que le incomodaba tanto lo cansina de la vida en México que se tuvo que ir a vivir a Florencia. Por mi parte, estaba tan fastidiado de sus actos de escapismo, que no fui a la fiesta de despedida. Luego supe que había dejado Florencia y se mudó a Londres. No me sorprendió.

Hace poco me enteré que volvería a San Luis. No sé por cuánto tiempo. Dudo que sea mucho. Pese a eso, su visita me parece algo lógico y tal vez durará más de lo que ella quisiera. Retorna para de nuevo escapar. Aunque se lleve una vida aparentemente colmada de emociones, todo termina por volverse común. El eterno ciclo de regresar e irse.

María busca en la vida diaria la fórmula para disipar el aburrimiento de las aventuras. Otros buscamos a María para escapar de la suciedad de la monotonía. La cotidianidad es tan caprichosa que tal vez ni con la muerte la podamos eludir.

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano, entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx. luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_