La huella profunda de las novelas de narcotráfico La huella profunda de las novelas de narcotráfico
¿Es el narcotráfico una temática nueva para la narrativa mexicana? Definitivamente no. Aunque en los últimos años se incrementaron las novelas sobre narcotráfico La huella profunda de las novelas de narcotráfico

¿Es el narcotráfico una temática nueva para la narrativa mexicana? Definitivamente no. Aunque en los últimos años se incrementaron las novelas sobre narcotráfico, esto no quiere decir que el tema apareció en la literatura mexicana apenas el sexenio pasado. Por el contrario, este tipo de narrativa posee una tradición de más de 50 años en México, desde la aparición en 1962, de Diario de un narcotraficante, del escritor sinaloense A. Nacaveva.

Aun así, la crítica desconoce el tema ni sabe cómo nombrarlo. Para algunos, el registro debe llamarse “literatura del narcotráfico” (Ortiz, 2010), “novelística del narco” (Carrillo, 2011) o incluso “narconarrativas” (Lemus, 2005), sin embargo, dichos términos no expresan más que un prejuicio en el que se presupone que quien escribe literatura sobre narcotráfico pertenece también a la cultura del narcotráfico. Por si fuera poco, la palabra “narconarrativa” no describe sus características de recursos o personajes.

La huella profunda de las novelas de narcotráficoYo prefiero llamar al fenómeno “literatura sobre narcotráfico” para referir a obras literarias (narrativa, poesía, dramaturgia) que impliquen sólo siembra, trasiego y tráfico de estupefacientes, pudiendo o no, incluir el elemento del sicariato.

La confusión tiene origen en el artículo “Balas de salva. Notas sobre el narco y la narrativa mexicana”, publicado en Letras Libres, donde el crítico literario Rafael Lemus asegura que las “narconarrativas” en México carecen de una técnica novedosa no comparable con el desarrollo de esta literatura en Colombia, lo cual es inexacto, ya que la narrativa sobre el narcotráfico en México está siendo cada vez más estudiada por sus diversas formas, calidades y propuestas, en varias universidades de Europa, Estados Unidos y Oceanía.

El escritor Eduardo Antonio Parra ya ha hecho hincapié en que la literatura sobre narcotráfico en México reivindica el compromiso de la narrativa mexicana con la realidad política y social de nuestro país, pero considero que no sólo se trata de eso. Lejano a sus representaciones más mediáticas como La Reina del Sur o El Señor de los Cielos, la literatura sobre narcotráfico propone una profunda crítica a la expansión del capitalismo en los países en desarrollo y proyecta el término de las utopías sociales en América Latina, así como la inserción de las personas en la lógica del capitalismo tardío, capitalismo gore o necropoder, concepto que prefiguran Michel Foucault y Achille Mbembe, y sobre todo, la teórica mexicana, Sayak Valencia.

Valencia toma el término gore para describir la etapa del capitalismo en que la violencia es una herramienta en la reproducción del capital y donde los cárteles del narcotráfico la incorporan a su lógica de poder y a las leyes del mercado.

Así, el tráfico de drogas ayudaría a expandir el capital mediante la inyección de dinero a zonas marginadas que de otra manera no podrían gozar de su inclusión en el sistema occidentalizado, “como empresa transnacional y como una herramienta de negocios”, como lo explica Jaume Curbet en su libro Conflictos globales, violencia locales.

El 8 de agosto de 2008, el secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, revelaría que en México cerca de 500 mil personas se dedicaban al negocio del narcotráfico, “desde sicarios hasta sembradores o dueños de comercios y puestos de vigilancia que dan cuenta de las acciones del Ejército”.

La huella profunda de las novelas de narcotráfico

Esto no es nuevo. El narcotráfico habría detonando una tensión legal desde 1931, cuando los delitos de “tráfico de drogas y toxicomanía” pasaron del fuero común al Código Penal Federal.

El periodismo registró con puntualidad el fenómeno desde su origen, como se puede observar en El Continental del 22 de agosto de 1933, donde se consignaría la orden de ejecutar a once migrantes chinos que operaban el mercado de opio en las calles de Ciudad Juárez por parte de “La Nacha” Jasso, la primera gran jefa del narcotráfico nacional.

En cuanto al subgénero musical-literario del corrido, también se conoce la aparición de la primera composición con temática del narcotráfico en esa época, curiosamente a raíz de los mismos personajes, Pablo González y su esposa “La Nacha”. Así, “El Pablote”, habría sido grabado el 8 de septiembre de 1931 por Norverto González, en El Paso, Texas.

Pero, ¿cómo registró la literatura mexicana este fenómeno? Como ya se dijo, el tema fue tratado como ficción por primera vez en nuestro país, en 1962, con Diario de un narcotraficante, novela publicada por Editorial Costa-Amic, y cuya séptima reedición en el 2000 habría alcanzado 53 mil ejemplares.

En Diario de un narcotraficante un periodista se infiltra en un grupo de contrabandistas sinaloenses, que llegan a la sierra para comprar goma de opio y fabricar heroína en cocinas caseras. Dicho periodista, que se hace llamar como el autor, A. Nacaveva, logra ganarse la confianza de un abogado que en sus ratos libres elabora dicho estupefaciente para enviarlo a California.

La huella profunda de las novelas de narcotráfico

La novela presenta a los delincuentes como vínculo entre el “progreso” y regiones paupérrimas, por lo regular indígenas. En Diario de un narcotraficante se observan ya todos los elementos de lo que bien podría ser un subgénero literario: el rompimiento del marco legal por el trasiego de drogas, corrupción y participación de la autoridad, traición y lealtad entre traficantes, además de uso de armas. Sin embargo, aún no se muestra lo que Sayak Valencia llama “rentabilización de la muerte”. En otras palabras, aún no aparecen sicarios. Incluso, los personajes de Diario de un narcotraficante repudian ese acto.

Otros autores han explorado a lo largo de las décadas este tema, como René Cárdenas Barrios en Narcotráfico S.A (Diana, 1977), el propio A. Nacaveva en su segunda entrega El tráfico de la marihuana (Costa-Amic, 1984), Sueños de la frontera de Paco Ignacio Taibo II (Promexa, 1990), Contrabando del dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda (1991, pero publicada por Planeta hasta 2008), Cada respiro que tomas, crónicas sobre el narcotráfico de Élmer Mendoza (DIFOCUR, 1992), Juan Justino Judicial de Gerardo Cornejo (Selector, 1996), La novela inconclusa de Bernardino Casablanca de César López Cuadras (UdeG, 1993), El cadáver errante del hidalguense Gonzalo Martré (Posada, 1993) y Tierra Blanca (1996) de Leónidas Alfaro. No hay que olvidar Asesinato en una lavandería china (1996) de Juan José Rodríguez y Tijuana Dream de poblano Juan Hernández Luna (1998), así como La vida de un muerto de Óscar de la Borbolla (1998), publicada por Nueva Imagen.

La huella profunda de las novelas de narcotráficoUna lástima es no poder incluir Lo negro del Negro Durazo (Posada, 1983), que muestra la corrupción del ex director de la policía capitalina, en voz de su jefe de Ayudantía, José González, un testimonial que bien guarda la estructura de novela sobre cómo el narcotráfico definía ya desde en los 70 y 80 todas las esferas del poder en México.

Si como dice Sayak Valencia, en el capitalismo gore la violencia es una nueva epistemología, las novelas del narcotráfico en México muestran el camino de una nueva configuración. Esta relación ya es estudiada en varias universidades del mundo, como las del Sur de Gales (Australia), Stanford, Kansas, Texas, Colorado, Georgia, Nueva York, Tulane, Oregon, Widener, British Columbia, Iowa, Wisconsin, Complutense de Madrid, Bielsko-Biała (Polonia), Gutemburgo (Suecia), Católica de Chile, Antioquia (Colombia) y Lleida (España). En México, en la Veracruzana, ITESO, UACM, Autónoma de Chihuahua, El Colegio de México, CIESAS y UAM Azcapotzalco.

Queda claro que el tema, más allá de una moda, comienza a dejar huella profunda.

 

Omar Nieto

Omar Nieto

@Omar__Nieto es autor de Las Mujeres Matan Mejor (Joaquín Mortiz, 2013) y Teoría General de lo Fantástico (UACM, 2015). Estudia Doctorado en Letras en la UNAM.