La ciudad y el cine mexicano (I Parte) La ciudad y el cine mexicano (I Parte)
Me acuerdo, no me acuerdo. Las palomitas, los helados, el sonido del celuloide de 35 mm corriendo en el carrete del proyector, la risa... La ciudad y el cine mexicano (I Parte)

Me acuerdo, no me acuerdo[1]. Las palomitas, los helados, el sonido del celuloide de 35 mm corriendo en el carrete del proyector, la risa y las travesuras de los niños, el aroma de un perfume, los novios besándose a oscuras, el intermedio para acudir a la dulcería. Era la época dorada del Cine Mexicano. Estaban de moda los automóviles Chevrolet. Los Buick se estacionaban en la calle de López, en Juárez, en avenida Reforma. Los ejes viales causaban sensación. La mayoría de los hombres usaban sombrero, y las mujeres, invariablemente, falda o vestido. En la radio las canciones de Pedro Infante, Pedro Vargas, Consuelo Velázquez y otros artistas inundaban los oídos de los capitalinos desde las cabinas de la XEW.

La ciudad y el cine mexicano (I Parte)

San Juan de Letrán, y en general el barrio de San Juan Moyotla y alrededores, era el paraíso de los cines. Desde que la primera función de cine se exhibió en México en el sótano de una droguería de la calle de Madero (en ese entonces calle de Plateros), el 14 de agosto de 1896[2], con costo de entrada de un peso, esta forma de entretenimiento se expandió con rapidez. Primero fue el Salón Rojo, ubicado justo ahí, en Madero. Para 1907 el cine se había consolidado como un espectáculo popular. En la capital, justo en ese año, existían 16 salones de exhibición cinematográfica, y para el siguiente se estableció el primer taller o estudio cinematográfico: The American Amussement, Lilo, García y Compañía[3].

La ciudad y el cine mexicano (I Parte)

Luego vendrían cines para todo tipo de habitantes: para los pudientes y para los marginados. Según crónicas de Salvador Novo en los cines pobres incluso había salones para entrarle al  “bailongo” antes o después de una función, o de varias funciones, porque las funciones eran de permanencia voluntaria; esto es, podías pasarte la tarde entera viendo películas por el precio de una.

La ciudad y el cine mexicano (I Parte)

Los cines invadieron a la Ciudad de México. Estos inmuebles se volvieron luego referentes urbanos. Basta mencionar algunas salas surgidas en el punto álgido de la cultura cinematográfica: el cine Alameda, de 1936, derroche de lujo y comodidades; el cine Colonial, de motivos virreinales y mexicanos, donde se estrenó en 1948 la cinta Nosotros los pobres; el Goya, sala piojito del barrio estudiantil, legendario porque se cuenta que allí surgió la porra de la UNAM: «Cachún cachún, ra ra, Goya, Goya, ¡Universidad!»; el Ópera, de 1949, con capacidad de 3,600 espectadores, y que poseía candelabros de bronce y cristal, muros de espejo y lujosos muebles; el Ermita, estrenado en 1936, con cerca de dos mil butacas, de estilo art déco mexicano; y el Teresa (1942), al que se conocía como el «cine de las señoritas», pues sus lujosas butacas apelaban al gusto de las exigentes damas refinadas de la ciudad, en cuyo interior había esculturas que representaban a las nueve musas y las tres gracias.

[1] Frase tomada de “Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco.

[2] http://cine3.com/2013/05/20/la-primera-funcion-de-cine-de-mexico/

[3] http://www.correcamara.com.mx/inicio/int.php?mod=historia_detalle&id_historia=43

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).