La ciudad y el cine mexicano. 2ª Parte. La ciudad y el cine mexicano. 2ª Parte.
Durante el Siglo XX el cine iniciaría una forma cultural que terminó por fusionarse con la ciudad misma. Las estrellas ocupaban las calles, las... La ciudad y el cine mexicano. 2ª Parte.

 

Durante el Siglo XX el cine iniciaría una forma cultural que terminó por fusionarse con la ciudad misma. Las estrellas ocupaban las calles, las cantinas, las loncherías, la XEW. Las figuras del espectáculo eran lejanas y accesibles al mismo tiempo. El cine se respiraba. Las estrellas amaban y en ocasiones padecían la ciudad. En aquéllos años, los cuarenta y cincuenta, la industria cinematográfica bullía. Joaquín Pardavé acostumbraba beber sus tragos en la cantina “La Reforma”, localizada en Bolívar (antes Coliseo) 7, donde ahora hay un expendio que tiene el alburero lema “Para petacas las mías”[1]. Costumbre ésta, de beber en cantinas, que tenían también otros actores como Fernando Soler, y compositores como Guti Cárdenas (quien murió en el Salón Bach, en un pleito de  copas)[2]. Por su parte, “Cantinflas” hacía reír al público con sus valientes actuaciones en las corridas de toros, lugar donde era posible admirar la presencia de bellas e inmortales entre smokings y abrigos de mink: Dolores del Río, Agustín Lara, María Félix, Emilio “el indio” Fernández. Tanto en carpas como en la pantalla grande, “Tin tán” deslumbraba con su imagen de “pachuco”, que generaba tanto elogios como ácidas críticas, como las del propio Salvador Novo.

La ciudad y el cine mexicano. 2ª. Parte.

La Ciudad de México se rendía a la presencia de las figuras del celuloide que frecuentaban locales, bares, balnearios, y desde luego estudios de cine, entre ellos los Churubusco (fundados en 1945), los Tepeyac, y los estudios Azteca (fundados en los cincuentas, localizados frente al hoy Centro Coyoacán, sede de Radio Fórmula), y los Estudios Churubusco (construidos con inversión de la RKO norteamericana y del empresario Emilio Azcárraga Vidaurreta (abuelo de Azcárraga Jean, actual dueño de Televisa)[3].

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Los actores eran gente común una vez que dejaban el set; habitantes ávidos de diversión y descanso. Pedro Infante vivió cerca de los estudios Tepeyac, por ejemplo, considerando los horarios de filmación, por lo que no sería raro verlo caminar por esos rumbos en aquellos tiempos. Emilio “el indio” Fernández y muchas otras figuras del celuloide decidieron mudarse al sur, a colonias de gran belleza: Coyoacán y San Ángel. Era frecuente ver a actrices y actores paseando por jardines, plazas y mercados, en compañía de músicos y pintores de la talla de Frida Kahlo, Diego Ribera y Agustín Lara.

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No cabe duda que la ciudad la hace la gente. Las historias, las de actores y actrices, lejos de su imagen de estrellas, quedaron impregnadas en el misterio capitalino, adquiriendo carácter de leyenda negra, o de mito. Melodramas, chismes, tragedias, romances, curiosidades, todo ello forma parte de la Ciudad de México, la segunda capital cinematográfica del mundo más importante en aquellos años.

[1] Jiménez, Armando (2000), Lugares de gozo, retozo, ahogo y desahogo en la Ciudad de México. Editorial Océano. México, 2000.

[2] http://www.unionyucatan.mx/articulo/2012/12/11/musica/merida/guty-cardenas-el-trovador-yucateco-que-murio-por-un-corrido

[3] http://www.chilango.com/ciudad/nota/2014/12/02/el-antiguo-hollywood-chilango


Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).