La búsqueda del ombligo La búsqueda del ombligo
A diferencia de muchos, antes de llegar del interior del país a la Ciudad de México, me he preocupado por leer obsesiva, asidua, profundamente... La búsqueda del ombligo

Me envía un mensaje al teléfono celular:

¿Puedes estar mañana a las 4:00 p.m. en el restaurante Puro Corazón del Centro Histórico?

A diferencia de muchos, antes de llegar del interior del país a la Ciudad de México, me he preocupado por leer obsesiva, asidua, profundamente la historia de sus calles, sus monumentos y hechos más importantes. Es un requisito fundamental en el juego. En estos momentos la plancha del Zócalo está cubierta por una muchedumbre soportable. Son las vacaciones de Semana Santa. Podemos darnos el lujo de recorrerla a nuestras anchas ante la desbandada de sus habitantes a los destinos de playa. El año es 2010. Una construcción temporal de madera que recuerda la arquitectura futurista de vidrio de Biósfera 2, en rojo, exhibe una exposición del fotógrafo Willy Sousa denominada México en tus sentidos. Una más de las exposiciones y espectáculos citadinos con el pretexto del centenario de la Revolución Mexicana y el Bicentenario de la Independencia de México. Celebraciones de la Independencia… Pienso todo el camino en las interdependencias globales. He visto varios Seven Eleven todo el camino, hasta llegar aquí. Entro en uno. Pido una bebida global y continúo mi camino.

Estoy en la calle Monte de Piedad. Tengo una cara lateral de la catedral frente a mí. Atravieso el umbral del local. Paso encima de unas bóvedas en el suelo, con cubiertas de vidrio, que exhiben artesanías mexicanas. Comprendo por qué denominan a este negocio como un Restaurante de arte mexicano para el mundo. Un joven atiende el mostrador. Me indica que la terraza está en el sexto piso. Subo por el ascensor. Se abre. Salgo. Enfrente, una escalera baja a los sanitarios de los hombres. A la izquierda otros cuantos, para arriba, me sitúan ante una chica que pregunta si quiero mesa para dos.

—Vengo solo pero me encontré con alguien…

—Entonces mesa para dos.

Entonces sí—. Sonrío. Un mesero me conduce a la terraza. Me siento a la mesa justo a la derecha del balcón. Abajo puedo ver el Zócalo, a las gentes coloreando los grises de las piedras viejas. Al centro la bandera mexicana monumental, azotando el aire con ruidos secos. Pido una michelada. Paseo la mirada por el resto de la terraza. Unos estadunidenses ríen en la mesa del fondo. Una pareja se hace arrumacos en la mesa del centro. Una pareja con un niño en la mesa que sigue. Un par de ancianos…

¿Es que me ha tomado el pelo? Empiezo a ponerme nervioso. El mesero me trae la michelada. Paso la lengua por la sal que cristaliza el borde del tarro. Miro el reloj. Echo otra mirada al Zócalo. Me levanto. Me inclino sobre el barandal. Miro la gente. La Calle de Moneda se pierde al fondo. Vuelvo a la mesa. Apuro el tarro. Pido otro. También mole de olla. Mientras como, más relajado, pensando que se puede ir al diablo junto con toda su familia, recibo un mensaje de texto en el celular.

Busca el plano tangente inferior con respecto a la Piedra del Sol.

—¡Ahhh! ¿Así que siempre sí quieres jugar, eh? —Sonrío, me detengo, ceñudo, pensando— ¿Piedra del Sol?… el Calendario Azteca… La Piedra del Sol está en el Museo Nacional de Antropología e Historia, no en el Zócalo… —pienso un momento, recuerdo algo vago que leí hace mucho, detalles, datos, fechas. Vuelvo a asomarme sobre el barandal. Busco con la mirada. Sobre la cara de la catedral que da hacia la calle de Monte de Piedad distingo una placa.

Demoro algo en terminar de comer. No puedo desechar, así como así la michelada y el estupendo guisado. En una palabra: en venganza, la hago esperar. Después desciendo los seis pisos en el ascensor. Atravieso la calle. Por entre las rejas de la catedral miro la placa en la pared. No distingo bien lo que tiene escrito. Entro al atrio, deprisa. La tengo frente a mí. Me pongo a leer. Sonrío, triunfal. Estoy a la sombra de la torre poniente de la catedral Metropolitana, bajo la placa que anuncia: Plano tangente inferior con respecto a la Piedra del Sol. Suena el teléfono. Le comunico lo que he hallado.

-¡El calendario azteca estuvo empotrado en este costado de la catedral! Fue una medida que tomaron las autoridades coloniales cuando Inglaterra acusó a los españoles de haber conquistado a un grupo de salvajes. El poner la piedra ahí era toda una declaración: “Miren la clase de arte que estos salvajes, como los llaman ustedes, fueron capaces de crear”.

Se ríe.

—¡Muy bien, muy bien!… Estás cada vez más cerca. Debes localizar la barca de piedra y navegar por el cielo pétreo, sobre las alas del águila, antes de que la voz de Lupita se deje escuchar… Mira luego las campanas que no suenan y avísame qué es lo que has encontrado.

—Esta debe ser fácil… —le digo al celular—. Todo eso debe localizarse en la catedral…

Cuelga.

—¡Pinche cabrona! —le digo al aire.

Una mujer se detiene, pone cara de ¿Es a mí? Simplemente la ignoro, pero antes de echar a andar percibo un aroma en el aire. En el suelo está tirada una rosa, envuelta en una cinta blanca de papel. La levanto. Desenrollo la cinta. Huele a perfume y tiene la huella de unos labios. Es un beso. La guardo en el bolsillo de mi camisa. Camino por el atrio. Volteo hacia el restaurante. Busco en el balcón. Algo me dice que está ahí, que puede verme, que vigila mis movimientos. Eso me excita, me inunda de adrenalina ácida, caliente. Sonrío. La gente se arremolina ante unas excavaciones rectangulares en el suelo, cubiertas de planchas de vidrio o de plexiglás. He leído que son basamentos de casas del Siglo XVII. Me acerco. Bajo el vidrio verde parece haber agua… me arrodillo y cubro con la mano la luminosidad que se refleja sobre el vidrio y observo. Son escalones con azulejos que daban a la entrada de una de las casas que se citan en el Diario de Guijo de 1659, y que ocupaban la parte frontal de la iglesia, hasta que fueron derribadas por orden de un Virrey. Me levanto. La barca, pues, no está ahí.

—¿Barca de piedra? ¿Se refería al Museo de la Marina que está en el Palacio de Correos? —murmuro para mí.

Dirijo mi vista por la fachada de la catedral sin mucho entusiasmo. Y ahí, a la derecha, la veo: una barca de piedra en relieve, hecha de mármol blanco. ¡La barca de la Iglesia! En medio, el águila nacional con las alas abiertas en un escudo de bronce.

—Navegar por el cielo pétreo sobre las alas….

Entro al templo. Las bóvedas no están pintadas. No representan ningún cielo pétreo, nada de estrellas, nubes o demás ornamentos celestiales… Entonces miro un letrerito a la altura de mi ombligo sostenido por una vara en una base sobre el suelo: Visite las torres y campanas. Unos chicos atienden mi pregunta.

—Subir cuesta quince pesos. El próximo paseo es a las 5:30 p.m.

Me entregan un folleto corriente, impreso en papel de color celeste: TORRES Y CAMPANAS en el que se lee, debajo:

Cantaré a Dios mientras exista. Salmo 104:33

  1. José de Jesús Zumárraga Velazco.

Miro el reloj. Las 5:15 p.m. Deambulo por la iglesia mientras da la hora. Veo los retablos sin verlos. Observo los rostros femeninos. Sé que me ve, pero no sé dónde está, ni cómo va vestida, ni siquiera cómo es. El teléfono suena:

—¿Te aburres? Busca, pues, los huesos del emperador vilipendiado…

—¿De quién?

            —El que verdaderamente independizó este país, antes de crear una corte de opereta que ha venido siendo eso desde entonces… Ahí verás el corazón del bruto y tu propio corazón lo será menos.

—¿Aquí? —ante mi estúpida pregunta cuelga.

Busco en las capillas. Me siento mareado. Debe ser la altura de la ciudad o la irregularidad de los pisos de los edificios coloniales que se hunden sobre el terreno inestable. Hace un mes estuve en el Museo Ex Teresa Arte Actual, un bello edificio que data de 1616, y que fuera un convento hasta que las Leyes de Reforma expulsaron a sus monjas. Fue como parte de un entrenamiento para ser astronauta, pues desde que pisé su suelo inclinado el vértigo me atrapó y zarandeó.

Ahora aquí he visto, delante de cada capilla, letreros, indicando que están consagradas a un santo. Volteo. Me mira enseñando su lengua rojísima. Al mirarla tropiezo contra alguien más y me caigo. Levanto la mirada desde el suelo. Una negra sotana, tras la cual la niña se esconde lamiendo el caramelo, me oculta tenebrosamente la vista. El sacerdote se mueve, mirándome de reojo, asustado, temiendo tropezar, pero se topa con el cuerpo de la niña. La negrura se aleja, llevándose a la niña, que lo sigue como atada a su sombra.

—¿Está usted bien? —una amable anciana me ofrece su mano.

—Bien, gracias.

—¡Démosle gracias a San Felipe de Jesús —exclama-, aunque guarde los huesos de Iturbide!

Se me van los ojos hasta dar con la urna de cristal en esa capilla: ¡La de San Felipe de Jesús! Envío un mensaje de texto:

Encontré al Emperador, o él me encontró a mí.

Recibo su respuesta.

            Entonces también el corazón del bruto… ¡Te hace falta leer historia! El corazón del presidente Anastasio Bustamante, apodado “brutamante”, se encuentra también ahí. Iturbide era para él una figura admirada y admirable, al grado que dejó escrito en su testamento que su corazón se depositara junto a los restos del emperador.

            Tecleo rápido. Envío otro mensaje.

¡Punto a tu favor! Es un dato poco conocido. Has suavizado un poco mi torpe corazón.

            Responde de inmediato.

¡Ja ja ja! ¡Qué cursi eres!

El olor a encierro, cera derretida y humores corporales es excesivo. Cuando da la hora exacta, me voy tras una rubia de pelo corto y shorts de mezclilla con camisa vaquera que me ha llamado la atención. Va acompañada de una morena que viste de la misma manera. Llevan botas y boinas coquetas. Ambas salen al atrio. Uno de los encargados del paseo nos indica que lo sigamos, de uno en uno, subiendo una breve escalera de madera, puesta sobre la pared, hasta dar con una puerta pesada y recubierta con una hoja de metal. La abre. La ascensión es dificultosa. Las paredes frías están garabateadas con nombre y declaraciones amorosas, hechas con instrumentos afilados. En medio, las escaleras se tuercen en espiral, como las de un faro. Me recuerda una de mis visitas a Oxford, la misma escalera dextrógira que conducía al techo donde canta el coro de cada primero de mayo. La rubia va delante de mí, a cada paso que da cae sobre la pared. Ella y su compañera ríen. Yo también estoy mareado. Más que antes todavía. Recuerdo un paseo marino, mi primera salida a un arrecife y ese dolor de cabeza imposible, que me hacía desear tener un revólver para, de una buena vez, volarme los sesos. Aun así no puedo dejar de mirar cómo los shorts de la chica se encogen a cada paso, escalón arriba, escalón arriba, y muestran algo de sus blancas nalgas. Con cada paso parece que mastica la mezclilla.

Siento un poco de frío… más… eso me saca, me arroja, me aborta de la tentación, de estirar la mano, de pellizcarla… Desembocamos en una estancia pintada de blanco. Una caja de vidrio, un porta estandarte quizá, está colocada al lado de otra salida sobre la pared derecha. Descansamos. El encargado nos mira, ocupando el hueco de la salida.

—¿Qué tal el ejercicio? ¿Les gustó? Porque aún hay más…

Volteo a ver a la rubia y la morena. Las chicas me miran a la vez, como sospechando algo. Dos sacerdotes con sotana negra se han unido a nosotros, hablan inglés entre ellos. El más grueso suda y jadea. Al más joven, con el pelo casi a rape, le cae sobre el negro de la tela que le ciñe la nuca una fina capa de caspa. La rubia lo mira ahora. En su cara se transparentan preguntas sin respuestas.

Salimos al cielo de piedra. Entiendo ahora. Estamos sobre una de las bóvedas de la catedral. Caminamos por encima, rodeamos y avanzamos sobre torpes puentes hechos de tablones hasta el reloj. La rubia y su amiga procuran apartarse de mí, cuchicheando. Mis miradas las han perturbado. El encargado se detiene, explica, habla de historia y señala las campanas con el dedo.

—¿Saben ustedes dónde y cuáles son las campanas más grandes del templo?

Nos quedamos en silencio, como verdaderos idiotas, mirándonos los unos a los otros. Algunos señalan esta o aquella campana. En el aire flotan olores que no atino a explicarme de dónde provienen. La rubia y la morena están frente a mí, cerrando el semicírculo que hemos formado. Aspiro. ¿Acaso se trata del perfume que impregna el papel con el beso? Sus ojos encuentran mis ojos. Huelen bien, me digo, a hormonas bisexuadas. No, no puede tratarse del mismo perfume.

—No —la negación del guía me saca súbitamente de aquel indicio de fantasía—. Las campanas más grandes son los remates de las torres… ¡Mírenlas bien! Son campanas de piedra. En la construcción de las torres participaron los arquitectos Juan Serrano, Juan Lozano y José Damián Ortiz de Castro.

Abro los ojos ante las campanas. La busco. Debe estar escondiéndose en algún lugar, detrás de alguien. Una vez más comienzo a sospechar que la rubia o la morena… Una mujer extremadamente delgada me toca el hombro. Doy un salto.

—¡Discúlpeme joven, ya lo asusté!… Es que una muchachita me dio esto para que se lo entregara.

Cojo el papel doblado con los dedos.

—¿Dónde está ella? ¿Cómo era? —Miro por encima del hombro de la mujer.

—Se acaba de ir… -la mujer gira sobre sus talones, señalando con el dedo pero detrás de ella no hay nadie.

El guía indica que nos llevará a uno de los campanarios. No sé qué hacer. Sigo a la gente como zombi o como borrego o simplemente por inercia. Nos rodean las campanas. En un muro puedo leer una Oración del campanero. Desdoblo el papel y se libera su perfume en el ambiente. Leo.

            Debes estar pensando en seguirme, pero no puedes. Espera a que baje. Mientras tanto, escucha la voz de la Lupita.

El guía cuenta la historia de una campana asesina, que fue castigada con el silencio, por haber matado a un campanero, allá por los años cuarenta del Siglo XX. Siento que me arde la cara. Empiezo a fatigarme, a deprimirme. ¿Será probable que ella gane el juego? Pongo otra vez atención cuando el guía comienza a pronunciar los nombres de las campanas.

-Aquella se llama Santa María de Guadalupe… Pero mejor la conocemos como la Lupita.

Sonrío. La nube gris se disipa. Ahora lo encuentro todo muy divertido. ¡No, no le permitiré ganar!

—Tápense un oído para que se den cuenta por qué llamamos a esta campana la Ronca

Demasiado tarde. Me pilla desprevenido. Aunque el sonido escapa fuera, al aire enrarecido y malsano de la ciudad, ha logrado arrancarme un susto que me hace un nudo en garganta. Me doy cuenta, bajo las escapistas reverberaciones de las campanadas, que todos hemos sido sorprendidos igual. Algunos de los visitantes se han encogido de hombros, como queriendo minimizar el sonido.

Le envío un apresurado mensaje de texto:

Te equivocaste, no tocaron a la Lupita, sino a la Ronca…

No demora mucho en contestar:

Eso no tiene importancia. Llegué al lugar dónde quería y te tengo en el sitio dónde debes estar… ja ja ja… Ahora busca una planta… específicamente la especie Gaudichaudia Enrico Martinezii.

Marco su número, mientras me alejo del grupo turístico y desciendo por la escalinata en espiral.

—¡Punto a mi favor! Ese dato sí lo sé, querida. No te refieres, específicamente, a una planta, o un árbol, de los pocos que hay en el Centro Histórico…

Abro la puerta pesada con una mano, con la otra sostengo el teléfono sobre el oído. La luz de la tarde todavía deslumbra y provoca escozor en la piel. Bajo las escaleras de madera. Una mujer, que deambula por el atrio, me mira extrañada al salir. Atravieso el atrio. Salgo de los terrenos de la catedral. Llego a la acera.

—No es este… —sé que estará mirándome y por esto toco con la mano uno de los ficus que dan hacia la plancha del Zócalo—, ni aquella jacaranda —señalo con el dedo, a lo lejos.

Echo a caminar por la acera. Alcanzo la estatua sin dejar de mirar hacia arriba y al frente, hacia el restaurante.

            —¡Esa estatua! ¡Exacto! Cuenta, demuéstrame qué tanto sabes acerca de ella.

—Se trata del Monumento Hipsográfico. Sobre cada lado del pedestal están marcados los niveles de los lagos que circundaban Tenochtitlán, la ciudad lacustre azteca que yace debajo de la actual Ciudad de México, sepultada por los conquistadores. La escultura representa a la ciudad personificada, o a la patria misma, y deposita laureles en una piedra votiva sobre la cual puede apreciarse el relieve de una planta, la Gaudichaudia Enrico Martinezii, descubierta en el primer canal artificial que se hizo para desecar la cuenca de la ciudad. La planta lleva ese nombre en honor de Heinrich Martin, un alemán, cosmógrafo y matemático, también impresor, que dirigió las obras del canal o tajo de Nochistongo en 1629. El monumento fue encargado por Porfirio Díaz al escultor Miguel Noreña e inaugurado en 1881. Marca el kilómetro cero de la Ciudad de México. El ombligo, ni más ni menos… ¡Y, con este dato, he ganado!

Silencio al otro lado del teléfono. Los mismos sonidos de la plaza. Casi podría afirmar que los mismos olores. Dentro de la reja que pretendidamente protege la escultura, un hombre, con la espalda apoyada sobre la base y los pies sobre la reja, dormita con la boca abierta. A mis espaldas pasa gente sin detenerse o echar siquiera una sola mirada al deteriorado monumento.

Una mujer hermosa, alta, una verdadera morena de fuego, vestida de rojo, con zapatillas rojas de largos, finos tacones como agujas (dijérase que camina sobre picahielos), aparece de detrás del monumento. Se dirige a mí mientras retira de su mejilla el teléfono celular y lo guarda en el bolso de mano, a tono con su ropa, que cuelga de su hombro. Me mira. Sonríe. Aplaude lentamente y sin ruido.

—Sí, soy yo… Amalia…

Espero a que se acerque. La abrazo al mismo tiempo que le planto un beso detrás de la oreja. Ahí percibo un sutil como enervante perfume, el mismo que he venido oliendo durante todo el paseo. Nos separamos. Le entrego la rosa con el papel y el beso. La coge con dos dedos. Pasa la otra mano detrás de mi nuca, acerca los labios. Me preocupa un poco el sabor de mi boca: ¿Mole de olla o michelada? ¡Qué más da!

El beso en medio de la gente me hace zumbar los oídos. Ruedan los autos. Un avión raya los cielos. Suenan caracoles rituales soplados por danzantes caracterizados como aztecas. Distingo a una adolescente rubia bajo el vestido indígena. Las parejas se besan a nuestro alrededor. Una destartalada camioneta vocea una grabación: ¡Tamales, tamales oaxaqueños! Y, a un lado, la olvidada estatua de la patria permanece incólume.

Llevo apenas tres días en la ciudad y no me canso de apreciarla. Cuando llamé a la agencia turística pedí que me enviaran a una mujer según mis propios intereses e inquietudes intelectuales. Ellos enviaron a Amalia, una digna jugadora. Y una perfecta “guía” de turistas. Ustedes entienden. Estoy convencido que me volveré adicto a esta clase de servicios.

 

Pedro Paunero

Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz, México en 1973. Como biólogo terrestre ha ejercido el activismo en el área de la ecología (director de una asociación civil ambientalista y por breve tiempo como blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Ha colaborado con la revista Hontanar en Español de Australia, Axxón y Próxima de Argentina, Alfa Eridiani y Tiempos Oscuros de España, OjOs del Museo Arte Erótico Americano de Colombia y El Café Latino de Francia. Ha hecho crítica de cine para la Revista Digital de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma. Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas. Parte de su obra narrativa y ensayística ha sido traducida al inglés, francés y catalán. Algunas de sus novelas y antologías en que figura su obra son: Labellum (Novela, Minimalia Erótica/Ediciones del Ermitaño, México, 2008), Cuentos de Barrio (Editorial Lectórum, 2012), Tecknochtitlán: 30 visiones de la Ciencia Ficción Mexicana, antología de Federico Schaffler, Edo. de Tamaulipas, 2014; Dos Amantes Furtivos, Cine y Teatro Mexicanos, libro coordinado por el investigador cinematográfico Hugo Lara (Editorial Paralelo 21, año 2015). Ha recibido dos veces el premio Tirant lo Blanc del Orfeó Catalá de la Cd. de México y el premio Miguel Barnet por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.