Juan Rulfo, retrato íntimo Juan Rulfo, retrato íntimo
Juan Carlos Rulfo confiesa que llegó a este mundo cuando la mesa de su casa ya estaba servida. Nació cuando su padre era un... Juan Rulfo, retrato íntimo

Recuerdos de la vida del autor de Pedro Páramo y El Llano en llamas, a través del testimonio del menor de sus cuatro hijos, Juan Carlos Rulfo. El hogar, lecturas, música, fotografías en las preferencias del más universal escritor mexicano

Horizontum. Juan Rulfo, retrato íntimoJuan Carlos Rulfo confiesa que llegó a este mundo cuando la mesa de su casa ya estaba servida. Nació cuando su padre era un escritor conocido mundialmente por sus libros El llano en llamas y Pedro Páramo. El menor de los cuatro hijos, que el autor mexicano concibiera con Clara Angelina Aparicio Reyes, asegura que para él era cotidiano los vínculos de Juan Rulfo con García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti, José María Arguedas, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Günter Grass, Susan Sontag, Elias Canetti, Tahar Ben Jelloun, Urs Widmer, Gao Xingjian, Kenzaburo Oe, Enrique Vila-Matas y muchos otros… “A mí no es que no me importara todo eso, más bien no me llamaba la atención, porque era nuestra vida cotidiana. Mi padre se la pasaba yendo a la librería del Ágora, en la Avenida de los Insurgentes a ver libros y discos”, recuerda.

“Nuestra vida era bastante común”, detalla. Su progenitor siempre fue amable, sereno, afable. Con cada uno de sus hijos tenía una relación especial. Con Juan Carlos se vinculaba por la música. Con Juan Pablo hablaba de pinturas y escuelas de arte.  A Juan Francisco,  le tocó el tema del huerto que tenían en su casa con árboles frutales, y con su hija Claudia Berenice, que estudió medicina, conversaba sobre muchos temas. La esposa se encargaba de la casa, la vida cotidiana, los gastos…

“Vivíamos muy ajenos a la parte intelectual de nuestro padre, alejados de su personaje público”, rememora ahora Juan Carlos, en conversación con nuestra revista Horizontum. “Nos dedicábamos más bien a cultivar la huerta, a cuidar a los perros y a las gallinas, ir a comprar palas, abonos, ese tipo de cosas, y me da mucho gusto decirlo. Tuvimos situaciones económicas muy fuertes, pero vivíamos tranquilos, bien, sin excesos. Nunca se me olvida su voz. Tengo algunas grabaciones con sus cuentos”.

Entre los muchos recuerdos que atesora Juan  Carlos están los días que acompañaba a Rulfo a las librerías. Siempre preferían Ágora o Juglar. “Él era muy apasionado de la música, y yo compartía su mismo gusto, además de la fotografía. Lo acompañaba a comprar discos. Salía con diez y yo con uno. Buscaba buenos aparatos para oír bien el sonido, las voces. Los cantos gregorianos se escuchaban mucho mejor con buenas agujas en el tocadiscos. Hablábamos mucho de la potencia de las bocinas y de los tipos de agujas y tornamesas. Nunca conversábamos sobre literatura. Era algo que no se tocaba. Sabía que no estábamos en lo mismo, aunque sí nos recomendaba algunas lecturas”.

Horizontum. Juan Rulfo, retrato íntimoRecuerda que su casa no era muy concurrida. Alguna que otra cena. Rememora aquellas a las que asistían Fernando Benítez, Vicente Rojo, Monsiváis o Facundo Cabral.  También iban algunos reporteros.  “Nos iluminaban la casa”,  dice.   “Mi padre no era como Taibo (padre), que armaba deliciosas comilonas y llegaban muchos invitados. Incluso mi padre ya no era como cuando joven, que dicen que invitaba a todos sus amigos a comer, no, ya en familia no hacía eso”.

Para Rulfo, cuenta su hijo, la música antigua era la preferida. Las que contaran historias como Carmina Burana, de Carl Orff. Admiraba las composiciones medievales, la de trovadores españoles y franceses, los madrigales. “A mí me dormían con la Sinfonía No. 6 de Beethoven. La oíamos en la casa con la primera grabadora que trajo, aunque ahora me acuerdo más del ruidito que hacía esa máquina, que de la música en sí”.

Juan Carlos aclara que su padre, aunque estuvo inscrito en el Seminario Conciliar, nunca pretendió ser sacerdote. De adulto odiaba la religión y a los curas. Pero la casa de la familia paterna estaba detrás de curato de San Gabriel, y el cura era el que tenía los libros del pueblo, donde la mayoría de las personas eran analfabetas y estaban metidas en el movimiento cristero. “El cura le pidió a la familia que guardaran todo una vez que pasó la revolución cristera. Mi padre leyó todos los libros que pudo. Seguro fue un entrenamiento literario. Ese momento le enseñó disciplina para leer, y para mí fue ése el misterio”.

Realmente, dice Juan Carlos, Rulfo era muy reservado con su vida familiar y personal. “Nunca nos contó mucho. Creo que de joven lo que quería era hacer dinero, porque su familia se deshizo. A su padre lo mataron y su madre murió cuatro años después, cuando él estaba en el orfanato. Al salir de ahí, se va a la casa de la familia paterna y la sirvienta le entrega una bolsita con monedas de oro y le dijo ‘aquí está tu parte, que te vaya bien’”.

“Lo que he sabido es porque he ido preguntando, o hurgando en cartas, documentos o con algunos amigos. Algunas de las cosas más importantes están plasmadas en las cartas a mi madre, publicadas en el libro Aire de las colinas. Cartas a Clara, donde se narra la necesidad de tener resuelto el tema económico”, cuenta.

Hasta hoy la mayor certeza de Juan Carlos sobre su padre es que le gustaba estar de “pata de perro”. Rulfo prefería caminar, el alpinismo, tomar fotos. Gustaba de los trabajos en los que pudiera conocer gentes y recorrer el país. Fue agente de inmigración, vendedor de llantas. “Sus materiales visuales y escribir era lo que le fascinaba hacer”.

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A la fotografía no sabe realmente cómo llegó.  Por lo que ha investigado,  su padre salió a descubrir a su propio país, que estaba saliendo de una revuelta y había una sensación de muerte, de pérdidas y de desolación bastantes particulares. “Sus fotos no son activas, ni de movimientos agresivos. Son fotos como muy estables, tranquilas. Como si estuvieran reposando, dando paz., Tuvo una colección de fotografías alemanas e inglesas. La casa estaba llena de recortes de periódicos y revistas. Los pegaba por todas partes. En los portales del centro de Guadalajara vendían libros y revistas de fotografía. Parece que ahí se compró su primera cámara, con la que captó las primeras fotos que tomó en San Gabriel y alrededor del llano, en el sur de Jalisco. Las siguientes fueron como alpinista, cuando se iba a recorrer a la naturaleza”.

Según cuenta, Rulfo no hizo tantas fotos. Sólo unas cinco mil.  Quizás no sean nada, en comparación con otros fotógrafos. “Era algo que empezó a ejercer sin escuela alguna. Esa mirada era como el contexto de sus ficciones. Pero más allá de si era bueno o no, era algo que hacía para ganarse el sustento. De todas las que hizo, se han publicado como mil.  Son negativos de 60 años, por lo que debe haber una labor de restauración y catalogación. Vino una organización total de la casa cuando murió. Eso nos ha llevado muchos años. Lo hacemos solos. No recibimos apoyo de nadie. Todo lo financiamos con sus derechos de autor. Es cuestión de seguir. Ahora en su centenario hay varias ideas de sacar materiales”, cuenta.

Juan Carlos Rulfo

Juan Carlos Rulfo

Dice Juan Carlos que nunca lo vio escribir. Aún lo ve cómo salía todas las mañanas a trabajar en el Instituto Nacional Indigenista (INI), a dos cuadras de su casa. “Yo lo que veía era una acumulación brutal de libros, de artes, de fotografías. Viajaba mucho a Argentina, Alemania, Francia. Puntualmente le daba el gasto a mi madre. Le gustaba estar guardado en su casa, fumar, beber su refresco. No era nada excéntrico. Era bastante sereno. No había gritos en la casa. Tuvimos una familia bastante estable”.

Cuenta su hijo que Rulfo se desvelaba mucho. Era un hombre de costumbres nocturnas. “Aparentemente escribió poca literatura, pero se la pasaba haciendo libros de Antropología Social. El conocimiento profundo del indigenismo en el país lo hizo el INI, no porque fuera la institución, sino porque tuvieron a mi padre ahí. Ésa fue su aportación, digamos literaria. Creo más bien que el tema que le preocupaba era resolver la economía familiar, para tener un momento de paz y ponerse a escribir. Su objetivo era poner su estudio y escuchar música. Cuando lo logra, se muere”.

Rulfo tuvo varios libros predilectos. Juan Carlos los conoce por las anotaciones o subrayados que le hacía a textos de Rilke o Bernard Shaw. “Leía mucho a los autores finlandeses y rusos. Gustaba de todo lo que tiene que ver con la atmósfera del campo. El día a día de la gente humilde. Tenía una enorme curiosidad por cómo contar la historia de México. Siempre estuvo pregonando: ‘hay que conocer la historia, hay que conocer tu historia, tu espacio local, tu recámara, el lugar donde vives, la familia, tu contexto, porque eso te va a dar solidez, mientras más autoconocimiento tengas, más clara tienes la vida’”.

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Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.