Jorge Obregón, el paisaje vivo Jorge Obregón, el paisaje vivo
Al pintor Jorge Obregón siempre le fascinó el senderismo y escalar montañas, y durante sus días de estudiante solía escaparse, en las horas muertas Jorge Obregón, el paisaje vivo

Fotografías por Raúl Campos

Al pintor Jorge Obregón siempre le fascinó el senderismo y escalar montañas, y durante sus días de estudiante solía escaparse, en las horas muertas, hacia las zonas rurales cercanas a su escuela a pintar el paisaje campestre. Estas fueron algunas de las razones por las que decidió centrar su carrera artística en el desarrollo del paisaje, género que actualmente está un poco en desuso y olvidado. Además, fue alumno del afamado pintor paisajista, de ascendencia japonesa, Luis Nishisawa, quien le sembró el amor por pintar al aire libre y a enfrentarse a las inclemencias ambientales y sociales que esto representa.

Visité a Obregón en su estudio para platicar sobre su quehacer paisajístico y sus proyectos del Valle de México y el de las las 36 vistas del monte Fuji, en Japón.

-¿Cómo inicias en el arte?

-En 1990 entré a la escuela Nacional de Artes Plásticas, ahora FAD, a la Licenciatura de Artes Plásticas. Mi primer taller fue de técnicas de los materiales, donde conocí al maestro Luis Nishisawa y eso marcó mi trayectoria, me quedé toda la carrera con él. Empecé a pintar paisaje saliendo al campo, en eso me hizo mucho hincapié, que para poder pintar el campo hay que conocerlo y vivirlo. Para mi tesis hice un proyecto del eje neovolcánico mexicano, en el cual me propuse recorrer de Veracruz a Nayarit todos los volcanes, pintarlos y hacer un análisis del espacio en el paisaje conceptualmente.

Jorge Obregón, el paisaje vivo

-¿Por qué te interesaste en el paisaje?

-Antes de entrar a la carrera hacían me gustaba mucho andar caminando en la montaña y en el campo. Y la FAD se encontraba en las afueras de la CDMX, en Xochimilco, en una zona que en esos años estaba llena de milpas y vacas. Además, los maestros Nishisawa Juan Manuel Salazar me incitaban mucho a pintar al aire libre. Iba mucho a Oaxtepec y a los alrededores del Valle de México y creo que eso me abrió los ojos, quise continuar con la tradición de los paisajistas mexicanos.

-¿Cómo es tu acercamiento personal al paisaje?

-Previo a salir al campo, muchas veces sí hago un estudio, ya sea topográfico o de otro tipo. Compro cartas topográficas, me pongo a investigar en Internet a dónde puedo ir. En el caso del proyecto que estoy haciendo del Valle de México, con la zona en la cual confluye la ciudad con el campo, salgo buscar los lugares, hago sobrevuelos y así entiendo más. Básicamente diría que es un acercamiento directo total.

-¿Cuáles son las complicaciones de pintar in situ?

-El clima, la luz, el equipo que tengas que llevar. Si tienes que ir al desierto, ahorita estuve dos meses en la zona desértica de Texas pintando a 40° de temperatura. Es un calor dificilísimo. No puedes trabajar más de una hora porque te empiezas a insolar, a deshidratar. El polvo también. Depende del lugar, ahorita aquí en México la lluvia es otra gran limitante, a pesar de que se generan atmósferas muy interesantes, pero no puedes trabajar porque está lloviendo. Cuando voy a las partes bajas la inseguridad es otra gran limitante.

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-¿Nunca te han querido bajar algo?

-No, la última vez que estuve así fue en la zona de Iztapalapa, en el Cerro de la Estrella. Se acercaron unos chavos banda, como 10, con mona y cemento, empezaron a ver mis cosas, a decir “mira, que chido esta eso”, empezaron a observar el material, los pinceles, y de repente uno dijo: “miren, está pintando la unidad donde vivimos”. Yo seguí trabajando y a los cinco minutos, buena onda uno de ellos me dijo: “oiga, si quiere le echamos la mano porque luego aquí atracan”. Al final acabaron deteniéndome el lienzo, porque el viento estaba muy fuerte y me echaron la mano para bajar todas mis cosas.

-Por lo general haces grandes formatos, ¿cuán batallosos son?

-Es difícil transportarlos y ponerlos en el sitio. Muchas veces tengo que anclar el cuadro con piedras y amarralo para que el viento no me lo mueva y ya después para volverlo a transportar, como está fresco, se le pegan ramas, mosquitos y polvo.

-Háblame de tu proyecto de la mancha urbana del Valle de México

-Llevo con él más o menos cinco años. Yo hago paisajes en general de los volcanes del Valle de México, de la cuenca, y en la exposición que tuve en octubre pasado, que se llamó Remanentes de la cuenca, plasmé los últimos vestigios lacustres de la zona. Mientras la hacía me di cuenta que hay zonas muy bellas en el valle que están rodeadas de tiraderos de basura y cinturones de miseria. Por ello me puse a estudiar todo el valle, la cuenca.Aquí hay una sierra volcánica muy bonita que se llama la Sierra de Santa Catarina, que divide Tláhuac e Iztapalapa, es una gran zona de mantos acuíferos que del lado de Iztapalapa se le ha ido trepando cada vez más la ciudad al borde de tapar los cerros, mientras que por el de Tláhuac es un área protegida.

Entonces, me atrae mucho porque es una parte de la ciudad donde confluyen lugares hermosísimos, los cuales los llegó a pintar José María Velasco y el Doctor Atl con la avanzada urbanización.

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-Otra de tus series grandes es la de los volcanes de Japón

-Sí, pero fue básicamente sólo uno: el Fuji. Ese fue un proyecto que hice en el 2014, me invitaron por parte de la embajada de México en Japón para conmemorar los 40 años de las relaciones bilaterales. La idea era ir a pintar este paisaje icónico que es el volcán Fujiyama, el Fuji. Para ello, investigué las 36 vistas que le hizo un pintor japonés del siglo XIX que se llamaba Hokusai. Las realizó alrededor de un recorrido, en un camino que se llamaba el Tokaido, un camino comercial mercantil que unía la antigua capital de Kioto y el mar.

“Entonces, mi proyecto fue buscar unas vistas similares a las que él pintó y ver cómo ha crecido la mancha urbana en Japón. Esas pinturas las complementé con partes del paisaje de México y la exposición se llamó México y Japón, territorios de fuego o sea unimos por el tema volcánico a las dos civilizaciones”.

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-¿Cómo viste la diferencia entre el paisaje mexicano y japonés?

-El japonés es como su gente: muy ordenado, cuidadoso, pulcro, todo está muy limpio y bien conservado, sus parques nacionales están impecables, todo es como la educación que ellos tienen, todos son respetuosos y ordenados. Eso se contrasta con el caos de aquí, del crecimiento de la mancha urbana, el choque con los volcanes y la zona de la naturaleza.

“Además, las tradiciones de un país enriquecen mucho a un paisaje, el ver el volcán ya no es nada más ver un cono sino todo lo que hay detrás: el Fuji es un dios para ellos. Nosotros antes éramos politeístas, ellos siguen todavía con esa idea, tienen entre sus religiones el shintoismo que también lo es y eso me hizo recordar mucho a la época prehispánica y las similitudes entre ambas naciones. Esos sí, Japón nunca se dejó colonizar”.

-¿Cómo ves tú la corriente del paisaje contemporáneo mexicano?

-El paisajismo está en desuso. Somos muy pocos los que lo practicamos y los que nos dedicamos de lleno a éste. Es un género que se siente superado, que ya se hizo todo y por ello no se voltea a ver casi, cuando sólo es cuestión de verlo con otros ojos.

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Raúl Campos

Raúl Campos

Raúl Campos (Ciudad de México, 1992) Periodista cultural y fotógrafo documental (con licencia). Decidió adentrarse a estos medios por tres razones: 1. Cuando niño le regalaron una cámara fiestera desechable de instantáneas (eso me traumó). 2. Por su afinidad para escuchar y contar historias (quizás sirvió de algo). 3. Por querer entrarle al negocio familiar (ni hablar). Su trabajo se ha publicado en Revista Yaconic, Milenio Diario, Milenio Dominical y recientemente en algunas publicaciones de Editorial Notmusa y Horizontum. Asegura ser pionero del "Periodismo Kitsch".