Jazz, la esperanza de sobrevivir. Una entrevista al músico mexicano Esteban Herrera Jazz, la esperanza de sobrevivir. Una entrevista al músico mexicano Esteban Herrera
Las manos de Esteban Herrera vuelan sobre el teclado del piano. Un pez de mil cabezas con cola mecánica nada en el aire.... Jazz, la esperanza de sobrevivir. Una entrevista al músico mexicano Esteban Herrera

Las manos de Esteban Herrera vuelan sobre el teclado del piano.  Un pez de mil cabezas con cola mecánica nada en el aire. Lo ronda una y otra vez. Esteban detalla su cuerpo, mitad cyborg, mitad medusa, mitad vertebrado. Observo a la nueva especie. La improvisación fluye. En cada nota afloran emociones y trazos de su vida. Compone en la soledad de su casa, ubicada en el centro sur de la Ciudad de México. Prepara su cuarto álbum. Susurra la palabra “Especie”, el título de su próximo disco. No deja de tocar. Su pez nada aún el aire.

“Ser músico es un conjunto de emociones extremas. Es un vicio del que no hay salida”, argumenta, acomodado en uno de los sofás de su casa. “Son todos los sueños juntos. Las fantasías más maravillosas, pero también las más espantosas. Es miedo y alegría a la vez”, responde.

Desde hace unos cuatro años dirige el proyecto de jazz contemporáneo Esteban Herrera Trío. También es el compositor y arreglista. Lo acompañan Miguel Chuck Rodríguez, en el bajo eléctrico, y Jorge Servín, en la batería.  Con esta banda ya tiene grabado tres compactos: Estrella, en el 2013; Origen, del 2014, y, el más reciente, Fantasma.

“Le dedico temas a personas cercanas como mi hermana, abuela, sobrina, mis músicos y especialmente a mi madre, quien falleció hace sólo unos meses, y para quien ese disco fue un réquiem”, dice. Luego, rememora los días en el Conservatorio de Música del Estado de México, en su Toluca natal.

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Allí fue llevado a estudiar piano. Pero leer partituras resultó un verdadero problema.  Casi imposible, dice. Pero se mantuvo hasta que descubrió una convocatoria para un taller de jazz. “Yo no tenía la más mínima idea de lo que significa jazz. Tampoco de qué se trataba o cómo se tocaba. Pero me gustó la palabra. No sabía cuán importante sería para mí.

Esteban evoca la audición. “Fue espantosa”, dice. “Escogí El piano, de Michael Nyman.  El maestro, Luis Octavio Cervantes, con un estilo muy rudo,  me dijo: _’¿No tienes idea de lo que es jazz?’. Yo le respondí: ‘Pues, esto es jazz, ¿no?’. ‘No, no tienes idea, pero estás dentro. Vas para el nivel básico.’

“Al siguiente día estaba tocando La chica de Ipanema en un salón del conservatorio. Pasó el maestro Cervantes y me pidió tocarla nuevamente. Ahí me dijo que comenzaba en el nivel avanzado. La verdad fue extraño, porque yo no sabía nada.”

Sin embargo, ahí no le enseñaron jazz. Seguía siendo empírico. Lo único que hacía era tocar y tocar. También sumergirse en el mundo de los estándares del real book. “En términos jazzísticos empecé a hacer mi propia comparativa, cuando comencé a coleccionar discos e informarme. La lista se hizo interminable: Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Bill Evans, Miles Davis, entre muchos más. Ellos conformaron mi entender del jazz tradicional.”

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Ser jazzista en México no resulta fácil. “Aquí es donde entran los paradigmas: no era negro, ni neoyorquino. Soy güerito y de Toluca”. Su fatalismo geográfico fue muy frustrante. Tocó todas las puertas posibles, pero “nunca había continuidad, seriedad o interés del público”. En esos inicios se sentía inseguro, con baja autoestima, y con miles de dudas. Wynton Marsali lo hacía llorar. “Era maravilloso oírlo tocar, pero no tenía idea de cómo hacerlo”.

Al finalizar el taller, aceptó la propuesta de su padre de “estudiar algo en serio”. Se decidió por Ciencias de la Comunicación, en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. De noche iba a la universidad y de día seguía con sus grupos de jazz. Pero al terminar la carrera, no sentía que era Comunicólogo.  Aunque no tenía confianza, en el 2003 decidió probar suerte en España.

Llegó a Madrid sin nada. Aún no estaba listo, pero empezó a asomarse a los clubes de jazz. También ahí pasó hambre y perdió 20 kilos de peso. Faltó poco para dormir en la calle. Tuvo días de buscar moneditas en los teléfonos públicos para comprar una McDonald’s. “Es curiosa la supervivencia en ciertos contextos”, comenta. “Luego conseguí trabajar con un mariachi de Garibaldi en un restaurante por 60 euros. Después hice más amigos. Fue mejor con el jazz”. También en el Madrid subterráneo conoció el flamenco. Le fascinó, pero tuvo que regresar a México. Debutó con una gastritis por estrés.

A su vuelta aún lo acosaban viejos pánicos. “Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Me costó trabajo, pero decidí irme a Cancún”, cuenta.

En el destino turístico entró en contacto con jazzistas mexicanos como Irán Gómez y Fernando Toussaint, quienes lo invitaron a par de festivales en la Riviera Maya. Los contratos en los hoteles fueron más atractivos. Empezó a ganar más dinero. El jazz fluía bien, hasta que llegó el huracán Vilma y lo destruyó todo en el 2005.

Pareciera que era perseguido por una maldición. No sabía qué hacer. Tenía muchas cosas qué decir, pero estaba cerrado. No conocía a nadie que lo pudiera promover. De Cancún volaría a Toluca. Ahí decidió armar otra banda. También abrió un local para jazz, asociado con unos amigos. En La Mecha, como lo bautizó,  hasta organizó tres festivales. “Invité a los grandes jazzistas nacionales. A todos los admiraba. Así trabajé con Aarón Cruz, Hernán Hecht, Luis Molina, Gabriel Puentes, entre otros”, apunta.

En el 2011 ya pasaba de los 30 y le preocupaba que nada pegara. Lo había intentado todo: un puesto de hamburguesas, uno de pizzas, profesor de Comunicación, un bar. “Mi pobre madre siempre invertía, y todo lo perdía”, recuerda. “Entonces decidí irme a Canadá. Allí vive mi hermana. Dije que iba a intentarlo por última vez”.

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Esteban Herrera. Fotografía por Pablo Luna.

Sin embargo, ahí logró conectar los cables correctos para que su bomba interna explotara. Se instaló en Calgary, en la provincia de Alberta. Un lugar poco cultural, pero con una activa economía. “Todos esos elementos funcionaron muy bien. Tuve excelentes amigos latinos, europeos, chinos, japoneses. Conocí a un saxofonista chileno, Oliver Miguel, con quien grabé un video. Por primera vez toqué jazz latino y flamenco”.

Fue un buen año, pero tampoco podía ser la cúspide. Su proyecto musical podía tener un lugar en el mundo: Ciudad de México. “Y aquí estoy desde hace cuatro años. Tengo tres álbumes grabados y preparo el cuarto”.  Ahora ya acepta que le digan jazzista, a pesar de que lo que él hace no tiene que ver con el jazz tradicional. Éste le encanta, y se ha alimentado de todo eso, pero “su voz propia no se mete ni de lejos con esa música”. Se considera  más contemporáneo.

Esteban Herrera tiene mucho por hacer. Quizás involucre otros instrumentos y voces en sus nuevos proyectos, pero en agosto vuelve a Europa. “Con todo respeto, ya se me acabó México. Yo sólo me he quedado con la esperanza de poder sobrevivir con mi música. Pero eso trasciende el país. No será fácil. Deseo vivir de lo mío, y si no, morir sin ningún resentimiento”.

Katia Monteagudo

Katia Monteagudo

Licenciada en Periodismo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Especializada en temas políticos, globales, económicos y sociales, y en el uso de técnicas narrativas, investigativas, manejo de las nuevas herramientas digitales para la búsqueda, procesamiento, publicación y distribución online de información, junto a la capacidad de articular comunidades a partir de estrategias comunicativas 2.0. Dominio de procesos de edición de medios impresos, digitales y en el fotoperiodismo.