James Bond, padre de la mexicanidad James Bond, padre de la mexicanidad
James Bond no es un personaje propiamente mexicano. Su letal efectividad para perseguir y tundir a la élite del mundo criminal –excéntrica, pero bien... James Bond, padre de la mexicanidad

James Bond no es un personaje propiamente mexicano. Su letal efectividad para perseguir y tundir a la élite del mundo criminal –excéntrica, pero bien peinada-, y sus pasmosas maneras de inglés recalcitrante, contrastan diametralmente con las prácticas y aspecto del, llamémosle así, “agente secreto mexicano” promedio.

Apelamos, pues, a la memoria. Hasta ahora, el único “agente secreto” –entendemos con esa designación a los personajes implicados en casos de espionaje-, mexicano por los cuatro costados, es Filiberto García, protagonista de la novela fundacional del género policiaco en México, El complot mongol, del escritor y diplomático Rafael Bernal. García es un hombre duro, rudimentario y, sin embargo, perspicaz; maduro coronel revolucionario, retirado pero de procedimientos implacables y ejecutivos. Su metodología es la del instinto, templado en los calores de la Revolución mexicana, y en las refriegas de sus “encargos”, misiones desaseadas y de poca monta, que políticos encumbrados dejan en sus encallecidas manos. Además de parco, es un malhablado incorregible: “pinches chales”, dice una y otra vez, para destilar las frustraciones que su enojosa misión le provoca.

James Bond, padre de la mexicanidad

Bond, en contraste, es un hombre fundamentalmente refinado, exquisito. De temperamento frío, calculador; pocas veces, hasta lo ahora visto, ha perdido el pulso de su indeclinable lógica inglesa. A diferencia del autodidactismo manifiesto de nuestro García, Bond se ha educado en las academias militares de la Gran Bretaña. En él, la intuición es un vergonzoso estorbo que se corrige con la enérgica aplicación de su método implacable. Hasta en las habilidades seductoras, Bond lleva ventaja sobre García; mientras el mexicano guarda un incomprensible y casto enamoramiento en el Complot mongol, el agente inglés despliega una promiscuidad, por decir lo menos, entusiasta y desenfadada. Habría que reconocer en Bond,  además,  el recato de su lengua: no pronuncia grosería alguna aunque un edificio entero se le venga encima.

Hasta en su adscripción institucional las diferencias son notables: Bond es un miembro bien establecido del servicio de inteligencia británico, un empleado oficial al servicio de su Majestad; García, en tanto, es un activo irregular, independiente, al servicio del señor licenciado Del Valle, un burócrata influyente.

Aún hay más y para mayor contraste. Mientras a Bond lo interpretaron actores de conocida prosapia inglesa: Sean Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan o Daniel Craig, entre otros – claros representantes de la flema inglesa-, a Filiberto García –en la adaptación del Complot que llevaron a la pantalla grande- lo personificó el ineludible actor del cine nacional de la segunda mitad del siglo XX: el mexicanísimo Pedro Armendáriz hijo.

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Derivado del claro contraste entre García, que funge de  representante mexicano, y Bond, que lo hace como representante inglés, es fácil advertir la distancia del agente secreto extranjero a los usos y costumbres nacionales. Nada nos vincula, pues, orgánicamente con su figura.

Nada, excepto una incidental aparición de la Ciudad de México en una de sus películas, Spectre, del 2015. Una secuencia de menos de diez minutos, en la que Bond aparece en medio de un inexistente –entonces- “Desfile del Día de Muertos”. Ese tiempo tan reducido bastó para que este año, y muy probablemente los venideros, se celebre una procesión de genética puramente oficialista. Una tradición troquelada desde algún escritorio en el ayuntamiento.

Al menos en esta ocasión, el experimento cultural –el de vincular dos elementos absolutamente ajenos el uno del otro- no resultó tan mal si atendemos a la participación desbordada: 250 mil personas salieron a las calles de esta ciudad para admirar el desfile. Tampoco fue un fracaso, si acudimos al expediente de la derrama económica: según proyecciones de la Secretaría de Turismo federal, derivado del evento, ciudadanos nacionales y extranjeros gastarían 963 millones de pesos, y ocuparían los hoteles de la capital en un 77 por ciento.

Desfile sui generis

Todo esfuerzo por entreverar dos elementos extraños tiene resultados extravagantes. Este desfile no fue la excepción. Ahí están, por ejemplo, el grupo de jaraneros que con saxofón y trombón a cuestas, ensayaban algunas evoluciones musicales propias del blues; o las catrinas montadas en autos mustangs clásicos; o los catrines que bailaban pop; o las calaveras de abdomen desnudo y esculpido en el gimnasio, que desde un carro con motivos prehispánicos, animaban a las concurrentes al son de la canción “Tijuana Sound Machine”, de Bostich & Fussible.

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No todo fue, naturalmente, un extraño híbrido cultural. Una dilatada fila de elementos netamente mexicanos, brindó al desfile el tutelaje cultural extraviado. A la vanguardia se dieron cita toda una pléyade de deidades aztecas; la Coyolxauhqui presidía el cortejo, a su alrededor, pequeños rostros de Quetzalcóatl, bailoteaban y corrían. Esta parte del desfile se llamó “El viaje al Mictlán”, el mítico sitio, compuesto por nueve niveles, a donde llegaban los muertos de cualquier condición social, señores o macehuales. Un sitio “libre de discriminación”, le llamaríamos ahora.

No serían las únicas estampas tradicionales. Extirpadas de los grabados de Guadalupe Posada, calaveras gigantes, ya fuera como solemnes fumadoras de puro o coquetas ataviadas con flores, marcharon en “La muerte niña”, la sección siguiente del desfile, en donde catrines y catrinas, ataviados de riguroso negro, saludaban a la multitud expectante.

Luego vendría, para terminar, la sección “Pa´l panteón: Fiesta y algarabía”, donde, en efecto, una fiesta de despedida tenía lugar. Al menos fue posible entrever, entre la multitud volcada sobre las vallas, el mejor retrato de Juan Gabriel presidiendo el cortejo de los destacados muertos durante este año.

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 ¿Una nueva tradición?

¿Dónde se gestan las tradiciones?, ¿a qué se debe su permanencia en el tiempo?, ¿de dónde abrevan la persistencia para seguir actuales y vigentes generación tras generación? Las respuestas son difusas, pero apuntan en una dirección: las tradiciones, para serlo, resultan tales en la medida en que son promovidas y gestadas horizontalmente, es decir, replicadas entre el barrio, la familia, la comunidad más cercana al individuo.

El “Desfile del Día de Muertos”, por su relativo éxito turístico y económico, es probable que perdure muchos años más. Tantos, quizá, que le llamarán “tradición”, incluso milenaria, porqué no.  Como fuera, mientras unos hablarán de su origen difuso, otros, quién sabe, podrán venerar a James Bond como padre de la mexicanidad. Y, de alguna manera, tendrán razón.

Así las cosas.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.