Inmediaciones de Juan Rulfo Inmediaciones de Juan Rulfo
Hace casi treinta años, la editorial Siruela publicó una antología de relatos titulada Cuentos únicos (1989), cuyas piezas fueron seleccionadas —y en algunos casos... Inmediaciones de Juan Rulfo

I

Hace casi treinta años, la editorial Siruela publicó una antología de relatos titulada Cuentos únicos (1989), cuyas piezas fueron seleccionadas —y en algunos casos traducidas— por el escritor español Javier Marías. La mayoría de las historias eran de autores semidesconocidos y de lengua inglesa, y la premisa de dicha antología era que fueran “piezas únicas”, esto es, extravagancias que se publicaron de manera marginal en la trayectoria de sus respectivos autores. Tiros únicos, piezas de distracción, objetos narrativos que no es posible encajar en ningún molde conocido salvo que se violente su propia y especial naturaleza. Sobra decir que ningún relato de Juan Rulfo (1917-1986) se incluyó en la antología, pero aún recuerdo que Marías lo menciona en su introducción para desacreditarlo, así sea de manera parcial. Escribe Marías y la cita in extenso es consecuencia de su estilo ampuloso y desbarrancado:

“Siempre se ha dicho que pasar a esa historia no depende de la cantidad de obra escrita, y quienes lo sostienen no carecen de buenos ejemplos a los que recurrir: desde Benjamin Constant, que hoy ocuparía el mismo lugar que ocupa si sólo hubiera publicado su novelita Adolphe, hasta el máximo caso, de nuestros tiempos, Juan Rulfo, hoy por hoy venerado (aunque ya veremos mañana) por sus celebérrimas doscientas y pico de páginas.”

Horizontum. Inmediaciones de Juan RulfoNo es que el criterio de Marías resulte aleccionador y tenga un peso distinto al que podría expresar el lector que abren por primera vez El llano en llamas (1953) o Pedro Páramo (1955). Sin embargo, la frase “hoy por hoy venerado (aunque ya veremos mañana)” manifiesta reticencia a mostrarse conforme con el mérito del autor jalisciense, cuya escritura puesta en dos obras logra año con año su síntesis crítica, con lo cual su lugar en las letras hispanoamericanas lo arroja a salir de su envoltorio nacional, continental o regional, para instalarlo en un segmento de la literatura universal. Lo anterior está relacionado con las reglas no escritas (perdónese la paradoja), en cómo un libro logra ese sitio de privilegio en el horizonte de los bienes culturales.

Para este recorrido hice de nueva cuenta la lectura de ambos libros, buscando las fallas, olfateando en qué momento Rulfo utiliza alguna inflexión equivocada, el tipo de estrategias que nos hacen sospechar que no estamos ante una obra de relieve, sino ante otro artificio que tarde o temprano dejará ver las notas de su composición. El resultado fue encontrarme de nuevo con la arquitectura de sonidos que ha terminado por llamarse “rulfiana”. ¿En qué consiste? En una secuencia de oraciones que siempre prometen ser la última, una confesión de final que termina por imponerse áulico y anuncia siempre otro inicio, más revelador que aquel que ya nos había hecho estremecer. ¿Exagero? Aquí el cierre del cuento Talpa:

“Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.”

Rulfo cumple como pocos la mayoría de los requisitos necesarios para volverse una figura canónica y, a un tiempo, una silueta hospitalaria para quienes disfrutan de los pasillos con poca luz. Se engrosa el listado de autores que caen rendidos ante su narrativa, contenida y sublime. La “veneración” a la que hace referencia Marías se vuelve el santo y seña de quien se aproxima a sus libros, a su obra fotográfica, a su participación en el cine. Rulfo es un prisma de bordes infinitos y en alguno de ellos, cualquiera, no es difícil reconocer una figura de México, pero que es a un tiempo un conglomerado que reúne todas las formas posibles de sentir miedo, amar, vivir la libertad, el dominio, el catálogo entero de emociones que constituyen a los hispanoparlantes y aún al ser humano.

La mitología alrededor de su mutismo, el alcohol, el abandono de la escritura y la vida pública, lo acercan más a los lectores porque ese desdén se vuelve intraducible en un entorno en donde todos buscan más aplausos que el resto de los escritores. La suma de paradojas se engrosa y Rulfo siempre será inexplicable, por lo que las frases celebratorias apenas ayudan al  entendimiento de una obra que parece construirse y reconstruirse con cada lectura. Esto porque el acomodo de cada una de las palabras parece un lenguaje cifrado y entonces todo se reinicia y todo se preserva. Esta condición de origen casi mágico, funda el acto mismo de la lectura y la relectura.

Horizontum. Inmediaciones de Juan Rulfo

De lo que he escrito hasta este momento, podría interpretarse que soy un rulfiano recalcitrante y no puedo mantener una postura crítica. Nada más falso. Mi desconfianza es de años atrás y así lo he manifestado en repetidas ocasiones. Corremos el riesgo, sí, de mitificar a Rulfo, pero no sin argumentos a favor para siquiera intentarlo. He desconfiado, por ejemplo, de su explotación del indigenismo como mecanismo de autopreservación, ya que Rulfo encontró un modo de hacerlo y logró fabular como nadie el lenguaje de la provincia mexicana. El uso de “dizque” y otros usos no-citadinos del lenguaje genera la falsa certeza de que así se habla en el campo, de que las personas escuchan el silencio “rulfiano”, por llamarlo de algún modo. Esta fue una de las hazañas del autor jalisciense y nunca menor, ciertamente.

II

Por un asunto casi generacional, leo su obra como si fuera producto de un escritor multidimensional y multimedia. Su trabajo fotográfico no ilustra los recovecos de la escritura, pero sí permite asomarse a la densidad de su tentativa artística y humana. Esos pasajes desolados son una exploración de sus cualidades más íntimas, aquellas que pueblan su modo más entrañable de mirar la provincia, el eco que se repite a capricho, la caída de piedras en las que se convirtió Pedro Páramo. Su modo de construcción de personajes es uno de los más notables de la literatura hispanoamericana. Son apenas voces en la página escuchados como susurros —uno de los títulos preliminar de Pedro Páramo fue Los murmullos—, voces distinguibles de presencia aunque no de sentido, que nos asaltan a diario (puede ser incluso la propia conciencia) y dan la pauta de lo que podría ser “la otra realidad”.

Horizontum. Inmediaciones de Juan RulfoSe ha escrito sobradamente respecto a la morfología de Pedro Páramo. El paso de Rulfo por el Centro Mexicano de Escritores en calidad de becario permite detallar la configuración de la que sería su obra mayor. Sin embargo, esta posibilidad se encuentra lejos de explicar cómo fue que el autor jalisciense dio con la forma final del libro. De igual manera, la ordenación, el trabajo final de edición de cada uno de los fragmentos para sugerir los saltos temporales (la llave que abre el misterio de la novela), es otro de los aspectos que aún generan decenas de tesis de investigación académica.

Ahora bien, la obra de Juan Rulfo no sólo está conformada por dos libros, como es usual leer en la prensa. Igualmente escribió un guión de cine, que admite una lectura como novela, El gallo de oro  (1960), editado en 1980, junto con otro guión, La fórmula secreta, filmado por Rubén Gómez en 1965. Algunos fragmentos en revistas: “Un pedazo de noche”, escrito en 1940 como parte de una novela destruida, Los hijos del desaliento, editado en la Revista Mexicana de Literatura en 1959, y “La vida no es muy seria en sus cosas”, publicado en la revista América en 1945.

Su labor literaria continúa su proceso de destilación crítica, que no sucede únicamente por la devoción de los lectores. La inserción de una obra como parte del canon de una tradición no ocurre como una gratuidad. Por el contrario, debe fundamentarse y ponerse a prueba a través de diversos mecanismos. La celebración feliz de los amigos escritores apenas es un indicio de valor de una obra, que debe cruzar las décadas para ser leída lejos de los afectos y desafectos personales. Un escritor, como producto de su entorno, responde a diversos estímulos y, a partir de ellos, puede explicarse la obra, así sea de manera parcial. El resto es un proceso de transmutación que resulta escasamente explicable, incluso (o más aún) para los contemporáneos que atestiguaron parte del proceso creativo.

Los estudios literarios avanzan en la construcción del personaje que nos quedará de Rulfo, el cual no puede detenerse en la posibilidad de su alcoholismo (¿a quién le importa, ya pasado el tiempo?); su carácter taciturno, casi imposible de sortear en las entrevistas, con lo que el personaje se hunde en la lejanía de la falta de entendimiento; o la incapacidad o negación rotunda, de volver a la escritura a pesar de quienes lo alentaban con el entusiasmo de la admiración o la amistad. A pesar de lo anterior, con Rulfo siempre hay un muro de inaccesibilidad en el cual queda la obra al frente, con el natural desvanecimiento de la figura del autor, lo cual no deja de asombrar a propios y extraños, ya que no pocos escritores persiguen el reconocimiento como si se tratase de la piedra filosofal.

Horizontum. Inmediaciones de Juan Rulfo

No obstante su celebridad entre lectores no escritores, resulta claro que Pedro Páramo es una obra para escritores. Una lección cerebral sobre el uso de las técnicas narrativas, la mezcla de voces, el uso de las palabras que sin ser estridentes a la vista generan un estremecimiento en lo más hondo de los lectores. Su obra admite interpretaciones desde las escuelas de pensamiento más variadas, con lo cual se inserta como objeto de análisis en cualquier discursividad imaginable. Son vestigios de una escritura que circulan como si hubieran sido escritos semanas atrás. El modo particular de ejercer el oficio literario se impone como modelo de acción y a las generaciones que siguen en la rueda del tiempo no les resta sino el pasmo y la aceptación de estar en presencia de un libro con una configuración que acaso no vuelva a suceder en décadas. A diferencia de lo que sucede con otros autores, en que hay expresiones de asombro y cuando uno aterriza en la lectura no puede hallar las razones de ellas, con Rulfo siempre hay una confirmación de alcances. ¿De cuántos autores es posible señalar lo mismo?

Finalmente, la capitalización política de la obra del autor jalisciense apenas interviene en la consideración de su obra, que circula en ediciones económicas y electrónicas para descarga y ya se ha fundido con el paisaje cultural mexicano. Rulfo modificó de manera sustancial el panorama literario del siglo XX y lo hizo con una modestia que es lección y un reproche a un tiempo. No dejan de emitirse señales desde las páginas de sus libros y basta acercarse a ellos para detectarlas.


Luis Bugarini