Hasta en tus besos me hallarás Hasta en tus besos me hallarás
Ayer fui al centro histórico con Rita quería que la acompañara a comprar telas, botones e hilos. Hasta en tus besos me hallarás

Ayer fui al centro histórico con Rita quería que la acompañara a comprar telas, botones e hilos. Un mundo de gente se aglomeraba en las calles. Madero y Tacuba ya no son lo que eran, me decía Rita mientras nos arrollaban las señoras con sus bolsas llenas de compras. El calor era sofocante. Pasamos a ver el museo del Estanquillo. Rita quería verlo desde que lo inauguraron, pero nunca pudo, sus cenas y sus múltiples compromisos se lo impidieron. Nos encantó la serie de figuritas que coleccionó nuestro Carlitos Monsiváis, sus cuadros, sus notas periodísticas. En nuestra Juventud sentíamos a Monsi muy nuestro. Cuando leíamos sus textos nos parecían que era muy cercano a nosotras. Teníamos la extraña sensación de que nos entendía y no nos juzgaba.

Recuerdo perfectamente la fecha en murió el gran Monsi, no sé por qué. Será qué a los viejos nos da por recordar cada fecha y hora exacta en el que ocurrieron las cosas. Los hechos más significativos e importantes por lo menos.  Nuestro Monsi murió un sábado a los 72 años de edad. A veces me inquieta reconocer que nosotras ya estamos muy próximas a ese número de años, que, sin duda, presagia la muerte.

Rita y yo siempre tuvimos la intención de ir a buscar figuritas a la Lagunilla para dárselas a Monsi. Rita decía que él recibía al zapatero más humilde y al político más soberbio. Él recibía a todos en su casa. Eso me decía Rita cada que íbamos al centro. Nunca fuimos a comprarle nada.  Después cuando nos enteramos que se inauguró su museo pretendimos ir, pero tuve que ir yo sola. Rita estaba de viaje en Europa con su marido.

La tarde de la inauguración del museo me encontré a Rafael Barajas El Fisgón, recuerdo que dio un discurso sobre cómo Monsi comenzó a recopilar pedacitos de historias con sus caricaturas y sus figuritas. Mientras recorríamos las salas del recinto le conté a Rita de ese día. Ella me miraba sin parpadear y movía la cabeza de un lado a otro en señal de escuchar cada una de mis palabras. Yo sabía que a ella le hubiera gustado mucho estar presente.

Nos entretuvimos mucho viendo el museo. Recordando a nuestro bello y pobre México.

Aunque a Rita no le tocó ver mucho de ese México humillado y pobre. Sólo vivió el México lindo. El que estaba lleno de glamour, de cenas y de amistades cómodas.

Rita se casó con su primer marido a los 19 años. Manuel era un nuevo rico que vendía vestidos y medias. Después poco a poco se fue haciendo de más fortuna. Recuerdo que tenía varios locales en centro de la ciudad. Rita como se aburría mucho en su casa tomaba clases de historia del arte. Ahí conoció a su primer amante. Recuerdo que no le atraía mucho al principio, pero su gran sabiduría y personalidad la hizo caer a sus pies. Manuel era un buen hombre, caballeroso y buen proveedor, pero la vida cotidiana era molesta para ella siempre hablando de las mismas cosas en la cena. En cambio, con el escultor era diferente. Aquel hombre menudito, enjuto la maravillaba con sus historias y la plática de sus viajes.

Para fortuna de Rita Manuel murió muy joven y le heredó parte de su riqueza. No había podido procrear hijos con Manuel y eso a Rita le llenaba de zozobra. Se entristecía a menudo. Pero al llegar al taller de su amante se le olvida por completo esa idea y se entregaba completamente al placer. Así transcurrió algún tiempo, se veían después de clase. Hacían el amor en taller artístico de su amigo escultor, entre piezas de arte y pinturas a medio terminar. No solían salir mucho a la calle. Rita ya era viuda, sin embargo, quería guardar el luto por Manuel y no podía darse al lujo de que la vieran con su amante. El escultor nunca tuvo ninguna molestia por  mantener su relación en secreto.

Paso el tiempo y Rita decidió que ya era momento de retomar su vida de nuevo. Después de un año de aventura amorosa le pidió al artista que salieran a dar una vuelta. Fue ahí cuando él le confeso que se iba a España a montar su exposición a una gran galería de aquel país. Ella desconsolada le dijo que quería acompañarlo, pero el escultor se negó rotundamente.  Esa fue la primera vez que Rita sentía que se le rompía el corazón en mil pedazos.

Las lágrimas de Rita rodaban por su rostro pálido. Aquel hombre la abrazo por un largo rato y finalmente se despidieron.

Meses después nos enteramos por el periódico que la exposición del escultor tuvo gran éxito. Las fotografías de sus piezas estaban plasmadas en la sección de arte y cultura. Al leer la nota completa nos enteramos que su esposa y dos hijos que vivían en España lo acompañaban en el evento. Rita volvió a llorar, pero ahora por la gran cólera que sentía.

Esa noche la acompañe a ahogar las penas de amor a una cantina del centro. Pedimos algunos tequilas y cantamos en voz muy bajita algunas canciones de Agustín Lara. Rita nunca fue de escándalos y por lo regular nunca iba a las cantinas. Sé que se sentía rara porque ella nunca salía a la calle de noche y menos si no la acompañaba un caballero. Por suerte esa noche nos acompañó un amigo con el que yo solía salir a beber y disfrutar de su compañía en mi lecho.  La cantina a la que nos había llevado Tony no era muy sofisticada y a pesar de la pena de Rita, ella se sentía incomoda. Sentía que aquel lugar no era de su categoría. Así que terminamos pagando y nos retiramos. Caminamos un rato por las calles y finalmente entramos al bar la Opera. Tony la tomó de la cintura y la invitó a entrar. Estuvimos ahí por un buen rato. Nos bebimos varias botellas.

De pronto se acercó un mesero del lugar y sonriéndole a Rita le dijo:

– Señorita, aquel caballero le ofrece una copa.

Rita que ya no estaba en sus cincos sentidos la acepto, levantó su copa en señal de agradecimiento y se la bebió todita.

Fue ahí donde Rita conoció a su segundo marido. Un joven muy atractivo que iniciaba sus proezas en el ámbito político mexicano.

Mantuvieron un noviazgo breve. Se casaron al año de conocerse. Rita se veía plena y feliz. Me alegraba por su felicidad, sin embargo, muy dentro de mi contenía un sentimiento de quebranto.  Pronto tuvieron a su primer y único hijo. Rita se la pasaba en eventos políticos apoyando a su marido. Veían crecer al pequeño niño y al mismo tiempo que Alfonso progresaba en su carrera política. Rita comenzó a viajar más y más por el trabajo de su marido. Yo la extrañaba horrores, aunque hablábamos casi a diario. Hizo que me comprara una computadora para poder hablar por Skype.

El partido en el que militaba Alfonso acaba de ganar las elecciones a la presidencia de México. Por fin se terminaron los viajes. Tendré a Rita más cerca de mí. Su hijo se quedará en el extranjero para terminar su maestría. Me entusiasma estrechar su cuerpo al mío. ¡La he extrañado tanto! Y sé también que ella me echa de menos.

Anoche murió Alfonso. Estaba en la embajada de México en Canadá haciendo gestiones propias para su partido cuando le dio un paro cardíaco.

Rita me llamó para decirme que había fallecido su marido. Se escuchaba muy afligida. No le pude decir nada para consolarla. En momentos así uno no sabe que decir. Tardarán en traer a México el cuerpo de Alfonso. Invité a Rita a Bellas Artes para distraerla. Pero no quiso ir. Me dijo que quería dar una vuelta por el centro, comprar telas e hilos. Vistamos los antiguos locales donde su primer marido vendía medias y vestidos. Las calles han cambiado. Era raro que Rita no quisiera estar en casa y llorar su pena. Ella siempre ha sido muy sentimental. En el fondo me entusiasma que quiera pasar el tiempo conmigo y no lloriqueándole a otro hombre que se va de su vida. Como todos los que se van sin avisar. Así nomás de sorpresa como Manuel, como el escultor, como Alfonso, como nuestro padre que nos dejó sin previo aviso porque la muerte ya lo esperaba en su reino. Mi pobre Rita había sufrido la pérdida de muchos hombres en su vida.  Y en todos esos momentos de desolación siempre estaba yo. Su compañera, su hermana y amiga incondicional.  Yo el amor de su vida. La que nunca la abandonaría.

Ayer después de pasear por el centro, recordar las crónicas de nuestro Monsi fuimos a comer y al café donde solíamos espiar a su primer marido. Nos sentamos y pedimos un café americano como lo hacíamos en aquellos tiempos.  Me parecía raro que en todo el tiempo no había mencionada nada de Alfonso y de mi sobrino. No quería hablar de lo ocurrido. Y eso tenía que respetarse me dije a mi misma.

Después del café quiso ir a la casa, yo había vivido ahí toda mi vida después de la muerte de mis padres. Nunca me mude. Mantuve relaciones largas con algunos hombres, pero nunca me casé. Tony mi amante de muchos años solía venir a menudo, pero nunca se quedaba a dormir.

Rita me pregunto si vivía con alguien o si estaba sola. Ella sabía la respuesta de antemano. Le dije que si quería ver nuestra habitación lo podría hacer, pues me había encargado de mantenerla intacta. Como si no hubiera pasado el tiempo.

Ella entró a la pieza y sonrió. Cayeron las lágrimas por su rostro, me abrió los brazos, roce sus mejillas con beso dulce y suave. Bajé mi mano izquierda hasta su sexo y comencé a tocarla de la misma manera en que lo hacíamos cuando éramos pequeñas. Rita tomó mi cara entre las manos y me besó en la boca. Fue un beso largo. Nunca nos habíamos besado en la boca. Nuestras caricias siempre fueron sutiles, pero exquisitas. Desde la primera vez que nos acariciamos fuimos una sola mujer. Unidas siempre a pesar del tiempo y la distancia. Rita se recostó en la cama mientras yo tarareaba con la respiración entre cortada una canción de Agustín Lara: Palabras de mujer /que yo escuché cerca de ti /junto de ti muy quedo / tan quedo como nunca / Las quiera repetir / para que tú igual que ayer /las digas sollozando / palabras de mujer. Hasta en tus besos me hallarás / hasta en el agua y en el sol / aunque no quiera yo.


Gabriela Santamaría Santiago

Gabriela Santamaría Santiago

Gabriela Santamaria Santiago. (México) Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Literatura egresada de la Escuela Normal Superior de México. Profesora de Educación Básica en la SEP. Siempre interesada en la promoción de la lectura y en los movimientos contraculturales de los jóvenes, en la música y en el aprendizaje de los niños y adolescentes.