Gerardo Diego: el esteta de la dictadura Gerardo Diego: el esteta de la dictadura
La obra de Gerardo Diego es tan vasta como heteróclita. Con idéntica fortuna, el poeta de Santander escribió elegías cubistas, crónicas líricas Gerardo Diego: el esteta de la dictadura

La obra de Gerardo Diego es tan vasta como heteróclita. Con idéntica fortuna, el poeta de Santander escribió elegías cubistas, crónicas líricas, artículos literarios incisivos y sonetos sin signos de puntuación. Acaso sea uno de los precursores ─y maestros─ del versolibrismo. En sus poemas, si aguzamos bien la mirada, veremos ciertos aires indulgentes que, entre céfiros y melodías náuticas, aparecen en escena desplegando una rica gama de matices:

El viento vuelve siempre

aunque cada vez traiga un color diferente

Diego escribió con una invencible versatilidad. De hecho, es el poeta de su generación ─la del 27─ que ofrece mayor multiplicidad de alternativas estéticas. Y no se conformó con eso: además de su ingente trabajo poético, fue un importantísimo teórico ─y practicante, junto a sus admirados Vicente Huidobro y Juan Larrea─ de dos vanguardias airosamente infractoras: el ultraísmo y el creacionismo.

Su pluma ─que fue un surtidor inagotable─ le permitió escribir, durante sesenta años ininterrumpidos, sobre los temas más variados y disímiles.

Diego, al principio de su carrera, fue un poeta que se regodeó leyendo, interpretando y glosando ampliamente a los clásicos: Lope de Vega, Quevedo y, claro, su admiradísimo Góngora. Aunque pudo contentarse con ser un poeta refinadote, su obra no estaba dispuesta a tirarse a descansar en las cómodas y apacibles estepas del clasicismo. Luego de una breve estancia en Francia, donde trabó amistad con la pintora María Blanchard y con un puñado de artistas cubistas, regresó a España henchido de explosiones poéticas. Alma curiosa por temperamento, Diego comenzó a probar las combinaciones más insólitas para seguir engalanando su arte. Después de haber tenido un inicio apegado a las estrofas tradicionales, desvió su camino y terminó cariñosamente abrazado al verso libre.

Cierto día, sus fluctuantes pasiones artísticas lo llevaron a iniciar un romance con el teatro. Pero el idilio fue efímero ─sólo escribió una pieza mediocre: El cerezo y la palmera─ y acabó regresando definitivamente a lírica y a la prosa poética.

Junto a su amigo Jorge Guillén, el autor de Versos humanos fue uno de los principales orquestadores del homenaje a Góngora, que cumplió trescientos años de muerte en 1927, fecha que, por cierto, aprovecharían para obsequiarle el nombre a su generación.

Conocedor de su enorme poder evocativo, Gerardo Diego supo que, con la potestad de la escritura, todo le estaba permitido. Su pluma caudalosa e inspirada le permitió hablar de temas tan raros e inauditos como los billetes de tranvía, las llaves extraviadas, la libertad de los gitanos y los porteros de fútbol. Un día, influenciado por sus lecturas mallarmeanas, y harto de vivir en un “cautiverio de renuncias”, emprendió “un vuelo de desengaños” y se paseó felizmente por un “rumbo sin viaje”.

Gerardo Diego

En Manual de espumas, uno de sus primeros libros, ya bullen todos los hallazgos vanguardistas y experimentalista de su creación: el ritmo, la música y una buena cantidad de elementos plásticos. Se trata de un poemario unitario, concentrado en la forma y seguro de sus propios recursos estilísticos. Tan rica es la polimetría que asoma en estos 30 poemas que, emocionado, Antonio Machado escribió: “a mi juicio lo más logrado de la lírica nueva”.

Poco después, en Alondra de verdad, Diego culmina, en 42 extraordinarios episodios bucólicos, su etapa clasicista. Poco a poco irá construyendo una obra de temas y procedimientos tan híbridos que derivará en la publicación de varios libros graves, clásicos, místicos y perfectos: Poemas adrede, Limbo y Nocturnos de Chopin.

Aunque una gran parte de la obra de Diego se concentra en el tema amoroso ─“manantial tú de ti, agua furtiva”─, a veces se permite correr hacia derroteros más existencialistas: “soy el sueño de un vidrio, soy un cielo/ o un dios tal vez, la flecha, el tiempo huidizo”.

Gerardo Diego

En su célebre reunión de poetas ─Poesía española. Antología (1915-1931)─ congregó, en un mismo escenario, los versos de poetas consumados: Unamuno, los Machado y Juan Ramón Jiménez, junto a la obra naciente de jóvenes poetas que empezaban a despuntar: Aleixandre, Cernuda y Altolaguirre.

Igual que Dámaso Alonso, Diego vivió sin sobresaltos ni aspavientos la guerra que desmembró a la Generación del 27. En ningún momento pareció molestarle que casi la mitad de su vida transcurriera bajo el yugo de una dictadura.  Mientras Lorca fue asesinado y arrojado a una fosa común en Víznar; Alberti, Cernuda, Guillén y Salinas tuvieron que marchar hacia el exilio, Gerardo Diego defendió desde el primer momento el golpe de estado del 18 de julio y se adscribió sin reserva a la dictadura franquista, misma que poetizó en versos exaltados tomando como emblema la defensa del Alcázar de Toledo y el cerco de Oviedo.

En vida, Gerardo Diego fue uno de los poetas más reconocidos de España y, hasta el final de sus días, recibió honores y premios sin cuento. En 1947 ingresó en la Real Academia. En 1956 le concedieron el Premio Nacional “José Antonio Primo de Rivera” por su libro Paisaje con Figuras. En 1979 recibió el Premio Cervantes, que, por cierto, fue la primera ─y única vez─ que fue repartido entre dos escritores: el español Gerardo Diego y al argentino Jorge Luis Borges.

Pero no a todos les caía bien. El poeta José Hierro, que lo abominaba, se le lanzó al cuello del autor de El jándalo y lo describió como “un lírico escindido, esquizofrénico, que nunca se decidió a quedarse con un solo amor”. Alberti, en sus Memorias, escribió pestes sobre Gerardo, que siempre le pareció un señor soso, hermético, antipático y “con cara de pobre”. Hay que recordar que, por aquellos años 20, a los premios solían presentarse autores acicalados y bien vestiditos. No obstante, Pablo Neruda fue más lejos que todos. El bardo chileno ─que  detestaba con toda su alma a Diego por “hipócrita”─ en su Canto general lo acusó de ser uno de los mudos ─“hijos de perra”─ espectadores de la muerte del poeta Miguel Hernández:

 

Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre

en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos

de perra, silenciosos cómplices del verdugo

que no será borrado tu martirio, y tu muerte

caerá sobre toda su luna de cobardes.

Efectivamente, en algunas piezas, el catedrático de Lengua y Literatura en Santander y Madrid justificó el golpe de estado de julio de 1936; en algunos otros poemas se propuso subrayar el coraje de los combatientes de la División Azul, empotrada en los ejércitos nazis que intentaban tomar la Unión Soviética.

Gerardo Diego

Hay quienes opinan que Gerardo Diego fue un hombre callado, tirando a taciturno, que apenas hablaba en público. Pero no es así. Lo cierto es que Gerardo hablaba clara y contundentemente. De hecho, su presencia en las tertulias fue ejercida siempre con un acusado aire pontifical. Como sabía tocar el piano decorosamente, acostumbraba actuar en tertulias, recitales y pequeños conciertos en donde, irremediablemente, terminaba dictando una pequeña conferencia sobre sus temas preferidos: la poesía y él mismo. Su tarea crítica en prensa y en Radio Nacional, donde mantuvo, hasta 1978, un programita llamado “Panorama poético español”, jamás languideció. Fue un dómine que participó infatigablemente como jurado literario en muchísimos premios y certámenes. Curiosamente, mientras sus quehaceres y su presencia se extendían hacia otros ámbitos, su trabajo poético comenzó a decaer. Comenzó a escribir menos y su producción fue concentrándose en reediciones y compilaciones de su poesía anterior.

Casi nonagenario, Gerardo Diego trató de dejar preparada para la imprenta su poesía reunida, que fue publicada en 1989, dos años después de su muerte. Meticuloso “editor de sí mismo” ─tal como lo denominó el académico Francisco Javier Díez de Revenga, encargado de vigilar la recopilación─ Gerardo Diego era quien mejor podía ordenar una producción profusa y laberíntica, en la que coexisten libros venales y no venales, ediciones de autor, reediciones que engarzan nuevos materiales bajo el mismo título, obras publicadas a poco de ser escritas y otras tantas que tuvieron que aguardar décadas para ser dadas a conocer.

Gerardo Diego mezcló tradición y modernidad, realidad y deseo, sentimiento e inteligencia en una obra literaria que, debido a su cercanía con la dictadura, intentó ser barrida de las cuatro esquinas del mundo hispanoamericano.

Actualmente, su poesía ha sido un tanto desatendida. Y quizá se deba a que este hombre, tan afecto al franquismo, fue precisamente el servicial representante que trató de recomponer una normalidad poética imposible, luego de que, en sus narices y sin que dijera nada, tantos autores fueron enterrados y desterrados injustamente.

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (Ciudad de México, 1974). Ha sido editor de política, cultura y literatura en el Fondo de Cultura Económica, Excélsior y La Razón. También ha sido colaborador de revistas, suplementos culturales y literarios, dentro y fuera de México: Tiempo Libre, La Mosca en La Pared, Quimera (España), La Jornada Semanal, Ovaciones en la Cultura, Novedades en la Cultura, Sábado del periódico Unomásuno, Paréntesis y Metrópoli ficción. Ha sido columnista de Arena de Excélsior, del periódico Folha de São Paulo (Brasil) y de la revista La Rabia del Axolotl. En 2001 obtuvo el Premio Internacional de traducción João Guimarães Rosa. Alternativamente, ha sido profesor de español y literatura en el ITAM y la Universidad Iberoamericana; ha sido lector y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidade Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte, Brasil. Es autor de los libros Según dijo o mintió, Elogio del desvarío, Álbum de fatigas y Pedazos de mí mismo.